Raymond Geuss (NLR Sidecar), 11 de Julio de 2026

Si quieres entender por qué tantos jóvenes en Estados Unidos creen vivir en un estado de partido único, donde las etiquetas de «demócrata» y «republicano» no son más que estrategias de marketing para vender las mismas políticas, el reciente artículo de Hillary Clinton en el Financial Times es una introducción útil. La exsecretaria de Estado insta a «Europa, a los socios regionales y a la comunidad internacional en general» a apoyar el plan de 20 puntos para Gaza propuesto por Donald Trump, quien la derrotó en las elecciones de 2016. Si incluso una «oponente tan implacable» de Trump puede ver que esta es «la mejor opción en una situación terrible», insiste, entonces «seguramente otros también pueden».
Su intervención tiene un tufillo a irrealidad. La historia ha avanzado mucho más allá del plan de 20 puntos —presentado en septiembre de 2025 durante una rueda de prensa en la Casa Blanca con Netanyahu—, sobre todo porque gran parte de él se refería al intercambio de rehenes entre Israel y Hamás, un tema que ahora es irrelevante. En el centro del plan se encuentra la Junta de Paz, cuyo Consejo Ejecutivo de Gaza, compuesto por once miembros, incluye a figuras tan destacadas como el desacreditado ex primer ministro británico Tony Blair, un promotor inmobiliario neoyorquino y amigo de Trump (Steve Witkoff) y el yerno de Trump (Jared Kushner). Clinton no considera oportuno mencionar que no incluye a ningún palestino; quizás ni siquiera se le pasó por la cabeza.
Su análisis de lo que ella llama «la crisis en Gaza» también presenta lagunas evidentes. Clinton no intenta justificar la masacre basándose en el derecho de Israel a la autodefensa, presumiblemente porque sabe que ese argumento se perdió hace mucho tiempo. De hecho, ni siquiera lo menciona. Cuando Clinton debe referirse a la situación en la Franja, sus frases se entrecortan y de repente carecen de sujeto gramatical: «Reconstrucción congelada. Inversión ausente. Civiles atrapados en la dependencia y la desesperación, con hasta 1000 muertos desde el alto el fuego». No se nos dice quién los mató. No hay mención del uso del hambre como arma de guerra, el bombardeo de hospitales, los francotiradores que atacan a niños, ni ninguna de las estrategias desplegadas en lo que diversas organizaciones internacionales consideran un genocidio. La «crisis» parece no haber sido causada por nadie, salvo, implícitamente, por Hamás, cuya «influencia política y práctica sobre una población devastada» debe ser desmantelada.
Cuando Clinton intenta argumentar que el plan de 20 puntos es el único marco realista disponible, las fantasías que estructuran su pensamiento salen a la luz. Afirma que «sin desmilitarización y una transición para alejarse del dominio de Hamás», no habrá retirada israelí de Gaza, dando a entender que sí la habría en estas circunstancias. ¿Acaso alguien se lo cree por un instante? Ciertamente, nadie en Israel. Clinton afirma que los israelíes «no pueden apoyar indefinidamente los objetivos generales de estabilización y normalización», pero ¿qué significa «normalidad» para un Estado etnosupremacista? La forma de «normalización» que Israel ha estado apoyando equivale a mantener a más de dos millones de personas en una prisión al aire libre durante décadas. ¿Es esto realmente una contribución a la «estabilidad»?
¿De verdad no hay alternativa, como insiste Clinton? ¿Qué hay de la implementación de las numerosas resoluciones de la ONU que exigen a Israel la retirada de todos los territorios ocupados? Si eso es «irrealista», ¿por qué? ¿Y según qué realismo? Clinton invoca el espectro de lo que ella llama «parálisis». «La parálisis prolongada debilita las voces moderadas», escribe. Yo añadiría que el asesinato sistemático de negociadores también tiende a debilitar las voces moderadas. La parálisis, afirma, no es una «posición neutral» y «la demora tiene consecuencias». Cuando la UE tardó años en condenar el genocidio en Gaza, eso fue tomar partido. No recuerdo que Clinton se pronunciara en contra de la parálisis entonces, cuando Israel confiaba en su poder y quería tener vía libre para continuar con sus acaparamiento de tierras y la masacre de civiles.
Ahora que los planes para el Gran Israel se han estancado definitivamente, Israel busca la intervención internacional para intentar rescatar lo máximo posible de la debacle. Lo que Clinton y sus aliados temen no es la parálisis, sino lo contrario: la situación avanza a pasos agigantados, pero no en la dirección que Israel desea. La opinión pública mundial, en particular entre los jóvenes estadounidenses, cruciales para el futuro de Israel, está cada vez más indignada por las acciones y actitudes israelíes. Mientras tanto, las propias políticas están fracasando: Hamás, Hezbolá y Ansar Allah siguen activos; Irán se encuentra en una posición más fuerte. Estados Unidos, el principal aliado de Israel, se ha topado claramente con los límites de su capacidad de acción.
Es un indicio de la desesperación del bando proisraelí que recurran a figuras políticas venidas a menos como Clinton, quien escribe como si ignorara la trascendencia de los acontecimientos del último año. Aparte de una alusión eufemística a que la «atención internacional» se ha desviado, comprensiblemente, hacia otros temas en los últimos meses, la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán está ausente. Sin embargo, es fundamental para la situación que describe. Al vincular la apertura del estrecho de Ormuz con la cuestión de la agresión israelí en los territorios que ocupa (Palestina) o intenta ocupar (el sur del Líbano), Irán ha transformado radicalmente el marco de debate sobre la cuestión palestina.
Por supuesto, parte de la estrategia israelí consiste en intentar romper este vínculo. Durante años, Israel y sus partidarios se han quejado de la atención mundial centrada en Gaza: «Observen la situación de seguridad general, el peligro que Irán representa para el mundo». Ahora el discurso ha cambiado, y Clinton nos insta a mantenernos enfocados en Gaza: «Por favor, hablen solo de Gaza, que no tiene ninguna relación con el intento de limpieza étnica de Jerusalén Este y Cisjordania, con la apropiación de tierras israelíes en Siria, la ocupación del sur del Líbano, los programas de asesinatos y decapitaciones en toda la región, los ataques no provocados contra Irán (en ambos casos mientras se desarrollaban conversaciones de paz), las exigencias iraníes de cese de hostilidades en todos los frentes como condición previa para cualquier negociación…».
La ironía reside en que, en parte, tiene razón —la opresión israelí sobre los palestinos es una de las causas fundamentales de los conflictos actuales—, pero la invoca con fines puramente confusos. El intento de presentar Gaza como una «crisis» humanitaria aislada y sin causa aparente está más obsoleto que nunca. Incluso Trump parece darse cuenta de esto, pero no su «implacable adversario».
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