Gaceta Crítica

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‘Héroes’ fabricados: El cambio de imagen de las redes criminales por parte de la OTAN

Glenn Diesen (GREATER EURASIA), 29 de Septiembre de 2026

John Laughland sostiene que la guerra de 1999 contra Yugoslavia fue el momento fundacional de un nuevo orden internacional en el que las potencias occidentales abandonaron cada vez más el principio de soberanía estatal, adoptaron un doble rasero y aprendieron a utilizar redes criminales y subversivas como instrumentos para el cambio de régimen.

Kosovo y el nacimiento de un nuevo orden

El bombardeo de Yugoslavia por la OTAN en 1999 fue mucho más significativo que un conflicto regional. Estableció un nuevo modelo para la política internacional. La OTAN actuó sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, mientras que los gobiernos occidentales justificaron la guerra con argumentos humanitarios y supuestas violaciones de los derechos humanos.

Laughland argumenta que esto separó la legalidad de lo que se presentaba como legitimidad. Una guerra podía ser ilegal según el derecho internacional y, sin embargo, ser declarada legítima porque supuestamente defendía los derechos humanos o los valores liberales. En su opinión, esto creó un sistema de doble rasero en el que la soberanía y la integridad territorial podían defenderse en un caso, mientras que la autodeterminación podía invocarse en otro.

También considera que Kosovo marca el inicio de una transformación política dentro del propio mundo occidental. La antigua izquierda europea, asociada al socialismo, la soberanía nacional y el pacifismo, fue reemplazada por una nueva izquierda globalista centrada en la intervención humanitaria, la política moral y las instituciones internacionales.

El Ejército de Liberación de Kosovo como instrumento títere

Laughland sostiene que el Ejército de Liberación de Kosovo (ELK) se convirtió en un instrumento importante en esta transformación. Afirma que el ELK tenía amplias conexiones con el crimen organizado y el narcotráfico, incluyendo heroína, prostitución y otras actividades delictivas. Sin embargo, los gobiernos occidentales financiaron, armaron y protegieron políticamente a la organización cada vez más, ya que servía al objetivo de debilitar a Yugoslavia y derrocar a Slobodan Milosevic.

Según Laughland, el ELK pasó de ser una organización criminal y subversiva a una fuerza que luchaba por la libertad. El posterior procesamiento de Hashim Thaçi, exlíder del ELK que llegó a ser presidente de Kosovo, resulta significativo para su argumento, ya que confirma que el carácter criminal de la organización no podía simplemente borrarse mediante un cambio de imagen política.

Para Laughland, este episodio demuestra una relación más amplia entre las agencias de inteligencia y el crimen organizado. Los servicios secretos necesitan organizaciones capaces de operar al margen de las estructuras legales habituales, mientras que los grupos criminales ya poseen el secretismo, las redes y la disposición a usar la violencia necesarios para las operaciones encubiertas. Kosovo, argumenta, representa, por lo tanto, un ejemplo de un patrón histórico mucho más amplio.

Desde Kosovo hasta Bosnia y Ucrania.

Laughland observa el mismo doble rasero en el acuerdo posterior a la disolución de Yugoslavia. A Bosnia se le permitió separarse de Yugoslavia, mientras que a los serbios dentro de Bosnia se les negó el derecho equivalente a separarse de Bosnia y unirse a Serbia. Sostiene que la continua autoridad de los representantes internacionales en Bosnia, incluidos los llamados Poderes de Bonn, ha permitido a los funcionarios extranjeros ejercer poderes altamente coercitivos sobre las instituciones electas sin una base legal suficiente.

Relaciona este patrón con Ucrania, argumentando que los gobiernos occidentales han apoyado repetidamente acuerdos territoriales o movimientos separatistas cuando les han resultado políticamente útiles, al tiempo que han rechazado reivindicaciones similares cuando benefician a Rusia.

Según argumenta, la misma lógica explica el trato diferenciado que recibieron Kosovo y Crimea. La separación de Kosovo se justificó mediante el principio de autodeterminación, mientras que la incorporación de Crimea por parte de Rusia fue condenada en virtud del principio de integridad territorial.

El sistema más amplio de la política por delegación

Laughland extiende su argumento más allá de los Balcanes. Sostiene que las potencias occidentales han cooperado repetidamente con redes criminales o extremistas cuando estas sirven a objetivos de cambio de régimen. Señala las relaciones políticas y de seguridad en torno a Rusia en la década de 1990, Siria y Ucrania como ejemplos de un sistema más amplio.

En su opinión, esta cooperación acaba por perjudicar la legitimidad política de Occidente en sus propios países. Cuando los gobiernos reprimen el debate sobre alianzas inconvenientes, redes criminales o acciones militares, tachando de desinformación las informaciones contrarias, el mismo desprecio por la legalidad y la transparencia que caracteriza la política exterior empieza a afectar a la política interna.

Para Laughland, la cuestión central no es simplemente Kosovo. Se trata del surgimiento de un sistema en el que los Estados poderosos se arrogan un conjunto de reglas para sí mismos y otro para sus adversarios, mientras que las organizaciones criminales y subversivas pueden transformarse en aliadas políticas cuando sirven a objetivos geopolíticos.

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