Miguel E. Stedile (Alai – Brasil-), 18 de Julio de 2026

En noviembre de 2025, México fue escenario de una violenta marcha, supuestamente organizada y liderada por la Generación Z, que recordaba las protestas ocurridas en Nepal a principios de ese año. Pronto quedó claro que la marcha, que dejó un centenar de heridos, repetía un patrón que se había vuelto recurrente en los últimos 15 años en lo que se conocía como «guerras híbridas» o golpes de estado blandos.
Detrás de la movilización se encontraban ocho millones de bots pagados por miembros del PAN y organizaciones privadas, que trabajaron intensamente en la preparación de la marcha, generando cerca del 46% de todas las conversaciones en redes sociales. Detrás de ellos había miles de dólares y, sobre todo, viejos sectores de la política mexicana, apartados del poder desde la elección de López Obrador y ahora de Claudia Sheinbaum.
En retrospectiva, episodios como estos se encuentran y documentan fácilmente, especialmente en América Latina, como el uso masivo e ilegal de mensajes de WhatsApp en la elección de Jair Bolsonaro en Brasil, el uso de deepfakes en las elecciones argentinas bajo el gobierno de Javier Milei y, finalmente, el tsunami de desinformación, teorías conspirativas y noticias falsas que siguió al secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro. En todos estos casos, la ausencia o debilidad de la soberanía digital abre la puerta a otras violaciones de la soberanía, especialmente la soberanía política. La capacidad de manipular flujos de información, controlar narrativas y desestabilizar gobiernos a través de medios digitales se ha convertido en un arma fundamental del arsenal imperialista contemporáneo.
En la última década, la soberanía digital ha surgido no solo como un debate técnico sobre infraestructura de red, sino como el pilar central de la autonomía política y económica en el siglo XXI. Es una cuestión que abarca todas las dimensiones de la vida social: desde la organización del trabajo hasta la seguridad nacional, desde la educación pública hasta la posibilidad misma de la autodeterminación. Lo que observamos hoy en el Sur Global es el resurgimiento de antiguas estructuras de subyugación en un entorno virtual. Para comprender esta dinámica, es imperativo revisar las herramientas analíticas de la Teoría de la Dependencia Marxista (TDM), formulada por pensadores como Ruy Mauro Marini, Theotônio dos Santos y Vânia Bambirra, que demuestran cómo el colonialismo digital es la actualización histórica de nuestra condición periférica y subordinada en la división internacional del trabajo.
La continua relevancia de la teoría de la dependencia marxista.
La Teoría de la Democracia Multidimensional (TDM) sigue siendo una herramienta poderosa para analizar la situación de la periferia bajo el neoliberalismo y para comprender los procesos de reprimarización y las nuevas formas de sobreexplotación laboral, como la plataformización y la extensión de la jornada laboral. Desarrollada en el fragor de las luchas antiimperialistas de las décadas de 1960 y 1970, esta corriente teórica latinoamericana ofrece categorías analíticas que nos permiten comprender las especificidades del capitalismo periférico sin recurrir a explicaciones que atribuyen nuestro subdesarrollo a un supuesto «atraso» o falta de modernización.
Este artículo propone recuperar las herramientas analíticas de la Teoría de la Dependencia Digital (TMD) para comprender cómo el colonialismo digital constituye otra dimensión de la condición periférica y subordinada en la división internacional del trabajo. Lejos de ser una mera cuestión técnica, la dependencia digital está orgánicamente vinculada a otras formas de dependencia —comercial, financiera, tecnológica— que caracterizan la inserción subordinada del Sur Global en el sistema capitalista mundial.
El concepto de transferencia de valor, fundamental en la Teoría de la Transformación Digital (TMD, por sus siglas en inglés), se refiere a los mecanismos mediante los cuales parte del valor producido en la periferia es apropiado por el centro a través de intercambios desiguales, remesas de utilidades, pagos de regalías y otros flujos. El capitalismo en América Latina no es una etapa de desarrollo atrasada, sino una forma específica de integración subordinada al sistema mundial, en la que las etapas inferiores de la producción industrial se transfieren a países dependientes, mientras que las etapas más avanzadas y tecnológicamente intensivas se reservan para los centros imperialistas. Se trata de una integración subordinada, en la que las burguesías locales optan sistemáticamente por importar tecnología a expensas del desarrollo de capacidades endógenas.
Estos conceptos son fundamentales para comprender que, tras los debates contemporáneos sobre soberanía y desarrollo digital, subyacen actualizaciones históricas de los mecanismos de dependencia. Las etapas avanzadas y de alta tecnología —el desarrollo de algoritmos, la creación de modelos de inteligencia artificial y el control de plataformas— se reservan para el centro, mientras que las etapas inferiores, como el procesamiento de datos, la moderación de contenidos y el mantenimiento de la infraestructura básica, se dejan en la periferia.
Nuevas formas de transferencia de valor
Mientras que en el pasado la transferencia de valor se producía principalmente mediante intercambios desiguales de materias primas y productos manufacturados, hoy se extiende a los flujos de datos y al pago de regalías tecnológicas. Actualmente, el Sur Global provee las materias primas fundamentales de la economía digital de dos maneras. Por un lado, en forma material de bienes comunes de la naturaleza, esenciales para el funcionamiento de esta infraestructura: energía solar e hidroeléctrica, y minerales como el litio, el cobalto y las tierras raras. Por otro lado, datos —la nueva mercancía del capitalismo contemporáneo— extraídos en grandes cantidades de poblaciones periféricas sin compensación alguna.
Mientras que las agencias de inteligencia estadounidenses y grandes corporaciones como Google, Amazon y Microsoft concentran la infraestructura en la nube y los modelos de lenguaje a gran escala, el Sur Global se convierte en un consumidor pasivo de tecnologías desarrolladas según intereses y valores ajenos a él. Las reuniones gubernamentales se celebran a través de Microsoft Teams, los archivos de las universidades públicas se almacenan en Google Education y los datos confidenciales de los ciudadanos residen en nubes extranjeras, sujetas a la legislación y los intereses estratégicos de potencias extranjeras. Esta configuración garantiza un flujo constante de capital desde la periferia hacia el centro mediante licencias y la apropiación del excedente producido localmente.
Además, como señala TMD, en los países periféricos la compensación por la pérdida de valor en el comercio internacional se logra mediante una mayor explotación de la mano de obra: mayor intensidad, jornadas laborales más largas y expropiación de los fondos de consumo de los trabajadores. En la era digital, esto se manifiesta en el proceso de «plataformización». Las aplicaciones de reparto y servicios, controladas por algoritmos opacos con sede en el Norte Global, extienden las jornadas laborales y reducen las garantías sociales, convirtiendo la sobreexplotación en un fondo de acumulación para el capital internacional. Los trabajadores de estas aplicaciones en Brasil, México o India generan valor que es apropiado por empresas con sede en California, perpetuando así el ciclo histórico de transferencia de riqueza.
Evidentemente, estas condiciones han encontrado terreno fértil debido a la intensificación de las políticas de dependencia y, especialmente, a la aplicación de políticas neoliberales durante las últimas cinco décadas, que han llevado a la desindustrialización de algunas zonas del Sur Global y han comprometido cualquier posibilidad de autonomía e independencia para gobiernos y sociedades. El neoliberalismo se manifestó en tres frentes interconectados: la privatización de empresas tecnológicas estatales, la escasa inversión en investigación y desarrollo, y el desplazamiento del poder adquisitivo estatal hacia el «pago por soluciones» ofrecido por las grandes corporaciones tecnológicas estadounidenses.
Caminos hacia la soberanía digital
A largo plazo, una mayor inversión en educación en las áreas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, el fomento de la inteligencia colectiva local y la creación de empresas estatales capaces de implementar estrategias nacionales de desarrollo pueden ser parte de la solución para que los países del Sur Global avancen hacia su soberanía digital. El desarrollo de infraestructuras públicas de datos, la formación de personal técnico comprometido con proyectos nacionales y el fortalecimiento de universidades y centros de investigación son condiciones necesarias para cualquier progreso significativo.
Sin embargo, el análisis del TMD indica que no puede haber desarrollo soberano bajo un capitalismo dependiente sin un cambio estructural. Las políticas regulatorias aisladas o los meros incentivos sectoriales son insuficientes. Se necesita un proyecto nacional y popular en cada país, uno que confronte tanto la sumisión de la burguesía local —históricamente asociada al capital extranjero— como toda la cadena imperialista que sustenta la explotación. Esto es especialmente cierto cuando la fase actual del capitalismo combina financiarización, militarismo y tecnología en una configuración que intensifica tanto la explotación como las contradicciones del sistema. Estas contradicciones pueden movilizarse en la lucha contra esta forma política emergente.
En este sentido, resulta estratégico establecer mecanismos e instrumentos para la cooperación Sur-Sur —no solo a nivel gubernamental, sino también entre movimientos sociales, universidades y organizaciones populares— como vía para la construcción de la independencia, la soberanía y el desarrollo autónomo. Los esfuerzos cooperativos que impliquen el intercambio de códigos, investigaciones, investigadores e instituciones son la única forma de prevenir el establecimiento de normas hegemónicas y opresivas, así como de construir alternativas que rompan la cadena de extracción y el mantenimiento de la dependencia.
La soberanía digital es, por lo tanto, la lucha política más urgente de nuestro tiempo. No se limita al código fuente, sino que se extiende a la defensa del trabajo, la economía y la democracia misma frente a nuevas formas de intervención imperialista. Sin control sobre las herramientas que configuran la realidad social y económica, el Sur Global seguirá atrapado en un ciclo de dependencia y subordinación. Sin embargo, la historia demuestra que los pueblos periféricos siempre han encontrado maneras de resistir y construir alternativas, y la lucha por la soberanía digital es un capítulo más en esta trayectoria.
Referencias
Marini, RM (1973). Dialética de la dependencia. Era.
Miguel Enrique Stédile – Doctor en Historia por la Universidad Federal de Rio Grande do Sul. Investigador de Tricontinental: Instituto de Investigaciones Sociales/Oficina Nuestra América y docente del Instituto de Educación Josué de Castro.
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