Gaceta Crítica

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Pensar a contratiempo

Betzy Bravo (CEMEES -México-), 4 de Octubre de 2026

Dado que estamos inmersos en el presente tiempo tecnológico que, lejos de detenerse, avanza, es importante situarnos críticamente en él, porque sus transformaciones son abarcadoras: modifican las herramientas que utilizamos, nuestras formas de trabajar, relacionarnos, informarnos y pensar.

El tiempo histórico no es algo puramente exterior al ser humano, sino que tiene también una dimensión subjetiva: nosotros comprendemos el tiempo y lo conformamos; conformamos la historia, actuamos en relación con ella. Así, el tiempo no es solo algo que nos pasa, sino también algo que construimos. Lo construimos desde circunstancias heredadas, sí, pero también el tiempo hereda nuestra huella. Aludo aquí a Heráclito: habitamos un mundo común y cambiante, y comprenderlo exige aprender a orientarnos dentro de él; la formación de criterio es, por eso, un asunto común, pues nadie habita su tiempo sin tomar posición ante él (Diels-Kranz, B2).

¿Una característica distintiva de este tiempo? El uso incontenible de la inteligencia artificial y las redes sociales. El desarrollo de la producción, la competencia económica y la propia organización contemporánea del trabajo empujan a las sociedades a incorporar nuevas tecnologías. Detrás de dichas herramientas hay, desde luego, intereses económicos en juego. En el caso de las plataformas digitales, su modelo de negocio descansa en captar atención y datos; la IA, por su parte, supone una enorme inversión de capital que necesita usuarios y mercados para rendir. No obstante, la sola denuncia o el estudio de dichos intereses no explican por sí solos la incorporación masiva de esas herramientas a la vida cotidiana. Estas, además, son útiles también para aumentar la productividad del trabajo humano, aunque queda por preguntar quién se apropia de esa productividad ganada y qué ocurre con quienes ven sustituidas sus tareas. No quiero afirmar, con ello, que no se deba denunciar ni profundizar en la dinámica económica que subyace a esta coyuntura, sino que el énfasis es reflexionar sobre lo que debiera significar pensar en estas circunstancias.

Pensar a contratiempo no significa “oponerse al tiempo presente” o a la IA, sino resistirse a su velocidad y sus automatismos para poder comprender la realidad y preservar nuestra capacidad crítica.

Las generaciones son herederas de lo pasado, pero también portadoras de posibilidades de recomienzo y de toma de posición ante sus circunstancias. ¿Qué actitud deberíamos adquirir frente a este tiempo? En primer lugar, la respuesta sería que necesitamos comprender qué está pasando a nuestro alrededor y qué podemos hacer al respecto. Esto supone también aprender a distinguir qué parte de aquello que experimentamos individualmente tiene raíces que nos exceden. Comprender los malestares nos ayuda a situarnos ante ellos. Y es que una creencia arraigada es que todo malestar es meramente individual o patológico. Pero la realidad es más compleja que una etiqueta simplista. No todo malestar es patológico: algunos malestares son estructurales —los que nacen de las condiciones materiales de vida: precariedad, aislamiento, falta de acceso a vivienda, salud o educación—, otros son existenciales, otros son psicológicos. Y puede ocurrir también una mezcla de malestares.

En tanto que distintos males, distintas formas de superarlos. Pero cuando se trata de malestares producidos por condiciones sociales degradadas, la mera adaptación a ellas no es un síntoma de salud, sino el acoplamiento a una sociedad enferma. Cuando un malestar estructural se trata como problema individual, además, puede volverse una oportunidad de mercado: aplicaciones de bienestar, servicios de compañía mediante inteligencia artificial que alivian el síntoma sin tocar la causa. Analizar este tipo de cosas permite decidir qué vida queremos construir, en qué personas hemos de convertirnos y qué condiciones hemos de transformar para poder hacer de este tiempo uno que permita vivir con dignidad, un fin que no necesita otra justificación. En este sentido, la tecnología, la inteligencia artificial o las redes sociales pueden dar respuestas en segundos sobre variadas cuestiones, pero no pueden sustituir la reflexión sobre los problemas concretos que atraviesan a cada uno de nosotros ni a nuestras comunidades, ni mucho menos decidir qué vida vivimos.

Pensar por nosotros mismos, informarnos, estudiar y analizar críticamente el entorno es algo que debemos proteger. Es difícil porque significa ir en contra del entorno y porque exige condiciones materiales —tiempo libre, escuela, acceso a la cultura— que hoy están desigualmente repartidas. Pero incentivar la capacidad crítica permite que la inteligencia artificial no nos domestique, sino que más bien hagamos un uso responsable de ella, sin permitirle decidir o reflexionar por nosotros.

Desarrollar la reflexión, incentivar el pensamiento, posibilita algo que no deberíamos delegar a la IA: la formación de criterio y de sentido frente a las circunstancias históricas. El gran peligro no es simplemente la existencia de poblaciones “acríticas”, sino la expansión de condiciones que vuelven cada vez más fácil delegar el ejercicio del juicio: la aceleración, la saturación informativa, la falta de tiempo, el deterioro educativo y la creciente mediación de los algoritmos en internet. Si normalizamos esa delegación, puede extenderse también a otros ámbitos, como el político.

Hay un valor moral en la capacidad reflexiva: es importante no vivir de espaldas a la realidad. Y precisamente porque la inteligencia artificial y las redes sociales vuelven más fácil delegar parte de nuestro juicio, la respuesta no puede limitarse a apartar los dispositivos. Pero proteger esa capacidad tampoco puede lograrse solo con medidas punitivas, como la restricción del uso de teléfonos en las escuelas, que tratan como conducta individual lo que es también un problema de modelo de negocio, de organización del trabajo y de abandono educativo. Es importante construir una educación que realmente promueva el entusiasmo por conocer, el deseo de verdad. No basta con pedirle a cada persona que piense críticamente: también hacen falta tiempo, educación y acceso a la cultura para poder hacerlo. Por eso, limitar el uso de teléfonos puede servir en ciertos casos, pero no resuelve por sí solo el problema.

Hay que defender nuestra capacidad de pensar y, al mismo tiempo, exigir condiciones que permitan desarrollarla. De lo contrario, una parte de la población queda con menos herramientas para comprender los intereses que atraviesan su realidad, cuestionarlos y actuar sobre las condiciones que producen sus propios malestares. Si solo una parte de la población tiene condiciones para formarse criterio, entonces aumenta la dependencia respecto de quienes concentran mayor capacidad para producir información, orientar discursos e incidir en las decisiones colectivas. En ese sentido, la desigualdad en la formación del criterio también puede reproducir otras desigualdades: quien dispone de menos herramientas para comprender las condiciones que lo rodean tiene también menos posibilidades de intervenir sobre ellas (considerando que comprender las condiciones que nos rodean no garantiza querer transformarlas, pero sí amplía las posibilidades de intervenir conscientemente sobre ellas y, en ese sentido, contribuir al desarrollo pleno de nuestra vida en colectivo).


Betzy Bravo es maestra en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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