Betzy Bravo (CEMEES -México-), 11 de Julio de 2026

Alo largo de su vida, las personas experimentan la incertidumbre de su capacidad. Es decir, que no hay certeza de la potencia de todas las cosas que una persona puede hacer. La capacidad en potencia debe ser descubierta y trabajada, o hallada a través del trabajo (comprendido éste en un sentido amplio: ya sea intelectual o manual). Ernst Bloch por ello señala en El principio esperanza que en nosotros se esconde la potencia de lo que puede llegar a ser. La piel de nuestra personalidad ha de ser removida para dar paso a nuevas pieles que indican nuevos nacimientos.
Todas las personalidades que un ser humano atraviesa se forjan en relación con la sociedad, con la cual se tiene contacto, en un primer momento, a través de la familia, de la institución académica o bien el primer círculo social con el que se tiene contacto. De manera que la personalidad individual es un constructo social, atravesado por vicios y costumbres. Un vicio, que es sobre todo una condición estructural, es la enajenación. Ésta altera la capacidad de conocer profundamente la estructura económica y social. Una manera de descubrir la personalidad enajenada es el conocimiento de sí mismo.
La máxima “conócete a ti mismo” de Quilón de Lacedemonia implica la necesidad de que el ser humano conozca sus limitaciones. El crecimiento personal está ligado al conocimiento de los límites personales, es decir, de los errores que arrastramos. Mas no se trata de un mandato moralista. Es decir, no se trata de descubrir los errores como una cruz para victimizarnos o bien darnos golpes de pecho. El autoconocimiento, observado racionalmente, descubre sí, la ignorancia propia, pero también los alcances: la potencia de lo que se es y lo que uno puede llegar a ser.
Adentrándonos en la máxima, conocerse a uno mismo no encierra un carácter meramente individual y psicológico; conocerse a uno mismo significa auto-conocerse en relación con los demás y con nuestra historia, porque nuestra naturaleza de seres humanos se identifica con nuestro carácter político, con la polis o el colectivo, lo cual implica conocer qué nos rodea de manera objetiva, traspasando lo puramente personal, sobre todo al considerar que el conocimiento es, en primera instancia, reflejo de lo que existe fuera del individuo.
Una forma política de concebir el conocimiento de uno mismo es la autocrítica. La autocrítica es el mecanismo por el cual un sujeto militante en la política analiza profundamente las exigencias objetivas de su realidad. Es también un ejercicio de honestidad epistemológica: reconocer que nuestras percepciones están mediadas por intereses, por miedos y, como bien señalaba Lenin, por la inercia de las viejas costumbres que se niegan a morir.
Sin embargo, la autocrítica no puede ser un ritual de purificación, no es un acto vacío para complacer a una autoridad externa. Ni tampoco es una confesión religiosa. Y no es ninguna de estas dos cosas porque está ligada indefectiblemente a su faz social: a la crítica. Mientras la autocrítica nos obliga a mirar hacia dentro para desbrozar el terreno de nuestra propia subjetividad, la crítica no exige mirar hacia fuera para desentrañar las contradicciones del mundo que nos forma.
No hay autocrítica genuina sin la capacidad de criticar el entorno porque el individuo no es una isla sino una parte de las contradicciones de un mundo con polos de poder. Tampoco hay crítica realmente abarcadora sin la capacidad de autocrítica. Si la crítica se dirige hacia el enemigo de clase, es decir, contra la burguesía y contra el capitalismo, la autocrítica ocurre hacia el propio sujeto revolucionario.
Una de las características de la construcción de la revolución proletaria es su capacidad de someterse a la autocrítica, de acuerdo con los líderes que han teorizado al respecto (Lenin y Mao, por citar emblemas). El examen autocrítico de las filas del partido revolucionario se convierte, desde la perspectiva leninista, en un principio organizativo. Para Lenin, “la ausencia de temor respecto a la crítica y a la autocrítica constituye uno de los principios más importantes del partido comunista”. Más aún: la actitud ante los errores es el criterio para juzgar la seriedad de un partido.
En La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, Lenin formula:
La actitud de un partido político ante sus errores es uno de los criterios más importantes y más seguros para juzgar de la seriedad de ese partido y del cumplimiento efectivo de sus deberes hacia su clase y hacia las masas trabajadoras. Reconocer abiertamente los errores, poner al descubierto sus causas, analizar la situación que los ha engendrado y discutir atentamente los medios de corregirlos: eso es lo que caracteriza a un partido serio. (Lenin, 1920, p. 64)
La actitud crítica, pues, implica seriedad y, en esa medida, requiere mesura y raciocinio. Se trata de ejercer la libertad de pensar en contra de la corriente dominante, y es también una forma para que la política no se convierta en un acto de fe, sino en un acto de inteligencia colectiva. Es necesario, para cumplir esto, que el prejuicio no domine en la crítica. Si eso ocurre, se pierde el carácter auténtico de la misma. Así, la crítica es un ejercicio complejo, pues no es un pobre acto de descalificación o de daño, su objetivo no es el dolor sino la construcción. Si ocurre una desviación en el ejercicio de la crítica, cuando ésta se realiza sin sensatez y sin mesura, se transfigura en un mecanismo de hostigamiento que, lejos de edificar, anulan la potencia de las capacidades subjetivas.
Cuando Lenin inscribió la crítica y la autocrítica como ejercicios necesarios de las y los revolucionarios no aludió a un ejercicio de masoquismo ideológico, exhibicionismo para menospreciar ni mucho menos a un tratamiento mezquino. La crítica y la autocrítica preservan una esencia humana: un diagnóstico estratégico, a la manera de un artesano que examina su obra para mejorarla.
En el XI Congreso de su Partido, Lenin declara en su discurso:
El proletariado no teme reconocer que en la revolución ciertas cosas salieron magníficamente y otras salieron mal. Todos los partidos revolucionarios que han sucumbido hasta ahora, sucumbieron porque se sobrestimaron, porque no supieron ver dónde estaba la fuente de su fuerza y temieron discutir sus debilidades. Pero nosotros no sucumbiremos, porque no tememos discutir nuestras debilidades, y aprenderemos a superarlas.
Si analizamos esta declaración, la implicación es que la crítica y la autocrítica requieren valentía. Dichos ejercicios necesitan superar el miedo de reconocer las debilidades. Conocerse a sí mismo es conocer los límites que nos impone la realidad, pero también descubrir el margen de acción que nos podemos otorgar nosotros mismos. Es saber que, aunque nuestra personalidad sea un constructor social atravesa por vicios estructurales, en ella anida también la potencia de la que habla Bloch: la capacidad de romper con lo dado, de remover la piel de lo viejo para dar paso a una subjetividad nueva que sea, al mismo tiempo, el germen de una sociedad nueva.
Betzy Bravo es maestra en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
Obras citadas
Bloch, Ernst. El principio esperanza. Vol. 3. Trotta. 2007.
Lenin, Vladimir Ilich. La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo. 1920/1988. Fundación de Estudios Socialistas Federico Engels. Disponible en: https://proletarios.org/books/LENIN-La-enfermedad-infantil-del-izquierdismo.pdf
Lenin, Vladimir Ilich. “Discurso de clausura del XI Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia”. 2 de abril de 1922. Disponible en: https://www.abertzalekomunista.net/images/Liburu_PDF/Internacionales/Lenin/1922_XI_Congreso_del_Partido_Bolchevique-K.pdf
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