Shahid Khan Naeem (JACOBIN.LAT), 24 de Agosto de 2026

Silicon Valley abraza cada vez más el relato de que EE. UU. está en una batalla existencial con China por el predominio tecnológico. La historia funciona como un escudo conveniente frente a los esfuerzos por ponerle freno al poder de la industria tecnológica.
Antes de la espectacular implosión de su fondo de cobertura de inteligencia artificial de 45.000 millones de dólares a fines del mes pasado, Leopold Aschenbrenner, de veinticuatro años, había trazado una hoja de ruta para una nueva Guerra Fría con China.
En junio de 2024, poco después de ser despedido de OpenAI, Aschenbrenner publicó un tratado titulado «Situational Awareness» [Conciencia situacional], en el que equiparaba su trabajo en Silicon Valley con la carrera por construir la bomba atómica. Los secretos nucleares que habían cambiado para siempre el equilibrio de poder mundial y que le habían dado a Estados Unidos la victoria en la Segunda Guerra Mundial, escribió, habían quedado eclipsados. Los avances que se estaban produciendo en todo Silicon Valley auguraban la inminente llegada de la superinteligencia artificial, una tecnología de la que dependía el futuro de la supremacía económica y militar estadounidense. Se trataba de una carrera, decía Aschenbrenner, que iba a «determinar el futuro del mundo libre». La única pregunta era si Estados Unidos o su adversario autoritario, China, llegarían primero.
El manifiesto de Aschenbrenner disparó su perfil en Silicon Valley, y le ganó la confianza de los grandes inversores tecnológicos, que volcaron activos en un nuevo fondo de cobertura bajo su control. Lo bautizó, por supuesto, Situational Awareness.
Silicon Valley abraza la nueva Guerra Fría
Sin embargo, las ideas planteadas en su ensayo no siempre fueron tan bien recibidas en la industria. Durante la primera administración Trump, Silicon Valley reaccionó con amplia preocupación cuando la Casa Blanca sancionó y puso en listas negras a las principales empresas tecnológicas chinas, temiendo que desacoplar a las firmas tecnológicas estadounidenses del enorme mercado chino pudiera perjudicar el crecimiento y los ingresos de la industria. Después de que la administración Biden, al implementar controles de exportación de semiconductores de gran alcance contra China, señalara un respaldo político bipartidista a la nueva Guerra Fría, la industria se irritó y algunas empresas estadounidenses de chips llegaron a presionar con fuerza en contra de esas medidas.
Hoy, sin embargo, el manifiesto de Aschenbrenner es un texto fundacional del creciente consenso en Silicon Valley en torno a la nueva Guerra Fría. En su propio ensayo de 6.500 palabras publicado este mes, Mark Zuckerberg, de Meta, escribió que los obstáculos para la infraestructura energética y los centros de datos necesarios para la expansión de la IA representaban un riesgo para la seguridad nacional en lo que respecta al dominio estadounidense en la carrera de la IA con China. Otros, desde liberales como el CEO de OpenAI, Sam Altman, y el jefe de Anthropic, Dario Amodei, hasta pesos pesados del capital de riesgo de derecha como Peter Thiel y Marc Andreessen, coinciden.
En una intervención en el conservador Instituto Hudson, en la que citó El choque de civilizaciones de Samuel Huntington, el CEO de Palantir, Alex Karp, lo planteó sin rodeos. En lo que respecta a la carrera de la IA, dijo, «solo hay dos culturas que van a ganar el año próximo. Vamos a ser nosotros o China».
Irónicamente para Aschenbrenner, fue la competencia tecnológica china la que hizo colapsar a su fondo de cobertura. El 30 de julio, en una aparente repetición del «momento DeepSeek» de enero de 2025, una start-up china llamada Moonshot AI lanzó un modelo de IA de código abierto y más barato, que superó a sus contrapartes estadounidenses de código cerrado en algunos parámetros de referencia, lo que hizo caer a las acciones de IA y a la cartera altamente apalancada de Aschenbrenner.
El momento Moonshot, sin embargo, también puso de relieve diferencias materiales entre los sectores tecnológicos estadounidense y chino, gran parte de las cuales pueden rastrearse hasta la política estatal que los moldeó. El gobierno chino ha mantenido un control estricto sobre su industria tecnológica. Después de que Jack Ma, el magnate al frente del gigante chino de comercio electrónico Alibaba, criticara a los reguladores financieros del país en 2020, el Estado torpedeó la histórica oferta pública de acciones de su empresa, valuada en 37.000 millones de dólares, lo apartó del control de la compañía y dividió a Alibaba en seis firmas distintas.
Fue el comienzo de una amplia represión regulatoria que disciplinó a la industria tecnológica del país y borró 2 billones de dólares de valor del sector. Hoy el Estado chino impulsa planes de desarrollo de IA centrados más en la practicidad que en los sueños de una superinteligencia, una estrategia que prioriza la difusión eficiente de herramientas y servicios de IA a lo largo de toda la economía y que Xi Jinping describió como un enfoque «fuertemente orientado hacia las aplicaciones».
En contraste, hasta las elecciones de 2020 y la llegada de Lina Khan a la cabeza de la Comisión Federal de Comercio de la administración Biden, décadas de consenso bipartidista bendijeron el surgimiento de los monopolios tecnológicos estadounidenses, y colocaron a la política tecnológica y a la estrategia industrial relacionada en manos de un puñado de poderosos actores de Silicon Valley.
Incluso el ascenso de una nueva tecnología como la IA puso de relieve la centralización del poder en Silicon Valley. Microsoft firmó acuerdos exclusivos y alianzas de reparto de ganancias con OpenAI, mientras que Google y Amazon tomaron participaciones importantes en Anthropic, el principal rival de OpenAI. Nvidia, que controla el 90 por ciento del mercado de semiconductores para IA, tiene arreglos similares con gran parte de la industria de la IA. Buena parte de los billones de dólares de capital que fluyen hacia el boom de inversión en IA representan ganancias extraídas de monopolios sancionados por el Estado que abarcan servicios en la nube, publicidad en línea, redes sociales y comercio electrónico, así como monopolios de hardware (como es el caso de Nvidia).
Conciencia situacional
Tanto la industria tecnológica estadounidense como la china son producto de las políticas de sus respectivos Estados, ninguno de los cuales es particularmente democrático. Las primerísimas palabras del manifiesto «Situational Awareness» de Aschenbrenner describen los resultados del enfoque estadounidense de larga data hacia la política industrial y la regulación tecnológica: «El futuro se puede ver primero en San Francisco», escribió. «En este momento hay quizás unos cientos de personas, la mayoría de ellas en San Francisco y en los laboratorios de IA, que tienen conciencia situacional». Su cercanía al poder y al capital concentrados de los inventores-inversores-responsables de políticas de Estados Unidos facilitó su visión. «Déjenme contarles lo que vemos».
Lo que él ve es lo mismo que ven los CEO de OpenAI, Anthropic, Google, Meta y Amazon, junto con muchos de sus ingenieros de veinticuatro años: una oportunidad. La idea de un conflicto inminente con China tiene sus conveniencias, ya que ofrece una existencial carrera armamentista en materia de IA que seduce a los financistas y aumenta las valuaciones de las empresas, a la vez que proporciona un marketing incorporado para productos que todavía están en busca de un deseo por parte de los consumidores.
Algunos beneficios son más personales. El tratado «Situational Awareness» le permitió a Aschenbrenner, que carecía por completo de experiencia como inversor, recaudar 100 millones de dólares iniciales para su fondo de cobertura —que, en el lapso de menos de dos años, alcanzó una escala que a sus pares les llevó décadas lograr— y amortiguó su caída en desgracia cuando todo se derrumbó a su alrededor. Hoy los inversores se disputan la posibilidad de reinvertir.
Pero el rédito último de esta visión es todavía más lucrativo. En el fondo, la nueva Guerra Fría con China es un marco que le brinda a Silicon Valley un aislamiento crucial frente a la democracia. En una audiencia del Congreso en 2018, en la que fue interrogado sobre una infame filtración de datos de Facebook, las notas de Mark Zuckerberg expusieron la estrategia de la manera más simple posible: «¿Desmembrar FB? Las empresas tecnológicas estadounidenses son un activo clave para Estados Unidos; desmembrarlas fortalece a las empresas chinas». Una fotografía de esas notas, tomada por la Associated Press, se viralizó rápidamente.
El estribillo de la seguridad nacional se convirtió en un argumento habitual frente a los esfuerzos antimonopólicos y de regulación tecnológica durante la administración Biden. En 2021, ante la posible aprobación de un paquete bipartidista de proyectos de ley antimonopólicos dirigidos a su industria, las principales firmas de Silicon Valley organizaron una carta firmada por una docena de altos funcionarios de seguridad nacional de las administraciones Trump, Obama y George W. Bush, entre ellos el ex secretario de Defensa y ex director de la CIA Leon Panetta, quien más tarde sería un orador clave en la Convención Nacional Demócrata de 2024. Una legislación que pusiera freno a los gigantes tecnológicos estadounidenses degradaría el dominio militar y de inteligencia de Estados Unidos, escribieron, un error regulatorio que se produciría «a expensas de la seguridad económica y nacional de Estados Unidos» y que «cedería el liderazgo tecnológico estadounidense a China». Fue un argumento útil: pese al respaldo bipartidista en el Congreso y al creciente apoyo público, ninguno de esos proyectos de ley antimonopólicos fue aprobado.
Hoy la Guerra Fría con China que Leopold Aschenbrenner relató con tanta vehemencia funciona como un escudo potente tanto para Silicon Valley como para el Estado de seguridad nacional. Está en marcha una reacción bipartidista contra el creciente poder de Silicon Valley para dictar los términos de la vida estadounidense, con ciudadanos de todo el espectro político que encuentran puntos en común al oponerse a la automatización de sus empleos, a los centros de datos y sus costos energéticos asociados, a la creciente presencia de herramientas de vigilancia como las cámaras Flock, y a la expansión de herramientas extractivas de búsqueda de rentas como la fijación algorítmica de precios de los alimentos y de los alquileres de vivienda. En este contexto, los argumentos sobre seguridad nacional y rivalidad entre grandes potencias ofrecen a las empresas tecnológicas una vía atractiva para cortocircuitar las crecientes demandas públicas de control sobre las tecnologías que inciden directamente en sus vidas.
La nueva Guerra Fría con China le ofrece al establishment de la seguridad nacional una oportunidad similar para resguardar su propio poder del control democrático. Decisiones desastrosas recientes, entre ellas el genocidio de Israel en Gaza y la guerra estadounidense contra Irán, están debilitando de manera significativa el dominio del establishment de política exterior sobre ambos partidos, y están alimentando el apoyo a una política antibelicista. Sin embargo, una nueva amenaza existencial en el exterior, que deba ser gestionada por operadores experimentados con las habilitaciones de seguridad correspondientes, podría ofrecer un terreno fértil para su reatrincheramiento.
Ni los billones de dólares en inversión en IA ni un programa mundial de coerción bélica pueden ocultar la pérdida de control de Silicon Valley y del Estado de seguridad nacional sobre la opinión pública estadounidense. ¿Cuánta gente desea vivir la visión de Leopold Aschenbrenner —un mundo en el que unos cientos de personas dispersas entre los laboratorios de IA de Silicon Valley y los puestos de seguridad nacional en Washington gozan de «conciencia situacional» gracias a su cercanía a un poder inexpugnable, y pueden actuar para moldear el mundo en consecuencia—? Pocas, o ninguna. La sombra de la nueva Guerra Fría con China señala la pregunta sin responder que tensiona el corazón de la visión de Silicon Valley de Leopold Aschenbrenner: ¿cuánto tiempo más estarán dispuestos los estadounidenses a resignar el control democrático de las instituciones que estructuran el mundo y dan forma a sus vidas
Shahid Khan Naeem es becario de servicio público Greene en la Facultad de Derecho de Columbia. Trabajó en política antimonopólica durante la era Biden, en política de IA para el regulador financiero del estado de Nueva York, y en seguridad nacional en el Center for Strategic and International Studies.
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