Guillem Pujol (CATALUNYA PLURAL) entrevista a Fabian Scheidler, 5 de Julio de 2026

Desde los atentados del 11 de septiembre hasta la guerra de Gaza, pasando por la pandemia y la guerra de Ucrania, Fabian Scheidler observa un mismo mecanismo político. Las crisis, sostiene, se convierten en oportunidades para ampliar los poderes excepcionales del Estado, transferir recursos públicos a grandes corporaciones y acelerar la militarización de las sociedades occidentales.
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En El estado de guerra y la lucha por un nuevo orden de paz (Icaria), el ensayista alemán argumenta que Europa está abandonando progresivamente el modelo de Estado social construido después de la Segunda Guerra Mundial para entrar en una economía de guerra permanente. En esta conversación reflexiona sobre los límites del sistema de partidos, la crisis de la hegemonía occidental, el ascenso de China y las posibilidades de reconstruir una política de paz en el siglo XXI.
En el libro identificas un patrón común que atraviesa eventos aparentemente distintos, desde el 11-S hasta la pandemia, la guerra de Ucrania o el genocidio en Gaza. En todos ellos observas una expansión de los poderes excepcionales del Estado y una creciente militarización de la política. ¿Crees que existe una racionalidad consciente detrás de este proceso o más bien una capacidad de las élites para instrumentalizar eventos imprevistos?
No creo que hace veinte o treinta años hubiera un grupo de personas sentado en torno a una mesa diseñando un estado de excepción permanente para que anticiparan el declive de Occidente o el caos global. La historia es mucho más compleja que eso. No funciona mediante planos perfectamente trazados.
Lo que sí observamos es que cuando se producen acontecimientos traumáticos —el 11-S, una pandemia o una guerra— estos eventos son rápidamente utilizados para reforzar determinadas estructuras de poder porque responde a los intereses de las élites políticas y económicas.
La pandemia es un buen ejemplo. Algunas personas se preguntan por qué la incluyo en un libro sobre guerra y paz. La razón es que toda la retórica desplegada durante esos años fue una retórica de guerra. Emmanuel Macron llegó a declarar que Francia estaba «en guerra contra el virus». Lo hizo en un momento en que el movimiento de los chalecos amarillos había puesto en cuestión el orden político francés y había protagonizado una movilización social muy importante. El estado de excepción también sirvió para contener ese conflicto.
Algo parecido ocurrió con la llamada guerra contra el terrorismo. François Hollande reconoció que algunas de las medidas introducidas para combatir el terrorismo acabaron utilizándose contra activistas climáticos durante la cumbre del clima de París de 2015.
Existe una lógica recurrente. Se produce una crisis y esta crisis se utiliza para reforzar el poder ejecutivo, ampliar el poder corporativo y transferir enormes cantidades de recursos públicos hacia determinados intereses privados.
Lo vimos en la guerra contra el terrorismo, en donde el complejo militar-industrial fue uno de los grandes beneficiarios. Lo vimos también durante la pandemia, cuando sectores como las grandes farmacéuticas o corporaciones tecnológicas obtuvieron enormes ventajas.
Y todo esto resulta especialmente relevante porque vivimos una crisis estructural del capitalismo que, en mi opinión, se arrastra al menos desde 2008. Cada vez más corporaciones dependen de subsidios estatales, rescates públicos o contratos gubernamentales. Los estados de emergencia se han convertido en mecanismos de transferencia masiva de recursos hacia estas estructuras de poder.
La crisis bancaria fue otro ejemplo. Se utiliza dinero público para rescatar a grandes corporaciones privadas. Así funciona hoy buena parte del capitalismo contemporáneo.
Sin embargo, algunos de los principios que definieron la gobernanza económica europea después de la crisis financiera parecen ser revisados. Alemania ha flexibilizado sus restricciones constitucionales en el endeudamiento y Europa parece abandonar algunas de las reglas que defendió durante años. ¿Interpretas estos cambios como una rectificación o simplemente como una adaptación a nuevas prioridades?
No creo que hayan aprendido mucho de la crisis financiera. Muchas voces importantes aún advierten de la posibilidad de nuevas crisis bancarias.
Lo que sí ha ocurrido en Alemania es que se ha modificado la Constitución para eliminar los límites de deuda cuando se trata de financiar la militarización. Los Verdes añadieron además excepciones relacionadas con los servicios de inteligencia.
El resultado está muy claro. Se mantiene la austeridad para la mayoría de la población mientras se eliminan las restricciones cuando se trata de gasto militar.
Estamos entrando en una situación en la que podemos destruir buena parte del Estado del bienestar europeo mientras destinamos recursos prácticamente ilimitados al ejército.
Recuerdo a un titular del Financial Times que resumía muy bien esta lógica. Venía a decir que Europa debería recortar su Estado del bienestar para construir un Estado de guerra. Ésta es precisamente la dirección en la que nos estamos moviendo.
Si el Estado-nación y el capitalismo forman parte de una misma arquitectura histórica, ¿sobre qué fundamentos se podría construir una política de seguridad diferente? ¿Existe alguna alternativa que no reproduzca la lógica de competencia geopolítica entre Estados?
Superar al Estado-nación es una tarea tan enorme como superar el capitalismo porque ambos forman parte de una misma estructura histórica. No son fenómenos independientes.
No sé si el capitalismo y el Estado-nación moderno sobrevivirán a lo largo de este siglo. Lo que sí sé es que ambos atraviesan una crisis profunda y que la respuesta de las élites es avanzar hacia formas permanentes de estado de excepción e incluso de estado de guerra.
Precisamente por eso creo que debemos resistir esta deriva militarista.
Para la izquierda esto implica recuperar la cuestión de la paz como tema central. En Alemania, por ejemplo, una parte importante de la izquierda ha relegado esta cuestión al considerar que genera conflictos internos o dificultades mediáticas. Pero si los gobiernos europeos siguen avanzando en esa dirección, la militarización acabará destruyendo los cimientos materiales del Estado social.
Por eso necesitamos construir una nueva coalición política que conecte paz, justicia social, ampliación del Estado del bienestar, límites al poder corporativo y diplomacia internacional.
Sin paz será imposible abordar la crisis climática o la crisis ecológica. Los recursos necesarios para estas transformaciones desaparecerán. Todo está conectado.
En cierto sentido, necesitamos recuperar la intuición original del movimiento ecologista europeo, que vinculaba paz, democracia, justicia social y crítica al capitalismo como parte de una misma agenda.
Pero incluso las fuerzas políticas que nacieron para desafiar al consenso dominante parecen acabar adaptándose a ellas. Esto es lo que se le ha reprochado por ejemplo a Podemos en ciudades como Cádiz, donde coexistía un discurso transformador y una defensa de industrias vinculadas a la producción militar debido a su importancia para el empleo local. ¿Cómo se resuelve esa tensión entre transformación social y dependencia económica de las estructuras existentes?
Es algo muy difícil.
Soy bastante crítico con el sistema de partidos, aunque no podemos ignorarlo porque existe y sigue teniendo poder.
Mi impresión es que cualquier transformación profunda deberá construirse también fuera de los partidos mediante nuevas coaliciones sociales capaces de articular una visión diferente de Europa.
Lo que me da esperanza son experiencias concretas. Hemos visto a trabajadores portuarios en Italia y España bloqueando envíos destinados a la guerra de Gaza. Hemos visto a activistas bloqueando instalaciones del complejo militar-industrial en Alemania. Hemos visto formas de resistencia que surgen desde abajo.
También observamos resistencia entre los jóvenes frente a la posibilidad de reinstaurar el servicio militar obligatorio. Muchos no quieren participar en estos conflictos geopolíticos.
Nada de esto constituye todavía un movimiento masivo, pero son elementos a partir de los cuales puede construirse algo distinto.
También consideras que el declive de la hegemonía occidental podría abrir la posibilidad de un nuevo orden internacional. Sin embargo, ¿por qué deberíamos asumir que potencias como China, India o los Estados del Golfo actuarán de forma menos dominadora que las potencias occidentales? ¿Qué tendría de más pacífico un mundo multipolar?
La multipolaridad no garantiza la paz. También puede conducir a la guerra.
De hecho, muchos de los grandes conflictos de la historia moderna surgieron precisamente durante momentos de transición hegemónica. Ocurrió antes de la Primera Guerra Mundial, antes de la Segunda y en muchos otros momentos en los que varias potencias competían por el liderazgo global.
La cuestión es si existen factores que permitan evitar ese resultado.
China tiene una trayectoria histórica distinta. No completamente pacífica, por supuesto, pero sí diferente de la experiencia occidental.
La relación entre Estado y capital es distinta. Existe una tradición política que insiste en mantener el control del capital y del ejército desde el poder civil.
Además, la memoria histórica china está profundamente marcada por el llamado siglo de la humillación, cuando las potencias occidentales intervinieron y fragmentaron el país. Desde la perspectiva china, el objetivo principal consiste en evitar que algo parecido vuelva a ocurrir.
La narrativa dominante no es la construcción de un imperio militar global, sino la recuperación de la seguridad y la autonomía nacional mediante el desarrollo económico.
Esto no significa que no existan sectores nacionalistas o militaristas en China. Existen. Pero sí abre la posibilidad de evitar una guerra por la sucesión hegemónica similar a las que hemos visto en los últimos quinientos años.
No sabemos si lo conseguiremos. Sólo sabemos que esa posibilidad existe.
¿Y qué papel desempeña Taiwán en esta ecuación?
Taiwán es probablemente el punto más peligroso.
Mientras continúe el statu quo actual, con toda la retórica que queramos añadir, es posible evitar una guerra.
Pero si Taiwán declarase formalmente la independencia y Estados Unidos apoyara explícitamente esta decisión, entraríamos en un escenario completamente diferente.
Conviene recordar que la política de una sola China ha sido reconocida durante décadas por Naciones Unidas, por Estados Unidos y por la mayoría de los Estados del mundo.
Mantener ese marco es probablemente una condición necesaria para evitar una confrontación militar de consecuencias imprevisibles.
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