El escándalo por la conferencia de Ruzzarín en Veracruz no es sobre él, es sobre qué le cuesta a la izquierda perder su coherencia
Mauricio Prado Jaimes (Nuestra América Blog Substack), 12 de Septiembre de 2026

Los intelectuales revolucionarios son los que no sólo elaboraron o defendieron teorías innovadoras, rebeldes y subversivas sino que también escogieron una conducta de vida y un compromiso político que apuntaba a su realización
Enzo Traverso
La polémica por la conferencia de Diego Ruzzarín en Coatzacoalcos me tomó mientras leía Revolución. Una historia intelectual de Enzo Traverso. En un capítulo, el autor italiano historiza cómo han sido los intelectuales revolucionarios desde el siglo XVIII hasta mediados del XX y las discusiones centrales que han atravesado a esta figura.
La cuestión de cómo han vivido y cómo deben de vivir los intelectuales revolucionarios ha sido una discusión constante en todo este tiempo. Desde Marx criticando a los intelectuales parias y bohemios que rechazaban el dinero, vivían al día y tenían un estilo de vida hedonista, más asociados al anarquismo; la propuesta de Bakunin o Lenin respecto a que intelectuales revolucionarios de origen burgués debían renunciar a su clase, sumarse a una ética del trabajo idéntica de los obreros y asumir por completo la tarea práctica de transformar el mundo; hasta los intelectuales subordinados al partido de la URSS o los intelectuales marxistas desencantados de la segunda mitad del siglo XX incrustados en la academia.
Leyendo sobre todas estas posturas y discusiones, me quedé pensando en el momento en el que nos encontramos hoy en día. El caso de Diego Ruzzarín me interesa porque evidencia cómo las coordenadas de históricos debates en las izquierdas persisten, se renuevan y se transforman. Guardando, por supuesto, las debidas proporciones entre este caso particular y las expresiones históricas y consciente de mi romanticismo por el siglo XX, considero que se pueden extraer reflexiones para la izquierda, más allá de un juicio particular a la figura de Diego Ruzzarín, a quien no me interesa funar ni defender.
No soy nadie para juzgar los ingresos personales de Diego Ruzzarín o a quién le cobra. Él tendrá sus motivos para elegir de dónde obtener sus recursos e incluso puedo empatizar con él por la situación familiar que ha expuesto en múltiples ocasiones. Lo que me interesa es comprender los mecanismos que operan en la opinión pública para juzgar la legitimidad o no de determinado influencer o intelectual, y cómo responde la izquierda ante este fenómeno.
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Siempre me ha llamado la atención que exista un doble parámetro en la opinión pública cuando estallan escándalos de falta de austeridad, corrupción o incluso por la cantidad de ingresos recibidos. Cuando un político o referente de izquierda es captado cenando en un lugar lujoso, con un reloj caro o se descubre que hubo algún caso turbio en la obtención de algún bien material, para la opinión pública es una afrenta moral imperdonable. Pero cuando esto mismo ocurre con políticos o referentes de las derechas, la indignación (si llega a existir) es mucho menor.
Este fenómeno se expresó con fuerza por el escándalo que generó en redes sociales la conferencia que Diego Ruzzarín dio en el Festival del Mar de Coaztacoalcos, que se celebró el pasado 7 y 9 de agosto. El periodista Jorge Gómez Orozco, mediante una solicitud de transparencia, dio a conocer que el gobierno de Rocío Nahle, a través de la Secretaría de Cultura, pagó 864,200 pesos a una compañía de representación por dos conferencias de los creadores de contenido Diego Ruzzarín y Farid Dieck de una hora cada una. Hay que aclarar que esa cantidad fue a una empresa que gestionó las dos conferencias, por lo que el monto que recibió cada influencer es menor.
El mercado de las conferencias es uno más de toda esta economía de la atención que pretende usar el capital simbólico de un referente, ya sea periodista, creador de contenido, intelectual o artista, para atraer un público hacia un espacio. El mercado de los discursos no se rige por la calidad o nivel del conocimiento de los conferencistas, sino por el capital simbólico que poseen, y más directamente por la fama.
En este sentido, Diego Ruzzarín, Denise Dresser, Ángela Davis, El Temach, Slavoj Zizek o Chumel Torres tienen atractivo para quienes los contratan como conferencistas por la capacidad de concentrar la atención del público, no por sus ideas en particular, sean de izquierda o derecha. A los contratistas les interesa tratar de trasladar algo del capital simbólico a sí mismos. En todo caso, la elección de la ideología del personaje tendrá alguna lógica por el target al que quien contrata pretende llegar.
Sin embargo, nadie le reclama a los artistas que estuvieron en el festival, a otros conferencistas, o al propio Farid Dieck, quien probablemente cobró más que Ruzzarín, y en cambio todas las críticas se centraron en este último.
Para la opinión pública se presentó como un agravio que un influencer que se define como comunista, cuyo contenido se centra en la crítica al capitalismo, la alienación de la clase trabajadora, el daño del consumismo que promueve el sistema, las narrativas de la meritocracia y siempre denuncia las condiciones materiales que promueven la desigualdad, haya decidido cobrar a un gobierno estatal una cantidad que probablemente excede lo que un trabajador promedio en México genera en un año por una conferencia de 45 minutos.
La discusión pública se centró en los detractores que denuncian la hipocresía de la izquierda de Ruzzarín, quien le menta la madre al capitalismo con la mano izquierda pero cobra con la derecha, y quien se sirve de la crítica al capitalismo para generar ingresos personales. Mientras que sus defensores argumentaron que la izquierda tiene el mismo derecho de cobrar que representantes de la derecha y que definirse como comunista, o de izquierda en general, no significa hacer votos de pobreza, por lo que puede cobrar lo que desee.
No me inclino por ninguna de estas coordenadas del debate. No me parece aceptable ni exigir una pobreza franciscana a la izquierda a nivel individual, pero tampoco me parece aceptable que un intelectual crítico tenga una asimilación burguesa cínica. En cambio, prefiero entender por qué se espera y exige un cierto modo de vida para la izquierda, mientras que la derecha tiene una expectativa moral mucho más relajada. En general, considero dos explicaciones plausibles, una sociopolítica y otra histórica.
Desde una lectura histórica, la izquierda y particularmente el marxismo han tenido una estrecha vinculación con la praxis, que está sintetizada en la famosa la tesis de Karl Marx sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Desde el siglo XIX, nació esta exigencia a los intelectuales para que no sólo se dedicaran al mundo de las ideas, sino que también se involucraran en la práctica para transformar la realidad.
Pero además, había toda una ética personal del “hombre nuevo” que debían acatarse, había una forma de vivir basada en la disciplina, solidaridad, austeridad y vida dedicada al estudio y la organización política. Incluso sin que los intelectuales vivieran en la pobreza y gozaran de condiciones dignas, había que mantener un estilo de vida austero, sobrio y no alineado con la forma de vivir burguesa.
Ahora, desde el punto de vista sociopolítico también se puede entender la exigencia de austeridad. Si a la izquierda se le exige, o se espera de ella, un nivel de congruencia personal con las ideas que defiende es porque ha construido parte de su autoridad política en la congruencia moral. Al enarbolar causas como igualdad, la eliminación de las jerarquías, la crítica al consumismo y los excesos, la distribución igualitaria, entre otras, una figura adquiere mayor reconocimiento y prestigio al vivir acorde a las ideas que defiende. Cuando el capital político o simbólico de un personaje se construyó sobre una serie de ideas-fuerza y virtudes, violarlas tiene un mayor costo que cualquier otro actor cuyo capital se apoya en otras bases.
Un caso paradigmático de esto es el expresidente López Obrador, quien fue un político que construyó su trayectoria en el cuestionamiento a los excesos de la clase político, abogó siempre que “no puede haber un gobierno rico con pueblo pobre” y siempre fue consciente de que debía mantener el discurso político con una congruencia personal para que fuera efectivo. Si buscas representar al pueblo, debes ser cercano a él.
En la antítesis, tenemos el caso del senador de Morena, Gerardo Fernández Noroña, quien también construyó su figura política como un político-activista contrario a la clase política, pregonó incluso con mayor fuerza que López Obrador a favor de un modo de vida austero (presumiendo sus viajes en transporte público, que vivía de vender libros y con una estética sobria), pero en los últimos años se decantó por adquirir viviendas y viajar con ciertos lujos, históricamente condenables para quienes se definen de izquierda, y su capital político ante la población se ha erosionado de forma importante.
La derecha es plenamente consciente de que gran parte de la autoridad moral de la izquierda se sostiene en principios igualitarios que exigen un correlato en el estilo de vida personal y por eso insisten en agendas de exhibición de presunta o real incongruencia. Ya sea con casos políticos, como Andrés Manuel López Beltrán (hijo de López Obrador), a quien le contabilizan hasta el precio de su ropa o los lugares que visita, para tratar indirectamente de atacar el discurso de austeridad que es un pilar de la 4T, o el caso de influencers-intelectuales como Diego Ruzzarín quien es uno de los mayores referentes de difusión del marxismo en habla hispana y tiene una audiencia gigantesca de casi 10 millones de seguidores entre todas sus redes sociales.
Ciertamente, las derechas llevan estas exigencias al extremo y caen en una cacería de brujas que llega al absurdo de defender que si eres de izquierda no puedes ni siquiera tener un Iphone o ciertos bienes básicos que no correspondan a una caricatura de pobreza. Ante esto se comprende la defensa de que sostener ideas de izquierda no implica no poder cobrar por el trabajo o aspirar a tener un modo de vida digno.
Pero el otro extremo en el que se cae también conlleva sus peligros. Reconocer que la izquierda tiene derecho a tener un modo de vida tan ostentoso como la derecha o cobrar lo que sea, conlleva una erosión de una ética histórica que ha dado una buena parte de la identidad a esta orientación política. Si se asume esta postura que disocia las ideas que se defienden del modo de vida que ejerce, se podría llegar a defender la existencia de comunistas millonarios o la relación política-empresarial con cualquier actor.
No me preocupa individualmente que Ruzzarín haya cobrado tal o cual cantidad al Gobierno de Veracruz, al Partido Acción Nacional o al gobierno venezolano; me preocupa que cada vez más gente piense que es legítimo disociar las ideas que se defienden del modo de vida. Me preocupa que la ética y la congruencia sean valores cada vez menos importantes para la izquierda.
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