Gaceta Crítica

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“México solo puede ofrecer tamales picantes y jitomates a Estados Unidos”….

Christian Jaramillo (CEMEES -México-), 9 de Septiembre de 2026

Esta fue la declaración que hizo hace unos días el presidente de Estados Unidos sobre México, en torno a las actuales renegociaciones del T-MEC. Viendo de quien viene la expresión, el contenido no debería causar sorpresa ni indignación, pues actuar con estulticia a partir de crearse un personaje “intimidante” aparece como requisito indispensable para convertirse en un ganador. Al menos así lo hace saber en su propio libro El arte de la negociación. Sin embargo, a pesar de la impostura de este personaje que solo “intimida” a las niñas que ha acosado, de acuerdo con los archivos Epstein, hay que recordarle lo que México realmente representa para Estados Unidos, al menos en los aspectos más relevantes.

Vínculo comercial

En 2025, México se consolidó como el mayor socio comercial de Estados Unidos, con un intercambio que alcanzó los $872,800 millones de dólares. En esta relación, México no se limitó a exportar productos agrícolas como lo quiere hacer ver Donald Trump; por el contrario, este fue uno de los rubros que menos peso tuvo en el total de las exportaciones de México hacia Estados Unidos: a) bienes manufacturados: 87.8%; b) productos petroleros: 6.9%; c) bienes agropecuarios: 3.8%; d) productos extractivos no petroleros: 1.5%.

Como se puede observar, los productos agrícolas apenas representaron cerca del 4% del total de las exportaciones de México a Estados Unidos. Los bienes manufacturados fueron, con diferencia, los que más se exportaron desde territorio mexicano. Esto no quiere decir que México sea una potencia manufacturera, ni mucho menos. En realidad, en la mayoría de los casos funge únicamente como un puente maquilador hacia los centros económicos, principalmente Estados Unidos. Esto es, lo que realmente exporta México es fuerza de trabajo barata, incorporada en el ensamblaje de los productos finales.

No hay una cifra clara sobre cuánto representa la mano de obra barata en las ganancias de las empresas transnacionales que “invierten” en México, pero sí se sabe que ahorran alrededor de un 40% en costos totales de fuerza de trabajo en comparación con sus países de origen. Por poner un ejemplo, mientras que en Estados Unidos la industria automotriz paga en promedio 20 dólares la hora, en México apenas paga entre 2.50 y 4.90 dólares la hora. Es decir, México exporta, a través de la explotación de su mano de obra, buena parte de las ganancias de los capitalistas estadounidenses que “invierten” en México, como General Motors, Ford Motor Company, Honeywell, etc.

Del otro lado de la moneda, México le ofrece a Estados Unidos un mercado seguro, casi cautivo para sus mercancías. Basta ver toda la furia, desesperación y los  ataques comerciales que ha lanzado Estados Unidos ahora que China ha aumentado los vínculos comerciales con México. Para Estados Unidos es imperioso tener monopolizados los mercados de los países latinoamericanos, ya sea por las “buenas” (amenazas arancelarias) o por las malas (presiones políticas de todo calibre). Porque, como se sabe, la plusvalía solo se realiza cuando las mercancías se venden; sin mercados cautivos, el capital se asfixia. Y México es para Estados Unidos la válvula de oxígeno más importante de la región.

Cerca del 50% de todas las importaciones de México provienen de Estados Unidos. En 2025, México se consolidó como el país que más le compra a Estados Unidos, y con una tendencia a la alza. En el año que transcurrió del primer cuatrimestre de 2025 al primer cuatrimestre del 2026, las exportaciones de Estados Unidos a México pasaron de 134,200 millones de dólares a 337,900 millones de dólares; esto es, un aumento del 150%.

Esta intensa relación comercial sostiene, según la Cámara de Comercio de Estados Unidos, 4.9 millones de empleos. Esto quiere decir que si México no le comprara todo lo que le compra a Estados Unidos, cerca de 5 millones de empleos de ese país estarían en verdadero peligro. En ese sentido, México también le ofrece a Estados Unidos la posibilidad de mantener a flote millones de empleos, y que así los capitalistas estadounidenses continúen enriqueciéndose a través de la extracción de plusvalía de sus propios trabajadores.

Fuerza laboral esencial y contribuyente

La comunidad mexicana en Estados Unidos es de más de 38 millones de personas, independientemente de su situación legal. Su aportación al Producto Interno Bruto (PIB) estadounidense alcanza los $2.3 billones de dólares, lo que representa casi el 10% de toda la economía del país. De acuerdo con el centro de investigación Latino Donor Collaborative, “si el total de los mexicanos en Estados Unidos fueran un país independiente, serían el décimo país más grande del mundo”. Pero este no es el punto más importante de la cuestión, porque visto así y como seguramente lo ve Trump, pareciera un trato de iguales o un trato justo: “nosotros les damos trabajo y ellos ayudan a crecer la economía”.

Lo cierto es que el aporte de los trabajadores mexicanos es mayor al que aparece en la cifra anterior, porque no se debe contabilizar únicamente lo que producen, sino lo que se les deja de pagar e infla los bolsillos de los capitalistas de Estados Unidos. En promedio, un trabajador mexicano en Estados Unidos gana entre $28,000 y $38,000 dólares al año (unos $2,300 a $3,100 dólares al mes), mientras que el salario promedio general para un trabajador estadounidense ronda los $60,000 dólares anuales (o más de $6,600 dólares al mes). Así pues, el trabajador mexicano en Estados Unidos no solo contribuye a aumentar el PIB, es decir la producción interna de mercancías, sino que es pieza fundamental para su reproducción ampliada, porque es gracias a la super ganancia que obtienen los capitalistas al pagar salarios por debajo del valor de la fuerza de trabajo que pueden seguir acumulando y mantenerse a flote en un mercado cada vez más competitivo.

En ese sentido, el trabajador mexicano (tanto en México como en Estados Unidos) es fundamental para la economía norteamericana. Y si los argumentos desarrollados no fueran suficientes para convencer al amable lector, bastaría con preguntarse quién se quejaría más si, en un caso hipotético, Trump decidiera deportar a todos los mexicanos de la noche a la mañana. Para los trabajadores mexicanos sería un duro golpe a su economía, pero los que pondrían realmente el grito en el cielo serían los propios capitalistas estadounidenses. Ellos saben, mejor que nadie, la importancia del trabajador mexicano en su país. Los trabajadores estadounidenses no están dispuestos a hacer las labores que hacen los mexicanos y mucho menos por el salario que estos cobran. De modo que si se los regresa, su ganancia se va a ver considerablemente perjudicada. Y eso, en un sistema económico donde el dinero manda, pondría a Trump o al que lo intente en un verdadero aprieto político.

Dicho lo anterior, no quedan dudas de que lo mencionado por Trump no es más que un despropósito que tiene por objetivo mejorar las condiciones de negociación del T-MEC para Estados Unidos. Hacerse el intimidador no es más que el reflejo del moribundo que da manotazos de ahogado y que ve en la fuerza de batir más rápido sus brazos una posible salvación; de alguien que sabe que desde lo económico no puede imponerse y establecer las reglas del juego. Y lo sabe porque el verdadero fantasma en la mesa no es México, sino China. Las empresas chinas se han vuelto mucho más productivas, ofrecen precios que las estadounidenses no pueden igualar sin recurrir a la fuerza bruta de los aranceles. Por eso Trump se desespera, porque si no ayuda a sus empresas a controlar los mercados por la fuerza, estos se le escapan. Y México, con su mercado cautivo y su mano de obra barata, es uno de los últimos bastiones que le queda en la región para no perder competitividad global.

Por último, no está demás decir que, aunque fuera cierto que lo único que exporta México son tamales picantes, sería un orgullo para su pueblo ofrecer historia y tradición al mundo entero, antes que hamburguesas y Coca-Colas manchadas de sangre.


Christian Jaramillo es economista por la Facultad de Economía de la UNAM.

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