MAURICE HAUFGEN (Blog del autor), 12 de Septiembre de 2026

Hace dos años Peter Wahl y Pierre Rimbert publicaron en Le Monde Diplomatique un artículo premonitorio titulado ¿Qué propone realmente Sahra Wagenknecht? La “izquierda conservadora” sacude el tablero político alemán. Aquel texto tiene al día de hoy la virtud de que nos permite comprender la estrategia que seguirá BSW (Bündnis Sahra Wagenknecht-Vernunft und Gerechtigkeit – Alianza Sahra Wagenknecht-Por la Razón y la Justicia) para permitir que se forme el primer gobierno de extrema derecha por parte de Alternativa para Alemania (AfD).
La coyuntura electoral en Sajonia-Anhalt, cuya capital (Magdeburg) fue la cuna del protestantismo, es endemoniada. Las cinco abstenciones del BSW no bastan por sí solas para que en tercera vuelta se hiciera con el Gobiernos el candidato de AfD. El partido BSW ha ofrecido abstenerse en favor de AfD, pero si los demás partidos de la “oposición” votan en bloque en contra, el resultado seguiría siendo un empate técnico de 39 votos a favor (AfD) frente a 39 en contra. Se necesita un demonio, un traidor en la “oposición”, que el día de la votación al menos no se presente en la cámara. De darse este caso llovería sobre mojado, pues casualmente se trata del lugar en el que en 1932 el Partido Nazi ganó por primera vez unas elecciones.
Una buena descripción del juego que puede desarrollarse entre BSW y AfD es el artículo titulado “BSW, el partido alemán que se dice de izquierdas, pero está dispuesto a pactar con AfD para sobrevivir” (El País, 7 de septiembre de 2026)
En Conversación sobre la Historia, entendemos que si bien el texto de Le Monde Diplomatique es básico, debemos contextualizarlo para comprender el momento. Para ello seguimos el modelo de tomar tres textos y enlazarlos como si de una obra teatral se tratase. Nos hemos servido de dos autores para lograrlo. Enric Juliana nos sitúa en la escena del “baile” y, a modo de profesor que a principio de curso nos resume los temas que van a entrar en el curso, Maurice Höfgen remata el tercer acto.

Primer Acto – Empieza el baile prusiano.
Enric Juliana
Primera escena – Suenan marchas prusianas.
(…) el puñetazo del [pasado] fin semana en el Estado federado de Sajonia-Anhalt resuena en toda Europa. La política convencional alemana ha sido humillada por un joven partido de ultraderecha que hace dos años no fue admitido en la plataforma Patriotas por Europa por sus posiciones ambiguas respecto al periodo nazi.
(…) Es probable que puedan obtener apoyo del singular partido BSW, formación soberanista que se declara de izquierda y contraria a la inmigración, que ha logrado superar la barrera del 5%. Las siglas BSW responden en alemán a Partido de Sahra Wagenknecht, fundadora de la formación después de escindirse de Die Linke, grupo equivalente al Podemos español en sus tiempos más vigorosos. La señora Wagenknecht militó en el SED, el partido comunista de la antigua República Democrática de Alemania, y está casada con Oskar Lafontaine, antiguo líder del ala izquierda del SPD, que en 2007 abandonó a los socialdemócratas para fundar Die Linke. Es probable que AfD pueda gobernar con algún tipo de acuerdo parlamentario con BSW, lo cual puede convertir la antigua provincia sajona del Reino de Prusia en un singular laboratorio político: programa duro de la extrema derecha, fiscalizado por excomunistas contrarios a la inmigración masiva. (…)
Segunda escena – El experimento AfD – BSW.
Ambas formaciones son hostiles a la inmigración y tienen otro relevante punto en común: quieren la amistad con Rusia y dejar de ayudar a Ucrania. Uno de los puntos del programa de AfD es el refuerzo de la enseñanza del idioma ruso en Sajonia-Anhalt, como en tiempos de la RDA. Vladímir Putin debe estar sonriendo en Moscú. El teniente coronel Putin fue jefe de la estación del KGB en la ciudad de Dresde, que pertenece al vecino estado de Sajonia, también en la Alemania del Este. (…)
El desasosiego de las sociedades es difícil de medir en cifras absolutas. La dialéctica entre pasado y futuro suele ser determinante. La evolución de las expectativas regula poderosamente el estado de ánimo de las personas y de los grupos sociales. En las sociedades más decepcionadas suele percibirse un doloroso contraste (…)
Tercera escena – Entre las glorias del pasado y las incertidumbres del futuro.
AfD ha superado la barrera del 43% alimentando dos nostalgias: la grandeza de Prusia y la vida tranquila en la República Democrática Alemana. Se ha escrito muchas veces que la RDA heredó y asimiló buena parte del espíritu prusiano: disciplina, método, sentido del deber, estatalismo. Sus soldados vestían uniformes de corte prusiano y desfilaban con el paso de la oca. Hagamos Prusia grande de nuevo. Seamos fuertes y disciplinados como Prusia. Vivamos tranquilos como en la RDA. He ahí la fórmula AfD. Lo han petado.
Sajonia-Anhalt lo recordamos la semana pasada, fue cuna del fraile agustino Martin Lutero, padre de la Reforma Protestante, giro rigorista del cristianismo romano. También nacieron allí el pintor Lucas Cranach (el Joven), austero retratista de la Reforma, el compositor Händel, el filósofo Friedrich Nietzsche, creador del mito del Superhombre (el individuo que sabe dejar atrás la moral del rebaño para crear su propia escala de valores); y el príncipe Otto von Bismarck, el Canciller de Hierro, ministro principal de Prusia que llevó a cabo la gran unificación alemana de 1871, convirtiéndose en el primer canciller del Imperio Alemán. Bismark creó el primer sistema moderno de Seguridad Social en el mundo en 1880. Combatió a los socialistas y a la vez impulsó un sistema de protección, pagado por empresarios y obreros, que ofrecía seguro de enfermedad, seguro de accidentes de trabajo y una pequeña pensión para la vejez.
Fuente: La Vanguardia, 8 de septiembre de 2026

Segundo Acto – La “izquierda conservadora” sacude el tablero político alemán
Peter Wahl*
Pierre Rimbert**

Cuarta escena – ¿La izquierda? ¿Qué izquierda?
(…) Sahra Wagenknecht, exmilitante comunista e intelectual brillante muy popular en el Este que la vio nacer, por fin puede dotar de cuerpo político a la línea que encarna, la de una “izquierda conservadora” cuyo electorado es pretendidamente opuesto al progresista, urbano y con estudios superiores de Los Verdes: a la izquierda en lo que atañe a lo económico y conservadora en cuestiones de sociedad e inmigración, favorable a una especie de soberanismo en el seno de la Unión Europea, crítica con la Organización del Tratado del Atlántico Norte y el belicismo alemán de nuevo cuño e intransigente en materia de libertad de expresión. Un proyecto defendido por un “partido verdaderamente popular” capaz —o así lo cree— de “dirigirse a la mayoría” y apartar de la extrema derecha a los perdedores de la globalización.
(…) Semejante heterogeneidad inspira tres conclusiones: para empezar, la mayoría de sus electores identifican al BSW como un partido de izquierda; en segundo lugar, tratar de arrebatar votos a la extrema derecha no es una apuesta perdida de antemano (aunque tampoco ganada); y, por último, el flujo de votos procedentes del centro y de la derecha parece dar por bueno el camino emprendido por Wagenknecht para construir un bloque social que alía las clases populares no a los medios progresistas de las ciudades, sino a los sectores intermedios de las pequeñas y medianas empresas (pymes).
Para obstaculizar la capitulación de las socialdemocracias frente al neoliberalismo y el auge de las derechas nacionalistas, las izquierdas occidentales llevan cerca de dos décadas titubeando entre dos estrategias. La primera consiste en reconstituir la coalición tradicional entre un mundo obrero ya alejado de los grandes centros urbanos y la pequeña burguesía cultivada. Collage de lo que quedaba de los comunistas germanoorientales y varios movimientos sociales del oeste, Die Linke fue fundado en 2007 siguiendo este modelo con el fin de contrarrestar la derechización del SPD. Pero, a medida que el partido se atribuía una identidad de vanguardia social y ecologista, fue perdiendo los votos de las clases populares. Cuando Jean-Luc Mélenchon fundó el Partido de Izquierda en 2009, se declaró explícitamente identificado con Die Linke e invitó a uno de los fundadores de este, Oskar Lafontaine, al congreso constitutivo de la formación francesa. Una orientación bastante semejante parecía estar ganando empuje en otros países conforme se propagaba la onda expansiva de la crisis financiera: Jeremy Corbyn se puso al frente del laborismo en 2015, aupado por sindicatos y estudiantes radicalizados; casi en el mismo momento, en Grecia, Syriza aplastó a los socialistas y unió brevemente a unos asalariados pulverizados por la austeridad con las politizadas clases instruidas; al año siguiente, Bernie Sanders metía en un brete a la dinastía Clinton en las primarias demócratas estadounidenses.
No obstante, esta estrategia se topa con una dificultad de envergadura: las diversas segregaciones de naturaleza salarial, académica, económica y geográfica han reposicionado a las clases populares (obreros y empleados) y la pequeña burguesía urbana en los extremos más alejados del tablero ideológico y político: ya “progre sabihondo” o “racista deplorable”, cada uno actúa a modo de repelente para el otro, por lo que resulta muy improbable la constitución de un frente común.
Otra estrategia —aparecida a finales de la década del 2000 en la estela de la victoria de Barack Obama— consiste en asumir que “la clase obrera ya no es el corazón del voto de izquierda”. De lo que se trata, pues, es de reunir —al margen de sus divergencias socioeconómicas o geopolíticas— a minorías, progresistas, ecologistas y jóvenes. Adoptada por los verdes franceses y alemanes, así como por Die Linke, este enfoque suscitó las críticas de Francia Insumisa, que, paradójicamente, emprendió un camino bastante paralelo. Su dirigente, Jean-Luc Mélenchon, identificó a “un actor nuevo en la historia”: “Esa masa de población urbanizada, que vive en las redes” y que reúne frente a la oligarquía a estudiantes, profesores, funcionarios progresistas de las grandes aglomeraciones urbanas y trabajadores de los extrarradios a menudo originarios de la inmigración poscolonial. Tratar de reconquistar los medios obreros de los barrios periféricos —donde la extrema derecha está mejorando sus resultados— se juzga vano afán. “Su prioridad es el racismo”, sostiene Mélenchon a riesgo de sugerir una especie de esencialismo: las identidades políticas —de ordinario forjadas por las condiciones de vida y la acción de los militantes— se suponen fijadas de antemano entre los electores de un partido xenófobo.
Quinta escena – La oligarquía, el enemigo común
Clases populares que viven apartadas de las metrópolis y pequeña burguesía urbana en un caso (la coalición “histórica” de la izquierda), clases populares del extrarradio —a menudo de origen inmigrante— y jóvenes intelectuales radicalizados en el otro (la “nueva coalición”): ambas estrategias contemplan la seducción de los sectores cultivados. Sahra Wagenknecht, por el contrario, busca distanciarse de ellos. Publicado en 2011, su superventas Die Selbstgerechten (traducido al español con el título de Los engreídos, Lola Books, Berlín, 2024) se abre con una vitriólica crítica de un “liberalismo de izquierda” cuya “base social es la clase media acomodada de las grandes ciudades”. Moralizante, pretenciosa, llena de desprecio por unos perdedores de la globalización que no han asimilado los códigos culturales y lingüísticos de moda, esta “izquierda lifestyle” proeuropea y abierta al mundo exalta los particularismos y desdeña los “valores comunes”. En su opinión, simboliza la combinación de una adhesión al orden económico y de reivindicaciones socioculturales que la filósofa estadounidense Nancy Fraser calificara de “neoliberalismo progresista”. “La mayor parte de los partidos de izquierda son partidos de universitarios elegidos por habitantes de grandes ciudades bien formados y socialmente protegidos”, considera Wagenknecht, que cita el libro Capital e ideología, del economista francés Thomas Piketty.
La BSW, partido de base popular, busca crear una alianza con el otro polo de las clases medias, el de los especialistas, ingenieros, trabajadores técnicos y autónomos del mittelstand, un término alemán que designa, a la vez, al estrato social intermedio y a la red de empresas familiares que suministra maquinaria y robots de alta tecnología al aparato industrial renano. Wagenknecht detecta una analogía entre las clases populares víctimas de la globalización y las clases medias de las pymes asfixiadas por los especuladores: estas últimas “también padecen la inseguridad económica; sufren la presión que ejercen las grandes empresas, los bancos, los gigantes del sector digital; soportan una política influida por esos poderosos grupos de presión”. La fundadora de BSW no duda en admitir que “semejante alianza no está exenta de contradicciones”, ya que uno de sus integrantes explota el trabajo del otro. Pero un bloque como el descrito, en su concepto, se beneficiaría del prestigio del que goza el mittelstand alemán y concentraría la lucha contra un adversario común: los grandes grupos financieros, el oligopolio reinante en el sector digital, las instancias supranacionales que promueven la desregulación… En resumidas cuentas: el “capitalismo Blackrock”, llamado así en referencia a Friedrich Merz, presidente del CDU, probable candidato conservador a la cancillería y expresidente del consejo de supervisión de la filial alemana del célebre fondo de inversiones.
El programa económico de la BSW deriva de lo anterior: una política social que bebe del repertorio clásico de las propuestas de izquierda, como el refuerzo de los sindicatos, una vigorosa redistribución fiscal, inversiones en servicios e infraestructuras públicos, lucha contra la pobreza, etc. La causa de las pymes puede hallarse en el apoyo al capital familiar frente a los mercados financieros, la lucha contra los monopolios o las ayudas a la innovación tecnológica. También se traduce en la elección de los dirigentes de la formación: Amira Mohamed Ali, diputada y copresidenta de la BSW, empezó su carrera como abogada en un subcontratista automovilístico. Aunque la socialización de los medios de producción ya no figura en el orden del día, Sahra Wagenknecht concibe tres formas diferenciadas de propiedad: privada y con ánimo de lucro en el caso de las pymes en aquellos sectores en los que la competencia funciona; fundaciones privadas, pero sin apertura de capital a accionistas externos y cogestionadas con los asalariados para las empresas más importantes; de interés público y sustraído al mercado para los servicios e infraestructuras esenciales. La BSW actualiza, de este modo, una estrategia seguida desde 1968 por varios partidos comunistas de Europa occidental bajo la rúbrica “alianza antimonopolio”, que es la de los asalariados y las pequeñas y medianas empresas contra el gran capital.
En la sociedad actual, en la que los marcadores identitarios y culturales pesan más a la hora de determinar las identidades políticas que la condición social o económica, el partido se aplica a “descifrar” los primeros para hacer que surja la segunda. “Estoy convencida de que una parte de las luchas culturales son, en realidad, luchas sociales —nos explica Sahra Wagenknecht—. Y que las identidades culturales ocultan también identidades sociales”. La postura del partido en lo referente a la ecología ilustra bien este enfoque. Las conductas ejemplares individuales en materia de transporte, alimentación o calefacción predicadas por Los Verdes en un contexto de encarecimiento del precio de la energía representan un “modo de vida privilegiado” fuera del alcance de los habitantes de los barrios periféricos con escasos ingresos, que se sienten despreciados e incuban el resentimiento. “Así pues, se trata de una situación de conflicto social que se expresa culturalmente”. De ahí que haga falta “asegurarse de que el coste de la reducción prevista de las emisiones de gases de efecto invernadero no se imponga a personas que disponen de ingresos modestos y a las que ya les cuesta llegar a fin de mes”. En especial porque la transición hacia los vehículos eléctricos y la amenaza de fragmentación de la economía mundial suscita un acusado temor a la degradación económica en un país que depende de la exportación a Asia de vehículos térmicos. Más que la prohibición del diésel, lo que reclama la BSW es un manejo más político de la ecología, haciendo que el sector público recupere el control de ámbitos clave como el de la energía, así como promoviendo una “desglobalización” de la economía alemana: “No se trata de consumir de otro modo, sino, sobre todo, de producir de otro modo; nuestra economía debe hacerse más regional, menos tóxica, más respetuosa de los recursos”. Será el mittelstand y su innovación tecnológica los que la dotarán de los medios precisos para lograrlo…

Sexta escena – La cuestión de la inmigración
Si bien la protección del medioambiente no se cuenta entre los temas prioritarios de la BSW, la inmigración ya es harina de otro costal. Ya en 2015, Sahra Wagenknecht expresaba su desacuerdo con la acogida de un millón de refugiados decidida por Angela Merkel. Dentro de Die Linke —partido favorable a la apertura total de fronteras—, su postura suscitó fuertes reproches. Desde entonces, el entusiasmo popular para facilitar la integración de los inmigrantes ha dado paso en Alemania a un angustiado debate donde se mezcla el miedo a los atentados islamistas, el envejecimiento demográfico, el ascenso meteórico de la extrema derecha y la llegada de un millón de ucranianos desde 2022. La BSW defiende una política migratoria restrictiva y se esfuerza por reformular su posición como una cuestión social. Prudente, su programa insiste en el “rechazo de las ideologías racistas”, “el derecho al asilo de toda persona perseguida políticamente en su país” y “el enriquecimiento que pueden aportar la inmigración y la coexistencia de diversas culturas” . Pero, en opinión de Wagenknecht, el flujo de inmigrantes de estos últimos años ha agravado la escasez de alojamientos, la sobrecarga de los sistemas de protección social y la crisis del sistema escolar, ya que el Gobierno se ha negado a aumentar los recursos de acogida. “En todos estos ámbitos, las instituciones e infraestructuras públicas se han visto desbordados –considera Sahra Wagenknecht–. Y son los más pobres los que están pagando la factura”. El programa europeo del partido hace mención del desarrollo de “sociedades paralelas señaladas por el islamismo” y confía en “poner fin a la inmigración incontrolada hacia la Unión Europea” . ¿Cómo? Primero, tramitando las solicitudes de asilo en países terceros o situados en las fronteras exteriores de la Unión Europea: una medida recuperada el pasado mayo en el Pacto sobre Migración y Asilo de la UE adoptado bajo la férula de Ursula von der Leyen. De un modo más clásico —y también más conciliador—, BSW exige actuar sobre las causas del exilio por medio de relaciones económicas mundiales equitativas y una geopolítica que ponga fin a guerras como las promovidas por Occidente en Irak, Afganistán y Libia.
Indignados tanto por la anterior postura sobre la inmigración como por su crítica del izquierdismo cultural, la prensa y los influencers progresistas redujeron al principio el proyecto político de Wagenknecht al surgimiento de una “izquierda antinmigrantes” próxima, en el fondo, a la extrema derecha . Una simplificación que poco a poco fue dando paso a una curiosidad más metódica. En Francia, dos laboratorios de ideas —Fondapol y el Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI)— han dedicado sendos estudios detallados (y críticos) al nuevo partido . El pasado abril, la británica New Left Review, una reputada publicación marxista, publicó una larga entrevista con la fundadora de la BSW. En ella, Wagenknecht señalaba a propósito de los efectos de la inmigración: “Llamar la atención sobre las carencias sociales reales —habida cuenta de que la demanda supera las capacidades— no es xenofobia. […] Es esta situación de fuerte competencia por unos recursos escasos lo que alimenta la xenofobia”. Apenas fue anunciada la entrevista en la red social X, doctos indignados lamentaban en sus comentarios la aportación de una “fascista”… La crítica socioeconómica de las políticas migratorias incomoda tanto a la izquierda progresista —a menudo tentada de zanjar la cuestión recurriendo al expediente de la lucha contra el racismo— como a la derecha y los liberales: aunque, como admiten, el declive demográfico alemán requiere una inmigración de mano de obra, es competencia del Estado invertir de forma masiva en los recursos públicos de acogida so pena de exacerbar las tensiones, lo cual exige acabar con la austeridad presupuestaria, cuestión que repugna a estos últimos partidos. Una primera encuesta sobre el electorado de la BSW sugiere que su propuesta en absoluto seduce solo a las clases medias blancas del este. “Las personas consultadas de origen inmigrante manifiestan una propensión a votar a la BSW proporcionalmente más elevada que la de los demás colectivos”, señala un informe solicitado por la fundación de la Federación Alemana de Sindicatos (DGB), cercana a los socialdemócratas .
Séptima escena – Un modelo leninista
Además de la cuestión migratoria, la personalización del partido en la figura de su líder también nutre las críticas de la izquierda tradicional. Dotada de un poderoso carisma —una facultad que en Alemania sigue viéndose con recelo—, la fundadora de la BSW llena las salas de conferencias y deleita a los telespectadores de las emisiones sobre política, donde a menudo logra aplastar a sus adversarios. Su rechazo de la vacunación obligatoria, sus críticas a la política sanitaria emprendida durante la pandemia de covid-19 y su defensa de la libertad de expresión alimentan una polémica casi permanente centrada en su persona. Con el paso de los años, Sahra Wagenknecht se ha creado una figura de icono mediático austero, elegante, cerebral, moderna encarnación de Rosa Luxemburgo cuya notoriedad invita a plantearse la siguiente pregunta: ¿el partido está destinado a servirla a ella, o es ella la que sirve de rampa de lanzamiento al partido? Como queriendo disipar la ambigüedad, han surgido otras figuras públicas, como el cabeza de lista en las elecciones europeas, Fabio de Masi, especialista en delincuencia financiera, o la copresidenta Mohamed Ali. Está previsto que el nombre de la fundadora desaparezca de la denominación del partido tras las elecciones legislativas de 2025. Hasta entonces, la Alianza Sahra Wagenknecht se construye en torno a una jerarquía vertical —siguiendo un modelo leninista— y filtra escrupulosamente las adhesiones para evitar el entrismo de “arribistas y troles” o de infiltrados de extrema derecha. Los movimientos “gaseosos” del tipo Podemos no le inspiran gran cosa.
En lo que sí coincide Sahra Wagenknecht con las experiencias “populistas de izquierda” a partir de 2015 es en su negativa a ondear la bandera roja. El partido “se inscribe, de hecho, en la tradición de izquierda, solo que no lo comunicamos verbalmente porque, simplemente, ya no se entiende —explica—. Hoy en día, la izquierda (y esto es algo que lamento profundamente) se ha convertido para muchas personas en una auténtica noción hostil porque la asocian con Robert Habeck o con Annalena Baerbock”, ministros ecologistas en el actual Gobierno que, en su opinión, encarnan la burguesía progresista. La BSW viste sus orientaciones de izquierda con un discurso que se quiere popular e integrador: “Aceptamos que una sociedad tenga necesidad de una cultura y tradiciones comunes. Un Estado del bienestar, por ejemplo, no puede funcionar sin identidad común ni sentimiento de pertenencia”.

Octava escena – Soberanía de los Estados
Si hay algo que está claro es que la postura de Wagenknecht sobre Europa, la guerra en Ucrania y la OTAN está lejos de ser ampliamente compartida. A semejanza de lo que hizo el Frente de Izquierda en Francia, liderado por Mélenchon, en las elecciones europeas de 2014, la BSW ha teñido su campaña de primavera de un contundente soberanismo: rechazo del federalismo, reducción de los poderes de la Comisión y “no aplicación” de las directivas juzgadas insensatas. El partido defiende una cooperación más profunda con algunos Estados miembros en cuestiones como protección medioambiental, regulación financiera y fiscal, energía e infraestructuras, así como un regreso a la soberanía nacional para contrarrestar tanto las injerencias neoliberales de Bruselas como las inclinaciones belicistas de Von der Leyen en materia de política exterior. La insistencia en la porosidad de Bruselas a la acción de los grupos de presión de las grandes empresas hace eco a los prejuicios que el intervencionismo de la Comisión inspira a las pymes.
La guerra en Ucrania impregna y fractura el debate público alemán en aún mayor medida que en Francia. Berlín ocupa el segundo puesto tras Washington en el palmarés de los mayores proveedores de armas de Kiev. Aunque los principales medios de comunicación pintan a Alemania como el frente interno del combate contra el imperio del mal, la población se inclina mayoritariamente en favor de una solución negociada. Wagenknecht condenó la invasión rusa de febrero de 2022, pero considera corresponsable del conflicto a la ampliación de la OTAN hacia el este, y se opone a la guerra por delegación que la Alianza ha emprendido contra Rusia. En el otoño de 2023, junto con la activista feminista Alice Schwartzer, hizo público un manifiesto por la paz y la interrupción de la entrega de armas que recogió más de 900.000 firmas. En el mismo sentido, la BSW se pronuncia en favor de negociaciones entre Kiev y Moscú, del levantamiento progresivo de las sanciones y, a medio plazo, de una coexistencia y una cooperación pacíficas con Rusia. Paralelamente, el partido milita contra el rearmamento masivo de Alemania y denuncia la militarización mental de la sociedad. Este pacifismo, defendido antaño por Los Verdes —convertidos hoy en una de las formaciones más belicistas del paisaje político alemán— disfruta de gran popularidad en los “nuevos länder” [los estados pertenecientes al territorio de la antigua RDA] y constituye una de las principales razones del éxito de la BSW. Wagenknecht se muestra más discreta sobre Gaza —el asunto solo permite una limitada libertad de expresión en Alemania—, pero pide un alto el fuego inmediato y la interrupción de las entregas de armas alemanas a Israel, una postura radicalmente opuesta a la de AfD, que apoya incondicionalmente a Tel Aviv. Sin reclamar explícitamente un abandono de la OTAN, la BSW aboga por “una mayor independencia frente a Estados Unidos” y aspira a “una nueva alianza de seguridad que incluya a Rusia en términos de igualdad. Lo que equivale a un rechazo de la OTAN actual”. Ante el ascenso del sur global, Europa debería renunciar a imponer sus improbables “valores”: “Estoy en contra de una política exterior que recorre el mundo con el índice levantado para decirles a los demás Estados cómo deben organizarse. Es una conducta profundamente hipócrita y falaz: nuestro Gobierno no es que dé muchas lecciones a Arabia Saudí por más que se ponga a decapitar opositores, pero ante China se hace pasar por un gran defensor de los derechos humanos”.
*Peter Wahl es periodista. Autor de Gilets Jaunes – Anatomie einer ungewöhnlichen sozialen Bewegung (Papyrossa-Verlag, Colonia, 2019).
**Pierre Rimbert es sociólogo y periodista. Autor de Libération, de Sartre à Rothschild (Liber-Raisons d’agir, 2005)
Fuente: Le Monde Diplomatique septiembre de 2024

Tercer acto – 5 lecciones de las elecciones en Sajonia-Anhalt.
Maurice Höfgen***
AfD está pisándole los talones al poder, la CDU se desmorona, BSW actúa como un trampolín y el SPD huye de la realidad. Cinco lecciones de unas elecciones en las que AfD lo tuvo fácil
La AfD ha obtenido una mayoría casi absoluta en Sajonia-Anhalt: el 44% de los votos. El apoyo a la CDU se redujo a menos de la mitad, cayendo a alrededor del 17%. En el nuevo parlamento estatal, no existe una mayoría viable que pueda funcionar sin complejas coaliciones de cinco partidos o acuerdos de tolerancia. La AfD no solo ha ganado las elecciones, sino que ha transformado el panorama político del estado.
Sin embargo, las reacciones de los círculos políticos más influyentes de Berlín demuestran que aún no han asimilado lo sucedido. El muro de contención se desmorona, mientras que los miembros del BSW y los posibles desertores de la CDU luchan contra la embriaguez del poder. La situación no podría ser más favorable para la AfD, que tuvo una victoria aplastante en estas elecciones y probablemente la tendrá también en las próximas negociaciones gubernamentales.
Novena escena – Primera lección: Donde escasea el dinero, gana la AfD.
Este patrón no es nuevo. Elecciones estatales anteriores han demostrado que cuanto peor perciben las personas su situación financiera, más fuerte se vuelve la AfD. Pero la correlación nunca ha sido tan marcada como ahora en Sajonia-Anhalt. Entre quienes consideran que su situación financiera es precaria, la AfD obtiene aproximadamente dos tercios de los votos. Esto no es una simple fluctuación estadística. Es una clara señal de alerta política.
En ninguna otra categoría el apoyo a la AfD es tan fuerte: ni entre hombres ni entre mujeres, ni entre jóvenes ni entre mayores, ni entre residentes urbanos ni rurales, ni siquiera entre personas con diferentes niveles educativos. Lamentablemente, a los principales políticos de Berlín no se les preguntó sobre esto en las numerosas entrevistas que concedieron la noche de las elecciones. ¡Y sin embargo, esto es precisamente lo que más llama la atención en las encuestas postelectorales!
Esta discrepancia no es casual. Sajonia-Anhalt es el estado alemán más pobre. En ningún otro lugar el producto interior bruto per cápita es menor. Las pensiones y los salarios están por debajo de la media nacional, e incluso por debajo de la media de los estados del este de Alemania. Dos cifras más ilustran este punto: el 89 % de los votantes de AfD temen que los precios suban tanto que ya no puedan pagar sus facturas. El 80 % teme perder su ya bajo nivel de vida. Por lo tanto, quienes viven aquí no tienen una simple ilusión de movilidad descendente. Para muchos, la realidad económica es realmente peor que en otros lugares.

Décima escena – Segunda lección: Cuatro conejos, una serpiente
La segunda constatación es aún más inquietante: la AfD apenas tuvo que convencer a nadie de que los partidos tradicionales estaban haciendo un buen trabajo. Porque la CDU, el SPD, los Verdes y el Partido de la Izquierda hicieron campaña, en esencia, contra la AfD. Advertieron sobre un posible primer ministro estatal de la AfD, movilizaron a los votantes estratégicos y apelaron a la responsabilidad democrática. Cuatro conejos mirando con pánico a una serpiente.
El propio candidato principal de la AfD agradeció con arrogancia a todos por esto en su entrevista posterior a las elecciones en ARD. Afirmó que los demás partidos simplemente habían atacado a la AfD, carecían de propuestas políticas propias y, por lo tanto, se habían convertido en activistas de la AfD. Duele decirlo, pero tiene razón.
Por supuesto, los demás partidos tenían sus propias plataformas. Pero claramente ninguna que pudieran comunicar de forma creíble. Esto es especialmente cierto en el caso de la CDU y el SPD, que también forman parte del gobierno federal. No han aprovechado los últimos años para mejorar de forma tangible la vida cotidiana de los habitantes de Sajonia-Anhalt. Para recuperar la confianza. Para aliviar las preocupaciones, las dificultades y los temores de un descenso social.
Sin credibilidad propia, incluso los programas electorales superiores a los de la AfD no valen ni el papel en el que están impresos.
Decimoprimera escena – Tercera lección: ¿BSW como soporte para estribos?
Lo primero que pensé al ver la proyección de las 6 de la tarde fue: ¡Mierda! Lo segundo: Al menos no habrá un gobierno unipartidista de AfD, no habrá el peor escenario posible.
Sin embargo, a medida que avanzaba la noche electoral, se hizo cada vez más evidente que la AfD aún podría llegar al poder a pesar del resultado. Existen dos opciones concretas para ello: una escisión dentro de la CDU/CSU y una alianza con Sahra Wagenknecht.
El BSW ha obtenido escaños en el parlamento estatal y, por lo tanto, podría convertirse en un factor decisivo. Sin el BSW, una mayoría contra la AfD es prácticamente impensable. Al mismo tiempo, Wagenknecht rechaza una coalición formal con la AfD, pero no la cooperación con ella. Esta distinción podría resultar crucial. Wagenknecht aboga por un «nuevo comienzo político» y quiere utilizar las mayorías para impulsar, entre otras cosas, una política energética diferente, una mejor educación, una reforma de la radiodifusión pública y el fin de las sanciones contra Rusia.
Wagenknecht no quiere saber nada del cortafuegos: «La política del cortafuegos ha fracasado. El mero intento de forjar otra coalición en torno al cortafuegos sería una afrenta a los votantes».
Parece una oferta impulsada por la sed de poder. Y esa es precisamente la intención. Los cuatro puntos no son elegidos al azar, sino que constituyen las principales exigencias del programa de la AfD. El BSW subraya que no pretende elegir a Siegmund como Ministro Presidente, sino proponer un candidato independiente. No obstante, la AfD llegaría al poder igualmente.
Alice Weidel percibe una oportunidad. Las conversaciones entre la AfD y otros partidos ya se habían producido antes de las elecciones, según declaró Weidel a los periódicos del Grupo Funke Media la noche electoral. «Y, por supuesto, un escenario de gobierno con el BSW es muy interesante para nosotros, la AfD». Asimismo, un gobierno en minoría es «una opción relevante para la AfD en Sajonia-Anhalt». (…)
*** Maurice Höfgen ha trabajado como asesor y colaborador de investigación para el Parlamento Alemán (Bundestag) en las áreas de política fiscal y monetaria
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