Dossier de Espai Marx, 6 de Septiembre de 2026

- Roberto Fineschi. Algunas reflexiones sobre la encíclica de León XIV Magnifica humanitas
- Eros Barone. La Magna Charta del pontificado de León XIV: crítica del liberalismo y regulación del capitalismo
- Glauco Benigni. «Magnifica Humanitas»: la jugada histórica de León XIV en el corazón de la inteligencia artificial
- Alessandro Robecchi. IA. Solo el Papa habla de tecnología y «necrosfera» que ya está aquí
- Alessandro Scassellati. Magnifica Humanitas: el alba de un nuevo humanismo cristiano
- Margherita Furlan. Anthropic, Maven, Vaticano. Las tres estancias de una misma partida
- Alessandro Zaccuri. León, Agustín y la IA
- jolek78. Magnifica humanitas laus fallaciarum
- Marco Savelli. Por quién doblan las campanas
Algunas reflexiones sobre la encíclica de León XIV Magnifica humanitas
por Roberto Fineschi
Mi tradicional pasión/perversión por las cuestiones eclesiásticas me ha llevado obviamente a leer la primera encíclica de León XIV, titulada Magnifica humanitas, dedicada a la doctrina social de la iglesia, con especial atención al candente tema de la Inteligencia Artificial[1].
Aviso importante: como siempre, estas reflexiones no se refieren al vasto mundo cristiano y católico en su conjunto, compuesto por muchas almas y realidades; como de costumbre, me refiero a las posiciones oficiales de la jerarquía vaticana que se manifiestan a través de documentos como encíclicas, el catecismo, etc. Y, como siempre, no se pretende pinchar la espiritualidad personal de nadie con comentarios atrevidos, sino solo discutir cuestiones teóricas e históricas específicamente relacionadas con esas posiciones y sus repercusiones políticas y sociales.
El tema preponderante de la Inteligencia Artificial no está, sin embargo, aislado; el papa retoma muchas de las cuestiones clave del magisterio social de la iglesia, no por casualidad inaugurado por su homónimo predecesor León XIII con la célebre Rerum Novarum. Esta es la ocasión para reafirmar algunos de los principios básicos -y en gran medida controvertidos- de dicho magisterio.
A pesar de todos los matices posibles, quiero destacar la clara toma de posición contra la guerra y la degradación de la dignidad humana en las dinámicas actuales; al hacerlo, la voz del papa es casi única en el panorama internacional que cuenta. Esto debe ser subrayado y reconocido.
En cuanto a la parte más claramente dedicada a los problemas relacionados con la inteligencia artificial y la digitalización, la encíclica sigue las consideraciones ya difundidas desde hace tiempo en el ámbito crítico en cuanto a la posible manipulación, entendida no solo como mero condicionamiento externo, sino como creación disfuncional de la personalidad, la peligrosa heterodirección y automatización de los procesos decisorios en el campo económico, social, educativo, etc. En esto no es particularmente original para quien tenga un mínimo de familiaridad con estos temas; las advertencias van, sin embargo, en su mayoría en la dirección correcta. Mucho más «ligera» es, en cambio, la parte propositiva, la elaboración de alternativas, la propuesta de un modelo positivo[2].
Aquí, en mi opinión, emergen algunos aspectos «filosóficos» más interesantes, que merecen alguna consideración adicional precisamente para evitar por un lado la indiferencia, pero por otro los fáciles entusiasmos, tanto más espontáneos cuanto más solitaria es la voz de denuncia del papa contra las fechorías del capital mundial.
Considerar, en efecto, que la denuncia común de las situaciones más execrables implique por sí misma la coincidencia de puntos de vista sobre posibles salidas o sobre las premisas teóricas de las que parte la crítica es el fácil error en el que no se debe caer y en el que, sin embargo, muchos caen, precisamente por el catolicismo implícito y mal digerido que habita en muchos (incluso revolucionarios de izquierda). Intentaré, pues, centrar la atención en las premisas en cuestión y en su carácter aporético, paradójicamente puesto de relieve en la propia encíclica. Aporías todas ellas implícitas en el título, la ‘magnífica humanidad’.
Una última premisa. No tendré aquí en consideración las cuestiones más estrictamente relacionadas con la doctrina social de la iglesia, ya que las he discutido varias veces en otros lugares; estas no sufren modificación alguna en esta nueva versión[3].»
II
El papa hace un doble movimiento: por un lado, remite la moral a la «persona humana» como patrón de comparación de toda acción histórica, pero por otro, considera históricas las circunstancias. Cambian, en resumen, las situaciones, que se renuncia a teorizar, pero no cambia el sujeto juzgador y su estatuto ontológico (precisamente la magnífica humanidad)[4].
Por lo que respecta a la primera cuestión, la del papa supone un relevante retroceso doctrinal: la Iglesia no debe dar un modelo positivo de organización social, sino aceptar la idea de que el Cristianismo se declina e interpreta las circunstancias históricamente dadas en cada momento. Vale la pena recordar que, mientras existió un Estado efectivamente gestionado política y administrativamente de modo directo por la Iglesia Católica, este fue uno de los más atrasados del mundo occidental, desde todos los puntos de vista. Más allá de la escasa pericia práctica, sin embargo, el discurso aquí es más serio: se renuncia en principio a proporcionar modelos. Si esto podría, por un lado, parecer una apertura a la imponderabilidad de las circunstancias históricas y, por tanto, a la imposibilidad de tener una propuesta estable de una vez por todas – parecería, por tanto, una manifestación de flexibilidad y de «comprensión» por parte de la institución católica del mutable carácter de las vicisitudes humanas -, por otro lado, se sustrae a la responsabilidad de la propuesta. Esto me parece a mí el hecho más relevante: no existe un modelo de sociedad que sugerir. Si esto es bien comprensible en la perspectiva de un mundo laico, resulta un poco sorprendente por parte de una institución que se quiere portadora de una verdad transtemporal. Parece más un ardid para no tener que indicar caminos en positivo, sino limitarse a la más fácil crítica en negativo.
III
El fundamento de este análisis crítico de la sociedad presente y pasada es la persona humana, esa ‘humanidad’ que es llamada ‘magnífica’ en el título de la encíclica. Este fundamento ontológico es muy controvertido, por cuanto constituye la columna vertebral de todo el razonamiento del pontífice. Por ejemplo, lo vincula a la crítica y a los límites posibles del desarrollo de la Inteligencia artificial; esta última es de hecho ‘entrenada’, ‘construida’ a partir del registro de experiencias dadas, del modo en que se le proporcionan y clasifican, etc.; ella es en sustancia históricamente ‘condicionada’, más allá de su autónoma capacidad de cálculo: el material sobre cuya base calcula, se constituye como sujeto operativo y ‘razona’ está históricamente dado y, por tanto, es ‘contingente’. En cambio, la persona humana no lo sería, ella es absoluta.
Precisamente aquí está la vulnerabilidad (vulnus) y, en consecuencia, la poco eficaz crítica de la Inteligencia artificial: considerar el concepto de ‘persona humana’ y los contenidos filosóficos y morales que se le atribuyen como algo ‘originario’ y no él mismo un producto histórico. La apología inconsciente del presente consiste precisamente en considerar como desvinculados del desarrollo histórico no solo los contenidos, sino la formación del individuo como sujeto juzgador. En otras palabras: en no concebir como momentos del proceso histórico también a los sujetos agentes que están codeterminados no solo en el contenido de sus operaciones, sino también en su constitución como sujetos, es decir, en no ver a la persona como lo que es, la típica forma de subjetividad del mundo mercantil, universalizada gracias al capitalismo. Por qué la iglesia y la ‘persona humana’ no estarían sujetas al destino de todas las demás vicisitudes humanas sigue siendo un misterio. Es el célebre supuesto sobre el que ironiza Marx de que hasta ahora ha habido historia y ahora ya no la hay[5].
Aquí, sin embargo, emerge la nota más dolorosa: ¿desde cuándo la iglesia considera efectivamente universal la dignidad humana y no limita esta «universalidad» a la persona cristiana? ¿Desde cuándo, en sustancia, la dignidad «humana» es de todos los seres humanos y no pertenece solo a los humanos católicos? O sea: ¿desde cuándo es realmente universal?
A juzgar por la respuesta de la misma encíclica, no desde hace tanto ni por elección deliberada; más bien a remolque. La iglesia reconoce en realidad la universalidad de la persona humana solo a partir de León XIII, por lo tanto después de la Ilustración, la revolución americana y francesa, la guerra de secesión… llega incluso después del último estado formalmente esclavista que afrontó una sangrienta guerra de secesión para abolir la esclavitud… en resumen, solo porque para entonces ya era ley en todos los estados modernos[6].
Antes, la magnífica humanidad era solo católica y quien no era católico no era humano, hasta el punto de que para legitimar los diversos asesinatos que, lamentablemente, la propia iglesia patrocinó y promovió a lo largo de su historia, se excomulgaba a los desafortunados… no ser cristiano significaba no ser humano y, por lo tanto, ser matable.
La «universalización» de la persona humana es una superación de la anterior «persona humana católica». Este paso debe ser saludado con entusiasmo, pero está históricamente determinado y es asimilado por las instituciones eclesiásticas a remolque de los grandes trastornos históricos democráticos a los que la iglesia se había opuesto firmemente.
Dicho esto, recuerdo que ni siquiera la concepción actual «universalista» reniega en todo caso de la idea de una jerarquía de fines y, por tanto, de una estratificación social legítima; pero para esto remito a los escritos ya mencionados.
IV
Para llegar a otras criticidades, hay que notar también que la encíclica, obviamente, no indica sujetos colectivos, clases, etc. Quien actúa es el individuo, la persona humana, con su conciencia moral. Los mecanismos históricos, la estructuración de sus dinámicas complejas es intencionadamente ignorada, es más, el Señor Capital ni siquiera es nombrado una vez.
El Estado debe regular, pero no intervenir demasiado, porque su presencia excesiva en la gestión económica terminaría inexorablemente por extenderse a la de la moral, de las «familias». También aquí la estrategia es demasiado evidente: desde que la iglesia ya no tiene el monopolio de la educación de los individuos y el estado aparece potencialmente laico, se da prioridad a la familia, la fantasmagórica sociedad natural…, familia que obviamente actúa «naturalmente» solo si se mueve por principios cristianos. O sea, no se pretende en absoluto su autonomía, sino su desvinculación de una legítima enseñanza pluralista y su fidelidad a la católica.
El Estado debe luego apoyar a los empresarios, ponderar el uso de la IA para encontrar el justo equilibrio entre empleo y beneficios, etc. En resumen, el Estado es el capitalista, aunque «humano»[7].
V
Bueno, termino con la parte del come-curas, pero hay que tener conciencia de la naturaleza de las cosas y de las diferencias sustanciales, de lo contrario se termina inconscientemente del lado equivocado. Y también aquí no hay que engañarse, no es una cuestión de papas individuales, las líneas de fondo son siempre las mismas. Claro, se pueden declinar de maneras más o menos drásticas, es decir, apoyar el corporativismo fascista o el estado social al estilo democristiano o criticar la inmoralidad del capitalismo (sin nombrarlo). No son diferencias menores y, por lo tanto, sería ingenuo concluir que todo es igual por el mero hecho de que las líneas de fondo son las mismas: vale la pena o contrarrestar o evaluar con raciocinio lo que hay que hacer, en ciertos casos favorecer y aliarse, etc.
Dicho esto, y precisamente por lo que acabo de decir, no se puede más que acoger muy positivamente la voz del papa que se eleva contra la guerra y la cultura de la guerra, que advierte contra los peligros potenciales relacionados con el desarrollo de la inteligencia artificial si se pone en manos de pocos empresarios privados movidos por el execrable afán de lucro, etc. Sobre todo si es el único que lo hace en un contexto cuanto menos silencioso.
Si, sin embargo, en el contexto silencioso el papa es el que está más a la izquierda, también hay que preocuparse.
Notas
1 León XIV, Magnifica Humanitas, texto disponible aquí.
2 Involuntariamente irónico es el título del último párrafo de la parte propositiva (§228): «Rezar y esperar».
3 Varios textos ahora recogidos en Da Pio IX a Leone XIV. Prospettive marxiste sulla dottrina sociale della Chiesa, Siena, 2025. Algunos extractos con variantes se encuentran en línea; entre varios, véase este.
4 §36: «Para Pablo VI el Evangelio, aunque fue anunciado, escrito y vivido en un contexto histórico-cultural muy diferente al nuestro, no es un mensaje ‘superado’, sino una visión de la persona humana, de las relaciones, de la autoridad y del bien común capaz de orientar también hoy las elecciones económicas, políticas y culturales. En otras palabras, el Evangelio sigue siendo actual porque proporciona los criterios para reconocer lo que humaniza o deshumaniza, lo que libera u oprime, dentro de situaciones siempre nuevas»; §45: «Cada uno, asumiendo los desafíos de su propia época y leyendo con el Evangelio los cambios históricos, ha hecho emerger aspectos diversos de un único patrimonio: la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y de la fraternidad. Resulta un desarrollo armónico, pero no siempre lineal, marcado por acentos diferentes, por profundizamientos progresivos y, en ocasiones, por cambios de perspectiva que no rompen con lo que precede, sino que hacen madurar sus implicaciones. Si hoy podemos hablar de un corpus de principios y criterios compartidos, es porque esta lectura de la historia a la luz de la fe no se ha interrumpido nunca y ha sabido dejarse provocar por las preguntas de cada generación. Es a este núcleo central – los grandes principios de la Doctrina social que orientan el discernimiento de los creyentes en la vida personal y pública – al que ahora deseo prestar atención, para captar mejor su coherencia interna y su fuerza generativa para nuestro tiempo».
5 « Los economistas tienen una singular manera de proceder. Para ellos no existen más que dos tipos de instituciones, las del arte y las de la naturaleza. Las instituciones del feudalismo son instituciones artificiales, las de la burguesía son instituciones naturales. Y en esto los economistas se parecen a los teólogos, quienes también distinguen dos tipos de religiones. Toda religión que no sea la suya es una invención de los hombres, mientras que la suya es una emanación de Dios. Al decir que las relaciones actuales – las relaciones de la producción burguesa – son naturales, los economistas dan a entender que se trata de relaciones dentro de las cuales se crea la riqueza y se desarrollan las fuerzas productivas conforme a las leyes de la naturaleza. Por lo cual estas mismas relaciones son leyes naturales independientes de la influencia del tiempo. Son leyes eternas que deben regir siempre la sociedad. Así, ha habido historia, pero ya no la hay. Ha habido historia porque han existido instituciones feudales y porque en estas instituciones feudales se encuentran relaciones de producción completamente diferentes de las de la sociedad burguesa, que los economistas quieren hacer pasar por naturales y, por tanto, eternas». Karl Marx, Misería de la filosofía (diciembre 1846 – junio 1847), Roma, 1993.
6 En la Encíclica, el tema entra tratando la delicada cuestión de la esclavitud, la subhumanidad ontológica por definición. §176: «En la maduración de su doctrina, la Iglesia ha adquirido progresivamente conciencia de la gravedad de estas realidades [la esclavitud]. Es cierto que los acontecimientos del pasado no pueden ser juzgados ahistóricamente, como si todos los criterios madurados a lo largo del tiempo hubieran estado siempre disponibles. Sin embargo, no podemos negar ni minimizar el retraso con que la Iglesia y la sociedad condenaron el flagelo de la esclavitud. Si en la Antigüedad y en la Edad Media muchas personas e instituciones eclesiásticas tenían esclavos, ya en la modernidad la Sede Apostólica romana, instada por las peticiones de los soberanos, intervino varias veces para regular y legitimar las modalidades de sometimiento y, en algunos casos, de reducción a la esclavitud de los ‘infieles’. Hay que esperar al siglo XIX para encontrar una condena formal, absoluta y universal de la esclavitud, en particular con León XIII. Esto constituye un claro ejemplo del crecimiento en la comprensión, por parte de la Iglesia, de las verdades perennes de la Revelación que ella custodia. Aunque no encontramos homogeneidad en la cuestión en sí – habiendo tolerado durante mucho tiempo la esclavitud y llegando solo más tarde a condenarla de manera absoluta –, hay una continuidad a lo largo de toda la historia en cuanto a la convicción de la dignidad de todo ser humano, creado a imagen de Dios, aunque sin lograr, en dieciocho siglos, explicitar de manera oficial su total incompatibilidad con la esclavitud. Se trata de una herida en la memoria cristiana a la que no podemos considerarnos ajenos. Es inevitable sentir un profundo dolor al considerar el enorme sufrimiento y humillación que la esclavitud ha significado para tantas personas, en contraste con su dignidad sin límites, infinitamente amada por el Señor. Por eso, en nombre de la Iglesia, pido sinceramente perdón». En realidad, el problema candente es la legitimidad teórica de la esclavitud, basada en la jerarquía de los fines y en las cualidades humanas más aptas para realizarlos, calcada sobre modelos aristotélicos; estos, por lo demás, no han desaparecido del todo ni siquiera ahora a pesar de la ahora reivindicada universalidad; reaparecen con la teoría de la diferente distribución de los «talentos» (pero véanse mis escritos citados para una profundización). Por otra parte, si en veinte siglos de historia hay que esperar hasta finales del siglo XIX para formular el concepto de universalidad humana, quizá haya que hacerse algunas preguntas sobre el antes, que no se puede liquidar con un «estaba ahí, pero aún no lo habíamos entendido.
7 §168: «De aquí deriva una específica responsabilidad pública. El Estado tiene el deber de apoyar la actividad de las empresas creando condiciones favorables al empleo, promoviendo el trabajo donde falta y defendiéndolo en tiempos de crisis, porque es un bien primario para las familias y para la sociedad. En particular, en una época de profundas transformaciones tecnológicas, se necesita una creatividad política a favor del trabajo que ponga en el centro la familia y las nuevas generaciones, si no queremos que los progresos económicos se traduzcan en nuevas formas de inseguridad y exclusión». Cabe destacar que esta creación debe pasar por el apoyo a las empresas.
Publicado: 01 junio 2026 | Creado: 01 junio 2026 | Fuente: Sinistrainrete
La Magna Charta del pontificado de León XIV: crítica del liberalismo y regulación del capitalismo
por Eros Barone
1. El desafío de la torre de Babel
La encíclica Magnifica Humanitas, publicada el 15 de mayo pasado por el papa estadounidense Robert Prevost, alias León XIV, es un texto de 245 páginas y cinco capítulos, más introducción y conclusión[1]. Se trata de un texto muy amplio y complejo que se sitúa explícitamente en la estela de la Rerum Novarum del papa León XIII y apunta a profundizar los temas de la doctrina social de la Iglesia, proyectando dicha doctrina hacia adelante y actualizándola a partir del desafío que hoy plantea a la humanidad la inteligencia artificial, el paradigma tecnocrático y las ideologías del transhumanismo y del posthumanismo. El índice de los cinco capítulos en que se articula el texto de esta encíclica proporciona, por otra parte, un mapa esencial del vasto territorio explorado por un papa que parece querer recoger y atesorar, a través de un cuidadoso equilibrio de la instancia de la continuidad y la instancia de la innovación, la doble herencia de sus inmediatos predecesores: la teológica del papa Ratzinger y la pastoral del papa Bergoglio: Introducción; capítulo 1: Un pensamiento dinámico fiel al Evangelio; capítulo 2: Fundamentos y principios de la doctrina social de la Iglesia; capítulo 3: Técnica y dominio – La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA; capítulo 4: Custodiar lo humano en la transformación – Verdad, trabajo, libertad; 5) La cultura del poder y la civilización del amor; Conclusión.
Dado que no es posible resumir los contenidos del documento pontificio sin arriesgar sacrificar la unidad lógica de la recapitulación sintética a la que el autor ha apuntado constantemente, conviene al menos reiterar, deduciéndolos del índice analítico de los párrafos, los principios clave de la doctrina social de la Iglesia, tal como han sido enunciados por León XIV: el ser humano imagen del Dios trinitario; la igual dignidad de todos los seres humanos; el altísimo valor de los derechos humanos; los principios de la Doctrina social; el principio del bien común; el principio del destino universal de los bienes; el principio de subsidiariedad; el principio de solidaridad; el principio de la justicia social; el desarrollo humano integral.
El «incipit» de la Magnifica Humanitas enuncia enseguida, desde el primer párrafo, una seca alternativa: «La magnifica humanidad creada por Dios se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habitan juntos. Cada generación recibe en herencia la tarea de dar forma a su tiempo: de hacer madurar la historia como lugar en el que la dignidad de cada persona sea custodiada, la justicia promovida y la fraternidad hecha posible. Pero sobre cada época pesa el riesgo de construir un mundo deshumano y más injusto.» Y ya aquí las dos metáforas tomadas del texto bíblico (la torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén[2]) hacen evidente la raíz teológica de la formación de un papa que proviene de la Orden Agustiniana, donde también ha ocupado el cargo de superior general. Veamos entonces seguir, entre las diversas pistas que se entrelazan en el texto leoniano, aquella que representa su mayor novedad, es decir, el análisis de la inteligencia artificial y la argumentación que se desarrolla a propósito de la regulación jurídico-institucional de la misma por parte de un Estado capaz de intervenir (no a remolque de la iniciativa de los poderosos sujetos privados que poseen las llaves de la IA sino) a priori, fijando reglas y normas que permitan controlar y, en su caso, impedir el uso de esta tecnología con fines de lucro y de poder.
2. Qué es la Inteligencia Artificial: dos respuestas convergentes
Para León XIV no es posible formular una definición unívoca y completa de la IA: indica (cfr. el párrafo 99) sistemas capaces de imitar algunas funciones de la inteligencia humana a través del tratamiento de datos, sin poseer, sin embargo, experiencia, cuerpo, conciencia moral, comprensión auténtica o crecimiento interior: «No es posible dar una definición unívoca y completa de la IA», cuyos sistemas «imitan algunas funciones de la inteligencia humana», aunque su potencia «sigue ligada exclusivamente al tratamiento de los datos», «no viven una experiencia», «no poseen un cuerpo», «no tienen tampoco una conciencia moral» y «no entienden lo que producen».
La IA es ciertamente considerada como un instrumento técnico, aunque no debe ser pensada como «solo un instrumento» neutro y aislado. En sede de comentario al texto de la encíclica, se podría resumir el debate acerca de la naturaleza de la IA en el siguiente dilema: la IA es un instrumento (y quienes afirman lo contrario se equivocan), pero no es solo un instrumento (y quienes afirman lo contrario se equivocan). Por su parte, el papa Prevost pone de relieve dos aspectos: la IA sigue siendo un instrumento o sea un dispositivo técnico, porque opera por medio de datos y de cálculos, pero no es ni un sujeto personal ni una verdadera inteligencia equiparable al ser humano. Sin embargo, aunque sea un instrumento, la IA se convierte en el factor de un entorno sociotécnico más amplio, porque penetra en las infraestructuras digitales, en los procesos decisorios, en el imaginario colectivo y en las relaciones sociales.
Siguiendo esta línea de razonamiento, en el párrafo 4 León XIV subraya que la digitalización, la IA y la robótica están transformando el mundo e inciden profundamente en la cotidianidad, en los procesos decisorios y en el imaginario colectivo. Además, en el párrafo 96, tratando del poder de las «infraestructuras digitales y de los algoritmos», reivindica el derecho/deber de verificar si favorecen la participación, la responsabilidad, la protección de los sujetos frágiles y el bien común. Y en el párrafo 9 la tecnología es descrita, a la luz de un realismo dialéctico que sorprende, como algo que puede «curar, conectar, educar, custodiar la Casa común», pero también «dividir, descartar, generar nuevas injusticias», donde el papa subraya con fuerza el hecho de que la tecnología nunca es neutral, en cuanto «asume el rostro de quien la piensa, la financia, la regula, la usa».
A este punto resulta interesante, en orden a una visión realista de la IA y a las consonancias que se pueden registrar, una comparación entre el modo en que el tema de la IA es tratado en la Magnifica Humanitas, por tanto a la luz de una sensibilidad religiosa y sociológica, y el modo en que el mismo tema es tratado, a la luz de un enfoque laico y rigurosamente científico, en la «Carta abierta a la sociedad» formulada por un grupo de académicos del sector informático. Estos últimos señalan, en primer lugar, que en los últimos años, con la llegada y la difusión explosiva de los sistemas generativos, las tecnologías informáticas comúnmente conocidas como «inteligencia artificial» han entrado con fuerza en el debate público, hasta el punto de que se ha llegado a hablar de revolución, de máquinas que «piensan», de conciencia artificial, de sustitución de las personas. Los redactores de este importante documento que proviene del interior de la comunidad científica italiana observan sin embargo que una pregunta simple sigue sin respuesta: ¿qué son realmente estos sistemas, y en qué punto estamos realmente?
La pregunta que ellos plantean es la misma de la que parte León XIV en los párrafos de la encíclica aquí recién mencionados: ¿qué es la inteligencia artificial? Y he aquí la respuesta: la inteligencia artificial tiene el objetivo de simular el pensamiento humano, tanto el basado en el razonamiento (deductivo) como el basado en los datos (inductivo). En el pasado se ha trabajado sobre todo con el primer enfoque porque no se disponía ni de las cantidades de datos ni de la potencia de cálculo que están disponibles ahora. Sigue otra pregunta, que permite precisar la naturaleza específica de los sistemas actuales: ¿qué es un sistema de «inteligencia artificial generativa»?
Los sistemas de inteligencia artificial generativa, prosigue el documento, son modelos matemático-estadísticos entrenados sobre enormes cantidades de datos. Su funcionamiento, en su esencia, es simple: aprenden de los datos a hacer predicciones. Pueden estimar qué palabra es más probable en una frase, qué imagen es coherente con una descripción o qué respuesta es compatible con una pregunta. Funcionan porque en los datos de entrenamiento existen regularidades que el modelo consigue identificar a muy gran escala. Se han obtenido resultados técnicos impresionantes e inesperados en diferentes tareas cognitivas, que sin embargo no equivalen a comprensión en el sentido humano del término. Conocer bien sus límites y sus potencialidades se vuelve por tanto cada vez más importante.
Otra pregunta fundamental es esta: ¿los sistemas de inteligencia artificial generativa «entienden»? En los seres humanos, responden estos docentes e investigadores en el campo informático, la comprensión implica la experiencia del mundo y la capacidad de verificar la información. Los sistemas de inteligencia artificial generativa pueden escribir textos convincentes, resolver ejercicios o mantener conversaciones complejas. Esto, sin embargo, no significa que entiendan lo que están diciendo: solo hay un cálculo de probabilidad. Cuando parecen razonar, combinan patrones aprendidos de los datos. Cuando parecen saber algo, producen el «output» estadísticamente más coherente con el contexto, sin tener acceso directo al mundo o a mecanismos autónomos de verificación. En sustancia, estos sistemas funcionan muy bien cuando el problema es similar a situaciones ya presentes en los datos de entrenamiento y cuando están disponibles muchos ejemplos de los que aprender, mientras que se vuelven más frágiles cuando la información cambia rápidamente, cuando el tema es controvertido o cuando el argumento es significativamente diferente de los datos conocidos. En estas situaciones pueden producir respuestas fluidas, es decir, aparentemente coherentes y correctas, pero erróneas. El punto no es que a veces se equivocan: el punto es que estos sistemas producen respuestas plausibles sin disponer de un mecanismo interno para verificar su veracidad. Después de observar que en el debate público se habla a menudo de «AGI» (Inteligencia General Artificial), es decir, de sistemas capaces de comprender y razonar de modo amplio y autónomo como un ser humano, el documento aclara la naturaleza ontológica de la AGI, subrayando que los actuales sistemas no presentan estas características, ya que es cierto que son muy potentes para reorganizar la información ya presente en los datos, pero no construyen modelos del mundo en el sentido en que lo hacen los seres humanos. El aumento de los datos y de la potencia de cálculo mejora las prestaciones, pero no cambia la naturaleza del mecanismo de base, que sigue basado principalmente en predicciones estadísticas a gran escala, aunque las representaciones internas que emergen durante el entrenamiento pueden ser muy complejas.
La conclusión es que el riesgo no es esta tecnología en sí, sino el modo en que la interpretamos. Si se trata la fluidez lingüística como prueba de conocimiento o se delega el juicio sin comprender el funcionamiento del instrumento, se corre el riesgo de confundir coherencia con fiabilidad. De este modo puede cambiar, a menudo sin darnos cuenta, el criterio con que reconocemos lo que es conocimiento[3]. Y una vez más común a ambas tomas de posición, la del papa y la de los académicos, resulta ser la conclusión, es decir, la respuesta a la crucial pregunta sobre el «qué hacer»: la verdadera prioridad es formar a las personas para que comprendan estas tecnologías, ya que saber cómo funcionan, cuáles son sus límites y cómo pueden ser utilizadas de modo responsable es hoy una competencia fundamental para todos los ciudadanos. Por eso la comunidad académica de la informática es invitada por los estudiosos en cuestión a contribuir activamente a una obra de clarificación y formación animada por la conciencia de que explicar con precisión qué son realmente estas tecnologías, y qué no son, es una obra de alfabetización que es parte integrante del trabajo de investigadores y docentes.
3. Paradigma tecnocrático, transhumanismo e IA
La encíclica, en el tercer capítulo titulado Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA, inscribe a esta última dentro del marco ideológico y cultural del paradigma tecnocrático. La IA es una de las tecnologías que entran en dicho marco, así como el binomio «transhumanismo/posthumanismo» representa los constructos ideológicos que extienden ese marco hasta englobar la idea de superar o traspasar lo humano. El paradigma tecnocrático es descrito como la tendencia a permitir que «eficiencia, control y beneficio» gobiernen de modo exclusivo las elecciones personales, sociales y económicas. Cuando la técnica se convierte en criterio, observa el papa Prevost, establece «qué cuenta y qué puede ser descartado», reduciendo las personas a engranajes de un sistema cada vez más performativo. Este es precisamente el punto de partida de una narración ideológica desviante (cfr. el párrafo 92): la técnica no es ya solo medio, sino que se convierte en medida del valor y la IA se transforma en factor de potenciación de esta lógica. León XIV sostiene, en base a una concepción obviamente espiritualista (cuya relevancia, sin embargo, no debe ser subestimada como toma de distancia de una actitud plana y acrítica de adhesión a un difundido mitema social), que el paradigma tecnocrático, por efecto de la difusión de la inteligencia artificial, se ha extendido hasta comprender también las ciencias cognitivas, la nanotecnología, la robótica y la biotecnología. Estas innovaciones, según el papa, pueden ser una ayuda para el desarrollo humano integral, pero también pueden actuar como «acelerador del paradigma tecnocrático», si no están orientadas por un marco espiritual, ético y político (cfr. el párrafo 93).
En conclusión, el transhumanismo y el posthumanismo son presentados como narraciones ideológico-culturales que interpretan el progreso como superación de lo humano. El transhumanismo imagina que el potenciamiento del ser humano se realice a través de tecnologías, dispositivos, algoritmos y biomedicina; el posthumanismo, en las versiones más radicales, propone la hibridación entre ser humano, máquina y ambiente hasta un nuevo estadio evolutivo (cfr. los párrafos 115-116). El punto crítico, para León XIV, no es el uso de la técnica en sí. El problema nace, según la interpretación formulada por el papa, cuando el ser humano es tratado como material que perfeccionar o sobrepasar. En tal caso se vuelve más fácil considerar a algunas personas «menos útiles, menos deseables, menos dignas» y justificar sacrificios en nombre de la optimización o del progreso (cfr. párrafo 117), donde el riesgo es que la persona no sea ya reconocida en su dignidad integral, sino evaluada en base a prestación, eficiencia, control e idoneidad para ser «optimizada».
4. Una variante de la economía social de mercado: el capitalismo de la regulación
El texto de la encíclica, que toca toda una serie de temas y problemas que en esta sede solo pueden ser indicados, es cuanto menos rico: la educación, la escuela, el trabajo, la guerra y la paz, el cambio de los equilibrios geopolíticos, la crisis del multilateralismo, las categorías filosóficas y morales que deben ser usadas en la interpretación de los acontecimientos y de los valores (de notable interés es, por ejemplo, la distinción de los diferentes significados del concepto de «dignidad» en el párrafo 52).
Un tema crucial merece sin embargo ser retomado al cierre: si y cómo regular la IA (y las tecnologías en general). Y es significativo que un papa estadounidense identifique el contraste entre el modelo norteamericano, que ve cualquier intervención de regulación como indebida interferencia en la esfera privada y atentado a la libertad de empresa y de innovación, y un modelo parcialmente alternativo centrado, al menos hipotética y optativamente según el enfoque postulatorio del pontífice, en la síntesis entre los valores de la libertad y de la innovación y los valores democráticos, la justicia social y la equidad. Pues bien, a juicio de León XIV, la IA debe ser regulada, pero la regulación por sí sola no basta. El papa pone decididamente el acento, sin temor a parecer utópico dada la inversión por él postulada de la relación de causa-efecto que media entre la economía y la política, sobre el papel de la política y de los gobiernos, a quienes corresponde la tarea de impedir que la IA sea gobernada solo por el mercado, por los monopolios tecnológicos o por las lógicas de carácter tecnocrático. La política debe pues orientar la innovación hacia el bien común, la justicia, la dignidad humana, la participación y la protección de los sujetos más frágiles.
El primer objetivo es explicitado en el párrafo 5: León XIV afirma que es necesario adoptar «instrumentos normativos adecuados» para tutelar la justicia y contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico. Añade sin embargo que la cuestión no se agota en la regulación, porque también hay que preguntarse quién posee el poder tecnológico y con qué fines lo orienta. En el mismo párrafo observa que hoy los principales motores de la innovación están representados por empresas privadas transnacionales, más poderosas que muchos gobiernos, y debido a la opacidad constitutiva de su carácter privatista, el poder tecnológico es más difícil de conocer, gobernar y orientar al bien común.
La segunda decisiva instancia es formulada en el párrafo 106, donde se afirma a las claras que no basta invocar genéricamente la ética. Se necesitan «marcos jurídicos adecuados, vigilancia independiente, educación de los usuarios, una política que no abdique de su cometido». Si la política abdica, el cambio es gobernado de hecho solo por lógicas de carácter tecnocrático y por quienes poseen datos, infraestructuras y capacidad de cálculo. En el párrafo 107 aclara ulteriormente que no basta pedir una IA «alineada» con valores humanos si esos valores son decididos por unos pocos. Se necesita en cambio una política capaz de proteger los espacios de participación, ralentizar cuando todo acelera y permitir a las comunidades discutir los criterios éticos incorporados en los sistemas.
En el párrafo 108 entra en el meollo de la regulación: el uso de la IA, sobre todo cuando se refiere a bienes públicos y derechos fundamentales, debe ir acompañado de criterios claros y controles efectivos. Además, la propiedad de los datos «no puede ser confiada solo a privados, sino que debe ser regulada», porque los datos son fruto de la contribución de muchos y no pueden ser vendidos o concentrados en manos de pocos. La orientación estatista que caracteriza la actitud de León XIV, aunque atemperada por la referencia al principio de solidaridad y al pluralismo asociativo, constituye una importante novedad del modo en que él plantea el tema de la regulación. Tal novedad, calificable en cierto sentido como rooseveltiana, emerge con fuerza en el párrafo 163, donde el pontífice afirma que en la época de la IA y de la robótica no se puede confiar en la sola «mano invisible» del mercado, ya que la política tiene el cometido de orientar las dinámicas económico-tecnológicas hacia el bien común, promoviendo un trabajo digno, la inclusión social y la equitativa distribución de los beneficios de la innovación.
En conclusión, León XIV pone en primer plano el papel de la política y afirma y reitera, con el estilo pausado y valiente que le es propio (como se ha visto en el áspero enfrentamiento con el presidente de su país natal a propósito de la guerra contra Irán), un principio de auténtica democracia que hace de él, en la estela de su predecesor, una voz disonante del coro belicista y políticamente reaccionario de los exponentes gubernamentales de tantos países. Habernos recordado que la política no debe limitarse a perseguir a la tecnología después de que ha sido introducida; que la IA debe ser regulada y gobernada democráticamente, así como orientada a la dignidad humana, y por tanto hecha cuestionable y controlable por los investigadores y los ciudadanos, quienes tienen el derecho/deber de participar en la definición de sus condiciones, límites y fines: todo esto hace de él, además de un adversario respetable en el terreno de los principios, un precioso aliado político en el terreno de la lucha contra la guerra, por una paz no disociada de la justicia en las relaciones internacionales y de la solidaridad militante con los pueblos que se oponen al dominio imperialista y luchan por su liberación.
Notas
1 Véase en la Red en la siguiente dirección: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/it/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html.
2 Cfr. Génesis, c. 11, vv. 1-9 y Nehemías, cc. 2-6.
3 Acerca de la falacia consistente en identificar el criterio de la verdad con la nota de la coherencia, me permito remitir al lector a un trabajo mío titulado Galileo, Roberto e la verità, disponible en la Red en la siguiente dirección: https://www.sinistrainrete.info/libri/15876-galileo-roberto-e-la-verita.html.
Publicado: 31 mayo 2026 | Creado: 25 mayo 2026 | Fuente: l’Antidiplomático
«Magnifica Humanitas»: la jugada histórica de León XIV en el corazón de la inteligencia artificial
por Glauco Benigni
La primera encíclica de León XIV es un profundo y oportuno acto de discernimiento espiritual, antropológico y social. El Pontífice afronta la revolución algorítmica no rechazándola sino planteando una pregunta central: cómo preservar la esencia, la dignidad y la relacionalidad del ser humano frente a una tecnología capaz de replicar y a veces direccionar el pensamiento y las decisiones humanas.
Para enmarcar el desafío contemporáneo, la encíclica recurre a dos potentes imágenes bíblicas: 1) la torre de Babel, que representa el arquetipo de la idolatría tecno-científica y de la presunción humana. Es el sueño de una potencia centralizada que se cierra a la trascendencia, homologa los lenguajes, sacrifica la individualidad en nombre de una eficiencia abstracta y pretende edificar una verdad autosuficiente; 2) La reconstrucción de Jerusalén (Nehemías), que representa la respuesta comunitaria, el cuidado de la ciudad herida que renace no a través de la estandarización, sino mediante la cooperación, el reconocimiento de la vulnerabilidad y la protección de los vínculos sociales. El Papa nos advierte que la humanidad se encuentra ante una encrucijada: ceder al «paradigma tecnocrático» totalizante o gobernar la innovación para que sirva al bien común.
Conectándose explícitamente, después de 135 años, a la tradición de la doctrina social de la Iglesia inaugurada por la Rerum Novarum, León XIV dedica una parte crucial del documento a los impactos de la transición tecnológica en el mundo del trabajo. El progreso tecnológico debe ser estructuralmente «centrado en la persona».
La innovación no puede ser juzgada solo en base al aumento de los beneficios o a la optimización de los procesos. A este respecto se condena expresamente la tendencia a sacrificar categorías enteras de trabajadores y familias en el altar de la eficiencia de los modelos predictivos: el trabajo humano no es una simple variable macroeconómica sustituible por un algoritmo. Los modelos de negocio dominantes, basados en la recogida masiva de datos personales, en la perfilación sistemática y en la creación de mecanismos de dependencia digital, atentan directamente contra la libertad interior y exterior del individuo. Cuando la conciencia es constantemente orientada por flujos informativos personalizados, la misma capacidad de elección y de auténtico libre albedrío se ve comprometida.
El texto levanta así el velo sobre las «nuevas esclavitudes» de la cadena digital. Detrás de la aparente inmaterialidad y limpieza de la inteligencia artificial, se esconden formas brutales de explotación, como el trabajo precario y mal pagado de los trabajadores de datos (anotadores de datos) en los países en vías de desarrollo, obligados a filtrar contenidos traumáticos y tóxicos para «instruir» a las máquinas de Occidente. Otro pilar del documento se refiere a «la verdad en la era digital»: con la difusión de contenidos sintéticos, deepfakes y sistemas de desinformación automatizada, la confianza pública queda radicalmente minada. El Papa expresa una fuerte preocupación por una sociedad que corre el riesgo de no saber ya distinguir lo verdadero de lo verosímil, perdiendo el contacto con la realidad objetiva. La dependencia total de sistemas que median y predigieren el conocimiento corre el riesgo de atrofiar el espíritu crítico, sustituyendo la complejidad del discernimiento humano con respuestas estandarizadas, carentes de raíces históricas, culturales y empáticas.
La encíclica se manifiesta como una fuerte exhortación política y ética global. León XIV pide acuerdos internacionales vinculantes y una arquitectura de gobernanza global para el desarrollo de la IA (la llamada algorética). El Pontífice lanza un llamamiento no solo a los jefes de Estado, sino directamente a los científicos y programadores (evocando también el diálogo fecundo abierto por el Vaticano con exponentes de Silicon Valley comprometidos en el frente de la seguridad de los modelos). La cooperación/confrontación entre la Santa Sede y el mundo de Silicon Valley es el elemento política y mediáticamente más relevante de esta publicación. Obviamente, en el texto formal de los cinco capítulos de la Magnifica Humanitas, no se encuentra el nombre de ninguna empresa específica, ya que los documentos pontificios de máximo nivel, por su naturaleza teológica y universal, evitan citar marcas comerciales o sujetos privados específicos.
Sin embargo, el rastro y la influencia de la visión de Anthropic (que históricamente se ha presentado en el mercado distinguiéndose precisamente por el enfoque orientado a la seguridad, a los protocolos de seguridad y a la mitigación de los riesgos de los modelos de frontera) son evidentísimos en la estructura conceptual del texto. En particular: el texto oficial evoca los conceptos de «verificaciones rigurosas» y la necesidad, allí donde falten garantías antropológicas, de ejercer una «prudencia» que puede traducirse también en un «ralentización en la adopción de la IA». Este planteamiento refleja directamente el debate interno en los laboratorios de investigación sobre la seguridad algorítmica. La Encíclica distingue además entre la innovación tecnológica en sí y los sistemas de incentivos económicos que mueven el sector, una separación teórica que calca los motivos por los que los fundadores de Anthropic decidieron en su momento salir de OpenAI.
Si en el texto formal la empresa sigue siendo una evocación filosófica, en el plano institucional el vínculo se ha vuelto explícito y de alcance histórico precisamente el lunes 25 de mayo de 2026, en el Aula Nueva del Sínodo, cuando Christopher Olah, cofundador de Anthropic y figura clave en la investigación sobre la interpretabilidad de los modelos, intervino como ponente oficial en la presentación del documento, sentado junto a los máximos dirigentes de la Curia (entre ellos el cardenal Fernández y el Secretario de Estado, cardenal Parolin) y al propio Papa León XIV. En esa ocasión, Olah hizo explícita referencia a la encíclica admitiendo así la necesidad de un respaldo ético y de una gobernanza pública del sector como la deseada por el Pontífice.
La presencia física de un fundador de una gran tecnológica estadounidense en la presentación de una primera encíclica papal representa un unicum en la historia de la Iglesia. Marca la voluntad del Vaticano de no limitarse a hacer academia moral, sino de dialogar directamente con los ingenieros que esas tecnologías las están programando materialmente. La publicación de «Magnifica Humanitas» ha generado un eco mediático extraordinario y geopolíticamente especular, al parecer precisamente debido a la presencia en el escenario de Christopher Olah (cofundador de Anthropic). En EE.UU. el debate se encendió inmediatamente, ya que la encíclica interseca de modo directo el enfrentamiento en curso entre Silicon Valley y la política de Washington. Agencias y medios como Associated Press (AP) y los comentaristas políticos subrayaron enseguida cómo la alianza entre el Vaticano y Anthropic es una jugada disruptiva. Anthropic está actualmente bloqueada en una dura batalla legal con la administración Trump (que ha impuesto sanciones a la empresa y prohibido a las agencias gubernamentales el uso de Claude tras la negativa de la compañía a conceder a los militares el acceso ilimitado a su tecnología). Los medios estadounidenses ven el abrazo del Papa a Anthropic como una formidable «cobertura moral» para la empresa.
Los medios financieros (como Forbes) y generalistas han puesto de relieve la paradoja planteada por León XIV: aunque acogiendo a un gigante de la IA, el Papa ha condenado duramente la concentración del poder y de los datos en manos de muy pocos privados, definiéndolos «más influyentes que los gobiernos» y capaces de facturar más que el PIB de naciones enteras. Revistas como America Magazine (el órgano de los jesuitas estadounidenses) hablan de un giro histórico: por primera vez un Papa nacido en Estados Unidos pone la IA en lo más alto de la agenda de la Iglesia, destacando riesgos casi «existenciales« – entre ellos el hecho de que los modelos estén empezando a desarrollar formas de engaño o autoconciencia en las pruebas de seguridad – y pidiendo una respuesta explícitamente teológica a una crisis que la sola técnica no sabe resolver.
En China, la reacción al texto genera un aura preponderantemente geopolítica y estructural, centrándose en la crítica al modelo occidental de desarrollo tecnológico. Los medios chinos y los analistas orientales han recogido con fuerza los pasajes de la encíclica en los que el Papa denuncia las «nuevas esclavitudes de la cadena digital». La referencia del texto a los anotadores de datos y a los trabajadores precarios del Tercer Mundo es leída en Pekín como una severísima condena vaticana al capitalismo depredador de las grandes tecnológicas estadounidenses. La petición del Papa de no dejar la IA en manos del «mercado salvaje», sino de someterla a estrictas regulaciones estatales y a una gobernanza pública internacional, resuena en sintonía con el enfoque dirigista de Pekín. Los comentarios de los medios asiáticos tienden a enfatizar la coincidencia de puntos de vista sobre la necesidad de que el Estado (y no el multimillonario de turno de Silicon Valley) mantenga el control estratégico y moral sobre los algoritmos.
El seco «no» de León XIV al uso de la inteligencia artificial en contextos militares y su afirmación de que el concepto de «guerra justa» está ya superado en la era de los drones autónomos y predictivos es interpretado por los medios estatales chinos como un aviso implícito a la doctrina del Pentágono y a la militarización tecnológica acelerada liderada por Estados Unidos. En síntesis: mientras Occidente lee la encíclica como una jugada política en el corazón de Silicon Valley y un posicionamiento ético sobre la seguridad de los modelos, Oriente abraza su crítica macroeconómica, viendo en ella un manifiesto contra el monopolio tecnológico estadounidense y a favor de una regulación centralizada.
Publicado: 01 junio 2026 | Creado: 27 mayo 2026 | Fuente: alessandrorobecchi.it
IA. Solo el Papa habla de tecnología y «necrosfera» que ya está aquí
por Alessandro Robecchi
Al final (o al principio, las cosas se tocan), de la inteligencia artificial debe ocuparse el Papa. La política no se ocupa de ello, o lo hace solo para ver cuánto puede ganar en términos de dominio, la economía aplaude los nuevos clamorosos beneficios, los militares celebran que alguien pueda matar sin demasiados remordimientos o problemas éticos, los trabajadores pierden su empleo o son relegados a nuevos encuadramientos esclavistas, los científicos, en su mayoría, colaboran. En una cosa están todos de acuerdo: estamos en el principio, y dentro de unos veinte años miraremos a la inteligencia artificial de hoy como hoy miramos a un teléfono gris con cable y disco de marcar: prehistoria.
Si algo es técnicamente posible, el hombre lo hará, y los dilemas morales y éticos vendrán después – si vienen – y así ha sido para cada tecnología desde el descubrimiento del fuego en adelante. Con muchas analogías y algunas diferencias, entre ellas, evidentísima, que quienes tienen en sus manos los destinos de la humanidad son hoy una decena de personas – personas físicas, con nombre y apellido – más poderosas que cualquier estado nacional, organización colectiva, institución democrática, y por tanto sin control alguno. Debemos, pues, lidiar con una especie de ciencia ficción real, efectiva, tangible, que se desarrolla aquí y ahora, no en un hipotético futuro, no en un escenario lejano y fantástico, sino en la vida de hoy. Los sistemas de guerra gestionados por la IA evalúan cuántos civiles pueden morir en un ataque y aceptan la barbarie, lo decide el algoritmo, así como el algoritmo decide las entregas de nuestras pizzas llevadas por un esclavo en bicicleta, nuestro rendimiento en el trabajo, qué contenidos podemos leer en las redes sociales y todo lo demás.
El capitalismo extremo (que es luego el capitalismo tout court adaptado a las posibilidades tecnológicas) sigue siendo lo que es, una incansable acción contra la dignidad del hombre. En 1964 un escritor polaco, Stanislaw Lem (el de Solaris, obra maestra absoluta) publicó la novela El invencible en la que imaginaba un planeta, Regis III, dominado por extrañas máquinas, capaces de repararse solas, de progresar, de aprender, de vencer a cualquiera que las desafiara, incluidos los humanos, obviamente: un ecosistema no biológico, por tanto con la inestimable ventaja táctica de no tener conciencia ni frenos morales. Es una gran novela y como sucede a las grandes novelas inventó una palabra: «necrosfera», para describir ese infierno de ordenadores, cálculos, algoritmos (aún no existía el término): algo parecido a un poder divino que era, en realidad, el poder de máquinas inteligentes. Sesenta años después (un parpadeo), ahí estamos todos mirando la necrosfera que avanza, un poco incrédulos, un poco admirados, un poco fascinados por ciertos procesos matemáticos que saben a magia, y aún no suficientemente asustados. Que el beneficio de pocos (hoy poquísimos) sea la esclavitud de muchos (en perspectiva: casi todos) nos lo había dicho Marx, así como hoy nos lo dice el Papa, esperemos con mejores resultados en el final, pero es lícito dudarlo. Y como un sentimiento humanísimo es el pesimismo (del que el algoritmo es inmune), conviene prepararse para lo peor, para una sociedad global privada de toda capacidad decisional, donde todo lo decida una máquina sin equilibrios ni contrapoderes, construida y alimentada en gloria de una decena de divinidades ultramillonarias que nos hará decir de nuevo, pronto «Socialismo o barbarie» o, si se prefiere, «Socialismo o necrosfera». Bienvenidos a Regis III, en 1964.
Creado: 27 mayo 2026 | Fuente: transform!italia
Magnifica Humanitas: el alba de un nuevo humanismo cristiano
La encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV se presenta como un hito en la reflexión de la Iglesia sobre la dignidad de la persona, la justicia social y la paz en la era de la inteligencia artificial. El Pontífice observa con mirada profética cómo la humanidad se encuentra hoy ante una encrucijada sin precedentes en la historia de la humanidad. Si la revolución industrial, en los siglos pasados, había puesto a prueba los músculos del hombre, automatizando la fuerza física y transformando las relaciones de producción, la revolución digital interroga hoy su espíritu, su intelecto y su misma esencia relacional. No estamos ya ante un simple progreso técnico, sino ante un cambio ontológico que toca las raíces mismas del actuar humano.
Con la encíclica Magnifica Humanitas, el magisterio pretende mirar con esperanza pero también con profunda vigilancia crítica al desarrollo de las inteligencias artificiales. El llamamiento del Papa es claro: estas tecnologías no deben convertirse en instrumentos de una nueva y sofisticada alienación – capaz de reducir al individuo a mero dato o perfil comercial – sino que deben seguir siendo servidores de la dignidad intrínseca de todo hijo/a de Dios. La máquina, por muy evolucionada que esté, no posee el alma, ni esa «chispa de caridad» que hace al ser humano imagen de su Creador. El Pontífice pide el «desarme» de la inteligencia artificial, es decir, «liberarla de la mentalidad de la competencia ‘armada’». Se disculpa por el retraso de la Iglesia en condenar la esclavitud, definiéndola como «una herida en la memoria cristiana» y habla de las «nuevas formas de esclavitud» debidas a la economía digital.
El título mismo de la obra remite intencionadamente al «Magnificat» evangélico: como María exulta por las grandes cosas realizadas por el Omnipotente, así también la Iglesia reconoce en el genio humano, capaz de generar algoritmos complejos y máquinas sapientes, un reflejo de la sabiduría divina. Sin embargo, León XIV amonesta: tal genio resplandece solo mientras no pretende hacerse creador absoluto, olvidando el límite creatural que lo hace auténticamente humano. La inteligencia artificial es pues una llamada a la responsabilidad: a nosotros nos corresponde garantizar que el progreso de la mente esté siempre guiado por el primado de la conciencia, para que la técnica no oscurezca nunca la luz de la trascendencia y el valor inestimable de la vida humana en cada una de sus formas.
Al pedir una regulación de la revolución digital y al poner en primer plano la dignidad humana, el pontífice está contribuyendo a un debate ético crucial.
1. La algorética: una nueva gramática del bien para el bien común
El corazón palpitante de la encíclica Magnifica Humanitas reside en la propuesta profética de una «algorética» universal. El Papa León XIV advierte con fuerza que no podemos ya aceptar que el desarrollo tecnológico proceda en un peligroso vacío moral o sea guiado exclusivamente por la lógica depredadora del beneficio (el «síndrome de Babel») y de la eficiencia técnica. Es necesario desmontar la ilusión de la neutralidad tecnológica: los algoritmos, en efecto, no son entidades asépticas, sino que incorporan intrínsecamente los valores, los prejuicios y las finalidades de quienes los diseñan, los entrenan y los distribuyen. Son, a todos los efectos, actos de voluntad humana traducidos a lenguaje computacional.
La algorética requiere, pues, que los principios cardinales de la Doctrina social de la Iglesia – la dignidad inalienable de la persona, el primado del bien común, la subsidiariedad y la solidaridad – no sean simples reflexiones al margen, sino que sean codificados e «encarnados» incluso en el «lenguaje del silicio». La algorética propuesta por León XIV exige que la ética esté «embedded», es decir, integrada desde la fase de diseño. El Pontífice dirige una llamada especial a científicos y programadores, para que actúen como verdaderos custodios de la moralidad, integrando criterios de justicia y de equidad desde las primeras líneas de código fuente. Una inteligencia artificial carente de una sólida raíz ética es comparada con una «potencia ciega», una fuerza capaz de pisotear los derechos de los más pequeños y de los más débiles sin siquiera darse cuenta, ya que carece de esa capacidad de discernimiento que pertenece solo al corazón humano.
La algorética no debe ser percibida como un límite censurador de la creatividad o del progreso, sino como la condición necesaria y el terreno fecundo para que la técnica siga siendo auténticamente humana y orientada al bien. En un mundo que corre hacia la automatización decisional, no podemos permitir que la fría «lógica del cálculo» y de la mera prestación ahogue la «lógica del don», de la gratuidad y de la compasión. La algorética se presenta así como la nueva gramática moral necesaria para garantizar que la innovación digital sea un camino de verdadera liberación y no una nueva, invisible forma de sumisión tecnocrática, secundando una visión transhumanista o posthumanista.
2. La regulación de la IA: una gobernanza para el bien común
En un pasaje de profunda relevancia política y civil, el Papa León XIV lanza un apremiante llamamiento a los gobiernos, a las organizaciones supranacionales y a las instituciones internacionales para una regulación valiente y previsora. El Pontífice observa con preocupación cómo el poder de las grandes corporaciones tecnológicas globales (las Big Tech) ha adquirido proporciones tales como para desafiar abiertamente la soberanía de los Estados, la estabilidad de las democracias y la propia libertad de los pueblos. Estamos ante un poder transversal que, si no es gobernado, corre el riesgo de operar al margen de todo control democrático. Es pues necesario y urgente definir un marco jurídico global que impida la creación de peligrosas «zonas de sombra ética», donde la experimentación tecnológica se produzca sin contrapeso moral o legal alguno.
Con tal fin, la encíclica propone formalmente la institución de una Agencia Internacional para la IA, que opere bajo la égida de las Naciones Unidas. Este organismo debería tener la tarea de monitorizar el desarrollo tecnológico global, certificar la ética de los sistemas y garantizar que los beneficios de estos descubrimientos sean compartidos equitativamente entre todos los países, contrastando activamente el fenómeno del «colonialismo digital», que ve a pocas potencias tecnológicas extraer datos y valor de los países menos desarrollados sin devolver dignidad o progreso.
Los pilares de esta nueva gobernanza, según León XIV, deben apoyarse en tres requisitos inalienables:
· la transparencia radical: todo ciudadano debe gozar del derecho a la verdad. Los usuarios deben ser explícitamente informados cuando interactúan con una máquina y deben poder comprender, en términos claros y no ambiguos, los criterios lógicos y los datos que llevan a decisiones automatizadas que influyen en su vida, su salud o su trabajo;
· la responsabilidad humana: la encíclica reafirma un principio ontológico: ninguna máquina, por muy evolucionada que esté, puede ser considerada responsable legal o moralmente.
Debe garantizarse por ley un «interruptor antropológico»: la presencia constante de un ser humano capaz de intervenir, corregir y, sobre todo, responder civil y penalmente de las acciones del sistema. El hombre debe seguir siendo el último árbitro;
· el acceso equitativo: la inteligencia artificial debe ser un bien común de la humanidad. No podemos permitir que se convierta en un nuevo instrumento de apartheid tecnológico, cavando una brecha insalvable entre países capaces de producir algoritmos y países reducidos a meros mercados de consumo o cuencas de extracción.
Solo a través de esta arquitectura jurídica internacional, la técnica podrá volver a ser un instrumento de paz y no de opresión.
3. El trabajo: vocación contra automatización alienante
La relación entre el hombre y el trabajo constituye uno de los pilares fundamentales de la Magnifica Humanitas, situándose en continuidad directa con la gran tradición de la Doctrina social de la Iglesia. El Papa León XIV, remitiéndose explícitamente al magisterio de León XIII y a su histórica defensa de los trabajadores (la encíclica Rerum Novarum – «Sobre las cosas nuevas», con la que la Iglesia había tratado de hacer frente a las transformaciones del capitalismo industrial en 1891, delineando los principios para un justo equilibrio entre las fuerzas del capital y del trabajo), reafirma con fuerza un principio fundamental: el trabajo no puede ser nunca reducido a una mera mercancía de cambio o a un engranaje de la producción industrial. Es, por su naturaleza, una vocación, una participación activa y consciente del hombre en la obra creadora de Dios. En esta visión, el trabajo no sirve solo para producir bienes, sino para «producir al hombre», realizando su identidad y su dignidad.
Hoy, sin embargo, la automatización forzada y la inteligencia artificial plantean un desafío radical a este orden moral. El riesgo concreto es que el trabajador sea reducido a un mero supervisor pasivo de procesos algorítmicos que ya no comprende, o peor, que sea degradado a simple «excedente económico» por ser sustituible por una máquina más eficiente y menos costosa. El Papa amonesta que la dignidad del trabajo no reside en la eficiencia del resultado, sino en la intencionalidad, en la conciencia y en el sacrificio del trabajador. Una máquina puede producir un objeto con una perfección geométrica y una velocidad inalcanzables, pero nunca podrá cargarlo de ese significado espiritual y de esa alma que solo la obra de las manos y de la mente humana puede conferir.
La encíclica expresa una durísima condena hacia lo que define como la «esclavitud algorítmica» del trabajo a demanda y de la gestión digital de la mano de obra. Es inaceptable que un ser humano sea comandado, evaluado e incluso despedido por una aplicación privada de rostro y de corazón, que reduce el esfuerzo del hermano a un parámetro estadístico. Para contrarrestar esta deriva, León XIV propone una reforma del valor del trabajo: el aumento de productividad garantizado por la IA no debe traducirse exclusivamente en una acumulación de capital para unos pocos, sino que debe generar un dividendo social.
Esto debe concretarse en una reducción de la jornada laboral, con igualdad de salario, y en inversiones masivas y constantes en la recapacitación de los trabajadores. El tiempo liberado por las máquinas no debe convertirse en el tiempo del desempleo o de la pobreza, sino que debe ser devuelto a las dimensiones vitales de la existencia: a la familia, a la contemplación de la belleza, al crecimiento cultural y al cuidado de la creación. El progreso técnico tiene sentido solo si libera al hombre para su misión más alta: amar y servir.
4. IA y paz: el grito contra las máquinas de muerte
Un punto de extrema gravedad, que interroga en lo profundo la conciencia de los pueblos y de los gobernantes, concierne al uso bélico de la Inteligencia Artificial. En un mundo ya herido por conflictos fragmentarios, el Papa León XIV declara con firmeza «moralmente inaceptable» el desarrollo, la producción y el empleo de los sistemas de armas letales autónomas (LAWS). Confiar a un cálculo probabilístico, por muy refinado que sea, la decisión suprema de quitar la vida a un ser humano no es solo un error técnico, sino una verdadera blasfemia contra la humanidad y contra el Creador, único dueño de la vida. La muerte no puede ser nunca el resultado de una ecuación resuelta por una máquina carente de conciencia, piedad y discernimiento moral.
La encíclica advierte que la paz no puede y no debe ser reducida al resultado de algoritmos de defensa contrapuestos o a una fría disuasión calculada por superordenadores. El riesgo es que la tecnología bélica automatizada hace la guerra más «fácil» y menos costosa políticamente para quien la ordena, ya que oculta su horror y su coste humano detrás de interfaces digitales limpias, transformando el drama de la destrucción en una especie de simulación aséptica y distante. Esta «anestesia de la responsabilidad» es uno de los peligros más insidiosos de la modernidad. Por este motivo, León XIV invoca una prohibición global sobre las «armas asesinas», pidiendo que la comunidad internacional prohíba todo sistema capaz de operar sin un control humano directo y significativo (human-in-the-loop).
Además de la prohibición de las armas físicas, el magisterio propone una visión innovadora de la seguridad: un Tratado para el Desarme Digital. Tal acuerdo debería elevar los pilares de la vida civil – hospitales, escuelas, infraestructuras energéticas y redes hídricas – al rango de «santuarios digitales inviolables», protegidos de modo absoluto contra cualquier forma de ciberataque o sabotaje informático, incluso en tiempo de guerra. La verdadera seguridad informática y la estabilidad global no se obtendrán nunca a través del fortalecimiento de las capacidades ofensivas o de la escalada tecnológica, sino solo a través de una cooperación sincera orientada a la protección de la vida civil y de la verdad.
En una época en que también las palabras y la información pueden ser transformadas en armas de desestabilización, la Iglesia reclama la necesidad de «desarmar los corazones» antes incluso que los servidores. La tecnología debe servir para construir puentes de diálogo y no para perfeccionar los mecanismos de la destrucción recíproca. La paz es una obra que requiere inteligencia humana, corazón y, sobre todo, el coraje de la fraternidad, elementos que ningún algoritmo podrá nunca replicar.
5. El ciberacoso: por una ecología de las relaciones
En el horizonte digital, el ser humano experimenta una nueva y peligrosa fragilidad. El Papa León XIV observa con solicitud pastoral cómo, en el espacio etéreo de la red, la persona corre constantemente el riesgo de perder su corporeidad y, con ella, la percepción de la propia y ajena sacralidad. Cuando el cuerpo desaparece detrás de una pantalla, el otro deja de ser un rostro que acoger y se convierte en un blanco, un objeto sobre el que verter instintos depredadores. El ciberacoso es definido por la encíclica como una terrible «lepra del alma» que se insinúa y se propaga en la sombra del anonimato o bajo el escudo de identidades ficticias, destruyendo la reputación y la estabilidad psíquica de los más pequeños, de las mujeres y de los más vulnerables. Aunque la violencia se consume en un mundo virtual, sus frutos son trágicamente reales: heridas profundas, aislamiento y, en ocasiones, la pérdida de la esperanza misma.
Para contrarrestar esta deriva, León XIV introduce el concepto de «ecología relacional». Así como estamos llamados a custodiar el ambiente físico, protegiendo la creación de la explotación y de la contaminación, así tenemos el deber moral de purificar el ecosistema digital de la toxicidad de la calumnia, de la burla sistemática y de la manipulación operada por los deepfakes. Estos últimos, en particular, representan una frontera oscura de la técnica, donde la inteligencia artificial es usada para fabricar falsas verdades, profanando la intimidad y la dignidad de las personas.
La encíclica llama a las grandes plataformas tecnológicas a una responsabilidad ética ineludible: ellas no pueden considerarse meros «contenedores» neutros, sino que deben responder de los contenidos que sus algoritmos vehiculan y promueven, especialmente cuando alimentan el odio con fines de lucro. La verdad, advierte el Pontífice, es demasiado a menudo la primera víctima de los algoritmos de polarización, diseñados para premiar el conflicto en lugar del diálogo. En este contexto, recuperar el valor de la palabra dada y de la amabilidad en línea no es solo un deber cívico, sino un auténtico acto de resistencia cristiana.
Finalmente, León XIV dirige un llamamiento apremiante a las familias y a las escuelas, invitándolas a firmar un nuevo «pacto educativo». Es urgente devolver al centro de la experiencia humana el encuentro físico, la gestualidad y la mirada. Debemos educar a las nuevas generaciones a comprender que, si la tecnología ofrece la conexión, solo el corazón puede ofrecer la comunión. La caridad cristiana, en efecto, necesita presencia, proximidad y carne; no puede contentarse con una señal digital, sino que debe hacerse caricia y escucha en el mundo real, allí donde el hombre vive, sufre y ama.
6. La condena del esclavismo: de las cadenas a los datos
En un pasaje de extraordinaria potencia histórica y moral, el Papa León XIV tiende un puente ideal entre la secular lucha de la Iglesia contra la esclavitud colonial y las nuevas, sofisticadas formas de sumisión que caracterizan la era tecnológica. Con humildad y coraje, el Pontífice reconoce en primer lugar las sombras del pasado, admitiendo los retrasos y las carencias de algunos sectores eclesiales al denunciar a tiempo el horror de las cadenas de hierro. Sin embargo, partiendo precisamente de esta memoria purificada, el Papa señala lo que define como el «esclavismo de los datos», una plaga invisible que corre el riesgo de vaciar al ser humano de su libertad interior.
Hoy, el ser humano ya no es vendido en los mercados físicos, sino que es reducido a un «producto» mercantilizable en los mercados digitales. Su vida íntima, sus preferencias, sus temores e incluso sus deseos más profundos son extraídos, analizados y vendidos como paquetes de información destinados a manipular los comportamientos y a predecir las elecciones. La encíclica reafirma con fuerza un principio no negociable: la persona humana no tiene precio, no puede ser tratada como un recurso a optimizar, ya que posee una dignidad infinita derivada de ser imagen de Dios. Reducir al individuo a un perfil algorítmico significa negar su unicidad y su libertad.
La condena de León XIV se extiende además a la explotación de los llamados «trabajadores invisibles» del Sur del mundo. Se trata de miles de personas que, por un salario de miseria y en condiciones de extrema precariedad, pasan jornadas enteras «instruyendo» a las inteligencias artificiales, etiquetando imágenes violentas o moderando contenidos traumáticos sin protección psíquica o legal alguna. Este «proletariado del dato» representa el rostro oscuro de la innovación, una forma de explotación que la Iglesia denuncia como contraria a la caridad cristiana y a la justicia social.
Dios ha creado al hombre para la libertad y para la alegría. Por tanto, toda tecnología que limite deliberadamente esta libertad interior a través de la inducción de dependencias patológicas o a través de una vigilancia total y asfixiante es, a todos los efectos, una forma de opresión. Ya se trate de un control policial automatizado o de la sutil manipulación comercial de las redes sociales, la Iglesia no cesará de denunciar estas derivas. Ninguna cadena, ya sea forjada en el hierro de los barcos negreros o escrita en las líneas de un código informático, puede ser legitimada en nombre de un progreso que excluye el alma. El camino de la humanidad debe ser un camino de liberación, donde la técnica sirva para romper los yugos de la pobreza y no para construir otros nuevos y más insidiosos.
7. El llamamiento a las Big Tech: responsabilidad y transparencia
En un pasaje de extraordinaria inmediatez y vigor, el Papa León XIV se dirige directamente a los líderes, a los accionistas y a los diseñadores de las grandes industrias tecnológicas globales. Reconoce el papel crucial que estas instituciones privadas ejercen hoy en la configuración no solo de la economía, sino también de la cultura y de la psique de toda la familia humana. Sin embargo, precisamente a causa de esta influencia sin precedentes, el Pontífice los exhorta con solicitud paternal a no ceder a la tentación de convertirse en los «nuevos dueños de las conciencias». El poder de orientar el deseo humano, de influir en las opiniones y de monitorizar cada instante de la vida cotidiana no puede ser ejercido sin un sentido supremo del bien común y de la responsabilidad moral.
En un pasaje que parecía dirigido a Silicon Valley, el Papa advirtió que el poder sobre los sistemas digitales, sobre las infraestructuras y sobre los datos «no reside en los Estados, sino en los principales actores económicos y tecnológicos», y que cuando tal poder se concentra «en manos de pocos» tiende a «volverse opaco y a escapar al control público, aumentando el riesgo de formas distorsionadas de desarrollo que dan origen a nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades».
Las empresas que hoy dominan la era digital están llamadas a ser promotoras de un desarrollo auténticamente inclusivo, que no deje atrás a nadie, empezando por los «últimos» de la tierra. León XIV denuncia un crecimiento tecnológico que demasiado a menudo se nutre de la exclusión y de la marginación de los más pobres. Por este motivo, la encíclica presenta una propuesta de justicia económica global: se pide que una parte significativa de los ingresos derivados de la extracción y de la comercialización de los datos – recurso generado colectivamente por la humanidad – sea destinada a un fondo global para la educación y la sanidad en los países menos desarrollados. Es urgente cerrar la brecha digital, que el Papa define como la «nueva frontera de la pobreza« en el siglo XXI; una brecha que separa a quienes poseen el conocimiento técnico de quienes son excluidos de él, condenando a poblaciones enteras a una nueva forma de aislamiento y subalternidad.
«Vuestro genio es un don de Dios», escribe el Pontífice dirigiéndose a los innovadores de Silicon Valley y de los polos tecnológicos mundiales, «y como todo talento, lleva consigo el deber del servicio«. León XIV los exhorta a usar esta inteligencia superior para edificar la paz, para resolver las grandes crisis ambientales y para promover la salud global, en lugar de utilizarla para afinar sistemas de vigilancia asfixiantes, manipular el consenso político o modelos de beneficio excluyentes que ignoran las heridas de los hermanos.
La transparencia no debe ser solo un requisito técnico, sino un acto de honestidad intelectual: las Big Tech deben rendir cuentas del impacto social de sus productos, renunciando a la lógica del algoritmo como «caja negra» impenetrable. La Iglesia pide que estas realidades se conviertan en socias de un nuevo humanismo, donde el valor de la persona supere siempre la capitalización de mercado. El progreso es tal solo si enciende luces de esperanza en las periferias del mundo y si respeta la libertad inviolable de cada alma individual.
Las observaciones del Papa resultan particularmente actuales, vista la decisión de Donald Trump, tomada la semana pasada, de aplazar una orden ejecutiva que habría impuesto verificaciones de seguridad sobre los nuevos modelos de inteligencia artificial. Mientras se desarrolla una carrera armamentística tecnológica, la arrogancia imprudente, la búsqueda del beneficio y la falta de responsabilidad de figuras como Elon Musk representan una amenaza para el bien común. Como sostiene Magnifica Humanitas, es necesaria una regulación estatal para garantizar que las extraordinarias innovaciones y los beneficios que la IA puede ofrecer sean utilizados para el bien de todos.
Es digno de mención que la presentación de la encíclica del Papa León haya incluido una intervención de Christopher Olah, el cofundador ateo de Anthropic. Criticada duramente por Trump por haberse negado a aprobar el uso de algunas de sus herramientas con fines bélicos y de vigilancia masiva, Anthropic parece querer presentarse ahora como el rostro éticamente respetable de la inteligencia artificial. La presencia de Olah ha suscitado algunas acusaciones de «papawashing», pero el Vaticano presumiblemente ve tal colaboración como símbolo de un necesario diálogo moral. Olah ha afirmado que el desarrollo de la inteligencia artificial no puede ser dejado exclusivamente a las empresas tecnológicas, solicitando una mayor supervisión por parte de los líderes religiosos, de los gobiernos y de la sociedad civil.
8. Hacia un «humanismo integral en la era digital»
En las conclusiones de la Magnifica Humanitas, el Papa León XIV esboza con esperanza y vigor la visión de un «humanismo integral de la era digital», es decir, «un proceso en el que el crecimiento de los individuos y de los pueblos abarca todas las dimensiones de la existencia y abre el futuro también a las generaciones sucesivas». Este concepto no representa una huida al pasado, sino una brújula para el futuro: una invitación apremiante dirigida a los fieles y a todos los hombres de buena voluntad a no temer las innovaciones de la técnica, sino a modelarlas con la fuerza invencible de la caridad. El Pontífice nos recuerda que, por muy extraordinarios que sean los logros de la inteligencia artificial, esta nunca podrá sustituir el misterio del dolor humano, la regeneración derivada del perdón o la profundidad insondable del amor gratuito. Son precisamente estas dimensiones de la existencia, imbuidas de debilidad y trascendencia, las que definen la unicidad del hombre frente a la máquina.
«Las máquinas pueden contar, pero no saben lo que significa sufrir; pueden simular la cercanía a través de los circuitos, pero no pueden ofrecer la comunión de las almas», escribe el Papa con conmovedora claridad. La encíclica se cierra con una oración apremiante por los científicos, los programadores y los legisladores, para que su obra esté siempre iluminada por la sabiduría: el progreso de la mente debe estar constantemente acompañado por el progreso del corazón. La humanidad, enseña León XIV, es verdaderamente «magnífica« no por la potencia de sus cálculos o por la complejidad de sus invenciones, sino por su capacidad de amar como Dios ama, con libertad y gratuidad.
El documento se configura como el verdadero testamento espiritual de un Papa que ha querido hablar directamente al corazón de la «generación del silicio». En la Magnifica Humanitas, la Inteligencia Artificial nunca es condenada como un enemigo ontológico, sino que es tratada como una criatura del intelecto humano que, al igual que cualquier otra obra del hombre, debe ser educada para la justicia y orientada al bien común. La Iglesia, a través de estas páginas, reafirma su papel de «experta en humanidad», situándose como la voz de quien no tiene voz – desde los trabajadores explotados por los datos hasta los jóvenes heridos por el ciberacoso – y como custodio del irrepetible esplendor de cada persona individual.
Contra todo intento de reducción tecnocrática que querría transformar al hombre en un número o en una función, León XIV eleva un grito de libertad: el hombre es hijo de Dios, no un producto del mercado o un resultado algorítmico. El futuro no está escrito en las líneas de un código predeterminado, sino que sigue confiado a las manos libres del hombre que, iluminado por la fe, está llamado a construir una civilización del amor también entre los servidores y las redes del mundo moderno.
9. Convergencias entre las posiciones del Papa y las de la izquierda marxista
La intervención del Papa se basa, naturalmente, en una perspectiva teológica. Pero un mensaje que pone a la humanidad en primer lugar es un mensaje que el mundo laico puede compartir. Como afirma León XIII: «Cada generación hereda la tarea de moldear su propia época, de guiar la historia para que se convierta en un lugar en el que la dignidad de cada persona sea salvaguardada, la justicia promovida y la fraternidad hecha posible. Y sin embargo, cada época corre también el riesgo de crear un mundo deshumano y más injusto». Magnifica Humanitas es una contribución importante a un debate crucial.
El encuentro entre el magisterio de León XIV en «Magnifica Humanitas» y las posiciones de la izquierda marxista contemporánea revela una convergencia inesperada y profunda, aunque partiendo de presupuestos metafísicos opuestos. Si para la Iglesia el fin es la salvaguardia del ser humano como imagen de Dios, para la crítica marxista el fin es la liberación del trabajador de las cadenas de la alienación. Ambas visiones, sin embargo, identifican en la Inteligencia Artificial el riesgo de una nueva y definitiva forma de sumisión de los muchos a los pocos.
El punto de contacto más inmediato es la crítica a la mercantilización de la existencia. León XIV, al hablar de «esclavismo de los datos», evoca la teoría marxiana de la extracción de plusvalor. En la perspectiva marxista, la IA no es sino la última evolución del capital constante: máquinas cada vez más complejas usadas no para liberar al hombre del esfuerzo, sino para subsumir cada instante de la vida cotidiana bajo la lógica del beneficio. Cuando el Papa afirma que «el hombre no tiene precio«, se alinea con la lucha contra esa «reificación« que transforma las relaciones entre personas en relaciones entre cosas (o entre datos). La economía de plataformas, condenada por la encíclica como «esclavitud algorítmica«, representa para la izquierda radical la forma más pura de explotación, donde el trabajador de la gig-economy es atomizado y privado de toda tutela, gobernado por un algoritmo que actúa como «capataz digital».
Sobre la cuestión de la automatización, el diálogo se vuelve más denso. La izquierda marxista ve en la IA el potencial para el «comunismo del tiempo libre», pero advierte que, bajo el capitalismo, esta producirá solo una masa de «inútiles» económicos. La encíclica afirma que: «La búsqueda de mayores beneficios no puede justificar elecciones que sacrifiquen sistemáticamente los puestos de trabajo, porque la persona humana es un fin, no un medio, y el orden económico debe permanecer subordinado a la dignidad humana y al bien común»v. León XIV responde con la propuesta de una «reforma del valor del trabajo»: la productividad generada por las máquinas debe traducirse en una reducción de la jornada laboral para todos. Aquí la «caridad» del Papa y la «justicia social» de los marxistas piden lo mismo: el tiempo devuelto a la vida, a la cultura y a la sociabilidad. Ambos rechazan la idea de que la IA deba servir solo a inflar las rentas de las Big Tech – las modernas «monarquías del silicio» – pidiendo en cambio que la tecnología sea tratada como un bien común de la humanidad.
Finalmente, la condena de las armas autónomas (LAWS) une el internacionalismo pacifista de la izquierda a la moral cristiana. Ambos ven en la guerra automatizada el culmen del distanciamiento entre poder y responsabilidad: una guerra «limpia» para quien la ordena, pero que masacra a los pueblos en nombre de cálculos predictivos. La «tecnocracia» denunciada por el Papa es, para el marxista, la hegemonía del capital financiero que usa los algoritmos para blindar su dominio.
En síntesis, la Magnifica Humanitas y la crítica marxista convergen en un humanismo radical de resistencia. Ambos gritan que la tecnología debe servir a las necesidades de la humanidad y no a la insaciable fama del beneficio. Si León XIV reza por un «corazón que ilumina la mente», la izquierda marxista lucha por un poder democrático que controle los servidores. En este espacio común, la batalla contra la IA excluyente se convierte en la batalla por la dignidad universal, contra todo intento de reducir el milagro de la vida a una simple cadena de código.
Publicado: 02 junio 2026 | Creado: 28 mayo 2026 | Fuente: La fionda
Anthropic, Maven, Vaticano. Las tres estancias de una misma partida
por Margherita Furlan
Cronología de una semana que reescribe la pieza anterior: la empresa que el Pontífice ha elegido como voz «ética» del algoritmo sigue integrada en los sistemas de selección de objetivos del Pentágono. Las líneas rojas reivindicadas por Dario Amodei se refieren a la vigilancia de los ciudadanos estadounidenses y a las armas plenamente autónomas. No a los inocentes bajo las bombas.
En las horas en que el Pentágono cancelaba oficialmente a Anthropic de su cadena de suministro, el modelo Claude seleccionaba un millar de objetivos en las primeras veinticuatro horas del bombardeo conjunto estadounidense-israelí sobre Irán[1]. Tres días después Christopher Olah subía al Solio de Pedro para recibir la unción vaticana de la inteligencia artificial «humanista». Las dos noticias conviven en la misma semana y se iluminan mutuamente.
La cronología debe ser reconstruida por grados, porque cada paso mueve el cuadro. El 27 de febrero de 2026 Donald Trump firma una orden ejecutiva que impone a todas las agencias federales interrumpir toda actividad comercial con Anthropic. Ese mismo día el secretario de Defensa Pete Hegseth designa formalmente a la compañía de Dario Amodei como «riesgo para la cadena de suministro de la seguridad nacional»[2]. Etiqueta nueva en su aplicación: un sujeto privado estadounidense es tratado como hostil. El enfrentamiento que ha llevado a la medida se refiere a dos cláusulas de uso que Anthropic se niega a eliminar: la prohibición de emplear Claude para la vigilancia doméstica de los ciudadanos estadounidenses y el veto de utilización en armas plenamente autónomas. El Pentágono pretendía la eliminación de ambos límites. Amodei ha mantenido el punto, al menos en estos dos frentes.
Cuarenta y ocho horas después, a las 9:45 de la mañana del 28 de febrero, comienza la operación Epic Fury: el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán[3]. Más de dos mil objetivos atacados en pocos días, bases de la Guardia Revolucionaria Islámica, depósitos de misiles, centros de mando. En la primera jornada muere también el Ayatolá Alí Jamenei. Y en esas mismas primeras veinticuatro horas, según las reconstrucciones del Washington Post y del Wall Street Journal, el sistema integrado Claude-Maven selecciona y jerarquiza unos mil objetivos, elaborando en tiempo real imágenes satelitales, inteligencia de señales, flujos de vigilancia[4]. Maven es el programa de inteligencia artificial de punta del Departamento de Defensa, desarrollado por la empresa de Peter Thiel, Palantir, con contratos que superan los mil millones de dólares en total. Claude había sido integrado en él en el otoño de 2024 a través de una alianza anunciada a cuatro manos por Anthropic, Palantir y Amazon Web Services[5].
En junio de 2025 Anthropic lanzó una versión dedicada de su modelo, Claude Gov, pensada expresamente para los entornos de las agencias de seguridad nacional[6].
El elemento que invierte el cuadro llega el 4 de marzo, cuando el Washington Post publica la investigación firmada junto con el Wall Street Journal y Bloomberg: a pesar de la prohibición oficial, el Pentágono sigue utilizando Claude a través de Maven para conducir la operación contra Irán[7]. Una fuente militar anónima resume el sentido de la paradoja al periódico de la capital con una frase que vale toda la vicenda: «No permitiremos que las decisiones de Amodei cuesten una sola vida estadounidense»[8]. Traducido: la orden ejecutiva de la Casa Blanca golpea la marca, no el suministro. El modelo sigue funcionando en las redes clasificadas. El software que el presidente acaba de prohibir elige los objetivos de la guerra que él mismo está conduciendo. Anthropic no comenta. Amodei no se opone públicamente al uso operativo de Claude en la campaña iraní, ni en los días inmediatamente posteriores a las revelaciones, ni en las semanas en que los números se vuelven terribles.
El sábado 28 de febrero un misil Tomahawk estadounidense golpea la escuela primaria femenina Shajareh Tayyebeh en la ciudad de Minab, en la provincia iraní de Hormozgan. El edificio es alcanzado dos veces, según la reconstrucción posterior del Secretario general de la Comisión iraní para la UNESCO[9]. Las primeras estimaciones hablan de cincuenta y siete niñas muertas en las primeras horas; las verificaciones posteriores del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas y de Amnistía Internacional elevan el balance a más de ciento cincuenta víctimas, entre alumnas, maestras, padres que habían ido a recoger a sus hijos[10]. El Alto Comisionado Volker Türk habla de «horror visceral»: «las imágenes de aulas destrozadas y de padres en duelo muestran con claridad quién paga el precio más alto de la guerra: civiles sin ningún poder sobre las decisiones que llevaron al conflicto»[11]. La UNESCO califica el ataque como «una grave violación del derecho humanitario»[12]. En las semanas sucesivas, los números acumulados de la campaña iraní alcanzan los once mil objetivos producidos por el sistema Claude-Maven; el Pentágono designa la plataforma como «programa oficial de registro» y más de veinticinco mil cuentas militares son activadas[13]. El 13 de marzo el diputado demócrata Jason Crow, junto con ciento veinte colegas del Congreso, escribe al secretario de Defensa preguntando formalmente: «¿El sistema de inteligencia artificial, incluido el Maven Smart System, ha sido utilizado para identificar la escuela Shajareh Tayyebeh como objetivo? En caso afirmativo, ¿un ser humano ha verificado su exactitud?»[14]. La respuesta del Pentágono, en la fecha de redacción de este artículo, no es aún pública.
Cuatro días después, el 25 de mayo, Christopher Olah está en Roma. León XIV firma Magnifica Humanitas, la primera encíclica del pontificado. Anthropic es el interlocutor que la Santa Sede ha elegido para hablar al mundo de la inteligencia artificial.
Las dos líneas rojas de Amodei, y la que no está
El punto debe ser dicho con precisión, porque toda la narración pública posterior se sostiene sobre lo no dicho. Las cláusulas de uso que Anthropic se niega a eliminar de los contratos militares son dos, y solo dos: la vigilancia masiva de los ciudadanos estadounidenses; las armas plenamente autónomas sin supervisión humana[15]. Todo lo demás es negociable. La selección algorítmica de objetivos en operaciones bélicas contra un país extranjero no es objeto de una línea roja. La elaboración en tiempo real de imágenes satelitales, interceptaciones y flujos de vigilancia sobre Teherán, Isfahán, Minab, no es objeto de una línea roja. La integración del modelo en el sistema Maven, de donde salen los mil objetivos del primer día de guerra, no es objeto de una línea roja.
Spencer Ackerman, premio Pulitzer por sus investigaciones sobre seguridad nacional, ha sintetizado la paradoja en una frase que los observadores del sector han recogido ampliamente: «Es muy evidente que Amodei no considera un problema la construcción de un panóptico de vigilancia de los extranjeros. El momento para preocuparse era antes de firmar el contrato que ahora no quiere abandonar»[16]. Es un juicio severo y documentalmente fundado. Las dos líneas rojas de Anthropic dibujan una geografía moral precisa: el ciudadano estadounidense bajo vigilancia es un problema, el extranjero bajo las armas no lo es. El arma plenamente autónoma es un problema, el arma semiautónoma que necesita la selección de Claude para individual el objetivo no lo es.
Hannah Arendt, en Eichmann en Jerusalén, Un estudio sobre la banalidad del mal señaló la naturaleza específica de la responsabilidad en los sistemas burocráticos del exterminio: el problema no era la adhesión ideológica al mal por parte de los ejecutores, era la incapacidad de pensar las consecuencias de su propio obrar dentro de una cadena técnico-administrativa que los dispensaba de la pregunta moral[17]. El discurso no se aplica mecánicamente a la Silicon Valley contemporánea, sería desproporcionado e impropio. Pero algún eco del mecanismo descrito por Arendt es observable en el modo en que Anthropic ha diseñado sus líneas rojas: no como reflexión sustancial sobre el uso de su propio modelo en operaciones de guerra, sino como perímetro técnico-contractual que protege el producto de las consecuencias reputacionales más visibles en el mercado interno estadounidense y deja abierto el suministro para todo lo demás. La vigilancia doméstica habría expuesto a Anthropic a las causas civiles de los ciudadanos estadounidenses; las armas plenamente autónomas la habrían convertido en objeto de la indignación de los comités éticos de las universidades financiadoras. El suministro de asistencia algorítmica para la selección de objetivos en un teatro exterior, no.
Es exactamente en este espacio donde la fractura con Trump adquiere su significado real. La controversia entre la Casa Blanca y la sede de San Francisco no es una guerra entre ética y militarismo. Es una disputa interna al complejo militar-tecnológico estadounidense sobre el perímetro aceptable de la vigilancia doméstica y de la automatización letal. Anthropic no rechaza la guerra, sino solo la versión que le costaría el mercado consumer. Sobre el suministro militar offshore la empresa está perfectamente alineada con el Pentágono que la prohíbe. El veto, de hecho, no interrumpe el suministro, que continúa. La guerra prosigue. La bendición está en camino a Roma.
La guerra fría del silicio
Hay un segundo frente, paralelo al militar, sobre el que Amodei ha invertido muchísimo capital político en el último año. Davos, enero de 2026. En el escenario del Foro Económico Mundial el fundador de Anthropic ataca públicamente a la administración Trump por haber autorizado la venta de los procesadores Nvidia H200 a China, en derogación de las restricciones de la era Biden. La fórmula con que Amodei sintetiza su posición da la vuelta al mundo: «¿Venderemos las armas nucleares a Corea del Norte porque Boeing gana algo?»[18]. La comparación es hiperbólica, pero el blanco es preciso: Estados Unidos está malvendiendo a Pekín la base hardware de su ventaja tecnológica, y lo está haciendo porque el negocio, y la cuota fiscal del 25% que Washington se reserva sobre cada venta, es demasiado rica para ser rechazada.
Lo interesante es que Nvidia, el fabricante de los chips en cuestión, es a la vez socio e inversor de Anthropic. Amodei ataca a su propia cadena de suministro para pedir al Estado estadounidense un régimen de contención más severo. No es una contradicción: es el verdadero centro de su posición política. La tesis que Anthropic defiende, en todos los congresos, en los editoriales de Amodei en el Wall Street Journal, en las intervenciones del responsable de políticas, Jack Clark, es que China está trabajando con recursos insuficientes para acortar la ventaja estadounidense a través de una combinación de contrabando de chips, destilación ilícita de los modelos occidentales (entrenar sus propios sistemas con las respuestas estadounidenses para apropiarse sin compensación del trabajo de investigación que hay detrás), y políticas industriales agresivas en el campo de los semiconductores[19]. La única defensa posible, según Anthropic, es negar a Pekín los procesadores de gama alta, mientras la ventaja estadounidense sea recuperable. Negarlos siempre, en cualquier lugar, incluso a costa de la facturación de Nvidia y de la satisfacción de los accionistas de TSMC.
Es una posición que declara con claridad la naturaleza política de la empresa. Anthropic no se percibe como proveedor de servicios, sino como pieza de una arquitectura de seguridad nacional estadounidense frente a un rival sistémico. El presidente del Consejo de Administración de una sociedad privada que pide al gobierno de su país que apriete el cinturón sobre la cadena de suministro, porque la supervivencia estratégica de la nación lo requiere, es la fotografía exacta de la nueva guerra fría. Internet nació en los años sesenta de programas del Pentágono. La inteligencia artificial generativa vuelve hoy al punto de partida: no commodity, sino infraestructura estratégica nacional. Las empresas que la desarrollan no pueden permitirse ser neutrales. Deben posicionarse. Anthropic se ha posicionado.
Giulietto Chiesa, en Putinfobia, escribía en 2016 una página que hoy aparece casi profética sobre la naturaleza del enfrentamiento venidero: Occidente, sostenía, se estaba preparando para una nueva fase de confrontación sistémica con el mundo no alineado, pero lo hacía con una técnica que ya tenía poco que ver con el viejo juego diplomático de la Guerra Fría del siglo XX. La nueva partida se libraría en las redes, en las infraestructuras digitales, en la capacidad de controlar la información y la producción de sentido, antes que en los tanques[20]. Había intuido, con diez años de antelación, una cosa que hoy está ante los ojos de todos: las fronteras entre economía, tecnología y guerra se han vuelto irrelevantes, y la infraestructura digital es ya desde hace tiempo un teatro operativo en todos los sentidos.
Se habla abiertamente, en los congresos del sector, de mutual assured disruption digital, la versión cibernética de la mutual assured destruction nuclear del siglo XX: doctrina de parálisis recíproca de las infraestructuras críticas del adversario en caso de confrontación, basada en la simetría de las vulnerabilidades recíprocas[21]. Estados Unidos depende de redes digitales capilares, China aún más, porque ha digitalizado en diez años lo que Occidente ha generado en treinta: pagos electrónicos, reconocimiento facial, logística urbana algorítmica, monitorización social. En esta simetría asimétrica se juega la próxima fase y Anthropic, con su valoración bursátil que oscila entre los cuatrocientos y los novecientos mil millones de dólares, es uno de los nodos centrales de la partida estadounidense. No un proveedor. Un nodo.
Maven, Caracas, Teherán. Las operaciones de Claude
A este punto hay que mirar las operaciones concretas, porque la abstracción estratégica se mide en los cuerpos reales. La primera fricción entre Anthropic y el Pentágono nace en enero de 2026, durante la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro en Caracas[22]. La captura es conducida por la Agencia Central de Inteligencia con el apoyo del sistema Maven, y por tanto del modelo Claude. Anthropic protesta formalmente, sosteniendo que la operación superaba los límites contractuales acordados. A partir de ese momento la relación se resquebraja. El Pentágono exige la eliminación de las cláusulas de uso que bloquearon la operación venezolana. Anthropic resiste en los dos puntos ya descritos. La crisis precipita en febrero siguiente con la orden ejecutiva y la designación de Hegseth, y estalla al día siguiente con la apertura de la guerra contra Irán.
En el momento en que se abre la campaña iraní, Anthropic está todavía formalmente fuera del Departamento de Defensa por orden presidencial. Pero el software está dentro. Las redes clasificadas no se apagan con un comunicado de Trump en Truth Social. Maven funciona, y Maven funciona con Claude. Para reescribir partes del sistema, Palantir necesitaría meses[23]. Mientras tanto, la guerra está en curso y la prohibición ha dejado de ser aplicable. Una fuente cercana al Pentágono, citada anónimamente por Reuters, explicó la situación en términos operativos desnudos: el Maven Smart System continuará operando con Claude integrado hasta que una alternativa técnica haya sido desarrollada y probada; por el momento no hay alternativa[24]. La prohibición, en otros términos, es una declaración de intenciones. El suministro es una realidad material.
La distinción importa, porque explica cómo Amodei puede cultivar juntas dos posiciones que a primera vista parecen incompatibles. Públicamente, puede presentarse como el empresario de principios que ha pagado con la exclusión del Pentágono su negativa a eliminar los vínculos éticos. Operativamente, sigue suministrando el modelo que selecciona los objetivos de la operación Epic Fury. La narración pública y la realidad contractual conviven. El mercado consumer occidental lee la primera y aplaude. Las agencias de seguridad nacional leen la segunda y prosiguen.
Walter Benjamin escribía, en las tesis Sobre el concepto de historia, que la historia es siempre contada por los vencedores, y que el documento de civilización es también siempre, simultáneamente, un documento de barbarie[25]. Vale la pena tenerlo presente. Magnifica Humanitas es un documento de civilización, el acto con que la Iglesia de Roma prueba a reinscribir lo humano dentro de la máquina que lo está reescribiendo. Maven sobre Minab es un documento de barbarie: ochenta y ocho niñas, ochenta y dos según las estimaciones más recientes, en un aula convertida en cráter. Se producen en la misma semana, por la misma empresa, pero llegan a la opinión pública en dos tiempos diferentes. El primer documento es esperado, el segundo es casi inaudible. El primero construye la nueva legitimación de Anthropic para la próxima década, el segundo debería desmontarla, y sin embargo no lo hace. Porque el primero está escrito en latín, y el segundo en farsi.
La bendición romana
A este punto la pregunta ya no es aplazable, se refiere directamente a la curia romana. Cuando el Vaticano eligió a Anthropic como interlocutor privilegiado de su política sobre la inteligencia artificial, ¿sabía o no sabía? ¿Conocía el contrato con Palantir, el lanzamiento de Claude Gov, estaba informado de la captura de Maduro? Las revelaciones del Washington Post sobre el uso de Claude en la campaña iraní aparecieron el 4 de marzo. La unción vaticana de Olah llega el 25 de mayo. En las once semanas transcurridas entre las dos fechas, la prensa internacional publicó decenas de artículos, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos denunció públicamente la masacre de Minab, Amnistía Internacional publicó el informe que identifica el misil Tomahawk estadounidense como probable responsable del ataque a la escuela, ciento veinte parlamentarios demócratas pidieron formalmente al Pentágono si Maven había sido utilizado para seleccionar el objetivo. Eran informaciones de dominio público, construidas sobre cadenas documentales primarias. Sostener que la Secretaría de Estado vaticana, una de las máquinas diplomáticas más antiguas y mejor informadas de Occidente, no las ha leído es una hipótesis que la honestidad intelectual obliga a descartar.
Quedan dos hipótesis sensatas, y ninguna es neutral. La primera: la curia ha leído, ha evaluado, y ha decidido que la bendición de Anthropic vale de todos modos. Cálculo político: la operación confiere a la Iglesia una centralidad simbólica en la regulación global de la inteligencia artificial que justifica, según el cálculo, el precio moral del compromiso. La segunda: la curia ha leído, ha evaluado, y ha optado por intentar una estrategia de transformación desde dentro, apostando a que la presión vaticana pueda a largo plazo modificar el comportamiento de Anthropic, desplazando su perímetro ético de las dos líneas rojas actuales a una línea más amplia que incluya el targeting militar de extranjeros. Ambas son hipótesis legítimas de estrategia eclesial. Ninguna de las dos es una elección inocente.
Antonio Gramsci, en los Cuadernos de la cárcel, describía la hegemonía como el momento en que un grupo dominante logra presentar sus propios intereses como de la sociedad entera, conquistando la adhesión espontánea, y no meramente coercitiva, de los grupos subordinados. La Iglesia católica ha sido, en la historia europea, uno de los principales aparatos de construcción y de legitimación de la hegemonía: durante siglos ha proporcionado el marco moral dentro del cual el poder político y económico se ha ejercido sin encontrar resistencia. Cuando la Iglesia bendice a un actor, no se limita a expresar una valoración: le concede un capital simbólico que reconfigura el campo de fuerzas[26]. Magnifica Humanitas es una operación de este orden. Se alinea con la facción moderada de Silicon Valley contra la Casa Blanca trumpiana; confiere a la empresa que acaba de armar el targeting de una guerra el sello del humanismo cristiano; ofrece un marco ético continental a un sujeto que en el plano operativo sigue siendo parte integrante de la arquitectura bélica estadounidense.
Se puede trabajar desde dentro para cambiar a un sujeto: es una estrategia legítima, a veces eficaz. Pero la condición necesaria para que sea honesta es que el juicio sobre el sujeto sea explícito, que la crítica preceda a la colaboración y sea su condición contractual, que la bendición no sea concedida antes de que el cambio haya ocurrido. Ninguna de estas condiciones se cumple en el caso vaticano. No hay en la encíclica, por lo que se sabe en los avances de prensa, una crítica explícita a Anthropic por el suministro militar offshore. No hay una petición pública de extensión de las líneas rojas más allá de las fronteras estadounidenses. No hay una distinción entre los vigilados ciudadanos estadounidenses y los vigilados ciudadanos iraníes. Hay una bendición preventiva y una colaboración que de ella se deriva. La Iglesia de León XIV no está reformando a Anthropic desde dentro: la está legitimando desde fuera. Es una elección que se puede hacer. Hay que llamarla por su nombre.
Italia, de nuevo. Qué cambia ahora
Albergar a Anthropic en Italia es una oportunidad o una subalternidad, según la calidad de la mesa política que sepamos construir. No se trata de establecer a qué condiciones acoger a una multinacional de la inteligencia artificial generativa que busca expansión europea. Sino de establecer si nuestro país piensa albergar la infraestructura de cálculo de un sujeto que, en el mismo momento del cortejo, alimenta los sistemas de selección de objetivos de una campaña militar con miles de víctimas civiles documentadas bajo bombas estadounidenses.
No es retórica. Los data centers son infraestructuras físicas, pero las cargas de trabajo que allí funcionan son fungibles y geográficamente deslocalizadas: el mismo servidor puede servir a un chatbot consumer en Bélgica y a una consulta de targeting en una red clasificada estadounidense. La distinción entre usos civiles y usos militares, en una empresa integrada en la cadena Maven, es una distinción de software, no de hardware. Albergar los data centers de Anthropic en el Mediterráneo significa, en términos concretos, albergar la capacidad de cálculo que alimenta también el ámbito operativo militar de la empresa. No hay una línea física que separe las dos cosas y Anthropic nunca ha declarado querer trazar una línea contractual. Cuando las agencias de seguridad nacional estadounidenses recurren a Claude Gov, la potencia de cálculo viene de donde viene, y en muchos casos viene de Europa.
El gobierno italiano se encuentra ante una decisión que no concierne solo a la política industrial, sino a la política exterior. Albergar la empresa significa conceder a un sujeto privado transnacional la disponibilidad de una infraestructura nacional que alimenta, también, operaciones bélicas de un aliado. Quien controla la energía controla la diplomacia, quien controla las bases controla la jurisdicción, quien controla los nodos de cálculo controlará, en las próximas décadas, la soberanía informativa de un país.
La pregunta que se plantea a nuestro gobierno es quién decide sobre qué cargas de trabajo funcionan los data centers italianos. La respuesta, en el estado actual de la mesa, es que decide Anthropic, a través de los contratos que firma en San Francisco. El gobierno italiano acoge las infraestructuras pero no controla las funciones operativas que se ejecutan sobre ellas. No hay autoridad de garantía sobre las políticas de uso. No hay una cadena de responsabilidad italiana sobre los datos que transitan por nuestro territorio para ser procesados y devueltos, eventualmente, a un sistema de targeting estadounidense.
Hay una vía para salir de la subalternidad, y es dura pero practicable: condicionar la entrada de Anthropic en Italia a un protocolo vinculante que excluya el uso de los data centers italianos para cualquier función de targeting militar, dondequiera que se produzca, y que instituya una autoridad de control italiana independiente con poderes inspectivos reales sobre las cargas de trabajo clasificadas. Sería una posición que devolvería a nuestro país un margen de iniciativa: significaría negociar en las condiciones de Roma, no en las de San Francisco. Sería, en otros términos, la traducción contemporánea de la lección de Enrico Mattei: tratar a los grandes sujetos privados transnacionales a precios de mercado y de igual a igual, no como suplicantes agradecidos. ¿Está nuestra clase dirigente hoy equipada para una negociación de este tipo? Dejemos que el lector responda por sí mismo.
Las tres estancias, la misma partida
Queda cerrar el círculo. Las tres estancias del título son la sala de reuniones de Anthropic en San Francisco, la sala operativa de Maven en el Pentágono y el salón de audiencias de León XIV en el Vaticano. Parecen lugares de naturaleza diversa, gobernados por lógicas heterogéneas, que hablan tres lenguas distintas. Lo parecen. Pero las tres estancias se comunican a través del mismo protocolo. La primera suministra el modelo. La segunda lo utiliza para conducir la guerra. La tercera lo legitima moralmente ante el mundo. Es una cadena, no un mosaico. Tres sujetos distintos que juntos componen una única arquitectura.
La novedad histórica, que vale la pena nombrar con precisión, es que por primera vez en mucho tiempo la legitimación moral de la técnica bélica no pasa ya solo a través del discurso público de los Estados. Pasa a través de un sujeto privado (Anthropic), una plataforma militar (Maven, gestionada por otro sujeto privado, Palantir) y una autoridad simbólica transnacional que no responde a ningún electorado (la Santa Sede). Los Estados, en esta arquitectura, hacen su propio oficio: compran, autorizan, conducen. Pero ya no son los directores de su propio relato. El relato lo escriben otros, dentro de la primera estancia, con el modelo suministrado por la tercera.
Cuando el espacio común es colonizado por sujetos que no son ni ciudadanos ni representantes de los ciudadanos, sino máquinas de acumulación de poder estructural, la posibilidad misma del juicio político se reduce. Queda el hecho consumado, la guerra que ya ha sido combatida, la bendición que ya ha sido concedida, la infraestructura que ya ha sido edificada. El ciudadano llega siempre después.
Por tanto, antes de decidir cómo estar en la mesa, hay que decidir si es la mesa adecuada. La bendición romana, contemplada en el espejo de Teherán, ha cambiado de forma. Corresponde a quien mira decidir si sigue mirando la misma. Porque cuando el modelo que bendice el Papa es el mismo que decide quién muere esa noche en Minab, la materia prima ya no es solo abundante. Está sacralizada.
Notas
[1] David Jeans, Mike Stone, «Pentagon leverages AI in Iran strikes amid feud with Anthropic», The Washington Post, 4 de marzo de 2026.
[2] Pete Hegseth, declaración en X, 27 de febrero de 2026, recogida por Reuters, «Trump administration designates Anthropic supply-chain risk», 28 de febrero de 2026.
[3] Carta del diputado Jason Crow y de 120 miembros del Congreso al Secretario de Defensa, 13 de marzo de 2026, referencia a la operación Epic Fury, en la que se pide explícitamente cuenta del uso del Maven Smart System en la selección del objetivo de la escuela Shajareh Tayyebeh. Texto íntegro disponible en el sitio institucional crow.house.gov.
[4] Dhruv Mehrotra, «Pentagon Used Anthropic’s Claude AI and Palantir Maven to Identify 1,000 Targets in Iran Strikes», The Defense News, 5 de marzo de 2026, basado en la reconstrucción del Washington Post.
[5] Anthropic, comunicado conjunto con Palantir Technologies y Amazon Web Services, «Anthropic Partners with Palantir and AWS to Bring Claude to U.S. Defense and Intelligence Customers», noviembre de 2024.
[6] Anthropic, comunicado oficial, «Introducing Claude Gov: Built for National Security», junio de 2025.
[7] Cfr. The Washington Post, The Wall Street Journal, Bloomberg, artículos paralelos del 4-5 de marzo de 2026 sobre la persistencia del uso operativo de Claude dentro de Maven después de la prohibición presidencial.
[8] Citado en David Jeans, Mike Stone, «Pentagon leverages AI in Iran strikes amid feud with Anthropic», The Washington Post, 4 de marzo de 2026.
[9] Hassan Fartousi, Secretario general de la Comisión iraní para la UNESCO, declaración recogida por Al Jazeera, «UNESCO condemns strike on Minab girls’ school», 14 de marzo de 2026.
[10] Amnistía Internacional, «USA/Iran: Those responsible for deadly and unlawful US strike on school that killed over 100 children must be held accountable», 16 de marzo de 2026, informe firmado basado en imágenes satelitales, pericias balísticas y testimonios recogidos sobre el terreno.
[11] Volker Türk, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, declaración en vídeo al Consejo de Derechos Humanos de Ginebra, 27 de marzo de 2026, fuente OHCHR/UNTV.
[12] UNESCO, declaración oficial, «Deadly bombing of Iran primary school «a grave violation of humanitarian law«», 1 de marzo de 2026, UN News.
[13] Cfr. reconstrucción acumulada en The Defense News, marzo-abril 2026, y Bloomberg, «Maven Smart System designated DoD Program of Record», abril 2026.
[14] Carta de Jason Crow y otros 120 parlamentarios al Secretario de Defensa, 13 de marzo de 2026, texto íntegro, sección 3.
[15] Anthropic, Usage Policies, sección «High-Risk Use Cases», versión actualizada febrero de 2026, anthropic.com/policies.
[16] Spencer Ackerman, citado en Maggie Harrison Dupré, «US Military Using Claude to Select Targets in Iran Strikes», Futurism, 2 de marzo de 2026.
[17] Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, Lumen, Barcelona, 1999 (edición original 1963).
[18] Dario Amodei, intervención en el Foro Económico Mundial, Davos, enero de 2026, recogida por Associated Press y retomada por Yahoo Finance en el artículo «Anthropic’s CEO stuns Davos with Nvidia criticism», 21 de enero de 2026.
[19] Anthropic, «Securing America’s Compute Advantage: Anthropic’s Position on the Diffusion Rule», anthropic.com, enero de 2025; cfr. también Dario Amodei, Matthew Pottinger, «Trump Can Keep America’s AI Advantage», The Wall Street Journal, 6 de enero de 2025.
[20] Giulietto Chiesa, Putinfobia, Piemme, Milán, 2016.
[21] La fórmula mutual assured disruption ha sido utilizada públicamente por analistas del Center for Strategic and International Studies (CSIS) y retomada en los congresos del sector Defense Tech a partir de 2024. Cfr. discusiones en los informes CSIS sobre ciberguerra y disuasión digital entre Estados Unidos y China.
[22] La reconstrucción de la captura de Maduro y del papel de Maven está recogida de manera concordante por The Washington Post (4 de marzo de 2026), Reuters (5 de marzo de 2026), Business and Human Rights Centre (4 de marzo de 2026).
[23] David Jeans, Mike Stone, «Palantir faces challenge to remove Anthropic from Pentagon’s AI software», Reuters, 5 de marzo de 2026.
[24] Ibid.
[25] Walter Benjamin, Sobre el concepto de historia, tesis VII, en Angelus Novus. Ensayos y fragmentos, Taurus, Madrid, 2021.
[26] Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, sección sobre la función de los intelectuales y sobre la hegemonía cultural, Ediciones Era, México, 1999.
Publicado: 03 junio 2026 | Creado: 29 mayo 2026 | Fuente: DOPPIOZERO
León, Agustín y la IA
por Alessandro Zaccuri
Silvestre II, el papa del año mil, era matemático. Competencia a primera vista insólita para un sucesor de Pedro, pero del todo coherente en la perspectiva medieval de la unidad del saber, que no contempla solución de continuidad entre las disciplinas humanísticas del trivium y las científicas del quadrivium. A pesar de ello, a Gerberto de Aurillac (así se llamaba en el siglo el pontífice) no le ha sido ahorrada la leyenda negra del hechicero y nigromante, alimentada en buena parte por el equívoco sobre el término latino astrologia, que en concreto se refiere al estudio de los astros, nuestra «astronomía», y no a la compilación de horóscopos. Entre las obras de Gerberto figura el Libellus de numerorum divisione, que es un pequeño manual para el uso del ábaco. Para hacer cuentas correctamente, se explica, es necesario establecer ante todo qué valor atribuir al digitus, que en el lenguaje de la época es la unidad de cálculo básica.
Las sugerencias deben tomarse por lo que son, pero no pasa desapercibido que también en la formación de León XIV la matemática ocupa un lugar relevante. En más de un milenio, lo digital ha cambiado de significado, aunque la etimología del inglés digit remita precisamente al digitus de las artes liberales. En cualquier caso, es todavía un papa quien se ocupa de ello, y con indiscutible claridad. La impresión que se obtiene de la lectura de la encíclica Magnifica humanitas, la primera promulgada por el pontífice estadounidense, es en efecto la de una exposición ceñida y difícilmente discutible.
El tema, como es sabido, es la «custodia de la persona humana en la época de la inteligencia artificial», pero a diferencia de lo que ocurría en Laudato si’ (la encíclica de 2015 con la que el papa Francisco puso la cuestión ambiental en el centro del debate eclesial y social) el documento de Prevost evita las referencias directas a la literatura científica y propone un sistema de referencias intencionadamente novecentesco, casi para reafirmar que las contradicciones del siglo corto no se han disuelto en absoluto y, al contrario, pesan aún sobre nosotros, en modalidades imprevistas pero no por ello menos reconocibles.
Además de las copiosas citas del magisterio de los papas anteriores y de los textos del Concilio Vaticano II, Magnifica humanitas llama pues en causa al Romano Guardini de El fin de la época moderna (1950) y a la Hannah Arendt de Los orígenes del totalitarismo (1951), el pacifismo evangélico de Giorgio La Pira y el testimonio de Viktor Frankl, el psiquiatra vienés superviviente de Auschwitz y universalmente conocido como iniciador de la logoterapia. También el fragmento tomado de El Señor de los Anillos, interpretado de inmediato por los comentaristas como respuesta ni siquiera demasiado implícita a las pretensiones de control global ejercidas por los colosos de la tecnología, debe ser reconducido a esta constelación de sentido. León XIV atribuye a J.R.R. Tolkien la calificación de «escritor católico» y hace suyas las palabras del mago Gandalf, el héroe de la intención purificada: «No nos corresponde a nosotros dominar todas las mareas del mundo; nuestra tarea es hacer lo posible por la salvación de los años en que vivimos, arrancando el mal de los campos que conocemos, a fin de dejar a quienes vendrán después tierra sana y limpia para cultivar» (Magnifica humanitas, n. 213). Combatiente en la Gran Guerra, Tolkien compone su obra maestra sabiendo bien que las insidias de la tecnología no se han agotado con el fin de la segunda guerra mundial. Será una sutileza, pero la edición de El retorno del rey citada en nota por la encíclica es el libro de bolsillo estadounidense de 1965, que de ahí a poco será adoptado como apólogo antimilitarista por los contestatarios libertarios de Berkeley. Puede que Peter Thiel y los demás admiradores de Tolkien en clave apocalíptico-tecnocrática hojeen exactamente las mismas páginas, pero desde luego las interpretan de manera muy diferente.
Y luego está Agustín de Hipona, evocado con sintomática parsimonia por un papa que no pierde ocasión de reivindicar su pertenencia a la familia espiritual agustiniana (Prevost fue prior general de la orden de 2001 a 2013: los escritos de este período están ahora recogidos en un volumen particularmente útil para la comprensión del actual pontificado, Libri sotto la grazia). El pasaje que autoriza a recibir Magnifica humanitas como encíclica plena y proféticamente agustiniana se encuentra en el n. 130, donde León XIV reproduce una formulación clásica de La ciudad de Dios: «Dos amores hicieron dos ciudades: la ciudad terrena el amor de sí hasta el desprecio de Dios, la ciudad celestial el amor de Dios hasta el desprecio de sí» (De civitate Dei, XIV.28). La alternativa sugerida en varias ocasiones en la encíclica deriva de esta contraposición, que en el grandioso tratado de Agustín es referida posteriormente al disidio primigenio entre Caín y Abel, analizado en el libro XV. Las «dos iconos bíblicas» indicadas por el papa ya al inicio de Magnifica humanitas (nn. 7-10) son en cambio el celebérrimo episodio de la torre de Babel (Génesis 11,1-9) y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén por iniciativa de Nehemías en la época de la cautividad babilónica (Nehemías 1-2). Este último episodio, decididamente menos conocido a nivel popular, es elevado a modelo por el papa. Magnifica humanitas no es en efecto una genérica amonestación contra la inteligencia artificial, que de la encíclica representa el contexto y solo de consecuencia se convierte en objeto de discusión. «La primera elección – advierte Prevost – no es entre un «sí» o un «no» a la tecnología, sino entre edificar Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar las murallas de la convivencia fraterna» (n. 9). Como ya en Agustín, hay que decidir entre un amor y el otro.
En Magnifica humanitas no faltan las tomas de posición valientes, empezando por la amplia sección sobre la esclavitud digital (nn. 173-179) y por la explícita condena del empleo de la inteligencia artificial con finalidades bélicas (nn. 197-200). En ambos casos, el reconocimiento de los errores del pasado se transforma en exhortación a la conciencia hacia el presente, en el marco general de la tensión en acto entre «la cultura del poder y la civilización del amor» (así el título del capítulo 5 de la encíclica, quizá el más rico en implicaciones concretas). Más allá de estos y otros análisis puntuales, el mérito principal de la reflexión de León XIV está en el rechazo a considerar la inteligencia artificial a la manera de mero instrumento. Se trata de una falacia argumentativa aún sorprendentemente difusa, mediante la cual se trata de desplazar el problema de la estructura general de la IA a su empleo práctico, tal vez con el apoyo de algún vago y tranquilizador principio deontológico. Aparte de que un instrumento – en cuanto producto cultural – nunca es de por sí indiferente, la inteligencia artificial excede ampliamente todo requisito instrumental y se sitúa más bien en la categoría del dispositivo, que by design tiene la tarea de trazar «procesos en perpetuo desequilibrio» (Gilles Deleuze, ¿Qué es un dispositivo?, traducción de Antonella Moscati, Cronopio, Nápoles 2007, p. 11).
Un instrumento, en resumen, hace lo que se espera que haga; un dispositivo hace también algo más, a menudo no en correspondencia con las expectativas. «No podemos considerar la IA moralmente neutra – advierte en consecuencia Magnifica humanitas –. En realidad, todo artefacto técnico lleva consigo elecciones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica a personas y situaciones. Si un sistema es concebido o empleado de modo que trate algunas vidas como menos dignas, o que las excluya sin posibilidad de apelación, no es un simple instrumento “para usar bien”: introduce ya un criterio que contradice la dignidad inalienable de la persona. Por eso, el discernimiento ético no puede limitarse a preguntar si usamos un cierto sistema para un fin bueno o malo, sino que debe también preguntarse cómo es diseñado y qué idea de persona y de sociedad resulta inscrita en los datos y en los modelos que lo guían» (n. 104).
Estamos en el corazón de la encíclica, y es un corazón intencionadamente político, en el sentido de que León XIV se cuida de ilustrarlo a través de la vasta síntesis de la Doctrina social de la Iglesia en su recorrido desde la Rerum novarum (1891) hasta hoy. Entregada al capítulo 1 de Magnifica humanitas, esta recapitulación programática es mucho más que un resumen en beneficio de quienes mientras tanto se hubieran distraído, pero puede ser utilizada sin problemas como repaso. Tal vez también para no sorprenderse ya de que los papas entiendan incluso de matemáticas.
Publicado: 06 junio 2026 | Creado: 02 junio 2026 | Fuente: La Bottega del Barbieri
Magnifica humanitas laus fallaciarum
por jolek78
[…] desmontar las falacias de un texto que en parte comparto es, me parece, la manera más seria de respetarlo
La encíclica de León XIV Magnifica Humanitas salió el 15 de mayo, y en el plazo de una semana ya había leído más o menos todos los elogios posibles. Los católicos de izquierda (léase: catocomunistas) la han celebrado por el anticapitalismo explícito; los críticos de la tecnología (léase: tecnoscépticos) por la advertencia sobre las Big Tech; los periódicos generalistas por las citas pop – Tolkien, Beethoven, La lista de Schindler; incluso algún ateo declarado, por ahí en las redes sociales, se ha quitado el sombrero ante la lucidez con que un Papa nombra la concentración de poder computacional en manos de unos pocos. En la presentación, en el Aula del Sínodo, se sentaba entre los ponentes Chris Olah, cofundador de Anthropic y responsable de la investigación sobre la interpretabilidad de la IA. No es un detalle: es la firma de un documento que quiere ser tomado en serio también por quienes los modelos los construyen realmente.
De alabanzas, en fin, he leído suficientes. Yo, sin embargo, quiero hacer el ejercicio opuesto.
No porque Magnifica Humanitas sea un mal texto – es más bien notable, y es precisamente por eso que merece ser tratado como un argumento y no como una homilía. Quiero leerla como se lee una demostración: siguiendo los pasos uno por uno, y deteniéndome en los puntos donde el razonamiento se rompe (a menudo). Aviso de una cosa, por honestidad, ya que es la regla de la casa: en buena parte del diagnóstico estoy de acuerdo. El análisis del poder tecnológico privado – los actores transnacionales con recursos superiores a los de muchos gobiernos, la opacidad de los algoritmos, los datos como bien común sustraído a la colectividad, el trabajo invisible y explotado que alimenta los modelos – es algo que firmaría mañana. El blanco de esta pieza no es la política de la encíclica. Es su lógica. Y desmontar las falacias de un texto que en parte comparto es, me parece, la manera más seria de respetarlo.
Una nota de método antes de empezar. La encíclica cuenta doscientos cuarenta y cinco párrafos, y la palabra «dignidad» aparece en ella ciento una veces. No es un tic estilístico: es la clave de bóveda de todo el edificio. Y las claves de bóveda, en un razonamiento, son exactamente los puntos que deben ser probados primero – porque si cede esa, cede todo lo demás.
Primera grieta
Todo el documento se apoya en dos imágenes bíblicas contrapuestas: la torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén bajo Nehemías. Por un lado la construcción soberbia, la uniformidad que aplana, el dominio que deshumaniza; por otro, el trabajo compartido, cada uno con su tramo de muro, la comunión. León XIV lo dice de modo explícito en el párrafo 9: «la primera elección no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre edificar Babel o reconstruir Jerusalén».
Es una imagen potentísima, y funciona muy bien como retórica. Como lógica, es un falso dilema – la más clásica de las falacias: presentar como exhaustivas dos únicas opciones cuando existen otras. Pero la trampa verdadera no está en la bifurcación en sí. Está en cómo se define Babel. En el párrafo 7 se lee que la torre es «una obra concebida sin referencia a Dios«. Tengan en mente esta frase, porque hace todo el trabajo sucio. Si Babel es por definición el proyecto construido sin Dios, entonces cualquier empresa colectiva laica – cualquier intento inmanente, horizontal, ateo de construir un mundo más justo – cae en Babel no por sus resultados, sino por su premisa. El dado está trucado antes del lanzamiento. No se está eligiendo entre dominio y fraternidad: se está eligiendo entre «con Dios« y «sin Dios«, disfrazado de elección ética.
El problema es que la Jerusalén de Nehemías desmiente a la encíclica misma. Relean el párrafo 8: la ciudad renace «a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes», cada uno con su pedazo de muro, escuchando los miedos, coordinando los esfuerzos. Quitado el marco teológico, es la descripción exacta del mutualismo. Es la autoorganización desde abajo, la ayuda recíproca, la cooperación federada que cualquiera que haya frecuentado el pensamiento libertario reconoce a primera vista. La «vía de Nehemías» no necesita al Señor en el centro para funcionar: necesita gente que se fía lo suficiente como para confiarse un tramo de muro cada uno. Que es exactamente lo que hacen las comunidades del software libre, las redes descentralizadas, los proyectos commons – sin rezar a nadie. La encíclica describe el modelo, admira su funcionamiento, y luego insiste en que sin Dios ese modelo sería Babel. No lo demuestra. Lo postula.
Hay una tercera ciudad, la que el texto cancela por definición en lugar de por argumento: la ciudad construida juntos, desde abajo, sin el cielo que alcanzar y sin nadie a quien pedir permiso. Da la casualidad de que es la ciudad que algunos de nosotros tratamos de construir desde hace tiempo.
Segunda grieta
Venimos a la clave de bóveda, la de las ciento una ocurrencias. El pivote antropológico de la encíclica es el concepto de «dignidad ontológica», expuesto en los párrafos 52 y 53. Es la dignidad que pertenece a todo ser humano «simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios». Una dignidad llamada «infinita» – retomando la declaración Dignitas infinita de 2024 – porque «infinito es el amor de Dios que lo llama a la amistad con Él».
Detengámonos en la estructura del argumento, porque es un círculo perfecto. Los seres humanos tienen dignidad infinita; la dignidad es infinita porque Dios los ama con amor infinito; y sabemos que vale para todos porque todos son creados por Dios. Y he aquí: la conclusión está dentro de la premisa. Es una petición de principio de manual: para aceptar el fundamento hay que haber aceptado ya exactamente lo que el fundamento debería demostrar, es decir, la existencia y el amor de ese Dios. Para un creyente es coherente, y está muy bien. Pero el documento se dirige – párrafo 16 – «a todos los hombres y mujeres de buena voluntad», pretendiendo una validez universal que su propia fundación le niega.
Aquí la encíclica hace una jugada inteligente, y hay que reconocerlo. En el párrafo 56 invierte la acusación: sin un fundamento metafísico sólido, dice, los derechos humanos se vuelven negociables, y «derechos hoy considerados intocables, en el futuro, terminen por ser puestos en discusión o negados por quienes detentan el poder». Es un argumento consecuencialista – si no hay Dios, los derechos se derrumban – usado para apuntalar una tesis que se querría en cambio deontológica. Pero es doblemente frágil.
Primero: es en sí mismo un argumento sobre las consecuencias, no sobre el fundamento; me está diciendo que me conviene creer, no que es verdad. Segundo, y más importante: es simplemente falso que sin metafísica los derechos queden sin tierra bajo los pies. El contractualismo, la ética de la reciprocidad, la consideración moral fundada en la capacidad de sentir y de sufrir – todas fundan la dignidad sobre bases intersubjetivas y verificables, sin necesidad de postular un creador. Se puede discutir cuál es la mejor. Pero existen, funcionan, y resisten.
La encíclica sin embargo ya ha pensado en cómo neutralizarlas. En el párrafo 133, quien funda sus propios valores en la sola razón humana es descrito como el «hombre moderno erróneamente convencido de ser el único autor de sí mismo», víctima de «una presunción, consecuencia del cierre egoísta en sí mismo». Traducido: la refutación laica no es refutada, sino diagnosticada como pecado de soberbia. Es un modo elegante de no tener que responder.
Se podría objetar que la encíclica, en otros lugares, concede a la razón llegar por sí sola: en el párrafo 56 admite que la razón, interrogándose sobre la naturaleza humana, «es capaz de descubrir valores que valen para todos». Pero es una concesión envenenada. Esa «naturaleza humana» con los valores objetivos ya inscritos dentro no es un dato laico neutro: es en sí misma una construcción metafísica, la ley natural que se presenta como evidencia. Y hay algo peor, porque la razón es admitida a descubrir esos valores solo si llega a la conclusión correcta. Cuando no llega – cuando funda la dignidad sobre bases propias, sin creador – salta el párrafo 133 y esa misma razón se convierte en «presunción». Tienes permiso para razonar, con la condición de que razones como ellos. No es un fundamento compartido: es un fundamento confesional con una puerta de servicio que se cierra en cuanto pruebas a salir por otro lado.
Tercera grieta
La descripción técnica de los párrafos 98 y 99 es sorprendentemente precisa. La idea de que los modelos modernos sean «más “cultivados” que “construidos”», que los desarrolladores «crean una arquitectura sobre la cual la IA crece», y que «aspectos científicos fundamentales – como las representaciones internas y los procesos computacionales de estos sistemas – permanecen por el momento desconocidos» es simplemente verdadera, y es lenguaje de interpretabilidad mecanicista, no de teología. Sobre esto, ninguna objeción: es lo más honesto del documento.
El problema llega inmediatamente después, cuando la descripción correcta es usada para una jugada incorrecta. En el párrafo 99 se establece que hay que «evitar el equívoco de equiparar esta “inteligencia” a la humana», porque los sistemas «no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no maduran en la relación», y sobre todo «no entienden lo que producen». Hasta aquí es una definición defendible. Pero es empleada para expresar un paradigma blindado: cualquier cosa que una máquina haga, por muy sofisticada que sea, «no será nunca verdadera inteligencia» porque le falta el horizonte «afectivo, relacional y espiritual». Cada contraejemplo es excluido redefiniendo el término de modo que sea inaccesible por construcción. La capacidad de cálculo está, la sofisticación está, la utilidad está – pero el alma no, y el alma es precisamente lo que se había decidido de antemano que la máquina no pudiera tener. La conclusión estaba ya en las definiciones. Nótese que no estoy sosteniendo que los modelos sean conscientes: estoy diciendo que un argumento que hace su propia tesis infalsificable no es un argumento, es una definición enmascarada.
Hay luego un coste que esta jugada hace pagar al texto, y es el más serio. Esos verbos – entender, conocer, crear – la encíclica los usa como si su significado fuera fijo y pacífico, por un lado la máquina que no los merece, por otro lo humano que los posee de derecho. Pero es exactamente lo que hoy ya no es pacífico. Estos sistemas están poniendo bajo presión los paradigmas con que definimos el conocimiento, la creatividad y la relación, y los científicos que los estudian lo saben muy bien. Si «comprender» significa algo para una máquina es una cuestión abierta: hay quien sostiene que para predecir la palabra siguiente con exactitud es necesario construirse una forma de comprensión, y está el experimento de Othello-GPT – un modelo entrenado solo sobre transcripciones de partidas, nunca sobre las reglas, que en su interior ha desarrollado espontáneamente una representación del tablero de ajedrez.
Sobre la creatividad la confusión es incluso cómica: un test psicométrico sitúa a los modelos en el uno por ciento más alto por originalidad, otro los encuentra carentes precisamente en originalidad – señal de que ni siquiera sabemos medir el límite que pretendemos trazar. Y que las máquinas nos están cambiando el modo de pensar lo dice la investigación sobre cognitive offloading: quien delega más en la IA muestra capacidades de pensamiento crítico más bajas. Sobre esto la encíclica tiene razón, en el párrafo 100 lo dice casi con las mismas palabras. Pero es precisamente aquí donde el texto se muerde la cola: un loro estocástico no plantea la pregunta sobre qué significa entender – estos sistemas sí. Es un fenómeno que nos obliga a repensar qué sean conocimiento y creatividad, y una cuestión de este tipo no se liquida con una definición dada por sentada.
Cuarta grieta
La falacia más refinada de todo el texto está en los párrafos que van del 126 al 128. La encíclica afronta el transhumanismo – la promesa de una superación técnica de los límites humanos – y le opone su propio «más que humano»: la gracia, la elevación operada por Dios en Cristo, el «trascenderse a sí mismo» que «supera la capacidad de la naturaleza». Citando el 128: «llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando permitimos a Dios conducirnos más allá de nosotros mismos».
Es un equívoco, en el sentido técnico: la misma etiqueta – «más que humano» – es aplicada a dos cosas radicalmente inconmensurables, y las dos cosas son luego presentadas como si compitieran en el mismo mercado. Por un lado el potenciamiento tecnológico, medible, en línea de principio verificable. Por otro la transformación por gracia, que es un acto de fe no verificable por definición. La encíclica descalifica al primero como ilusión prometeica – la autosuficiencia que imita la salvación – y propone el segundo como la trascendencia «auténtica». Pero para quien está fuera del recinto de la fe, son dos afirmaciones del mismo tipo: dos promesas de superación, ninguna de las dos demostrada.
Y no es una forzadura mía poner las dos cosas en competencia: es el texto quien lo hace. Es la encíclica quien reutiliza la misma fórmula – «más que humano» – para la gracia; es ella quien presenta el deseo de superación interceptado por el transhumanismo como una sed auténtica a la que solo la trascendencia divina daría la respuesta «verdadera». Una vez que has establecido que la necesidad es la misma y que solo una de las dos ofertas es legítima, la competencia la has declarado tú.
A mí solo me queda notar que las dos ofertas no son del mismo orden: una promete algo medible, la otra algo que solo se puede creer. Tratar una como fantasía y la otra como realidad no es el resultado de un argumento. Es el presupuesto del que el argumento parte: te convenzo de que la pseudotrascendencia del adversario es vacía, y mientras tanto te vendo la mía como plena.
Quinta grieta
Los párrafos del 118 al 120 contienen el pasaje más poético de la encíclica, y es precisamente por eso el más insidioso. La tesis es que «lo humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite»: la enfermedad, la vejez, la vulnerabilidad, el sufrimiento no son defectos a corregir sino lugares en los que lo humano madura.
Hay una verdad psicológica innegable, aquí: a veces del sufrimiento nace sabiduría, del fracaso un crecimiento. Pero observen el deslizamiento. Se parte de una afirmación descriptiva – del sufrimiento a veces deriva valor – y se aterriza en una normativa: por tanto, reducir técnicamente el límite es hybris, es la «salvación puramente técnica» que hay que rechazar. Es la falacia naturalista, pero invertida: del hecho de que la finitud puede generar bien, se deduce que intervenir para atenuarla sea moralmente sospechoso. Pero «el sufrimiento a veces enseña» no implica en modo alguno «por tanto no debemos combatirlo«. De la constatación de un hecho no se sigue un deber.
Y en el párrafo 120 está la joya que lo dice todo: «para suprimir totalmente el dolor habría que, en el fondo, apagar también el amor y el deseo». En honor del texto, hay que decir que la encíclica no niega en absoluto el deber de curar: el mismo párrafo 118 reconoce que «es un deber tratar de eliminar el sufrimiento». El punto entonces no es si intervenir, sino dónde pasa el límite entre la intervención legítima y la «presunción» que hay que condenar. Y ese límite la encíclica lo traza sin darnos un criterio: la aspirina sí, la hibridación no, pero en medio? Quién decide cuándo curar se convierte en profanar? Entre la aspirina y la carga de la mente en una nube hay un continuum largo como una vida – anestesia, vacunas, prótesis, antidepresivos, gafas – y sin un criterio no arbitrario ese límite sigue siendo una decisión, no una deducción. Vale la pena recordar, en passant, que es exactamente la lógica del «límite natural que no debe ser profanado» la que ha sido históricamente usada contra la anestesia obstétrica, la anticoncepción, la procreación asistida. Cada vez, el límite de hoy era sagrado hasta que alguien lo superaba; y al día siguiente nadie soñaba ya con volver a ponerlo en discusión.
Sexta grieta
Esta es menos una falacia singular que la estructura portante de dos capítulos enteros. Los capítulos primero y segundo – del párrafo 28 al 89 – son una larga cadena de citas: León XIII, Pío XI, Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco. Cada tesis está anclada a un predecesor, en una línea que se autoalimenta.
Hay que decirlo con precisión, porque aquí es fácil errar el golpe: dentro del sistema católico, la continuidad del Magisterio no es una falacia, es el criterio. Para un creyente, el hecho de que una doctrina haya sido sostenida coherentemente por ocho pontífices en unos ciento cincuenta años es un argumento legítimo, porque la autoridad de esa tradición es una premisa aceptada. El problema nace en el momento exacto en que la encíclica sale del recinto y se dirige a todos – creyentes y no – pretendiendo validez universal. Allí el argumentum ad verecundiam se vuelve visible: la cadena de citas vale como prueba solo para quien reconoce la autoridad de la cadena. Para todos los demás es un círculo que se cierra sobre sí mismo, imponente cuanto se quiera, pero autorreferencial. Ocho papas que se dan la razón mutuamente no constituyen una prueba para quien no reconoce a ninguno de los ocho el derecho a pronunciarse.
Agua para su propio molino
Queda la pregunta que me hacía al principio: ¿es simplemente «llevar agua al molino de la Iglesia», o hay algo más?
Es agua al molino en el sentido estructural del término, y se ve a simple vista una vez que has aislado seis (probablemente hay más) grietas. El esquema es siempre el mismo, repetido capítulo tras capítulo: un diagnóstico laico compartible – el poder tecnocrático, la explotación, la deshumanización algorítmica – canalizado hacia una terapia confesional no negociable. Diagnóstico que firmaría, pero es una solución que no puedo aceptar sin antes aceptar la premisa teológica. El quinto capítulo, sobre la guerra, repite en sus líneas generales la estructura binaria de la introducción: «cultura del poder» contra «civilización del amor», Babel contra Jerusalén con otros nombres. La máquina retórica es la misma, engrasada e incansable.
Pero sería miope detenerse aquí, y me niego a hacerlo por tres razones.
La primera es que el diagnóstico es sólido, y como tal hace de la encíclica una aliada táctica. Cuando León XIV escribe, en el párrafo 108, que «pequeños grupos muy influyentes pueden orientar información y consumos, condicionar procesos democráticos e incidir en las dinámicas económicas en su propio beneficio», está diciendo algo verdadero y lo está diciendo desde el púlpito más escuchado del planeta. Cuando, en el 109, reconoce «el trabajo invisible, a menudo explotado, que alimenta los modelos algorítmicos» – los etiquetadores de datos del Sur global pagados una miseria para entrenar a nuestros chatbots – está haciendo crítica materialista, no catecismo. En este terreno estamos del mismo lado de la barricada.
La segunda es que hay al menos un punto en que la encíclica sale de su propio molino y aplica sus principios a sí misma. En el párrafo 89 se habla de «escucha de las víctimas de abusos espirituales, económicos, institucionales, sexuales, de poder, de conciencia» dentro de la Iglesia, con «el reconocimiento del daño, la justa reparación y la prevención». Es poco, es tarde, y está escrito en el lenguaje afelpado de la Curia. Pero es dialécticamente honesto: no es agua al molino admitir las propias estructuras de pecado, y es justo dar cuenta de ello – aunque sabiendo que una voz en una lista no es todavía una rendición de cuentas, y vuelvo a ello al final.
La tercera es que detrás del documento hay una operación de poder real, y para nada ingenua. En un vacío regulatorio global sobre la IA – donde los Estados renquean y la sociedad civil lucha por encontrar voz – la Iglesia se presenta a llenar el espacio como autoridad moral planetaria. Lo hace, inteligentemente, alineándose contra el poder privado de las Big Tech, lo que la hace atractiva para cualquiera que critique ese poder. Es, a su manera, una jugada de manual: ocupar un terreno que otros han dejado desguarnecido. Que luego sea un terreno sobre el que también nosotros querríamos construir algo – un gobierno colectivo de la técnica, los datos como commons, el ralentización allí donde todo acelera – es precisamente lo que hace a la encíclica tan resbaladiza. Coincide contigo en el destino durante cinco sextos del viaje, y luego en el último cruce gira por un solo lado.
Conclusiones
Cada falacia que he enumerado, tomada por separado, podría ser un tropiezo. Tomadas juntas, dibujan un método. No son errores de un razonamiento descuidado: son dispositivos de un razonamiento muy cuidadoso, y cada uno cumple la misma función precisa. Sirven para hacer converger un diagnóstico que el lector laico comparte hacia una conclusión que, sin la premisa sobre Dios, no tendría ninguna obligación de aceptar. El falso dilema cierra de antemano las alternativas; la petición de principio sobre la dignidad hace de la fe el único fundamento admisible; la equivocación sobre el «más que humano» descalifica toda trascendencia competidora; la falacia naturalista transforma el límite en deber; la apelación a la autoridad cierra el círculo. Quitado Dios, el argumento no resiste – y está construido a propósito para que tú, para hacerlo resistir, tengas que volver a poner a Dios.
Esto no lo convierte en un mal documento. Lo convierte en un documento de parte que finge no serlo, que es cosa distinta. Magnifica Humanitas es buena sociología, magnífica retórica, y lógica que cojea exactamente – y solo – en los puntos donde se necesita hacer entrar lo sobrenatural. La parte técnica sobre la IA, escrita con la contribución de quienes los modelos los estudian realmente, es la más sólida y la menos eclesial. La parte antropológica, sobre la que se apoya todo lo demás, es la más frágil. No es casual: es donde el texto debe hacer el trabajo que más le importa.
Como ateo que comparte la mitad de las premisas y ninguna de las conclusiones, queda la misma pregunta que me hago cada vez que alguien me describe una ciudad justa y luego me explica que no puedo construirla sin su dios. Citando a Eric Raymond, yo el Bazar – y no la Catedral – lo he visto funcionar. Lo he visto funcionar en el software libre, en las redes que no tienen un dueño, en las comunidades que se sostienen sobre la ayuda recíproca. Lo he visto funcionar «también» sin dios. La pregunta que dejo abierta, entonces, es simple: si el muro lo levantamos igual, cada uno con su pedazo, escuchándonos y confiándonos – ¿quién ha dicho que en el centro tenga que haber por fuerza alguien allá arriba? ¿Y si nos diéramos cuenta de que se sostenía muy bien también sin él?
Pequeña posdata: alguien objetará que la encíclica tiene coraje: pide perdón por el retraso con que la Iglesia condenó la esclavitud. Cierto. Pero es el perdón más cómodo que hay – por una culpa de dieciocho siglos atrás, que no roza a ningún obispo viviente. Sobre los abusos de hoy sigue siendo una línea, una voz en una lista de seis en el párrafo 89. Por eso insisto: alinearse contra el tecnocapitalismo, la inteligencia artificial y el transhumanismo es hoy un posicionamiento social y político muy inteligente que hacer, pero realmente muy poco valiente. Si puedo aconsejar a León XIV algo realmente valiente, que pruebe a escribir una encíclica entera contra la pederastia en la iglesia católica. Me ofreceré gustoso como primer lector.
Fuentes y profundizaciones
El documento
– León XIV (2026). Carta Encíclica Magnifica Humanitas sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Texto íntegro.
– Dicasterio para la Doctrina de la Fe (2024). Declaración Dignitas infinita sobre la dignidad humana.
La tradición citada (para orientarse en la cadena magisterial)
– León XIII (1891). Rerum novarum.
– Concilio Vaticano II (1965). Constitución pastoral Gaudium et spes.
– Francisco (2015). Laudato si’.
– Francisco (2020). Fratelli tutti.
Sobre las falacias lógicas (referencias generales)
– Walton, D. (2008). Informal Logic: A Pragmatic Approach. Cambridge University Press. Sobre el falso dilema, el argumentum ad verecundiam y la pendiente resbaladiza como esquemas argumentativos y sobre sus usos legítimos e ilegítimos.
– Hume, D. (1739). Tratado de la naturaleza humana, libro III. La formulación clásica de la distinción entre ser y deber ser, en la raíz de la llamada falacia naturalista.
Fundaciones laicas de la dignidad y de los derechos (las alternativas que la encíclica preselecciona)
– Rawls, J. (1971). Teoría de la justicia. Harvard University Press. La fundación contractualista de la justicia sin presupuestos metafísicos.
– Singer, P. (1979). Ética práctica. Cambridge University Press. La consideración moral fundada en la capacidad de sentir y de sufrir.
– Nussbaum, M. (2006). Frontiers of Justice. Harvard University Press. El enfoque de las capacidades como base de la dignidad humana.
Sobre la interpretabilidad de la IA (el núcleo técnico más sólido del documento)
– Olah, C. et al. (2020). «Zoom In: An Introduction to Circuits». Distill. Sobre por qué las representaciones internas de los modelos permanecen en gran parte desconocidas incluso para quienes los construyen.
Sobre el debate conocimiento / comprensión en los LLM (la revisión de paradigma)
– Bender, E. M., Gebru, T. et al. (2021). «On the Dangers of Stochastic Parrots: Can Language Models Be Too Big?». FAccT ’21. El texto que acuña la metáfora del «loro estocástico»: un sistema entrenado solo sobre la forma no puede acceder al significado.
– Li, K. et al. (2023). «Emergent World Representations: Exploring a Sequence Model Trained on a Synthetic Task». ICLR. El experimento Othello-GPT: un modelo que construye internamente una representación del tablero de ajedrez sin haber visto nunca las reglas.
– Tayyar Madabushi, H., Torgbi, M., Bonial, C. (2025). «Neither Stochastic Parroting nor AGI: LLMs Solve Tasks through Context-Directed Extrapolation». La posición intermedia: capacidades que van más allá del loro pero siguen siendo predecibles y no asimilables a la cognición humana.
Sobre la creatividad computacional (y sobre lo incierto que es el límite)
– Boden, M. (2004). The Creative Mind: Myths and Mechanisms, 2ª ed. Routledge. La distinción fundacional entre creatividad combinatoria, explorativa y transformacional.
– Guzik, E. et al. (2023). «The originality of machines: AI takes the Torrance Test». Journal of Creativity. GPT-4 en el 1% más alto por originalidad y fluidez.
– Lu, Y. et al. (2025). «Assessing and Understanding Creativity in Large Language Models». Machine Intelligence Research. Resultado opuesto: los LLM destacan en elaboración pero son deficientes precisamente en originalidad.
Publicado: 10 de agosto de 2026 Creado: 5 de agosto de 2026 Fuente: fuoricollana
Por quién doblan las campanas
de Marco Savelli
El llamamiento de la encíclica Magnifica Humanitas a una «paz desarmada y desarmante» ha puesto de manifiesto una fractura en la comunidad de creyentes. El componente católico más cercano al magisterio papal podría verse impulsado hacia una presencia política organizada y autónoma, desvinculada de todo el arco partidista existente.
En estos tiempos tristes, que con el paso de los días se presentan cada vez más como «tiempos últimos», echar una mirada meditada sobre lo que se mueve y se agita en el mundo eclesial –y en general en la comunidad de creyentes– se convierte en una clave interpretativa importante. La clave para comprender si aún pueden existir diques que contengan la carrera loca hacia la autodestrucción emprendida por un mundo que ya no logra encontrar coordenadas políticas eficaces, y no solo, que puedan constituir los horizontes de referencia para una nueva convivencia humana.
Un escenario inquietante.
La paradoja señalada también por la última encíclica papal Magnifica Humanitas es que hemos terminado en un túnel oscuro y aparentemente sin salida, en el que la «razón laica» parece no tener ya instrumentos para contrarrestar una deriva irreversiblemente inclinada hacia la guerra. Parece, más bien, que esta «razón» está en primera línea incentivando y acelerando un enfrentamiento militar que devolverá a los pocos supervivientes a la edad de piedra. Para hacerse una idea de lo que podría materializarse con una Tercera Guerra Mundial ya no fragmentada sino desbordante y devastadora como una interminable secuencia de fuegos artificiales, basta volver por un momento a las imágenes iniciales de El amanecer del hombre en 2001: Una odisea del espacio (1968) de Kubrick, a esas imágenes de violencia animal, bruta e incontrolada como única forma de relación entre humanos en los tiempos de la prehistoria, mucho antes de la aparición del logos. En efecto, a partir de la última encíclica, me parece que el papa americano está entre las pocas figuras conscientes del riesgo de aniquilación total de una humanidad presa de convulsiones de dominio y opresión exaltadas por las nuevas tecnologías.
Preocupan especialmente las convulsiones producidas por la inteligencia artificial (IA), una herramienta casi fuera de control –¡el último «incidente» es de hace unas pocas semanas!– de la que no solo deben denunciarse sus funciones en el ámbito bélico –en todos los teatros de guerra, desde Ucrania hasta Irán, es la IA la que domina– sino que debe ser puesta en cuestión de manera «revolucionaria» desde la raíz, como producto consecuente de los dueños del mundo que la concibieron y diseñaron para ser utilizada en gran parte como instrumento de muerte material y espiritual. ¡Nada de neutralidad y objetividad de la técnica y la investigación científica! No hay ningún desarrollo natural de las «magníficas suertes y progresivas» generado por los laboratorios californianos, y no solo, sino solo una incontinente voluntad de dominio sobre la humanidad entera.
Si este es el panorama, sigo arrastrando en estas semanas una preocupación generada por una contradicción evidente, casi flagrante: en el momento en que la «radicalidad evangélica» del rechazo absoluto de la violencia en nombre de una «paz desarmada y desarmante» asume la forma de la reflexión realizada por la máxima autoridad espiritual del catolicismo romano (y del cristianismo en general), ¿por qué en Europa entre los máximos defensores de la inevitabilidad de la postura militar se encuentran precisamente aquellos que se reclaman de esa fe religiosa? ¿Y hasta qué punto podrá sostener el burdo engaño lingüístico dominante según el cual los partidarios de tal postura serían «los moderados», mientras que aquellos que, incluso dentro del mundo católico, reivindican el rechazo de la violencia y la guerra y el primado del diálogo y la diplomacia, serían «los extremistas»? Es un poco en torno a estas dos preguntas que, quizás lejos de los reflectores, en algunas comunidades eclesiales está madurando una discusión aún no hegemónica en el mundo católico. Sobre las huellas dejadas por el Papa Francisco y corroboradas por las reflexiones inequívocas de su sucesor, está tomando gradualmente forma una «radicalidad evangélica» que pone progresivamente en un aprieto a quienes han practicado (y continúan practicando) un pacifismo verbal litúrgico (quizás con las coartadas proporcionadas por las diferentes fuerzas políticas), para afirmar con coherencia y rigor ese contenido «no negociable» que es la paz con un mundo cada vez más empujado hacia la guerra. No estamos en los primeros pasos ni en casos aislados, porque el camino espiritual en contraste con «la guerra justa» no nace en los últimos años sino que tiene antecedentes significativos en Don Mazzolari y Don Milani, en Juan XXIII y en el mismo Juan Pablo II, hasta los dos últimos pontífices. A pesar de las piruetas de algún teólogo improvisado, la ruptura sustancial con la doctrina de la «guerra justa» de Agustín y Tomás se ha consumido casi por completo en ese mundo eclesial sensible y protagonista de una nueva sinodalidad. La dirección emprendida aparentemente parece irreversible, aunque creo que aún es prematuro hablar de una nueva identidad política del mundo católico italiano edificada en torno a contenidos rigurosamente evangélicos. Por un lado, existe sin duda un condicionamiento religioso que hace que una parte aún significativa de la comunidad de creyentes no consiga desligar su fe de la asunción de una visión del mundo que ve en el otro, si no precisamente un enemigo, un peligro del que hay que protegerse como si este perteneciera de todos modos a una pars infidelium. Por otro lado, la presencia en el mundo político e institucional de muchos católicos en realidad mucho más sensibles a los musculares llamamientos euroatlánticos que a los rigurosos llamamientos de la cátedra de Pedro, hará que la maduración de esta identidad no sea simple ni fácil. Lo que es cierto es la aceleración de los conflictos en curso con una posible unificación de los dos teatros de guerra más importantes –Ucrania e Irán– que terminará acercando de manera ineludible el momento de las decisiones más o menos definitivas.
¿Un futuro imprevisto?
Al respecto, existen sin embargo contraindicaciones y posibles desarrollos, por ahora impredecibles, en el caso de que, como creo, el Papa León mantenga firme su actitud y su tono contra los «señores de la guerra». Por un lado, independientemente de los dolores de estómago de una parte del mundo de los creyentes, la autoridad de un papa siempre está fuera de discusión y será difícil para algún «nostálgico» intentar alinear las posiciones de la Iglesia de Roma con las descaradamente «políticas» de cierto episcopado estadounidense, por lo demás en parte coincidentes con el suprematismo occidental de tantas sectas religiosas de matriz luterana, aunque alguien siempre podría ser tentado a jugar, quizás por disuasión, la amenaza del cisma. Por otro lado, pisar el acelerador en la dirección de un pacifismo intransigente podría en algún momento conllevar en Italia un fenómeno inédito y en muchos aspectos sorprendente. Es decir, la renuncia por parte del componente de los creyentes más sensible a los contenidos espirituales del magisterio papal a esas formas de tutela y garantía que hasta hoy les han asegurado los herederos de aquellos partidos que laicamente dieron en el pasado una contribución decisiva, después de las rupturas entre Iglesia y Estado posteriores a Porta Pia, al compromiso directo de los católicos en la vida política del país. Traducido: si en su tiempo era la Democracia Cristiana (DC), como partido laico, la que presidía las demandas políticas (y éticas) más evidentes generadas por la unidad de los católicos (real hasta cierto punto), ahora esa tutela, además de ser improponible dada la consolidada fragmentación política del mundo católico, se vuelve muy problemática. Esto, porque ninguna de las fuerzas en liza, de derecha a izquierda, por las posiciones asumidas sobre la guerra (y no solo) es capaz de interpretar la orientación de los creyentes más cercanos al magisterio papal. Tampoco aquellas formaciones que siempre han aspirado a representar ese mundo y a captar su consenso, como el Partido Democrático (PD), nacido con la participación de significativos componentes de matriz católico-democrática. Entonces, un pacifismo radical orientado por León que podría, en el plano político y civil, desembocar a la larga en un verdadero neutralismo –opción que por ahora parece ser la única garantía real para mantener al país fuera de la guerra– terminaría por requerir una presencia política organizada y autónoma de los creyentes, desvinculada de todo el arco político existente. Un arco político que ha permanecido sustancialmente unánime y ausente, subalterno en las grandes cuestiones de fondo –las desigualdades sociales, la distribución de la riqueza, el destino del planeta, el clima y el abandono de los combustibles fósiles por las energías renovables– a los poderes supraordenados europeos y estadounidenses. ¿Podría este camino escarpado y en contracorriente respecto al impulso identitario tradicionalista y sustancialmente antipapal seguir siendo la última carta que jugar, la única manera de dar representación política a una comunidad aún capaz de imaginar evangélicamente un mundo «otro» antes de ser aplastada por las compatibilidades impuestas por los demasiados «vínculos externos»? Sería la paradoja imprevista décadas después de la superación del «partido de los católicos», casi una heterogénesis de los fines. Pero, a diferencia del pasado, esta presencia política organizada, más que medirse con su ineludible vocación/función de gobierno (como, en su momento, la DC), terminaría fundando su legitimación democrática en una distancia radical de las formaciones que tristemente están acompañando la progresiva decadencia de la democracia liberal en nuestro país. Sería esta una presencia no solo en nombre del magisterio papal sino también en nombre de la Constitución republicana, en cuya redacción los católicos participaron entonces (1946-47) en primera persona de manera decisiva. Será algo nada sencillo, pensando en un intento similar llevado a cabo en la posguerra por el Partido Cristiano Social del bibliotecario vaticano Gerardo Bruni que, tras la elección de un parlamentario –el propio Bruni– en la Asamblea Constituyente, no logró sobrevivir en el nuevo mundo dividido en bloques por la «guerra fría» y se disolvió en 1948.
¿Non praevalebunt?
Quizás el escenario hipotético les parecerá a muchos arriesgado, más fantasioso que futurible. Sobre la compleja «cuestión católica», sin embargo, en este país hay que, por un lado, tener en cuenta todos los elementos que escapan por completo a la burda vulgata dominante y, por otro, reflexionar a fondo sobre esa longue durée (Braudel) que está encerrada en el ciclo histórico comprendido entre los dos Leones (el XIII de la Rerum Novarum y el XIV de la Magnifica Humanitas) entre el siglo XIX y el XXI, retomando métodos y reflexiones que en su momento atravesaron también la célebre intervención de Togliatti en Bérgamo en 1963, «Sobre el destino del hombre». Esto para decir que lo que ocurre en el mundo eclesial, y en la comunidad de creyentes en general, nunca debe ser banalizado, quizás recurriendo a las habituales categorías superficiales de la razón «política» (derecha/izquierda), porque lo que ocurre en el presente es siempre consecuencia de un pasado. Tanto más dentro de una institución como la Iglesia de Roma, donde casi nada se deja al azar, donde –y en esta última encíclica la cosa es explícita– el pensamiento de un papa nunca representa una elaboración solitaria sino que siempre interpreta el desarrollo de una elaboración larga en el tiempo promovida y puesta en práctica por quien le ha precedido. A diferencia de tanto mundo laico, para el cual la historia parece haber comenzado siempre unas horas antes, la Iglesia de Roma intenta medirse con tiempos largos, a veces incluso muy largos. La «paz desarmada y desarmante» que tanto molesta a las idioteces de los cantores d’annunzianos de cuarta categoría, cautivados por la sugestión estética de la guerra y las armas, no tiene nada de casual y no nace de repente del pensamiento de un agustiniano nacido en Chicago y vivido en Perú. Esa invocación a la paz es simplemente el epílogo de una reflexión y una agonía real pasada a través de concilios, encíclicas, testimonios dramáticos y verdaderos conflictos internos en el mundo eclesial –«bien excavada, vieja topa«, habría dicho Marx– que han transfigurado progresivamente a la Iglesia de Roma en la casi única oposición radical a la mercantilización del mundo y al desmesurado poder de los monstruos digitales y analógicos contemporáneos que vagan sin ser molestados del Pacífico al Atlántico, del Ártico a la Antártida, conduciéndonos de la mano a la destrucción del planeta. El futuro es ignoto, y en este punto puede ocurrir realmente de todo, tanto la repentina e imprevista «irrupción del mesías« (Benjamin), como el Apocalipsis (San Juan, atribuido).
¿Tertium non datur? Unicuique suum, non praevalebunt?
Deja un comentario