Pablo Castaño (Profesor UAB y periodista) -PÚBLICO-, 10 de Septiembre de 2026

Sajonia-Anhalt, el land alemán donde la ultraderecha arrasó el pasado domingo, tiene la tasa más baja de población extranjera de Alemania: menos del 8 por ciento. Su problema no es la inmigración, sino la emigración: este pequeño estado ha perdido la cuarta parte de su población desde la reunificación de las dos Alemanias y hoy tiene apenas dos millones de habitantes. Sajonia-Anhalt encabeza el ranking de pobreza infantil, con un 24 por ciento, y tiene una de las tasas de paro más altas del país.
La principal causa de estos tristes récords es la desindustrialización que sufre el land desde su incorporación a la República Federal Alemana en 1990 y la falta de políticas para paliar sus efectos. La industria del socialismo real no resistió el shock de la integración en el mercado capitalista y las administraciones no cumplieron su promesa de proteger a la población. Un trauma compartido con el resto de estados de la antigua República Democrática Alemana (RDA), donde más del 60 por ciento de los habitantes se consideran “ciudadanos de segunda”. Alternativa por Alemania (AfD) ha sabido aprovechar esta sensación de agravio y la nostalgia de la RDA, creando un sentimiento de pertenencia que los demás partidos son incapaces de emular. Además, la emigración masiva ha permitido al partido ultra agitar el fantasma de la sustitución demográfica –aunque la inmigración sea mínima en Sajonia-Anhalt–.
Este terreno de juego le ha permitido a Ulrich Siegmund, el líder regional de AfD, obtener una aplastante victoria electoral que le ha dejado muy cerca de la mayoría absoluta. Los escaños que le faltan para gobernar se los proporcionará previsiblemente el partido de Sahra Wagenknecht, la política rojiparda que prometió parar a AfD pero a la mínima oportunidad se ha convertido en su muleta más fiel.
Los datos que apuntaba al principio –poca inmigración, mucha pobreza– nos permiten identificar dos lecciones del ascenso de AfD en Sajonia-Anhalt, que también son útiles para explicar el crecimiento ultra en otros lugares. Primero: las desigualdades, la depresión económica y la falta de perspectivas de futuro son el mejor caldo de cultivo para la ultraderecha.
El canciller alemán, Friedrich Merz, ha dicho que “no podemos simplemente volver a la normalidad” tras los resultados, pero no piensa retirar su agenda de recortes sociales, que incluyen retrasar la edad de jubilación y restringir las bajas laborales. Es otro capítulo más de la interminable agenda de austeridad que han impuesto las sucesivas grandes coaliciones de la CDU y el SPD, alimentando las aguas de la frustración en las que pesca AfD. No es casualidad que los ultras hayan conseguido el 65 por ciento de los votos de quienes consideran que su situación económica es mala: son quienes más sufren la desindustrialización y los recortes.
Segunda lección de Sajonia-Anhalt: la ultraderecha no es la respuesta al ‘problema’ de la inmigración; la ultraderecha convierte la inmigración en un problema en las mentes del electorado. Que haya más o menos migrantes es lo de menos. Siegmund ha conseguido canalizar contra las personas migrantes el malestar de quienes han visto cómo su situación socioeconómica empeora desde los 90.
Para la tarea de convertir malestar social en racismo, AfD ha contado con la inestimable ayuda de los partidos tradicionales, que han copiado gran parte de su discurso antiinmigración: el excanciller socialdemócrata Olaf Scholz impulsó (con los liberales y los verdes) una ley para “deportar a gran escala”, que la CDU rechazó por considerarla demasiado blanda. Este concurso de xenofobia entre los partidos del establishment ha conseguido que no parezcan tan demenciales los planes de “reemigrar” a millones de personas, que discutió en una reunión secreta en Postdam un selecto grupo de líderes de AfD (incluido Siegmund), militantes neonazis, empresarios y miembros de la CDU.
Habrá quien aproveche la victoria de AfD en Sajonia-Anhalt para repetir solemnemente que hay que ‘atender la legítima preocupación de la sociedad por la inmigración’ –un eufemismo habitual para copiar las recetas xenófobas–. En realidad, los grandes partidos alemanes llevan años haciéndolo y el resultado es que un ultraderechista va a gobernar un land por primera vez desde la muerte de Adolf Hitler. Para los partidos tradicionales alemanes es más fácil atacar a los trabajadores migrantes que dejar atrás las desastrosas políticas de austeridad, porque esto significaría enfrentarse a las poderosas élites económicas. Más difícil aun sería abordar en serio la desigualdad estructural que sufre la clase trabajadora de la antigua RDA, porque eso implicaría dedicar abundantes recursos públicos a política social y reindustrialización; tarea imposible con el gasto público limitado por la Constitución y el rearme como prioridad compartida por democristianos, socialdemócratas, liberales y verdes.
El 24 por ciento de pobreza infantil en Sajonia-Anhalt explica mejor la victoria de AfD que el 8 por ciento de población extranjera. Mientras las élites políticas sigan actuando como si fuese al revés, el monstruo seguirá creciendo en Alemania y en toda Europa. También en España, donde a algunos les sigue costando entender cómo la desesperación producida por la crisis de vivienda y el aumento del coste de la vida alimentan a la ultraderecha.

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