Cédric Gouverneur (LE MONDE DIPLOMATIQUE), 7 de Julio de 2026

El 14 de octubre de 2023, una clara mayoría de australianos rechazó en referéndum contra una reforma constitucional que debía crear The Voice, un comité consultivo que habría permitido a los pueblos indígenas dar su opinión sobre las políticas que les afectan. En Alice Springs, en el corazón del outback, la población aborigen percibe esta derrota como una nueva humillación.
A la entrada sur de Alice Springs, El Paso de Heavitree divide la cordillera MacDonnell, una estrecha cadena montañosa que se extiende a lo largo de más de 650 kilómetros. En la cultura arrernte, este lugar está vinculado a los héroes del Tiempo del Sueño que esculpieron el mundo. “La oruga verde y la oruga marrón se convirtieron en piedra cuando vieron a su padre decapitado”, explica Brian Youngy ante el paisaje de arena ocre salpicado de acacias y matas de spinifex. “Desde tiempos inmemoriales”, añade el jefe tradicional, “este es un lugar de encuentro e intercambio entre los pueblos del centro de la gran Tierra del Sur. ¿Australia? ¡Ni siquiera sé de dónde viene ese nombre!”. Como muchos indígenas, pone en perspectiva los dos siglos y medio de colonización frente a una historia aborigen de más de sesenta milenios —la cultura viva más antigua conocida del planeta—. “Aquí —señala Youngy— está nuestro hogar, Myri en lengua arrernte. Donde el hombre blanco ve un desierto, nosotros vemos recursos. Leemos la arena como un libro y, cuando ustedes utilizan sus GPS, nosotros tenemos nuestras líneas de canto [songlines]. Como jefe tradicional, conservo la historia de mi tierra. Porque somos los primeros habitantes de este país, aunque ahora seamos ciudadanos de segunda categoría”.
Según el antropólogo William Stanner, “ninguna palabra logra transmitir con precisión el significado del vínculo entre los aborígenes y su patria [homeland]: campamento, corazón, país, hogar eterno, lugar de ceremonia, fuente de vida, centro espiritual…” (1). Los aborígenes nunca libraron guerras territoriales. “Mi hogar es el lugar donde residen mis antepasados. Conquistar la tierra de los ancestros de otro carece de sentido”, explica Walbira Murray, trabajadora social de cultura gamillaroi afincada en Alice Springs. La apropiación de la tierra tal como la entendían los europeos —para quienes el suelo debe pertenecer a quien lo explota— les resultaba inconcebible. Así, cuando en 1770 James Cook desembarcó en la bahía de Botany, cerca de la actual Sídney, el capitán creyó poder declarar el continente austral terra nullius, “vacío de habitantes”, y entregarlo a la colonización.
Un siglo después, en 1872, culminó el proyecto de construcción de la línea de telégrafo entre Darwin (al norte) y Adelaida (al sur). Se levantó una estación de comunicaciones a igual distancia de ambas ciudades, a unos 1.300 kilómetros de cada una, sobre el trópico de Capricornio. Bautizada como Stuart —en homenaje al primer explorador blanco de la Australia central, el escocés John McDouall Stuart—, la oficina de telégrafos daba servicio a las explotaciones ganaderas (conocidas como stations en Australia) que se fueron estableciendo en la región. En 1933, la localidad en expansión pasó a llamarse Alice Springs (“los manantiales de Alicia”), tomando el nombre de la esposa del telegrafista Charles Todd. Stuart, por su parte, tiene desde 2010 su estatua en pleno centro urbano, con su sombrero en la cabeza y su fusil en la mano. “¡Era un asesino!”, se indigna Youngy. En su diario, el explorador admite haber disparado contra “indígenas hostiles”.
Alice Springs, con 31.000 habitantes, “ocupa un lugar singular en la psique australiana”, explica el antropólogo Richard Davis. “Es el centro geográfico del país, pero también el corazón del outback”. En un país orientado hacia el mar y donde el 85% de la población reside cerca del litoral, el término podría traducirse por “tierra remota de espaldas al océano”. A pocos kilómetros al norte de la ciudad actual, los edificios de la estación telegráfica se conservan como patrimonio histórico. Youngy nos los muestra con mirada crítica. Evoca “la matanza de Coniston”, última masacre conocida de aborígenes a manos de ganaderos blancos, perpetrada en 1928. A continuación, señala las fotografías en blanco y negro de los aborígenes que trabajaban en las stations: “¡A los stockmen les pagaban con azúcar, té y harina!”. Hasta el referéndum de 1967, aprobado por el 91,8% de los australianos, los censos ignoraban a los aborígenes: no eran considerados ciudadanos y los ranchos podían, por tanto, no pagarles ningún salario. Las huelgas emprendidas en la década de 1960 pusieron fin a esta injusticia, pero la mayoría de los empleados aborígenes fueron entonces despedidos.
En 1976, bajo la presión de los activistas aborígenes y del Gobierno laborista, el Territorio del Norte aprobó una ley de derechos aborígenes sobre la tierra que permite a los indígenas reclamar sus territorios ancestrales. “Los aborígenes tienen derecho de veto sobre el uso de su tierra; pueden rechazar cualquier tipo de explotación”, explica Opal (2), antropóloga que trabaja en el Central Land Council (CLC). Creado para gestionar los derechos indígenas sobre las tierras y financiado mediante un canon del 1% sobre los beneficios mineros, este organismo protege a unos 24.000 beneficiarios. Los terrenos reconocidos como propiedad aborigen pasan a tener el estatus de aboriginal land trust y no pueden comprarse ni venderse.
Tras el despido de los peones agrícolas aborígenes, los años setenta vieron proliferar en los alrededores de Alice Springs los town camps o campamentos urbanos, oficialmente llamados Alice Springs Community Living Areas. En estos barrios de viviendas de alquiler asequible reside una población flotante de entre dos mil y cinco mil personas. Youngy nos invita a visitar el suyo, Hidden Valley. Delante de las casas de una sola planta, la mayoría deterioradas, los niños juegan entre coches abandonados. “Cuando se estropean, resulta demasiado caro llevarlos al desguace —explica Youngy—. El tejado de mi casa tiene goteras, el aire acondicionado está averiado. Tengo que esperar a que el casero los repare. Pero detrás de esa colina hay un hotel de lujo y un campo de golf”. Los habitantes de los asentamientos proceden de diversas culturas indígenas de la Australia central —principalmente arrernte, pitjantjatjara, warlpiri y luritja— y con frecuencia son políglotas, dada la enorme diversidad lingüística aborigen: “Antes de 1788 [los inicios de la colonización británica], existían en el país aproximadamente doscientas cincuenta lenguas —contabiliza Joel Liddle, especialista en idiomas de la Australia central—. Una veintena de lenguas aborígenes siguen vivas. En el estado de Victoria quedan dos, frente a unas cuarenta que subsistían hasta la década de 1950. Pero aquí, en el centro de Australia, la mayoría de los aborígenes hablan tres o cuatro lenguas, y el inglés suele ser el último en incorporarse”. “Aquí, al menos en Alice Springs, hemos conseguido preservar nuestra cultura”, considera Youngy.
En 1994, la ciudad se hizo internacionalmente famosa gracias a la película Las aventuras de Priscilla, reina del desierto. Esta desternillante comedia relata el viaje por carretera de una compañía integrada por dos drag queens y una mujer transgénero hasta la localidad del outback, retratada como guarida de rudos vaqueros. Desde 2019, para cambiar esa imagen, se celebra el festival FabAlice, que rinde homenaje a las drag queens. El municipio también sabe poner en valor el patrimonio aborigen, por ejemplo, mediante murales que cubren tanto el centro comercial como un aparcamiento y varias tiendas… Y las galerías de arte venden asimismo obras de artistas indígenas.
Pero Alice Springs (Mparntwe en lengua arrernte) sigue siendo, ante todo, escenario de historias dramáticas: “Crecí en Nueva Gales del Sur. Hija de padre australiano de origen europeo y de madre aborigen de las generaciones robadas”, relata Rosa. Entre las décadas de 1930 y 1970, entre el 10% y un tercio de los niños aborígenes fueron arrancados a sus familias para ser educados por misioneros en internados, donde muchos sufrieron abusos (3). “A los veinte años, vine a Alice con mi novio de entonces. Una mujer aborigen se me quedó mirando fijamente y me llamó: ‘My blood!’ [mi sangre]. Era una de mis tías. Mi cara le recordó a su hermana. Esta ciudad está llena de historias como la mía”.
Aquí, muchos aborígenes se reúnen en pequeños grupos en las aceras y en las zonas verdes. Algunos viven en los town camps de los alrededores, otros en comunidades alejadas y acuden a la ciudad para acceder a sus servicios: cobrar prestaciones, recibir atención médica, recoger el correo en un apartado postal, reparar un vehículo… o acompañar a un familiar que comparece ante el tribunal. Aquí las riñas relacionadas con el alcohol son frecuentes. “El mundo occidental nos trajo estos males”, considera Robert Japaljarri, trabajador social gurundji y warlpiri. “El alcohol, el tabaco, el juego, la comida basura… Antes vivíamos de forma sana. ¡La carne de canguro y de goanna [un varano] es sana!”, añade.
“Pocos aborígenes tienen empleo”, precisa Opal. “Se les reprocha vivir a costa de la sociedad, pero para los aborígenes trabajar de nueve a cinco, de lunes a viernes, resulta complicado: sus obligaciones sociales y familiares tienen prioridad. Además, las personas que cobran un sueldo pueden recibir tantas peticiones de ayuda económica por parte de sus parientes, que muchas acaban tirando la toalla. El sistema de kinship [‘parentesco’], que asigna a cada individuo una serie de obligaciones sociales, está muy alejado del individualismo capitalista”. El absentismo escolar afectaría, según nuestras fuentes, hasta al 30% del alumnado: en las puertas de algunos comercios hay carteles que prohíben la entrada a menores no acompañados en horario lectivo. “La escuela de los blancos solo sirve para hablar mejor inglés —estima Youngy—. Entre nosotros, los jóvenes aprenden de los ancianos el saber tradicional. A cazar con bumerán y lanza. A conocer las plantas y las ceremonias”. “La escuela occidental no encaja con el modo de aprendizaje aborigen”, abunda Roxane, trabajadora social kokhata. “Escuchar y aprender de tus mayores es algo muy distinto a sentarte en un aula con un profesor blanco y sus libros”, añade. En resumen, como dice el músico arrernte Sean Angeles: “¡Vivimos bajo dos leyes!”.
Dos leyes a menudo incompatibles… A finales de abril, tras la violación y el asesinato de una niña, centenares de aborígenes asaltaron el hospital de Alice Springs donde se encontraba el presunto asesino: la policía acababa de salvarle de un linchamiento, y la comunidad aborigen exigía que fuera juzgado según las leyes consuetudinarias. Algo inconcebible para la justicia australiana, que trasladó al sospechoso a la prisión de Darwin, capital del Territorio del Norte, a la espera de su juicio.
Estos disturbios, ampliamente difundidos por los medios de comunicación, deterioraron aún más la imagen de Alice Springs: la ciudad ya arrastra en Australia una fama de inseguridad muy exagerada. En marzo de 2024, “una pelea multitudinaria entre aborígenes en un pokies [salón de máquinas tragaperras] acaparó los titulares en todo el país”, nos cuenta una galerista. Se impuso un toque de queda. “Eso ahuyentó a los últimos turistas. Para un australiano de la costa, sale más barato irse de vacaciones a Bali que venir aquí. Además, ahora hay un aeropuerto que conecta directamente con Uluru”, el célebre monolito de arenisca roja, lugar sagrado aborigen, otrora conocido como Ayers Rock, a unos 450 kilómetros. “La gente teme lo que no conoce —resume—. También hay inseguridad en Melbourne y en Sídney, pero allí los culpables son blancos”.
En el Territorio del Norte, la policía patrulla sobre todo en camionetas equipadas con jaulas. Algunos aborígenes llaman a los agentes “perros azules”. El Territorio del Norte —245.000 habitantes, de los cuales aproximadamente un tercio son aborígenes, repartidos en 1,3 millones de kilómetros cuadrados, más del doble de la superficie de Francia (4)— alberga la mayor población carcelaria del país. A escala nacional, los aborígenes y los isleños del estrecho de Torres —el pueblo melanesio de las islas situadas entre Australia y Nueva Guinea— representan el 3,8% de los 26 millones de australianos, pero el 29% de la población reclusa, lo que convierte a esta comunidad en la más encarcelada del mundo (5). También se ven afectados de manera desproporcionada por las muertes a manos de la policía o bajo custodia policial, al igual que por la detención de menores.
Este régimen de seguridad alcanzó su punto culminante en 2007 con la llamada “Intervention” (Northern Territory Emergency Response, NTER). A raíz de un reportaje de investigación emitido en 2006 en el programa Lateline del canal ABC sobre casos de pedofilia en una comunidad aborigen cercana a Uluru, el Gobierno conservador de John Howard (1996-2007) desplegó al ejército en más de setenta comunidades indígenas. “La gente temía que los militares se llevaran a sus hijos, como en la época de las generaciones robadas”, recuerda Sarah Brown, directora de Purple House, un centro que presta servicios médicos a los aborígenes. Frente a los asentamientos, las autoridades instalaron entonces unas pancartas humillantes que recordaban la prohibición del alcohol y la pornografía decretada en junio de 2007. Las prestaciones familiares quedaron sometidas a tutela administrativa. La NTER estuvo en vigor hasta 2012, a pesar de que la Organización de las Naciones Unidas la consideraba discriminatoria (6).
“Durante la colonización, nos desplazaron a las misiones. Perdimos nuestras libertades y nos confiscaron las tierras —resume Jade Appo-Ritchie—. Ahora criminalizan nuestra pobreza”. Originaria de Queensland y perteneciente al pueblo goreng goreng, Appo-Ritchie fue una de las promotoras de la campaña del “sí” en el referéndum del 14 de octubre de 2023, que debía otorgar a los pueblos indígenas australianos una “voz” (voice). En mayo de 2017, 270 líderes indígenas firmaron en Uluru la “declaración que viene del corazón” (7). El monolito rojo, en el centro de Australia, es considerado el corazón simbólico del país. Los firmantes recordaban que la soberanía indígena jamás había sido cedida, que coexiste con la soberanía de la Corona británica, y consideraban necesario un cambio constitucional para otorgarle “una voz” dentro de la nación. Se trataba de permitir a los pueblos indígenas expresar su opinión sobre las políticas que les afectan.
El laborista Kevin Rudd, sucesor del conservador Howard al frente del Gobierno, puso en marcha en 2008 la estrategia decenal Closing the Gap (‘Cerrar la Brecha’), destinada a combatir las abismales desigualdades sociales que afectan a los aborígenes en ámbitos como la esperanza de vida (entre ocho y diez años inferior), el encarcelamiento, las adicciones o los suicidios. Sin embargo, una década después, no se había alcanzado ninguno de los objetivos fijados entonces. “La mayoría de las personas que trabajan en los servicios sociales dirigidos a los aborígenes solo habla inglés —precisa el doctor Joel Liddle—. Algunos malentendidos han derivado en errores médicos. Nuestra situación es muy distinta a la de los maoríes de Nueva Zelanda, que no se encuentran en la misma posición social y cuya lengua hablan muchos no indígenas. La Australia Central es la región donde más habríamos necesitado The Voice. Habría permitido aplicar mejor los programas gubernamentales, en lenguas aborígenes, y utilizar de forma más eficaz el dinero de los contribuyentes”.
Establecida en Alice Springs, Purple House ofrece, entre otros servicios, tratamientos de diálisis y parte de su personal procede de las propias comunidades indígenas. La decoración de este centro sanitario es colorida y el edificio está abierto a un jardín cuidadosamente mantenido. El ambiente es relajado, siempre suena la música y hay sonrisas por todas partes. “Antes, la gente posponía al máximo su hospitalización, intimidada por esos médicos blancos que no hablaban su idioma —asegura Brown—. La esperanza de vida de los aborígenes con insuficiencia renal no superaba los dos años”. Actualmente, la de los pacientes en diálisis tratados por Purple House supera la de los enfermos atendidos en Sídney. “Es posible, por tanto, proporcionar a las gentes del bush servicios eficaces, siempre que se les implique, se les escuche y se les respete. Esa era precisamente la idea de The Voice”, sostiene la directora del centro médico.
En 2022, el Gobierno laborista del primer ministro Anthony Albanese decidió organizar un referéndum para reformar la Constitución de 1901 e instaurar un órgano consultivo de los pueblos indígenas, sin derecho de veto. Algunos activistas aborígenes criticaron la propuesta por su moderación y reclamaron un tratado convencional. En Nueva Zelanda, el Tratado de Waitangi regula desde 1840 las relaciones entre los maoríes y la Corona británica; ya en 1867 se estableció una cuota de diputados maoríes en el Parlamento neozelandés (8). La amplia derrota de The Voice, rechazada el 14 de octubre de 2023 por el 60% de los votantes, resultó por ello todavía más humillante. Algunos testigos aseguran haber visto aborígenes llorando, en estado de shock, en las calles de Alice Springs. “Me pregunté: ¿por qué nos odian tanto? —confiesa la trabajadora social Walbira Murray—. ¿Qué temen de nosotros? ¿Que les quitemos sus tierras? ¿Que les arrebatemos a sus hijos? ¿Que les hagamos sufrir lo mismo que ellos nos hicieron padecer?”. “The Voice podría haber demostrado a los aborígenes que la mayoría de los australianos se preocupa por ellos y tiene en cuenta su opinión, y que quiere mejorar su situación”, suspira Brown.
Diez días después del fracaso del referéndum, los autores de la Declaración de Uluru de 2017 publicaban un comunicado lapidario en el que calificaban de “vergüenza” el rechazo de The Voice. La organización no gubernamental Australians for Native Title and Reconciliation (Antar) llegaba incluso a hablar de “un acto de racismo sin precedentes por parte de la Australia blanca” (9). Una valoración discutible. “El espectro político australiano es mucho más estrecho que el de los países europeos —señala Richard Davis—. Los ‘aussies’ son, en general, prudentes, moderados y muestran preocupación por las posibles consecuencias de su voto”. Según el antropólogo, podrían haber “tenido miedo a saltar al vacío. Ya en 1999 fracasó el referéndum que proponía instaurar una república”.
Tony Renehan es director arrernte de la asociación de desarrollo Centerfarm. Considera que el Gobierno laborista debería haberse limitado a aprobar una ley ordinaria, “como ocurrió con la creación de la ATSIC”, la extinta Comisión de Aborígenes e Isleños del Estrecho de Torres. Creada en 1990 por el Gobierno laborista de Robert “Bob” Hawke (1983-1991), la ATSIC era ridiculizada por sus detractores con el sobrenombre de “Aboriginals talking shit in Canberra” (“Aborígenes diciendo gilipolleces en Canberra”)… Acusada de corrupción e ineficacia, el Gobierno conservador de Howard la disolvió en 2005. “El desmantelamiento de la ATSIC demuestra que una simple ley no habría bastado para fundar The Voice —replica Appo-Ritchie—. La legislación podría haber sido derogada posteriormente por un gobierno hostil. Realmente, era imprescindible una reforma constitucional”.
¿Cómo entender el fracaso del referéndum? Richard Davis recuerda la existencia en Australia de un concepto fundamental: el de fair-go for all, que podría traducirse por “una oportunidad justa para todos”. Un principio igualitarista, progresista, arraigado en la historia australiana, ligado a las condiciones de surgimiento de la colonia penitenciaria a finales del siglo XVIII, con sus proscritos procedentes del lumpenproletariado inglés y sus rebeldes irlandeses. “Los activistas a favor del ‘no’ repitieron a los votantes que The Voice sería not fair [‘injusta’] —subraya Richard Davis—. Y ese argumento resultó devastador para el campo del ‘sí’, que perdió electores tanto a la izquierda como entre las clases populares”, hasta concentrarse principalmente entre los sectores más formados (10). Durante la campaña, el conservador Peter Dutton (Partido Liberal), entonces líder de la oposición, llegó a declarar en el Parlamento, en mayo de 2023, que The Voice iba a “‘re-racializar’ nuestra nación” y tendría “un efecto orwelliano: todos los australianos serán iguales, pero algunos serán más iguales que otros”, en referencia a Rebelión en la granja, de George Orwell.
El carácter demasiado general de The Voice y la falta de información sobre los detalles concretos del proyecto también han podido resultar preocupantes a los votantes del “no”. “Sin embargo, esa es precisamente la naturaleza de una Constitución”, precisa Appo-Ritchie. “La Constitución establece, por ejemplo, que ‘el Estado recauda impuestos’, pero los detalles relativos a esos impuestos se fijan mediante leyes. En el caso de The Voice, la Constitución habría instaurado ese comité consultivo, y futuras leyes habrían precisado sus modalidades de funcionamiento”. El Gobierno australiano publicó un folleto en el que se exponían los distintos argumentos, pero muchos indecisos optaron por votar “no” (11). “Es como en una boda. Si no estás seguro, dices ‘no’…”, declara uno de esos votantes, perteneciente a la clase media de Melbourne. Además, la abstención no podía servir de escapatoria: en Australia el voto es obligatorio. El hecho de que dos parlamentarias aborígenes, la senadora de derechas Jacinta Nampijinpa Price, ultraliberal, y la de izquierdas Lidia Thorpe, partidaria de un tratado, se pronunciaran —por razones opuestas— contra The Voice añadió confusión. Sobre todo, porque la mayoría de los australianos viven en las costas, sin apenas contacto con los aborígenes, a quienes solo ven en reportajes televisivos que a menudo transmiten una imagen negativa de los pueblos originarios. Raymond Scales, director pitjantjatjara de Jawun, una sociedad que facilita la implantación de empresas en las comunidades aborígenes, lamenta esta situación: “Una vez que la gente nos trata, trabaja con nosotros y se familiariza con nuestra cultura, se convierte en aliada”.
Existe, según Jade Appo-Ritchie, un paralelismo con el matrimonio homosexual, respaldado por el 62% de los australianos en una consulta postal celebrada en 2017: “La mayoría de los australianos conoce al menos a una persona LGBT+. Votaron mayoritariamente a favor del matrimonio igualitario porque pensaron que esa medida sería positiva para un amigo, un primo o un compañero de trabajo. En cambio, los votantes del ‘no’ no nos conocen. No comprenden en qué medida nuestras vidas se han visto afectadas por sus gobiernos desde 1788. Los partidarios del ‘no’ consiguieron volverlos en contra nuestra, haciéndoles creer que The Voice iba a privarlos de derechos adquiridos. En la década de 1990, la jurisprudencia Mabo suscitó el mismo tipo de falsedades”, recuerda. En 1992, esta decisión del Tribunal Supremo abría el camino al reconocimiento de los derechos territoriales indígenas, a condición de que los demandantes pudieran demostrar una ocupación continuada de las tierras: “La derecha dijo entonces que los aborígenes iban a incautarse de sus granjas”.
“Somos los herederos de la civilización humana más antigua. Sesenta milenios”, recuerdan los músicos del grupo Balaclava Peace Collective, que graba en los estudios de la emisora CAAMA (Central Australia Aboriginal Media Association). “Eso no pueden arrebatárnoslo. The Voice ha sido una patada en el estómago, pero debemos seguir adelante”. De hecho, el 30 de octubre de 2025, el estado de Victoria concluyó un tratado sin precedentes con su población indígena. El acuerdo prevé la creación de una asamblea consultiva de representantes aborígenes, así como de un comité asesor encargado de combatir las desigualdades sanitarias. Según ha manifestado la primera ministra laborista del estado, Jacinta Allan, el acuerdo “otorga a las comunidades indígenas el poder de moldear las políticas y los servicios que les atañen”. “El tratado de Victoria demuestra que, a pesar del fracaso de The Voice, la esperanza pervive —concluye Appo-Ritchie—. Debemos lograr que esta nación se reconcilie con su historia compartida”.
(1) Citado por Phillip Knightley, Australia: A Biography of a Nation, Vintage Books, Londres, 2001.
(2) (2)
(3) “Bringing them home”, investigación nacional sobre los niños aborígenes e isleños del estrecho de Torres separados de sus familias, Comisión Australiana de los Derechos Humanos, 1997, https://humanrights.gov.au
(4) “Estimates of Aboriginal and Torres Strait Islander Australians”, Oficina Australiana de Estadísticas, 31 de agosto de 2023, www.abs.gov.au
(5) “Stop mass incarceration to prevent deaths in custody”, Comisión Australiana de los Derechos Humanos, abril de 2021.
(6) Lindsay Murdoch, “Intervention facing UN criticism”, The Age, Melbourne, 23 de mayo de 2011.
(7) Véase “The Statement”, https://ulurustatement.org
(8) Véase “En Nueva Zelanda, los maoríes se vuelven a sentir traicionados”, Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2025.
(9) Sarah Basford Canales, “Indigenous groups say referendum loss proves Australia is a ‘country that does not know itself’”, The Guardian, Londres, 22 de octubre de 2023.
(10) Daisy Dumas y Tory Shepherd, “University graduates lean yes but wealthy no vote areas show ‘nuance’ of voice attitudes”, The Guardian, 19 de octubre de 2023.
(11) “Your official YES NO referendum pamphlet”, www.aec.gov.au
(12) Citado por Phillip Knightley, Australia: A Biography of a Nation, Vintage Books, Londres, 2001.
(13) (2)
(14) “Bringing them home”, investigación nacional sobre los niños aborígenes e isleños del estrecho de Torres separados de sus familias, Comisión Australiana de los Derechos Humanos, 1997, https://humanrights.gov.au
(15) “Estimates of Aboriginal and Torres Strait Islander Australians”, Oficina Australiana de Estadísticas, 31 de agosto de 2023, www.abs.gov.au
(16) “Stop mass incarceration to prevent deaths in custody”, Comisión Australiana de los Derechos Humanos, abril de 2021.
(17) Lindsay Murdoch, “Intervention facing UN criticism”, The Age, Melbourne, 23 de mayo de 2011.
(18) Véase “The Statement”, https://ulurustatement.org
(19) Véase “En Nueva Zelanda, los maoríes se vuelven a sentir traicionados”, Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2025.
(20) Sarah Basford Canales, “Indigenous groups say referendum loss proves Australia is a ‘country that does not know itself’”, The Guardian, Londres, 22 de octubre de 2023.
(21) Daisy Dumas y Tory Shepherd, “University graduates lean yes but wealthy no vote areas show ‘nuance’ of voice attitudes”, The Guardian, 19 de octubre de 2023.
(22) “Your official YES NO referendum pamphlet”, www.aec.gov.au
Cédric Gouverneur
Periodista.
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