Álvaro García Linera (ANT-AGON), 29 de Septiembre de 2026
Álvaro García Linera sostiene que las élites tecnócratas de la Unión Europea mantienen una postura de «servidumbre voluntaria» ante la política imperialista de Donald Trump, sumiendo al continente en una grave pérdida de soberanía. El autor denuncia que EE.UU. ha convertido a Groenlandia en un protectorado militar y de recursos críticos, al tiempo que somete a Europa económicamente mediante la dependencia energética tras el fin del Nord Stream, la imposición de aranceles, el aumento del gasto militar para beneficiar a la industria armamentística norteamericana y la desregulación de datos personales para favorecer a las gigantes de IA. Ante este sometimiento, urge a una regeneración de las izquierdas europeas basada en el neoindustrialismo y el estado del bienestar.


Mientras la tecnocracia conservadora que gobierna la UE está más preocupada por elegir el diseño de sus nuevos trajes que lucirá en otoño, el presidente estadounidense Donald Trump sigue escalando en la colonización de los recursos europeos para colocarlos al servicio del lema “Make America Great Again”.
Estos días, el Reino de Dinamarca y EE.UU. han firmado un nuevo tratado que, de facto, convierte a Groenlandia en un protectorado militar de los Estados Unidos de América. Si bien ya existía un tratado de 1951 que permitía a EE.UU. construir bases militares en Groenlandia, el nuevo acuerdo va mucho más allá. Ahora, la potencia imperial podrá construir las bases que quiera -de momento, dos nuevas- y desplazar la cantidad de militares que requiera, sin necesidad de autorización alguna del gobierno danés ni del régimen de gobierno local de la isla. Se trata de un derecho a perpetuidad (“no tiene fecha de vencimiento” dice el documento) de ocupación militar, navegación y sobrevuelos sobre los 2.166.086 km² que abarca Groenlandia (White House, 23. IX, 2026).
Además, ni Dinamarca ni Groenlandia podrán acordar ningún tipo de inversión en “áreas sensibles”- minerales y tierras raras- con ningún otro país que no sea miembro de la OTAN. En la actualidad, Groenlandia es uno de los reservorios de los llamados minerales críticos más importantes del mundo. Se calcula que posee 36 millones de toneladas de tierras raras, además de grandes depósitos de uranio, grafito, galio, neodimio, tungsteno, cobalto, cobre, oro, plata (Atlantic Council, I, 2026). Y como las élites europeas están más interesadas en encontrar las zalamerías con las cuales humillarse aún mas ante Trump, quienes sí aprovecharán esta “área de exclusión” serán, por supuesto, las empresas norteamericanas.
Trump ha sido directo y claro: se trata de un acuerdo que garantiza un “control permanente de seguridad” sobre Groenlandia, a lo que la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, no sin un aire de cruel ingenuidad, ha complementado diciendo que el acuerdo “reconoce la soberanía territorial del reino”; como si la soberanía fuera solo ondear las banderitas rojas con la cruz blanca cada 5 de junio.
Con Groenlandia, Trump está inaugurando el segundo protectorado de su nuevo mandato. El primero fue Venezuela, en territorio latinoamericano, y ahora es Groenlandia, en territorio europeo.
Este servilismo de la tecnocracia de Bruselas para con EE.UU. no es nuevo. Comenzó a escalar con el silencio ante la voladura de los gasoductos Nord Stream 1 y 2 en septiembre de 2022. Esta explosión, promovida por el gobierno norteamericano – “no habrá Nord Stream” había sentenciado el presidente Biden el 7de febrero- y de la que nadie se ha preocupado por investigar con seriedad, rompió el vínculo energético entre la UE y Rusia, el cual había garantizado durante décadas la energía barata para el continente, además de ser garantía de su futuro. La pérdida del abastecimiento provocado por el acto terrorista equivalía a más del 100 % del consumo anual de Alemania y a cerca del 27 % de toda Europa. A ello hay que añadir los subsidios que tuvieron que gastar los gobiernos europeos para contener la escalada de los precios al consumidor durante la crisis energética del 2022-2023. Se calcula que llegó a 289.000 millones de euros (European Environment Energy, 29, I, 2025)
Como era de suponer, quienes suplieron a Rusia como abastecedores de gas a Europa fueron las empresas norteamericanas. De proveer el 6 % del gas que compra la UE, ahora proveen el 30 % (Le Grand Continent, 6, IV, 2026). Mas allá del cambio de proveedor de un negocio que entre 2022 al 2026 ha movido 145.000 millones de euros hacia EE.UU., se calcula que el costo extra que ha representado para la UE -por la compra también a otros proveedores (Noruega, Catar, etc.), más la inversión en infraestructura de LNG para que llegue el gas en barcos- es de 188.000 millones de euros y, con ello, la perdida estructural de la competitividad industrial europea (Regional Centre for Energy Policy Research [REKK], VI, 2026).
Que esta decisión la hubieran tomado los europeos en represalia a la invasión rusa a Ucrania, podría considerarse como un acto irresponsablemente costoso, pero soberano. Pero no fue así. Lo decidió el gobierno norteamericano pasando por encima de las cabezas de los jerarcas de Bruselas.
Luego vinieron los costos de la guerra en Ucrania.
Es sabido que la expansión de la alianza militar de la OTAN hasta Ucrania, ha sido un proyecto sistemáticamente impulsado por los gobiernos norteamericanos desde tiempos del presidente Bush (hijo). Así, cuando en la cumbre de la OTAN en Bucarest, en abril de 2008, EE.UU. obtiene el apoyo de Alemania para definir la incorporación de Ucrania y Georgia a la alianza militar, una máquina de desestabilización de Eurasia se pone en marcha y desembocará en la invasión rusa a Ucrania (jeffsachs.org, II, 2023). El proyecto geopolítico lo ha puesto EE.UU.; los muertos, el pueblo ucraniano; y la mayor parte del dinero para sostener a Ucrania, lo ha financiado Europa. Se calcula que el gasto total que ha empleado Europa en ayuda militar, financiera e humanitaria, llega a los 360.000 millones de euros. (Parlamento Europeo, IV, 2026).
Y ya entrados en aprestos militaristas, ha sido la orden ejecutiva del presidente Trump la que ha obligado a los gobiernos europeos a recortar el gasto social en pensiones y salud para encausarlo hacia el gasto en armas. Del 1,5 % del PIB que cada país miembro de la UE destinaba, en promedio, a la defensa el 2021, para el 2026 ya ha subido al 2,4 %, lo que representa una subida del 75 % en 5 años (Consejo Europeo, 2026). El compromiso es subirlo hasta el 5 %. A ello hay que añadir que, de los 454.000 millones de euros que este año se están destinando a la defensa, una gran parte serán usados para comprar armas a los Estados Unidos. “Gracias papi”, ha exclamado el sombrío funcionario derechista que se desempeña como secretario general de la OTAN al momento de consumarse toda esta vergonzosa expoliación.
Si uno cree que todo ello ya es el colmo de los abusos, esperen, que aún viene lo peor.
En 2026, en plena guerra arancelaria desatada por Trump contra el mundo, al “aliado estratégico” de Europa no le ha ido nada bien. De manera unilateral y sin contraparte, el presidente estadounidense ha establecido un arancel promedio del 10 % a todas las exportaciones europeas. Los automóviles pagan el 15 %, en tanto que el acero y el aluminio el 50 %. El mundo de unicornios y libre mercado universal con el que soñaban los liberales del viejo continente, se ha estrellado contra la realidad bárbara de un mundo en el que los intereses geopolíticos someten a los mercados.
Y para que quede bien claro el mensaje del nuevo orden mundial basado en el vasallaje de los débiles, en la famosa capitulación de julio de 2025 en Escocia, el presidente Trump le ha dictado a la señora Ursula von der Leyen los tributos que la UE deberá pagar a EE.UU. como derecho de señoreaje: la compra de combustibles por un valor de 750.000 millones de dólares hasta el 2028, (El País, 28, VII, 2025), además de la inversión europea en suelo estadounidense por un total de 600.000 millones de dólares.
Como corolario de esta prepotencia, el gobierno de Trump ha excluido a las empresas, con sede en EE.UU., del Impuesto Mínimo Global del 15 % sobre las ganancias netas generadas en cada país, el cual se aplica a todas las multinacionales que se mueven en el mundo. Este impuesto había sido promovido desde hace más de una década atrás por las potencias del G 20. Se aprobó el 2021, pero, el 2026, Trump dictamino que las empresas estadounidenses no pagarían y modifico el acuerdo original de la OCDE para excluirlas (Bruegel, 13, I, 2026). Los perjudicados fueron los Estados con grandes mercados, como los europeos, donde las trasnacionales obtienen enormes ganancias, pero no pagan impuestos allí donde las generan, sino en el país donde está registrada su sede jurídica.
Igualmente, las leyes europeas de competencia y privacidad digital, que en los últimos años han ocasionado multas a varias de las transnacionales estadounidenses, han provocado el disgusto de Trump y la amenaza de restringirla presencia en suelo norteamericano de las empresas europeas Spotify, Siemens o DHL (El Mundo, 27, XII, 20225). Para complacer los deseos del “emperador”, en una muestra exagerada de servilismo, la presidencia irlandesa de la UE informó esta semana que ya ha entregado a los Estados miembros, un documento en el que se propone modificar el actual Reglamento General de Protección de Datos -aprobado hace tres años- a fin de permitir que las empresas desarrolladoras de IA (OpenAI, Anthropic, Meta, Google) tengan derecho al uso ilimitado de los datos de todos los usuarios europeos sin necesidad de su consentimiento (El País, 20, IX, 2026) . Así, lo que debería ser la fuente de la soberanía europea en los procesos de industrialización de la IA (modelos de IA, semiconductores, servicios en la nube, centros de datos), se les quiere entregar, cual tributo colonial, a las empresas norteamericanas.
Y uno no puede dejar de asombrarse por el despliegue de esta “servidumbre voluntaria” con la que sus clases dirigentes están asumiendo este destino. Ni China, en tiempos del colonialismo inglés, fue sometida a semejante humillación como hoy lo está haciendo EE.UU. con Europa.
Europa ha dado mucho al mundo, desde sus ideales de justicia y soberanía del siglo XVIII, pasando por la tecnología industriosa del siglo XIX o el horizonte socialista de la emancipación mundial. Ha sido cuna de grandes cerebros que han alumbrado el conocimiento humano. Pero hoy, sus élites tecnócratas de derecha están ahogando la vitalidad histórica del continente. No tienen un proyecto esperanzador que no sea la glotonería de sus mercados; y no se inmutan ante la deshonra de que otros decidan su destino.
Creen que este ‘mal momento” será temporal y que desaparecerá con la siguiente elección estadounidense. No entienden que el mundo ya es otro, y que la tosca grosería trumpista, mas que una pasajera excentricidad personal, es el verdadero anuncio del futuro mundial irrumpiendo a tropezones.
¿Qué le queda a Europa para recuperar un lugar protagónico en la historia? Una rápida regeneración política desde las izquierdas que cabalgue con audacia los nuevos soportes del porvenir: el neoindustrialismo regional, el neoestatismo continental, el ecologismo responsable y la expansión de derechos materiales de la ciudadanía.
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