Gaceta Crítica

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Vidas póstumas de Marc Bloch

Peter Schöttler (LE MONDE DIPLOMATIQUE JULIO 2026), 4 de Julio de 2026

Emmanuel Macron ha trasladado al Panteón a Marc Bloch. Volver sobre la trayectoria del miembro de la Resistencia permite disipar la imagen del gran medievalista que habría desdeñado los enfrentamientos políticos de su tiempo hasta junio de 1940. Socialista desde su juventud y antifascista en los años treinta, el historiador no era esa figura del “justo medio” que el presidente erige como ejemplo.

por Peter Schöttler, julio de 2026JPEG - 233.2 KBMAX ERNST. — L’Œil du silence (‘El ojo del silencio’), 1943-1944

Sin duda, ningún otro historiador del siglo XX es objeto de un culto tan unánime en los círculos intelectuales y políticos. El origen de este entusiasmo parece obvio: como escribió su amigo y colega más cercano, Lucien Febvre, Marc Bloch “no murió plácidamente en la cama, con su trabajo terminado, en la tranquila noche de una vida enteramente dedicada a la investigación” (1). Él, que ya había combatido durante la Gran Guerra, pero que rara vez hablaba de ella y rechazaba la mentalidad del veterano, arriesgó su vida porque no soportaba la barbarie del nazismo. Podría haber emigrado a Nueva York, la New School of Social Research le había ofrecido un puesto en julio de 1940, pero prefirió unirse a lo que pronto se conocería como la Resistencia. Aquejado de reumatismo y poliartritis, probablemente secuelas de las trincheras, y necesitado a menudo de un bastón, se sumó a la veintena de jóvenes militantes del movimiento clandestino Franc-Tireur y luchó por la liberación de su país.

El 8 de marzo de 1944, la Gestapo detiene a Bloch en Lyon. Lo interroga y tortura. Termina firmando una supuesta “confesión”; en realidad, de acuerdo con las consignas de la Resistencia, información que no representaba ningún peligro para sus compañeros o su familia. ¿Por qué, después de semanas de interrogatorios “exitosos”, la Gestapo no deporta a este prisionero “judío” a un campo de concentración, como suele hacer? Convencida de tener en sus manos a un importante dirigente “comunista”, sin duda opta por conservarlo como prenda en caso de un levantamiento popular. Pero poco antes de la retirada definitiva de la Wehrmacht, la Sicherheitspolizei (‘Policía de Seguridad’) vacía las prisiones: en junio de 1944, Marc Bloch es ejecutado junto a 29 compañeros en la cuneta de la carretera que une Trévoux con Saint-Didier-de-Formans.

Alrededor de un año después de la masacre, el 26 de junio de 1945, una ceremonia conmemorativa tiene lugar en la Sorbona. La rápida canonización de Bloch resulta reveladora. Inclasificable dentro de los bloques por entonces dominantes (gaullistas, comunistas, etc.), se ha pronunciado poco en el plano político. Por lo tanto, todo el mundo puede hacerlo suyo. Sin embargo, ninguno de los bandos políticos ve en él un héroe que le pertenezca en particular. Esto solo cambia a finales del siglo XX, cuando su discreción política se convierte en una clara ventaja: es un héroe que no es necesario proteger de las aberraciones de su tiempo. Todo el mundo puede especular libremente sobre su “deontología del distanciamiento” (2).

Erigido en icono, Bloch puede ser fácilmente reivindicado para posiciones ideológicas contrapuestas, convirtiéndose en un mero lienzo sobre el cual proyectar las propias preferencias científicas o políticas. Su nombre ha sido asociado a lo largo de los años a prácticamente todas las tendencias intelectuales en boga. Estas aproximaciones, establecidas y repetidas por un autor o publicación importante, han terminado convirtiéndose en evidencias casi irrefutables; una mezcla constante de atribuciones y apropiaciones que favorece, a la larga, toda clase de confusiones. Los intentos de apropiarse del célebre historiador y combatiente de la Resistencia, ferviente defensor de la democracia y del entendimiento entre los pueblos, para legitimar programas nacionalistas e identitarios, del expresidente francés Nicolas Sarkozy al presidente de Agrupación Nacional Jordan Bardella, han sido numerosos. Por supuesto, la familia de Bloch ha protestado contra esos abusos. Pero el nombre de una figura histórica no puede protegerse.

“Dos categorías de franceses”

A primera vista, no parece fácil ubicar políticamente a Bloch. Su hijo mayor, Étienne, solía repetir: “No sé cuáles eran las ideas políticas de mi padre. Creo que puedo decir que era un hombre de izquierdas, pero también un hombre de orden” (3). Bloch, en efecto, era bastante discreto en ese sentido. Sin embargo, se ha intentado asociarlo a una perspectiva claramente conservadora; además de su hoja de servicios durante las dos guerras mundiales y la ocupación, se cita con frecuencia una frase suya: “Hay dos categorías de franceses que nunca comprenderán la historia de Francia: aquellos que se niegan a conmoverse con el recuerdo de la coronación de Reims, y aquellos que leen sin emoción el relato de la Fiesta de la Federación” (4).

Desde la campaña presidencial de 2007, este pasaje de La extraña derrota, su testimonio de la catástrofe escrito durante el verano de 1940, aparece en numerosos discursos políticos cuando el orador quiere evocar la identidad nacional francesa. Ahora bien, con este pasaje, Bloch —que era todo menos un relativista y que nunca dejó duda alguna sobre la importancia que concedía a la desmitificación histórica en su trabajo como medievalista— no pretende afirmar una identidad nacional secular, tampoco una mística monárquica de la coronación, sino hacer balance de la situación y criticar a la sociedad francesa tras su derrota militar de 1940.

Aunque Bloch no da respuestas simples a la hora de dirimir responsabilidades, tiende sobre todo a cuestionar, además de a los mandos militares, a una clase dirigente que, según él, ha perdido el contacto con el pueblo y se ha aislado por completo durante el Frente Popular.

“Cualesquiera que hayan podido ser las faltas de los líderes [del Frente Popular], en ese impulso de las masas hacia la esperanza de un mundo más justo había una honestidad conmovedora, ante la cual uno se pregunta cómo ningún corazón benévolo pudo mostrarse insensible. Pero, ¿cuántos patronos, entre los que conocí, encontré capaces, por ejemplo, de comprender lo que una huelga de solidaridad, por poco racional que pueda ser, tiene de nobleza?: ‘Tendría un pase’, dicen, ‘si los huelguistas defendieran sus propios salarios’”. Y es justo en ese momento cuando Bloch deja caer la famosa frase: “Hay dos categorías de franceses…”. En otras palabras, lo que Bloch busca transmitir con su célebre cita es la capacidad fundamental de compartir un “entusiasmo colectivo” que trascienda todas las “preferencias” a corto plazo, frente a la posibilidad de su rechazo por mezquinas razones de preservación de las ventajas adquiridas, sociales o políticas.

Aunque nunca fue un “intelectual comprometido” en el sentido habitual del término, Bloch siempre sintió particular simpatía por el bando republicano de izquierdas. Al comenzar sus estudios, penetra en un entorno donde, al igual que en su casa, el apoyo a Dreyfus y el entusiasmo por una República democrática y laica se dan por sentados. En la École Normale Supérieure y la Sorbona, la mayoría de los profesores participan del optimismo político y científico del siglo XIX. Entre ellos, el sociólogo Robert Hertz (1881-1915) desempeña un papel de mediador político.

Hertz, muerto en el frente, había abierto una nueva vía dentro del amplio espectro de las corrientes socialistas al descubrir, durante sus estudios en Inglaterra, el “fabianismo”, que, a diferencia de la socialdemocracia revolucionaria de Francia o Alemania, aspiraba a una transformación gradual de la sociedad burguesa en favor de relaciones laborales y de propiedad no capitalistas. En marzo de 1908, funda el Grupo de Estudios Socialistas (GES) donde reúne a intelectuales de izquierda con el fin de apoyar al movimiento obrero mediante conferencias y publicaciones. En 1911, Bloch se une al grupo y también a la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO).

La Gran Guerra interrumpe todo eso, al igual que suspende la mayoría de las afiliaciones políticas. No parece que Bloch renovara su carné de miembro a su vuelta del frente. Pero no hay razón para suponer que cambiara u ocultara sus convicciones políticas en las décadas de 1920 y 1930, convirtiéndose así en el profesor “apolítico”, quizás incluso “centrista”, del que tan a menudo se habla. Ciertamente, es difícil demostrar lo contrario, ya que no parece que haya documentos privados de ese periodo con declaraciones políticas explícitas. ¿Por qué, no obstante, habría pensado de manera menos “política” en Estrasburgo, donde enseña hasta que la Sorbona lo contrata en 1936, que antes de 1914? Todas sus amistades pertenecen a la izquierda republicana; algunos no tienen afiliación conocida, otros son miembros de la SFIO y otros son simpatizantes o miembros del Partido Comunista. Ciertos indicios sugieren igualmente que Bloch no se comprometió políticamente solo a partir de 1940.

Ya en 1921, firma el “Manifiesto cooperativo de intelectuales y académicos franceses”, para luego unirse al Comité de Relaciones Científicas con Rusia, fundado en 1925. Si bien esta toma de partido no supone una defensa de la URSS, sí muestra su compromiso con una república democrática en la que la economía socializada desempeñaría un papel cada vez más importante. También es significativa su adhesión al Comité de Vigilancia de Intelectuales Antifascistas, fundado en respuesta a los disturbios de extrema derecha del 6 de febrero de 1934. Dirigido por el etnólogo Paul Rivet, el filósofo Alain y el físico Paul Langevin (un socialista, un radical y un simpatizante comunista), el comité simboliza, anticipándolo, una especie de “frente popular” de intelectuales frente a la amenaza fascista, tanto dentro como fuera del país.

Resistir es un imperativo moral

A lo largo de la década de 1930, principalmente mediante la firma de una serie de llamamientos o manifiestos, Bloch se suma a un amplio movimiento que trata de presionar a los sucesivos gobiernos para que se opongan a una política deflacionaria en menoscabo de la población, condenen el intento de invasión de Etiopía por la Italia de Benito Mussolini o apoyen a la República Española. En principio demasiado mayor para el servicio activo, se alista durante la primera movilización parcial en la primavera de 1938 y nuevamente a finales del verano. Tras los Acuerdos de Múnich de septiembre de ese mismo año, se une a la Unión de Intelectuales Franceses por la Justicia, la Libertad y la Paz (UDIF), que defiende una política intransigente hacia Berlín y Roma, sin descartar serios preparativos con vistas a una guerra inminente.

La lucha de Bloch contra la barbarie nazi se desarrolló primero en el “taller del historiador”, es decir, en sus escritos. La mayoría de informes que publicó durante ese periodo —en particular para los Annales, la revista fundada con Febvre— contenían observaciones y alusiones críticas a la actualidad. Bloch rechaza el autoritarismo antidemocrático del régimen hitleriano, el mito de la “sangre germánica” y, sobre todo, el antisemitismo. Pero su sentido de lo social también lo lleva a cuestionar la visión del nazismo como expresión de una “mentalidad alemana”. Bloch rechaza en su conjunto la concepción völkisch o racial de la historia. Por consiguiente, no concibe Alemania a partir de una “psicología de los pueblos” que habría que respetar para preservar la paz, una postura que contribuyó a la ideología del “apaciguamiento” y al apoyo de los Acuerdos de Múnich.

Por supuesto, es solo con la inminencia de la guerra cuando Bloch se enfrenta realmente a la amenaza fascista y nazi. En septiembre de 1939, muchos esperan que todo termine, una vez más, con una “falsa alarma”. Él no. Y esto no porque haya olvidado los horrores de la primera guerra, sino porque su mirada, ahora entrenada en la política y la estrategia militar, le indica que, tras la anexión de Austria y las concesiones territoriales obtenidas en Múnich, el Gobierno hitleriano va a seguir desarrollando nuevas ambiciones, empezando por los territorios polacos perdidos en “Versalles”.

¿Cómo explicar entonces que este historiador, poco romántico, muy racionalista, decidiera jugarse la vida una vez más? ¿Por qué eligió, en septiembre de 1939, convertirse en “el capitán más viejo del ejército francés” y más tarde unirse a la Resistencia bajo el seudónimo de Narbonne, sobre todo como redactor de Franc-Tireur, el periódico de su movimiento? Para un hombre como Bloch, la ascesis científica y el sacrificio militar o político no eran excluyentes. Era un hombre de orden y rigor, de disciplina y pulcritud, no solo en cuestiones científicas. En La extraña derrota —gesto tanto de resistencia como de historiador que sigue reflexionando sobre el carácter comparable y predecible de los acontecimientos— escribe, a propósito de la “guerra de broma”: “Aprecio poco […] el desaliño en las cosas; se traslada fácilmente a la inteligencia”.

Pero Bloch también era un hombre de contradicciones, de réplicas agudas, de crítica sin concesiones y, al mismo tiempo, de autocrítica sincera. Por consiguiente, para él la resistencia frente al ocupante era tanto una cuestión de moral —o, por retomar sus propias palabras, de nuevo de La extraña derrota, de “la modesta moralidad del hombre honrado”— como de razón histórica.
Por más que uno sea un profesor de 54 años con una familia numerosa, no puede permanecer ajeno a todo. En ese sentido, la decisión de Bloch no fue, precisamente, la de un “intelectual” que “se compromete” con o en contra de una causa, sino la de un erudito que hace examen de conciencia y que, como no le falta valor, saca las conclusiones pertinentes.

(1) Lucien Febvre, “Marc Bloch”, en Joseph T. Lambie (dir.), Architects and Craftsmen in History. Festschrift for Abbott Payson Usher, Mohr-Siebeck, Tubinga, 1956.

(2) Olivier Dumoulin, “Histoire et historiens de droite”, en Jean-François Sirinelli (dir.), Histoire des droites en France, Tomo II, Gallimard, París, 1992.

(3) Étienne Bloch, “Souvenirs et réflexions d’un fils”, en Hartmut Atsma y André Burguière (dir.), Marc Bloch aujourd’hui. Histoire comparée & sciences sociales, Éditions de l’EHESS, París, 1990.

(4) Cita extraída de Marc Bloch, L’Étrange Défaite, publicada originalmente en 1946, con la liberación, en las Éditions Franc-Tireur. La extraña derrota, Crítica, 2019.

Peter Schöttler Director de investigación honorario del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS), autor de Marc Bloch. Une biographie intellectuelle (Gallimard, 2026).

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