Sergio del Molino (El País), 20 de Agosto de 2026
Este verano se han vuelto virales los vídeos de caminantes que culminan a ritmo de charanga su viaje a la ciudadEscuchar el artículo


Abundan este verano los vídeos de grupos de peregrinos que entran a Santiago de Compostela demostrando que el camino les ha hecho mejores, más reflexivos, más conscientes, más sutiles y más sabios. Se les nota en la manera de berrear canciones de charanga e intimidar a los peatones, en el ansia con la que se embaulan las cervezas en los muy espirituales bares de la zona y en el vigor con el que las orinan luego por las esquinas del casco histórico.
Tanta devoción cristiana y tanto fervor introspectivo tienen a los vecinos del centro de la capital gallega en un estado de ateísmo radical y nihilismo. Más de uno ha estado a punto de arrojar desde el balcón las obras completas de Nietzsche en tapa dura al paso de los buenos peregrinos: si no les convencemos de que Dios ha muerto —dicen—, por lo menos, descalabraremos a dos o tres. Deploremos la violencia filosófica, pero concedámosles nuestra simpatía. Yo tenía costumbre de ir todos los años a dar una vuelta por Santiago, aunque ya no me acerco. Un poco por miedo a los peregrinos, y otro poco por miedo a que me confundan con uno y me tiren a alguno de los pilones románicos que aún conservan en las plazas.
El odio al turista es la cantinela de los sitios turísticos, pero en Santiago se vuelve paradoja. Porque la ciudad solo existe por el Camino. La fundó un rey asturiano en torno al sepulcro, con la esperanza de atraer el turismo a una zona deprimida de su reino, y un par de siglos después, la orden de Cluny, que era el Meliá de la época, montó una cadena de alojamientos muy cucos y convenientes para quitarle el turismo a Roma y llevarlo a Galicia. Dice Álvarez Junco que por entonces apareció el gentilicio “español”, palabra francesa con la que los turistas designaban a los que vivían al sur de los Pirineos y les sacaban los cuartos en el camino con la venta de vino malo y productos regionales.
Santiago y España tienen un origen turístico. Cuando se dice que el turismo pervierte las esencias de las ciudades y de los países hay que hacer algunas excepciones, y Santiago es de las más gruesas. Por mucho que irriten, esos peregrinos charangueros representan el espíritu primordial de la ciudad. Le recuerdan lo que es, como las ovejas que cruzan Madrid una vez al año para que nadie olvide que la Castellana es una cañada. En este caso, quizá no haya más remedio que pedirle al apóstol paciencia para soportar el verano. Y a los peregrinos, menos fervor.
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