Gaceta Crítica

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CHILE. GOLPE DE ESTADO: Ariel Dorfman recuerda su primera visita a la Vicaría de la Solidaridad de Chile tras el exilio

El escritor argentino-chileno-estadounidense evoca el legado de la organización que documentó los abusos de la dictadura y defendió a las víctimas de la represión, incluyendo el testimonio sobre Pepe Zalaquett y el Queno Ahumada.

Ariel Dorfman (Especial Voces), 11 de Septiembre de 2026

Especial Voces que Recuerdan es material de la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad (Funvisol). Su reproducción en medios requiere citar la fuente y enlazar a: www.vicariadelasolidaridad.cl/noticias/especial-voces-que-recuerdan.
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Testimonio de Ariel Dorfman. Escritor argentino-chileno-estadounidense (Buenos Aires, 1942). Asesor cultural del jefe de gabinete de Salvador Allende entre 1970 y 1973; tras el golpe se asiló en la embajada de Argentina y partió al exilio en París, Ámsterdam y Washington. Autor, entre otras obras, de La muerte y la doncella (1990), pieza teatral sobre tortura y transición, llevada al cine por Roman Polanski. Es Embajador de la Memoria del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.

Mi primera visita a la Vicaría de la Solidaridad fue el 5 de septiembre de 1983, el día después de mi retorno a Chile después de un exilio de diez años.

Era un peregrinaje con el que había soñado durante las pérfidas horas de mi destierro. Por cierto, que, desde la lejanía de París y Ámsterdam y Washington —las ciudades que nos acogieron a mí y a mi familia en el transcurso de esa década errante— había viajado en mi imaginación muchas veces a ese edificio en la Plaza de Armas de Santiago. En la medida en que arribaban noticias sobre su lucha, bajo el amparo de la Iglesia Católica, por los derechos humanos en esos años iniciales de la dictadura, y hablaba yo con víctimas que habían recibido ayuda y amparo de esa organización cada vez más legendaria, me iba formando una idea no sólo de sus actividades legales y de reparación sino también del espacio físico donde ocurrían tales pujanzas y acciones.

Y pude adentrarme aún más en cómo funcionaba la Vicaría y los desafíos y peligros que enfrentaba cuando Pinochet decidió detener y expulsar a mi amigo del alma, Pepe Zalaquett, insigne miembro del elenco estelar de juristas de la Vicaría. La primera noche que llegó a nuestro departamento en Vincennes, donde lo alojamos durante sus primeros días en París, comenzó una larga conversación sobre sus experiencias y las de sus colegas, una interlocución que siguió a lo largo de muchas otras ocasiones.

Ver con mis propios ojos

Pero ninguno de aquellos encuentros desde la distancia con la Vicaría me preparó para lo que significó ver con mis propios ojos y recorrer con mis propios pies, junto a mi hijo adolescente Rodrigo, ese lugar que recordaba la historia reciente de Chile en lo que tenía de más terrible y vergonzoso y cruel, y también de más valiente y astuto y honorable.

Ir por los corredores donde esperaban ser recibidos y escuchados centenares de hombres y mujeres y niños perseguidos por el régimen, dialogar con los familiares de los detenidos desaparecidos, comprobar los afanes de los abogados, entrar en las oficinas donde los trabajadores sociales atendían a quienes habían sufrido torturas, era una lección en cómo era posible resistir el dolor y la saña y las mentiras de la dictadura.

Fue la primera visita de muchas. Vaya que habría otras, vaya que la Vicaría me defendería cuando fui detenido y exiliado otra vez con mi pequeño hijo Joaquín, vaya que sabría yo más acerca de esos años por boca del demasiado modesto Álvaro Varela, que me fue contando, ya en democracia, diversas peripecias de la organización a la que sirvió durante tanto tiempo.

Los archivos contra el olvido

Pero en esa oportunidad sobre todo presencié algo que ha seguido dándome vueltas en forma imborrable. Fue el momento en que entré, estremecido, a las dependencias donde se guardaban los archivos de la Vicaría. Ahí trabajaba mi amigo de infancia y entrañable compañero de una vida entera, el Queno Ahumada, que justamente en ese septiembre de 1983 se encontraba fuera de Chile. Pero por medio de correspondencia con él y mensajes que me mandaba desde el interior, había sabido que en esas colecciones se registraba la secreta y aterradora historia del país que la dictadura trataba de suprimir durante su reinado de terror.

La mera existencia de esos legajos era una garantía de que no iban a caer en el olvido las violaciones que había sufrido nuestro pueblo. Lo que no me di cuenta plenamente en ese entonces era que, al salvaguardar la memoria de los abusos de la dictadura y del modo en que muchos chilenos y chilenas no aceptaron aquellos abusos como eternos, se creaban también pruebas fehacientes que servirían para enjuiciar posteriormente a muchos de los peores delincuentes de la dictadura, incluyendo la detención en Londres del mismísimo Augusto Pinochet por crímenes contra la humanidad.

Más de cuarenta años después de esa primera visita a la Vicaría, y medio siglo después de su fundación, es alentador recordar su legado: un modelo, más allá de Chile, de cómo defender a quienes sobrellevan una persecución despiadada, y también de cuán importante y esencial es preservar la memoria del pasado para que mañana no volvamos a tolerar semejantes asaltos a la dignidad humana.

En un mundo hoy amenazado doquier por la recurrencia de dictaduras como la de Pinochet, queda claro que lo que hace falta es una Vicaría de la Solidaridad, muchas Vicarías de la Solidaridad, para nuestro planeta atribulado.

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