Gerardo Almaraz (CEMEES -México-), 10 de Septiembre de 2026

En el poema La mujer de Lot, Wisława Szymborska reinterpreta el mito bíblico del Génesis en el que la esposa del patriarca desobedece la orden de no mirar hacia atrás mientras huye de la destrucción de Sodoma y Gomorra. Pero su gesto no nace de una simple curiosidad, voltea porque hay una pérdida que no puede abandonar. “Miré hacia atrás porque me dio tristeza la escudilla de plata”, escribe Szymborska. Algo semejante podría decirse de la poesía de Raúl Zurita (1950) si pensamos que su lírica es la mirada de quien no puede dejar de volver sobre la destrucción. Como la mujer de Lot, Zurita permanece frente a aquello que ha quedado petrificado en el tiempo, los muertos, la derrota y la herida. La poesía entonces intenta liberar aquello que quedó convertido en piedra y devolverle, en el tiempo futuro, una posibilidad de cicatriz.
En Un mar de piedra (FCE, México, 2018), Héctor Hernández Montecinos reconstruye, a través de documentos y testimonios, distintos momentos de la vida del poeta chileno. Me detengo en aquellos relacionados con la dictadura de Augusto Pinochet, porque allí se encuentra una de las claves para comprender la transformación de Zurita como poeta.
El joven de 23 años y militante de las Juventudes Comunistas era un “partidario fervoroso” del proyecto de Salvador Allende, cuyo camino hacia el socialismo había elegido una vía democrática. Zurita escribía y experimentaba como todo poeta principiante. Sus poemas estaban relacionados con la naturaleza, la ciudad y los espacios que permiten al hombre respirar. También ensayó una escritura vinculadas con las matemáticas y con la estructura del poema como una manera de relacionar la representación con sus concepciones de la realidad. No resulta extraño si consideramos que estudiaba Ingeniería Civil. Entonces, de aquellos primeros juegos con las palabras surgió la serie de poemas Áreas verdes, publicada en la revista Chilkatún en 1973 y posteriormente incorporada a Manuscritos, en 1975. Pero la mañana del 11 de septiembre de 1973 rompió aquella continuidad.
A través de la radio nacional, los militares exigían la renuncia inmediata de Allende. A las nueve de la mañana rodearon el Palacio de La Moneda y, dos horas después, comenzaron los bombardeos. La experiencia política que había intentado abrir un camino democrático hacia el socialismo fue atacada desde el cielo.
“La dictadura y el golpe militar en Chile es el hecho más crucial de mi vida, más crucial que la muerte de mi padre cuando yo tenía dos años. Nunca saldré de eso. Es lo que me ha marcado definitivamente”, ha dicho Zurita.
No se trata únicamente de una declaración biográfica, sino un parteaguas artístico. El golpe de Estado no solamente transformó la vida de Zurita, modificó aquello que para él significaba hacer poesía. La historia había entrado violentamente en su vida privada y ya no era posible escribir como si nada hubiera sucedido.
“Tuve una decisión artística, por así decirlo. El centro de mi vida va a estar ligado al 11 de septiembre de 1973. Todo lo que haga girará en torno a ese día”. Y añade más adelante: “lo que yo llamo voluntad artística: tú lo eliges. Tú no eliges que te golpeen, tú no eliges tus dones, ni tus talentos, ni eliges tampoco tu cara, pero hay una cosa que tú puedes elegir: eso es lo que el arte permite”.
Zurita no eligió la dictadura ni la herida histórica que le tocó vivir. Pero sí podía decidir qué hacer con aquello que le había sido impuesto. Su voluntad artística consistió precisamente en transformar esa experiencia en el centro de su poesía, no para embellecerla ni para convertir el sufrimiento en una fórmula estética, sino para encontrar una forma capaz de contenerlo.
Si pensamos la poesía como un puente entre la vida y la muerte, la guerra constituye uno de los territorios donde esa unidad se vuelve más necesaria. Homero lo comprendió en La Ilíada cuando plasmó que el saqueo no es una abstracción heroica, acaso la experiencia atravesada por la muerte, el dolor, la pérdida y la destrucción. Troya se elevó como un canto desde la atrocidad, contar aquellas desgracias podía ser también la manera de advertir a los hombres del futuro sobre las locuras y los crímenes del pasado. Sabemos que esa advertencia no ha sido suficiente porque las ciudades siguen siendo destruidas. Los pueblos siguen siendo perseguidos y exterminados. Por eso Zurita no ha dejado de volver sobre la herida, desde Purgatorio (1979), Anteparaíso (1982), Canto a su amor desaparecido (1985), El amor de Chile (1987), Ni pena ni miedo (1993) hasta INRI (2003), su obra ha insistido en mirar aquello que otros quisieran convertir en olvido.
Pero Zurita hace una precisión. “Sin dolor no hay arte porque la herida es precisamente el vacío. El hueco que permite que salga la poesía. Si no hay dolor está todo cerrado, no hay poemas. Los griegos han tenido para ello muchas respuestas. La única que no ha sido superada ha sido la de ellos, que es la famosa musa, que ahora nos parece ridícula y naif”.
No es una fórmula ni una ars poética porque el sufrimiento, por sí mismo, no produce poesía. Lo que importa es aquello que la herida abre donde el vacío permite que algo salga, que aquello que parecía imposible de decir encuentre un lenguaje. Por eso resulta fundamental la sentencia: “la tarea no era escribir poemas ni pintar cuadros; la tarea era hacer de la vida una obra de arte y los restos triturados de esa tarea cubren el mundo como si fueran los escombros de una batalla cósmica que se ha perdido”.
Vivir es anterior al poema, pero en tales circunstancias, para Zurita primero estaba la necesidad de sobrevivir. La literatura no aparece como un refugio para escapar de la realidad, sino como una cualidad de intervenir en ella.
“Uno tenía que trabajar en esas condiciones. Y si hacía poesía o arte, era para superar todos los obstáculos, incluso los de la situación en que vivía. Y cuando uno ha sobrevivido, cuando está vivo y en su propio país, comprende que la relación entre literatura y la vida es fundamental, que lo que importa en realidad es hacer que la existencia que vivimos sea más vivible y que toda obra literaria y de arte participe de ese proyecto en fondo colectivo. Pues algún día llegará el fin de la dictadura y lo que hace uno como escritor es participar y ser un poco testigo, un plasmador del tiempo en que le tocó vivir y de las esperanzas de su propio pueblo”.
Si de algo nos ha servido la poesía es para traducir las experiencias humanas a través del lenguaje. El poema es el cuerpo en que esa práctica se vuelve visible y real. Antonio Machado definió alguna vez la labor del poeta como un diálogo de un hombre con su tiempo, un pescador de peces vivos. Cada poeta escribe desde aquello que nace de la combustión de sus huesos y, al enfrentarse con la realidad, encuentra la sustancia de convertir ese vínculo en lenguaje.
A eso se debe que, al adentrarnos en los poemas de Raúl Zurita, estamos ante un vate que intenta abarcar la totalidad de una experiencia histórica. Y para hacerlo necesitó formas inusuales, o mejor dicho, creo su propio estructura para que el verso pudiera soportar la violencia de la dictadura militar. Si la realidad ha sido destruida, también las formas tuvieron que ser llevadas hasta sus límites. De ahí que Zurita pueda afirmar:
“La poesía no puede derribar a una dictadura, pero sin poesía no hay posibilidad de derribarla. Si los seres humanos no fuesen capaces de esa extrema delicadeza que es escribir poemas, la violencia sería lo natural, pero porque existen los poemas, la violencia, las matanzas, la tortura, los genocidios, son mucho más monstruosos”.
La mujer de Lot volvió la mirada y quedó convertida en roca. Zurita hizo de esa mirada una forma de vida, una manera de permanecer frente a aquello que otros quieren sepultar: los horrores cometidos por la ambición de enriquecerse a toda costa. Después de una catástrofe como la dictadura de Pincohet, mirar hacia atrás es un acto político cuando significa negarse al olvido y señalar a quienes pretenden ocultar sus crímenes bajo el discurso de la democracia. La tarea no consistía en escribir poesía, sino en construir un mundo habitable, una sociedad sin clases que, como dijo el poeta, volverá.
Gerardo es Sociólogo por la UACh, autor de Vestigios (2022) y creador artístico del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
Fuentes
Zurita, Raúl (2018). Un mar de piedra. Edición Héctor Hernández Montecinos. FCE. Chile.
Zurita, Raúl; Soto, Lilvia (2025). Cuando hablar de árboles…/La demencial apuesta de la poesía. Medusa editores.
Zurita, R. (2017). Discurso de agradecimiento al recibir el Premio Iberoamericano de poesía Pablo Neruda. Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.
Deja un comentario