Guillem Pujol (CATALUNYA PLURAL), 9 de Agosto de 2026

El 17 de junio de 2023, en Ripoll, PSC, ERC y la CUP intentaron cerrar una mayoría alternativa para que Silvia Orriols no fuera alcaldesa. Junts no se sumó: votó a su propio candidato y dejó caer el cordón. Orriols fue investida ese mismo día.
Tres años después, el primer barómetro del CEO de este 2026 le da entre 23 y 25 diputados. Ahora tiene dos. A Junts le quedan entre 16 y 18 de los 35 que sacó. Uno de cada cuatro votantes de Junts ya tiene Aliança como segunda opción; entre los de Vox, uno de cada siete.

¿Qué le queda, pues, en el espacio convergente? Puede endurecer el discurso migratorio y competir con el original, que es lo que ya ensaya. Puede esperar que el regreso de Puigdemont —el TJUE avaló la amnistía y al Supremo se le acabó el margen— emule el regreso de Odisseu y ayude a poner su Palau en orden. Puede replegarse en el mapa municipal, donde todavía conserva más de trescientas alcaldías, y aguantar la respiración. Pero ninguna de estas opciones es buena, porque la casa convergente está carcomida por los cimientos. La cosa viene de lejos.
La Casa Gran que todo lo tapaba
En 1958, en dos artículos titulados Por una doctrina de integración e Inmigración e integración , recogidos después en La inmigración, problema y esperanza de Cataluña (Nueva Tierra, 1976), Jordi Pujol escribió sobre el subdesarrollo español y especialmente del andaluz. Del hombre andaluz dijo que «no es un hombre coherente, es un hombre anárquico, es un hombre destruido». La salida que les proponía —a modo de salvación casi divina— era la integración: la catalanidad como algo que se podía adquirir, que era necesario adquirir para poder sobrevivir materialmente y florecer espiritualmente. Una puerta abierta con peaje. Pase, pero pague.
Aquel peaje sostuvo cuarenta años de Casa Gran. Quien lo pagaba -lengua, entidad, trabajo, escuela- entraba y dejaba de ser problema. Quien no le pagaba se quedaba fuera sin que hubiera que decirle nada, porque el marco nacional ya lo decía por todos.
El independentismo heredó el mueble entero y pensó que lo repintaba del color de octubre: «Un solo pueblo. La República de todos»; «Catalán es todo hombre que vive y trabaja en Catalunya». Esta última es de Pujol, del mismo volumen, y lleva letra pequeña: que de Catalunya haga su casa, que se incorpore, que se reconozca, que se entregue y que no le sea hostil. Cuatro condiciones y una prohibición.
Fue funcionando mientras hubo una promesa lo suficientemente grande como para taparlo todo, pero la promesa se estrellaron en el 2017. Y eso se nota en la unidad parlamentaria, o en la falta de ésta: los cuatro partidos partidarios del estado propio ya solo votan igual tres veces de cada diez.
Orrioles, pujolismo descarnado
Orriols no ha inventado nada. Es pujolismo sin moraleja, si se quiere, sin hipocresía. Un rasgo característico de los tiempos en los que vivimos.
Su afinidad parlamentaria con Junts es alta: de las 1.735 votaciones del curso parlamentario recién cerrado, Aliança ha votado a favor del 71% de las iniciativas que ha registrado Junts, más que ningún otro grupo de la cámara, PP incluido. Juntos ha votado a favor del 0% de las de Aliança. Cero. Sus cuadros salen de las redes que Convergència tejió comarca a comarca durante décadas. En Amposta encabezará la lista el ex número dos de Junts en el municipio; en Cambrils, el portavoz del grupo. Y irán cayendo más.
Al mismo tiempo, mejor no reducirlo a una historia de familia. Más de un 20% de los votantes de Aliança no se consideran independentistas; en Junts, el porcentaje cae al 5%. La primera preocupación de sus votantes y la de los de Vox coinciden: inmigración e inseguridad. La Casa Gran llevaba el racismo dentro de un marco nacional que le daba forma y límite, como un hueso en la carne. Roto el hueso, la carne se esparce y se junta con el primero que encuentra.
Ahora la metáfora es otra. La Casa Gran, diría Orriols, ha sido okupada por unos huéspedes que no han respetado las condiciones de entrada. Pero las condiciones no se las ha inventado ella, son sólo la siguiente página del libro de Pujol. La integración que se vestía de generosidad no era más que un examen; un examen constante, supervisado por quien se llamaba dueño de la catalanidad. El mundo posconvergente está siendo desahuciado de su propia finca.
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