Álvaro Celorio (eldiario.es), 31 de Agosto de 2026
- Un informe de Triodos Bank apunta a que el calor restará el 1% del PIB este año y el turismo ya empieza a renquear en los destinos más cálidos. El campo, la construcción o el transporte cada vez se verán más afectados.

La economía española sufre después del calor extremo que ha azotado la Península Ibérica durante el verano, que ya promete ser el más cálido de la historia… Al menos hasta el que viene. Varios informes apuntan a que las altas temperaturas de los últimos meses ya han supuesto un coste cercano a los 20.000 millones de euros, mientras que los efectos en la productividad, los trabajadores o los sectores productivos de un fenómeno sin visos de mejora obligan, a marchas forzadas, a adaptarse.La temperatura del océano marca un nuevo récord absoluto empujada por El Niño: “Nunca hemos visto algo así”
A pesar de que los termómetros han dado una ligera tregua en gran parte del territorio, el peaje a pagar por los días tórridos y las noches infernales es cada vez mayor. Dos informes recientes de Allianz Research y de Triodos Bank apuntan a que el calor de estas semanas ha pasado una factura de entre un 1% y un 1,4% del producto interior bruto (PIB) de la economía española. Es decir, entre 17.000 y 24.000 millones de euros en solo una estación, de acuerdo con los niveles actuales.
“La subida del nivel del mar, la reducción de las cosechas, la menor producción de lácteos, la disponibilidad cada vez menor de agua dulce, la salud humana, la menor productividad y el aumento de la demanda energética son las principales vías por las que el cambio climático perjudica a la economía”, señala el documento elaborado por Triodos Bank. Los economistas de la entidad apuntan a que, a escala europea, el perjuicio económico alcanza el 1,1% del PIB de los Veintisiete (en torno a 200.000 millones), por la pérdida de cultivos, la restricción en la producción de energías de fuentes diversas (desde la solar a la nuclear) o las trabas en el transporte ferroviario o los ríos navegables.
Un ejemplo es el bajo caudal del Rin, una de las vías fundamentales para la actividad del centro de Europa, como señaló la pasada semana el Bundesbank alemán, que advirtió de que “la limitada disponibilidad de rutas de transporte en los principales ríos” va a condicionar la capacidad de crecer en una economía que lleva estancada prácticamente desde la pandemia. Un motor alemán gripado también repercute en la actividad en España.
Y en la vecina Francia, el ministro de Economía, Roland Lescure, vinculó este viernes la revisión a la baja del PIB de los últimos trimestres (en el primero, la actividad cayó algo más de lo previsto y en el segundo, se estancó) con el impacto “terrible” y “enorme” de las altas temperaturas. “Son las primeras consecuencias concretas del verano muy difícil que hemos vivido, con repetidos episodios de olas de calor, incendios y tormentas”, dijo el responsable galo.
Más de 2.500 euros por español
Aunque los efectos sobre la actividad son difíciles de medirse per se, más allá de estimaciones, la factura cada vez está más clara en las cuentas públicas. El think tank europeo Bruegel calcula que cuarenta años (1980-2024) de catástrofes vinculadas al cambio climático le han costado más de 2.500 euros a cada español, una de las cifras más elevadas de los países europeos, junto a Italia o Suiza. Y todo apunta a que va a ir a más.
Pero los “numerosos efectos” no se traducen únicamente en la destrucción: “Los eventos extremos reducen la recaudación porque la actividad económica cae, mientras los Gobiernos pagan más en concepto de prestaciones sociales o por desempleo y las autoridades han de redirigir otras partidas a ayudar a las regiones afectadas”, abunda el centro de estudios. La mayor inflación derivada de menores cosechas y precios energéticos más caros también afecta al gasto público y, al mismo tiempo, golpea a las tasas de interés de la deuda pública: “un mayor coste de la deuda es particularmente problemático cuando los niveles ya son elevados”, recuerdan, como es el caso de España.
La Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF), el ‘pepito grillo’ de las cuentas públicas, ha cifrado en 65.085 millones de euros el coste de los eventos meteorológicos vinculados a la emergencia climática entre 2005 y 2025. Su última Opinión sobre riesgos fiscales, de este año, incluye algunos daños no completamente comparables (la erupción del volcán de La Palma en 2021 o la pandemia, por ejemplo), pero sí recoge los efectos devastadores de la dana de Valencia de 2024 sobre las cuentas públicas. Esto tuvo un coste de 8.000 millones de euros en aplicaciones del Fondo de Contingencia, así como 4.200 millones en indemnizaciones del Consorcio de Compensación de Seguros (CCS).
“Estas cifras ponen de manifiesto que los riesgos ambientales constituyen una de las principales fuentes de materialización efectiva de riesgos fiscales en España”, incide la Autoridad Fiscal, que recomienda al Gobierno “una gestión activa de estos riesgos” ante la “elevada frecuencia” con la que van a tener lugar en un futuro.
El turismo, pendiente de los termómetros
Ese futuro, precisamente, es lo que más preocupa a los economistas consultados. Porque los efectos del calor, en presente, ya están arrastrando a uno de los tradicionales motores de la economía española: el turismo. Mientras el sector trabaja por la desestacionalización —es decir, que los visitantes no se concentren únicamente en los meses de verano y en actividades de bajo valor añadido como el tradicional ‘sol y playa’—, las olas de calor cazan a los destinos tradicionalmente frescos sin estar adaptados a las nuevas temperaturas más frecuentes. Y también condiciona la experiencia de los propios turistas.
Un estudio reciente de Caixabank Research, que cruzó datos de los pagos de tarjetas extranjeras en sus TPV con información climática del sistema europeo Copernicus, mostró que si un visitante experimenta un episodio de temperaturas muy elevadas, las probabilidades de que vuelva se recortan drásticamente. “España tiene un sector turístico muy competitivo que, además, en 2026 ve su demanda aupada por la redirección de flujos asociados al riesgo geopolítico en Oriente Medio y el este del Mediterráneo. Al mismo tiempo, vemos que el cambio climático es un riesgo para el sector y que los turistas expuestos a olas de calor extremas presentan una propensión a regresar a España de alrededor de un 15% inferior”, explica David César Heymann, economista de la entidad, a través de correo electrónico.
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Por tanto, el riesgo para el sector —que este año afronta el reto de superar la barrera psicológica de los 100 millones de turistas— es claro. “Mantener el atractivo de España exigirá inversión para adaptar alojamientos, espacios públicos, horarios y actividades para preservar el confort térmico y la calidad de la experiencia”, detalla el economista. “Es importante que el turismo invierta en adaptarse a un clima más extremo en el futuro, y mantenga una oferta atractiva para los visitantes en condiciones climáticas más inciertas y adversas”, zanja.
Menos productividad y menos consumo
¿Se puede ser productivo cuando las temperaturas superan sistemáticamente los 30 grados y se acumulan las noches sin dormir? La literatura económica ha estudiado en profundidad cómo afectan las altas temperaturas a la productividad. No solo por sus efectos sobre la maquinaria o los trabajadores sobrecalentados. También sobre la propia demanda, algo sobre lo que las compañías tienen menor capacidad de adaptación. Una investigación del Banco Central Europeo publicada el año pasado tomaba datos de Italia entre 1999 y 2013 y apuntaba que un incremento de 2 °C de media al año suponía una caída del 1,7% en la productividad agregada, pero que con un avance del 4% la pérdida en la eficiencia se aceleraba hasta un 6,8%.
Fuera de lo macro, el Instituto Sindical Europeo (ETUI, por sus siglas en inglés), el brazo investigador de la Confederación Europea de Sindicatos, apunta en un documento de hace unos días que “el calor puede reducir la capacidad de los trabajadores de desempeñarse segura y efectivamente, interrumpir las jornadas, reducir la producción, aumentar las ausencias e interrumpir la actividad económica”. Esto se traduce en “menos horas pagadas, descansos no remunerados, turnos cancelados, menores pagas vinculadas a objetivos y mayor inseguridad en el trabajo”.
La estimación que hacen los autores, los economistas Marouane Laabbas-el-Guennouni y Andreas D. Flouris, es que en 2030 España será uno de los países más afectados por la pérdida de productividad debida a las altas temperaturas. No solo en el tercer trimestre, el veraniego, sino también durante las primaveras y los otoños más cálidos. “En el sur de Europa estas pérdidas de productividad pueden alcanzar el 20%, con caídas entre el 10-15% en el centro de Europa y de entre el 3-9% en la mayor parte del norte. Algunas partes de la Península Ibérica [en concreto, Extremadura y el oeste de Andalucía], Italia, Grecia y Chipre experimentarán pérdidas de productividad cercanas al 8% también en el segundo y cuarto trimestre del año”, advierten.España muestra su “vulnerabilidad crítica” ante el cambio climático: miles de muertes por calor, incendios y sequía
Sectores como el campo, la construcción, el transporte, la hostelería o el turismo se enfrentan a una transformación radical si no quieren verse afectados por las olas de calor cada vez más frecuentes y severas. Como nota positiva, BBVA Research apuntaba a principios de año que “las transiciones bien gestionadas pueden convertirse en vientos de cola”, a favor, e incluso generar crecimiento económico a partir de estos fenómenos adversos. Aunque difícilmente compensarán del todo la brecha del cambio climático, reconoce el centro de estudios. A futuro, un informe de la Caja de Ingenieros calcula que las pérdidas en 2040 serán cercanas al 2% del PIB y en 2060, del 3%. Por cada grado que aumenta la temperatura, la economía española ya no se calienta, sino que hierve.
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