Víctor López (PÚBLICO), 19 de Julio de 2026
- El vestuario de la selección española lo completan nueve catalanes, cinco vascos y un gallego, tres de ellos, además, migrantes de primera o segunda generación. «La gente aparca las batallas culturales e ideológicas en momentos puntuales, como puede ser una competición internacional», defiende el sociólogo David Moscoso.
- María Cappa recuerda el Mundial de 2010, cuando la mitad de los convocados eran catalanes o vivían en Barcelona, «epicentro del odio fascista» por el auge del independentismo. «El público les aplaudía igual porque lo que primaba era -como ahora- la ilusión de volver con la copa», recuerda.
- «Los aficionados más conservadores tienen que lidiar con una importante contradicción: celebrar los éxitos de un equipo que representa la plurinacionalidad que ellos mismos rechazan», defiende el escritor Ramón Usall.

La selección española de fútbol, durante la semifinal contra Francia, en Texas.
«El fútbol si sirve para algo es para integrar la sociedad (…), somos ejemplo de la integración«, reivindicó Lamine Yamal antes del partido entre Francia y España. La antesala: unas declaraciones racistas en las que Mariano Rajoy acusaba a Les Bleus de tener en su banquillo a demasiados futbolistas negros, prueba -fehaciente- del pasado colonizador de Francia en Camerún, Argelia, Togo, Costa de Marfil o Mauritania.
Lamine Yamal es hijo de padre marroquí y madre ecuatoguineana. El delantero nació en Esplugues de Llobregat(Barcelona), pero creció y vivió desde pequeño en el barrio de Rocafonda (Mataró). El vestuario de la selección española lo completan otros ocho catalanes, cinco vascos y un gallego; tres migrantes de primera o segunda generación, un defensor de los derechos LGTBIQ+ y un negacionista de la crema solar, colega, además, de Dani Desokupa. La Roja se ha convertido en una suerte de espejo de la sociedad española, una sociedad diversa y multicultural, una sociedad que la derecha y la extrema derecha se empeñan en negar. El Mundial de Fútbol, sin embargo, hace que las filias y fobias del entramado ultra queden –al menos, temporalmente- fuera de juego.
«El fútbol está completamente insertado en la sociedad. Las tensiones y la polarización también se ven en los estadios. Lo que ocurre aquí es que confluyen distintas vías en apoyo a la selección porque pesa más la necesidad imperiosa de sentirse ganadoresdel Mundial. La afición no hace -por tanto- un análisis profundo de la procedencia o los gustos de cada jugador», defiende María Cappa, periodista y coautora de También nos roban el fútbol (Akal). «La gente aparca las batallas culturales e ideológicas en momentos puntuales, como puede ser una competición internacional. Lo vimos también cuando España ganó el Mundial de fútbol femenino en 2023. El machismo, la xenofobia y los discursos de odio que promueven los partidos políticos de derecha y extrema derecha volverán a recalar más pronto que tarde en el ámbito deportivo», lamenta David Moscoso, catedrático de Sociología del Deporte en la Universidad de Córdoba.
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El banquillo español cuenta con jugadores de hasta nueve comunidades distintas en un momento en el que la contienda política está marcada -entre otras cosas- por el debate sobre la plurinacionalidad del Estado. La final de este domingo coincide además con la reciente validación de la Ley de Amnistía por parte del TJUE. La Roja tiene a nueve catalanes en su lista de convocados para este Mundial, es decir, uno de cada tres miembros de la selección han nacido en Catalunya. Andalucía está representada con Gavi, Fabián y Álex Baena. La Comunidad de Madrid con Rodri y Marcos Llorente. País Vasco y Navarra suman un total de cinco jugadores en la alineación española. El País Valencià y Canarias envían -cada una- a dos futbolistas. Extremadura está en el once con Pedro Porro. Y Galicia, con Borja Iglesias.
«La derecha conservadora siempre ha querido convertir la selección en un instrumento de españolización, para normalizar la presencia del discurso nacionalista [español] en territorios como Catalunya o Euskadi. Y los aficionados más conservadores -los más exaltados con las victorias de La Roja– tienen que lidiar -habitualmente- con una importante contradicción: celebrar los éxitos de un equipo que representa la plurinacionalidadque ellos mismos rechazan», defiende Ramón Usall, sociólogo y autor de Futbolítica y Fútbol por la libertad (Altamarea). Esta circunstancia no es nueva. El vestuario que bordó la primera estrella en la camiseta de España lo integraban siete catalanes. La final se jugó dos años antes de la primera Diada multitudinaria -la primera de ocho- en las calles de Barcelona. «La ciudad era entonces el epicentro del odio fascista en España. La mitad de los convocados venían de Catalunya o estaban en el Barça. Y el público les aplaudía igual porque lo que primaba era -como ahora- la ilusión de volver con la copa», recuerda María Cappa.
La Roja, con tres migrantes a la cabeza
Mariano Rajoy ensalzó hace unos días el «altísimo nivel» de la selección francesa. «Eso sí, sin franceses«, matizó el que fuera presidente del Gobierno entre 2011 y 2018. Las declaraciones fueron calificadas de «racistas» y «estúpidas» por el Ejecutivo galo de Sébastien Lecornu. El popular no reparó en un detalle: 23 de los 26 convocados por Didier Deschamps han nacido en Francia. Y pasó por alto otra cuestión: el combinado español tiene en su once titular a Aymeric Laporte y Lamine Yamal. El primero nació en Agen, pero tiene ascendencia vasca -por sus bisabuelos- y prefirió vestir la camiseta de La Roja que la de los Bleus. Los padres del segundo llegaron a Barcelona procedentes de Marruecos y Guinea Ecuatorial. Lamine Yamal nació y creció en la periferia -barrios migrantes- de la Ciudad Condal. España también cuenta en su alineación con Nico Williams. La familia del extremo vasco, que partió de Ghana en busca de un futuro mejor, llegó a Bilbao de la mano de Cáritas, después de atravesar Burkina Faso, Níger o Argelia y cruzar la frontera hacia Melilla. Nico y su hermano Iñaki son dos de las estrellas del Athletic de Bilbao, un club que se enorgullece de fichar futbolistas que hayan nacido o se hayan formado futbolísticamente en Euskadi.
«La realidad multicultural que plasma la selección representa ni más ni menos que la cotidianidad de un mundo globalizado«, insiste David Moscoso. «España tiene cada vez más jugadores que proceden de otros países porque así es la evolución natural de las sociedades europeas, no tendría sentido un equipo en el que no hubiera ninguna persona migranteo racializada», coincide María Cappa. El Instituto Nacional de Estadística (INE) sitúa el porcentaje de población con nacionalidad extranjera en torno al 14,6%. La proporción es prácticamente la misma en el vestuario de La Roja. El 11,5% de los convocados por Luis de la Fuente para este Mundial tienen raíces en Francia, Marruecos, Guinea Ecuatorial o Ghana.
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Borboneando en el sofá
Lo que no refleja el combinado español es la diversidad sexual y de género que caracteriza a un país referente para el colectivo LGTBIQ+ como puede ser España. El 7,3% de los hombres españoles se declaran abiertamente homosexuales o bisexuales, según la Encuesta Nacional de Salud Sexual del CIS. Este porcentaje no tiene réplica en el once de La Roja. Y si la tiene, no es públicamente conocida. «La homofobia sigue pesando mucho en el mundo del fútbol. Los avances sociales no han alcanzado todavía muchos sectores retrógrados de la población y esta casuística no es más que una prueba de ello», desliza Ramón Usall. «La selección podría ser un espejo todavía mayor de la sociedad española si el fútbol abandonase también los discursos machistas y homófobos», concuerda David Moscoso. Borja Iglesiases el único de los 26 jugadores del combinado español que se ha pronunciado abiertamente a favor del colectivo LGTBIQ+. También fue uno de los escasos jugadores que mostró su apoyo expreso a Jenni Hermoso tras el beso no consentido que le propinó Luis Rubiales tras la final en la que la selección femenina ganó el Mundial en Sídney. La Audiencia Nacional confirmó en 2025 la condena contra el expresidente de la Real Federación Española de Fútbol por el delito de agresión sexual.
Los silencios que resuenan en la grada
Las fuentes consultadas por este medio reconocen que fútbol y política «siempre han estado conectados», por mucho que los jugadores rara vez opinen sobre cuestiones sociales o quieran hacer pública su ideología. Unai Simóncuestionó en octubre de 2025 la censura de la FIFA por un homenaje del Athletic Club a las víctimas del apartheid y el genocidio en la Franja de Gaza. Lamine Yamal también sacó la bandera palestina en la celebración de La Liga que ganó esta primavera el FC Barcelona. Y Nico Williams o Borja Iglesias han hecho declaraciones en contra de la masacre del Gobierno de Israel. El silencio -con todo- sigue resonando en la grada más allá de la causa palestina. «Las redes sociales han permitido que los jugadores puedan expresarse sin intermediarios que manipulen o tergiversen sus palabras. Esto es producto de la descontracturazión de la sociedad. El problema es que muchos temas siguen siendo tabú en pleno 2026″, advierte María Cappa. «Los intereses comerciales frenan muchas veces las posturas explícitamente políticas, impiden que un futbolista hable de los precios de la vivienda, defienda el derecho a la autodeterminación o denuncie las desigualdades sociales», continúa Ramón Usall.
La salud mental es otra de las grandes olvidadas en los vestuarios, también en el de España. Ferrán Torres es el único jugador que ha reconocido públicamente haber superado una depresión a raíz de las críticas que recibía dentro y fuera del campo. Los jugadores de fútbol tampoco hablan en exceso de sus orígenes humildes, sus problemas personales y sus intereses académicos. La Roja tiene aquí sus propias excepciones. Fabián aseguró en múltiples entrevistas sentirse «orgulloso» del trabajo de su madre como limpiadora. Y le pidió que se retirara del mercado laboral cuando empezó a ganar dinero. Cucurella explicó por su parte cómo vive la crianza de uno de sus hijos, diagnosticado con autismo. Y Rodri habló sin tapujos de como compaginó sus inicios en el fútbol con el grado de Administración y Dirección de Empresas (ADE). La otra cara de la moneda lleva el rostro de Marcos Llorente. El lateral derecho ha protagonizado decenas de polémicas por sus declaraciones en contra de la ciencia y a favor de la sobreexposición solar o por fotografiarse junto al agitador ultra Dani Desokupa. La viva imagen de la selección como retrato de un país en el que conviven negacionistas y científicos, discursos racistas y personas migrantes, manifestaciones por los derechos humanos y defensores del régimen sionista, familias con conciencia de clase y multimillonarios sin escrúpulos.
El otro marcador del España-Argentina
La casualidad ha querido que España y Argentina se enfrenten en la final del Mundial que se celebra este domingo en Nueva York. Pedro Sánchez acudirá a un encuentro en el que no estará Javier Milei, pero sí compartirá asiento con Donald Trump. El otro partido no se juega en el campo. Y contrapone dos modelos diferentes de hacer política, uno progresista y otro neoliberal y de extrema derecha. «Milei quiere utilizar la victoria argentina para tapar las miserias y los problemas económicos del país, la mala gestión y la venta de tierras argentinas al mejor postor. Y Sánchez busca contagiar su imagen de la euforia colectiva de un potencial triunfo. Lo que pasa es que la emoción del que gane va a pesar más que los análisis políticos y seguramente se ignoren ciertas lecturas que serían súper valiosas, haciendo gala de la premisa de no mezclar fútbol y política que es paradójica y absolutamente errónea», reivindica María Cappa.
David Moscoso termina en cambio con una reflexión menos interpretativa y recordando los vínculos entre dos pueblos hermanos: «La batalla estará en el terreno de juego y entre dos selecciones que no solo han sido campeonas, sino que históricamente han sido amigas».
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