por Serge Halimi, (Le Monde Diplomatique), 8 de septiembre de 2026
El avance de candidatos de izquierda en Estados Unidos ha llevado a Donald Trump a hacer de la lucha contra el comunismo uno de sus resortes de movilización, con un tono fascistoide y silenciando los antiguos atentados de extrema derecha. Haciendo caso omiso de este contexto, todos los Estados de la Unión Europea participaron en Washington en un coloquio oficial contra el “terrorismo de izquierda”.
En principio, las cosas no pintan bien para el presidente de Estados Unidos. La guerra contra Irán que emprendió en compañía de Israel ha sido impopular desde el primer día. Y lo es todavía más seis meses después, conforme se estanca sin haber conseguido ni uno solo de los objetivos señalados y tras provocar el cierre del estrecho de Ormuz. Pero, para los estadounidenses, este conflicto se traduce ante todo en un aumento de los precios, en especial el de la gasolina (+35% desde el pasado febrero). Hace dos años, Donald Trump fue reelegido para mejorar el poder adquisitivo de sus conciudadanos y poner fin a las “guerras interminables”. En vísperas de las elecciones de medio mandato, previstas para el próximo 3 de noviembre, el balance no es nada brillante. La popularidad del presidente se resiente.
¿Qué hacer, entonces? Primera opción: agachar la cabeza mientras dura la mala racha y confiar en que un acontecimiento deportivo, un suceso jugoso o un huracán distraiga a la opinión pública de una guerra que, del lado estadounidense, no resulta demasiado sangrienta (dieciocho soldados muertos). Otra posibilidad: dramatizar la cita electoral venidera sacando a escena un monstruo al que derrotar. La constancia estratégica no es la principal cualidad de Trump: a ratos hace una cosa y a ratos la otra. Por la mañana: “Todo va bien gracias a mis éxitos, que el mundo entero envidia”; por la tarde: “Cuidado con los terroristas comunistas que conspiran para destruir nuestro amado país”.
¿Terroristas comunistas en Estados Unidos? Pues sí; de hecho, es el gran tema del Partido Republicano cuando de movilizar se trata. En diciembre de 2024, el asesinato del director ejecutivo de una aseguradora; en septiembre de 2025, el del influencer de extrema derecha Charlie Kirk; y dos meses después, la elección sorpresa de un socialista, Zohran Mamdani, para ocupar la alcaldía de Nueva York: en principio, estos sucesos heterogéneos no anuncian ni la destrucción de Wall Street ni un remake de la toma del Palacio de Invierno. Pero, en el país del macartismo y de las amalgamas más descabelladas, su sucesión crea un clima. Y proporciona material para animar una campaña.

Kerry James Marshall. — Bang, 1994
Stephen Miller marcó el tono en el funeral de Kirk. Más que tratar de reunir al país en el rechazo de un asesinato político, el asesor de Seguridad Interior del presidente estadounidense se apropió de la tragedia para demonizar a los adversarios de Trump. Y para informarles de que habían “despertado al dragón” ultraconservador. Violento, cargado de odio y amenazante, su discurso de homenaje llamó la atención en contraste con el de la viuda de la víctima, que citó el Evangelio y las palabras de Cristo en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Refiriéndose al asesino de su marido, Erika Kirk llegó incluso a añadir: “A ese hombre, a ese joven, lo perdono”.
Trump recurre a las técnicas de caza de brujas tan de buen grado como lo hicieron Richard Nixon y Ronald Reagan
Por su parte, Miller, el arquitecto de la política migratoria de Trump, desconoce la misericordia. Sus discursos recuperan la retórica fascista, hasta el punto de que sus adversarios ironizan sobre ellos diciendo que están traducidos del alemán. Cuando tomó la palabra ante un estadio de Arizona lleno de dirigentes de todo el país que habían acudido al homenaje —presidente, vicepresidente, secretario de Estado, etc.—, Miller no se contuvo: “Somos la tempestad. Nuestros enemigos no pueden entender nuestra fuerza, nuestra determinación, nuestra resolución, nuestra pasión. […] La luz prevalecerá sobre las tinieblas, venceremos a las fuerzas del mal. No pueden ni imaginarse el ejército que se está levantando en armas porque defendemos lo que es bueno, virtuoso y noble. Y vosotros, los que fomentáis el odio en nuestra contra, ¿qué tenéis? No tenéis nada, no sois nada. Sois el mal, sois la envidia, sois la codicia, sois el odio. No sois nada. No podéis construir, ni producir, ni crear nada. Nosotros somos los que creamos, los que elevamos la humanidad. Creíais matar a Charlie Kirk, pero lo habéis vuelto inmortal. […] Estamos del lado de Dios. A mi amigo, a mi hermano Charlie, le prometo esto: vamos a hacer que te sientas orgulloso. Vamos a terminar el trabajo”. ¿Era solo el sermón de un fundamentalista exaltado? Lo que vino después demostró que no.
Seis semanas más tarde, la victoria de Mamdani demostró el auge en Estados Unidos de una izquierda capaz de triunfar en la mayor ciudad del país. El asesinato de Kirk, cometido por un individuo sin una adscripción ideológica precisa, no se prestaba a una explotación política evidente. Por el contrario, la victoria en unas elecciones municipales de un socialista declarado, de un antiimperialista sonriente y brillante en la metrópolis más rica del mundo, tenía un alcance singular. Tanto más por cuanto le siguieron varias réplicas electorales en Nueva York, pero también en Míchigan, Colorado, Minnesota o Florida, donde varios candidatos a las primarias demócratas se han alzado con la victoria tras unas campañas que ponían el acento en el apoyo a Palestina, la oposición a los centros de datos o la reivindicación de una cobertura sanitaria pública. El enemigo, al que Miller había presentado como incapaz de “construir, producir, crear”, resulta que no era un “lobo solitario” y sin futuro, sino un ejército de militantes de izquierda decididos a derribar al establishment demócrata mediante la derrota de varias de sus principales figuras. Steve Scalise, líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, comparó la situación con la “toma de control bolchevique” del partido adversario. Una nueva versión de “El comunismo, ese es el enemigo”. Lo que pasó luego en esta película no era difícil de adivinar, habida cuenta de que todo el mundo en Estados Unidos está familiarizado con la trama (1).
En especial Trump. El mentor en política de quien no era sino un joven promotor inmobiliario neoyorquino fue un tal Roy Cohn, que conoció al futuro presidente tras haber sido asesor del senador republicano Joseph McCarthy, famoso por su persecución de “comunistas” reales o imaginarios en la década de 1950. Cohn ejerció como fiscal en el juicio que condenó a Ethel y Julius Rosenberg a la silla eléctrica. Y enseñó a su joven discípulo los resortes de la notoriedad mediática, la ingratitud y el encarnizamiento judicial (2).
Trump recurre con tanto mayor gusto a las técnicas de la caza de brujas cuanto que dos de sus predecesores en la Casa Blanca, Richard Nixon y Ronald Reagan, las utilizaron profusamente para abrirse paso en la vida pública. El primero lo hizo ensañándose con un alto funcionario del Departamento de Estado, Alger Hiss, acusado de espiar para la Unión Soviética. El segundo, denunciando a sus colegas escritores o actores comunistas ante el Comité de Actividades Antiamericanas, ese que prohibió a Charlie Chaplin, Orson Welles, Arthur Miller, Dashiell Hammett, Jules Dassin y tantos otros la práctica de su oficio, mandándolos a la cárcel, si era preciso.
El pasado 3 de julio, víspera de la fiesta nacional, ante el monte Rushmore y los rostros esculpidos en piedra de cuatro ilustres presidentes estadounidenses (3), Trump recuperó esta tradición a modo de conmemoración del 250.º aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Dedicó al “resurgimiento de la amenaza comunista” cerca de una cuarta parte de su discurso, desplegando para la ocasión todos los recursos de ese dominio de la lítote que lo caracteriza: “El comunismo es un peligro mortal para la libertad estadounidense. Más grave aún que la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, Pearl Harbor o el 11 de Septiembre. Es la muerte, la tiranía y la búsqueda del mal. […] No aman a Dios y no quieren tener dios. No aman la religión y no quieren tener religión. Pero no les dejaremos ganar. Es la ideología del robo, de la mentira, del control y de las matanzas. No debe haber espacio para estas doctrinas en una democracia. […] Puedes ser leal a Karl Marx o puedes ser leal a Estados Unidos. Puedes ser comunista o puedes ser un patriota. […] Estados Unidos nunca será un país comunista”. Acaso dejando entrever la mano de Miller en su discurso, el presidente de Estados Unidos añadió que el “Partido Comunista de los Estados Unidos” —de cuya existencia actual sin duda muchos se enteraron entonces— estaba compuesto de “inmigrantes clandestinos, criminales y todos los que no quieren trabajar”. En lo sucesivo, Trump se ha mostrado tan orgulloso de ese discurso que habla de él o lo cita en sus reuniones de campaña con los candidatos republicanos, a veces añadiendo nuevas y jugosas precisiones, como el hecho de que “los comunistas quieren hacer saltar por los aires el monte Rushmore” (4).
UN PERDEDOR COMUNISTA QUE ODIA A LOS JUDÍOS
Estas patrañas, susceptibles de favorecer nuevas medidas liberticidas o la impugnación de los próximos resultados electorales, no se reservan solo para consumo interno. Y dado que, según Trump, “nuestros antepasados estadounidenses no derramaron su sangre en Midway y Normandía para que una panda de ladrones, radicales y locos venga a saquear nuestra nación”, nada tiene de extraño que haya puesto también en guardia a sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) durante la cumbre de Ankara, el pasado 8 de julio, mientras estos lo colmaban de halagos. Les recordó que el comunismo era, a la vez, la promesa de “un alquiler gratuito para toda la vida, pero la más negra de las miserias y suciedad al cabo de doce meses”, “asesinatos por todas partes” y “un desastre”. Además, en su concepto, llevan demostrándolo “miles de años con nombres diversos. ¿Saben? Ya se les llame radicales, socialistas o comunistas, no hay mayor diferencia entre ellos”.
Tomarla con el comunismo en una cumbre de una organización militar de la cual Moscú es el adversario señalado no tiene nada de obvio, ya que los dirigentes rusos execran esta ideología no menos que los de Washington, Berlín o París. De modo que tal vez sea una razón más local la que explique la animosidad de Trump, así como su referencia a los precios del alquiler: el anuncio de la creación en Nueva York de un pied-à-terre tax, un impuesto que afecta a los propietarios de segundas residencias de un valor superior a cinco millones de dólares. Según Mamdani, este impuesto —en parte destinado a financiar la protección social de la infancia— está “especialmente pensado para los más ricos de los ricos que invierten su fortuna en el sector inmobiliario neoyorquino sin vivir allí”. La medida enfureció a un antiguo promotor neoyorquino cuyo inquilinato en la Casa Blanca expira en enero de 2029: “¡El alcalde Mamdani está DESTRUYENDO Nueva York! […] ESTAS POLÍTICAS DE IMPUESTOS, IMPUESTOS, IMPUESTOS son TERRIBLEMENTE MALAS” (5).
Cuando el presidente confesó su enfado a un amigo multimillonario, este le aconsejó que calificara de “yihadistas” a esos cargos electos de izquierda que, en palabras de Trump, conseguían “salir elegidos un poco por todas partes, que no han tenido ningún éxito y que vienen de Estados fallidos para decirnos cómo dirigir el nuestro”. El pasado 4 de agosto, el presidente de Estados Unidos saludó la victoria de Abdul El-Sayed en las primarias demócratas de Míchigan tachándolo de “perdedor comunista que odia a los judíos”. Y eso que el perdedor en cuestión había triunfado pese a una campaña publicitaria de 32 millones de dólares financiada por el lobby proisraelí.
Desde 1990, los extremistas de derecha habían perpetrado en Estados Unidos cinco veces más ataques y causado siete veces más muertes que la extrema izquierda
“Comunista”, “yihadista”, “terrorista”. Acusaciones de lo más clásicas en una guerra política que recurre sin descanso a la confusión, la descalificación y las denuncias de traición. A la presente caza de brujas solo le faltaba un sostén intelectual y un acto fundacional. Una conferencia organizada el pasado 16 de julio por el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio le añadió una consagración internacional.
Titulada “El resurgimiento del terrorismo político”, esta reunión congregó en Washington a representantes de 66 Estados, entre ellos los 27 de la Unión Europea. Dos meses antes se había hecho público un documento titulado “Estrategia antiterrorista de Estados Unidos”. A diferencia de otros textos anteriores, no mencionaba ni una sola vez el terrorismo de extrema derecha. En él se explicaba que solo existen “tres grandes clases de grupos terroristas”, a saber: “Los narcoterroristas y las pandillas transnacionales”, “los islamistas” y “el terrorismo de izquierda, incluidos anarquistas y antifascistas” (6). Con todo, la prioridad la tenía el tercer tipo, la “neutralización de los grupos violentos no religiosos cuya ideología es antiestadounidense, radicalmente trans y anarquista”. Un prefacio del propio presidente Trump aclaraba el sentido del término “neutralización”: “Si hieres a estadounidenses o tienes intención de hacerlo, te mataremos”.
El terreno de la conferencia de Washington había sido despejado de toda objeción molesta por el país anfitrión, después de que su Departamento de Justicia hubiera eliminado de su web, un año antes, un estudio de 2024 en el que se determinaba que, desde 1990, los extremistas de derecha habían perpetrado en Estados Unidos cinco veces más ataques y causado siete veces más muertes que la extrema izquierda (7). Un recordatorio que se había vuelto nefasto, ya que el único terrorismo que interesa políticamente a Rubio es el que pueda vincularse a Irán o, mejor todavía, a la “red tentacular de inteligencia y propaganda del régimen cubano, que ha permitido la creación de la extrema izquierda en nuestro país y nuestro hemisferio” (8).
¿PRONTO “EL GULAG”?
En su discurso del 16 de julio, el secretario de Estado la emprendió, pues, contra la (antigua) violencia de los Tupamaros uruguayos, los Montoneros argentinos, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Sendero Luminoso peruano, la Fracción del Ejército Rojo alemana o las Brigadas Rojas italianas, vinculándola al asesinato de Kirk y la muerte en la ciudad francesa de Lyon, unos meses atrás, del militante neonazi Quentin Deranque. A lo que no dedicó ni una palabra fue a las decenas de miles de víctimas de las dictaduras de extrema derecha latinoamericanas (a menudo apoyadas por Estados Unidos) ni a los 69 jóvenes militantes noruegos de izquierda asesinados por el supremacista blanco Anders Breivik en la isla de Utøya, ni siquiera a sus 168 conciudadanos asesinados en 1995 por otro supremacista de extrema derecha, Timothy McVeigh.
Rubio les expuso la singular anatomía del comunismo y de la “izquierda radical” a todos los feudatarios de Estados Unidos que habían acudido presurosos a la invitación del Departamento de Estado: “Es una revuelta de los peores contra los mejores, de los débiles y cobardes contra los buenos. La perpetran los que no pueden construir, los que no pueden crear y desean vengarse de sus propias insuficiencias destruyendo a los que sí pueden”. Resultado: “Un mundo sin creatividad, sin ambición, sin héroes, sin milagros”. ¿Es eso todo? No; peor que todo ello, “el comunismo concibe un mundo sin Dios”.
En el registro apocalíptico y paranoico de un Occidente aterrorizado y de un mundo libre cada vez más subyugado por sus miedos, solo faltaban las palabras de Miller. Tras detallar él también cuál sería el resultado de una posible derrota de sus amigos de extrema derecha —“el gulag”, por supuesto—, lamentó que la izquierda pueda acogerse a libertades públicas para “proteger su violencia de una sanción penal”. Y es que, en su opinión, cuando “tu civilización es tu domicilio, debes defenderlo con tanta pasión como si hubiera un enemigo dentro de tu propia casa, donde vive tu familia”. Observando fotos de activistas antifascistas, Miller cree haber descubierto el rostro del “enemigo”: personas que “no son normales, totalmente deformes en su aspecto, su ropa y su forma de comportarse”.
Dirigimos una consulta al Ministerio de Asuntos Exteriores francés sobre la contribución de Francia a esta operación de propaganda de extrema derecha disfrazada de conferencia internacional. Los servicios del ministro Jean-Noël Barrot nos confirmaron que “Francia participó el 16 de julio en el evento a nivel infraministerial. Estuvo representada por el enviado especial para la lucha contra el terrorismo. La reunión se inscribía en el marco de la nueva estrategia antiterrorista de Estados Unidos, publicada en mayo de 2026”. También quisimos saber si había habido consultas entre los participantes antes o después de la cita, si la conferencia había sido interesante y si tendría repercusiones.
Respuesta del Ministerio: “No haremos más comentarios”.
(1) Véase “L’obsession de la subversion aux États-Unis”, Le Monde diplomatique, febrero de 1988; y también Richard Hofstadter, “Le style paranoïaque en politique”, Le Monde diplomatique, septiembre de 2012.
(2) Cf. Kai Bird y Susan Goldmark, “The mentor: How Roy Cohn taught Donald Trump everything”, The New Yorker, 3 de agosto de 2026.
(3) George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln y Theodore Roosevelt.
(4) Reunión en Marietta, Georgia, 22 de julio de 2026.
(5) Julia Rock, Zehra Munir y Amelia Pollard, “New York City’s super-rich complain about Mamdani’s tax on second homes”, Financial Times, 16 de abril de 2026.
(6) Casa Blanca, “United States Counterterrorism Strategy”, 2026.
(7) 227 ataques y 520 muertes atribuibles a la extrema derecha, frente a 42 ataques y 78 muertes achacables a la extrema izquierda. Cf. Steven Chermak, Matthew DeMichele, Jeff Gruenewald, Michael Jensen, Raven Lewis y Basia E. Lopez, “What NIJ research tells us about domestic terrorism”, National Institute of Justice, 4 de enero de 2024. El informe está disponible en https://archive.is/1t1rm
(8) Apertura de la reunión ministerial sobre el repunte del terrorismo, Departamento de Estado de Estados Unidos, 16 de julio de 2026.
(9) Véase “L’obsession de la subversion aux États-Unis”, Le Monde diplomatique, febrero de 1988; y también Richard Hofstadter, “Le style paranoïaque en politique”, Le Monde diplomatique, septiembre de 2012.
(10) Cf. Kai Bird y Susan Goldmark, “The mentor: How Roy Cohn taught Donald Trump everything”, The New Yorker, 3 de agosto de 2026.
(11) George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln y Theodore Roosevelt.
(12) Reunión en Marietta, Georgia, 22 de julio de 2026.
(13) Julia Rock, Zehra Munir y Amelia Pollard, “New York City’s super-rich complain about Mamdani’s tax on second homes”, Financial Times, 16 de abril de 2026.
(14) Casa Blanca, “United States Counterterrorism Strategy”, 2026.
(15) 227 ataques y 520 muertes atribuibles a la extrema derecha, frente a 42 ataques y 78 muertes achacables a la extrema izquierda. Cf. Steven Chermak, Matthew DeMichele, Jeff Gruenewald, Michael Jensen, Raven Lewis y Basia E. Lopez, “What NIJ research tells us about domestic terrorism”, National Institute of Justice, 4 de enero de 2024. El informe está disponible en https://archive.is/1t1rm
(16) Apertura de la reunión ministerial sobre el repunte del terrorismo, Departamento de Estado de Estados Unidos, 16 de julio de 2026.
Serge Halimi
Consejero editorial del director de la publicación. Director de Le Monde diplomatique entre 2008 y 2023.
Deja un comentario