Andrea Zhok (Blog del autor y Topo Express), 4 de Julio de 2026

Es verano, hace calor y, como cada año por estas fechas, también se recalienta el debate seudoecológico sobre el calentamiento climático. Tomo como punto de partida algunas interesantes reflexiones de Pierluigi Fagan para tratar de desenredar la enmarañada madeja de las discusiones en torno a esta cuestión y ofrecer una lectura de conjunto.
La premisa de lo que sigue es metodológica y política: si no aprendemos a razonar distinguiendo, si seguimos suponiendo que la forma correcta de debatir consiste en enfrentarse por bandos, la calidad del debate político continuará degradándose. La primera ecología que debemos aprender a respetar es una ecología del discurso y del pensamiento: equilibrio, proporción y visión orgánica.
1) Radicalización ideológica
La cuestión ecológica ha sido empujada en el debate público, por el habitual aparato mediático al servicio de intereses particulares, hacia un callejón sin salida característico: el de la confrontación abstracta e «ideológica». Esto ha ocurrido porque la complejidad de los problemas ambientales se ha reducido a un único asunto: el calentamiento global.
A su vez, ese problema se ha tratado como si, desde el punto de vista epistemológico, solo admitiera una única respuesta —su origen antropogénico—, y dicha respuesta se ha utilizado, como tantas otras veces, para dejar las manos libres a intervenciones «de emergencia», impopulares, subordinadas a intereses particulares y, además, ineficaces: planes obligatorios de sustitución de vehículos, electrificación forzosa, una interminable proliferación de normas y reglamentos sobre movilidad, vivienda, inmuebles, etc., que acaban golpeando, una vez más, a los sectores con menos recursos.
2) El fenómeno y su interpretación
Que durante el último medio siglo se ha producido una fase de acusado calentamiento climático es un hecho fuera de toda duda.
¿Existen razones para pensar que ese calentamiento tiene un origen antropogénico? Sí, existen. Conocemos determinados mecanismos físicos —como el efecto invernadero— y disponemos de mediciones que muestran ciertas correlaciones.
¿Podemos afirmar que esas razones poseen un carácter apodíctico, demostrativo y definitivo? No, no podemos afirmarlo, y difícilmente podremos hacerlo algún día debido a la propia naturaleza del problema. Nos enfrentamos a un sistema complejo y único —el planeta— que no puede someterse a las formas más sólidas de demostración científica, es decir, a experimentos en los que sea posible modificar deliberadamente las variables iniciales para observar posteriormente sus efectos.
3) Demostrabilidad y principio de precaución
¿Es el hecho de que probablemente nunca podamos alcanzar una demostración concluyente motivo suficiente para suspender indefinidamente el juicio? No lo es.
Y no lo es por una razón muy sencilla: estamos ante procesos que pueden afectar de manera potencialmente muy dañina a la existencia de todos. Nos encontramos, por tanto, ante uno de esos casos en los que tiene pleno sentido aplicar el principio de precaución; es decir, actuar como si la hipótesis más perjudicial fuera efectivamente cierta.
4) Rechazo del emergencialismo
Asumir el principio de precaución no significa caer en la trampa del emergencialismo.
El proceso de cambio climático, incluso si aceptamos la tesis de su origen predominantemente antropogénico y aplicamos el principio de precaución, no pertenece al tipo de problemas para los que una decisión precipitada resulta preferible a la inacción.
No se trata de un fenómeno que pueda resolverse a corto plazo ni de uno que exija decisiones de emergencia, con el recurso habitual a atajos, decretos y llamamientos del tipo «¡Ya no hay tiempo!» o «¡Hay que actuar de inmediato!», consignas con las que estamos ya demasiado familiarizados.
5) Rechazo de la lógica amigo-enemigo
Un corolario del rechazo de toda histeria emergencialista consiste en aceptar, en todos los ámbitos y muy especialmente en el científico, la máxima amplitud posible del debate.
Es preciso rechazar con firmeza las dinámicas gregarias que hoy imperan en el mundo científico y académico, donde cualquier posición heterodoxa acaba sometida al fuego cruzado de la descalificación y la degradación profesional.
Expresiones como «negacionista climático» deberían desaparecer del vocabulario. Un debate científico en el que únicamente puede sostenerse la tesis dominante deja, sencillamente, de ser un debate científico.
6) La verdadera dimensión del problema
Aceptar la interpretación que identifica los «problemas ecológicos» con el «calentamiento climático de origen antropogénico», privilegiando una lectura particular, acaba por ocultar el panorama general.
Y ese panorama general resulta bastante claro: existe un proceso ecopatológico generado por las formas de vida de la humanidad contemporánea, especialmente en determinadas regiones del mundo. Dicho proceso está vinculado a una doble tendencia: el crecimiento demográfico mundial y el incremento de la producción y el consumo per cápita.
Desde 1900 hasta hoy, la población del planeta se ha multiplicado por más de cinco (de 1.600 a 8.300 millones de personas) y la productividad por habitante se ha multiplicado, aproximadamente, por cien. Haciendo un cálculo aproximado, podemos afirmar que, entre la época en que Heidegger o Wittgenstein eran adolescentes y la actualidad, el volumen de producción y consumo del planeta ha aumentado unas quinientas veces.
Sin abrazar fantasías maltusianas ni luditas, hay que reconocer que este proceso posee un carácter intrínsecamente explosivo. Significa que tanto el consumo de recursos como la producción de residuos y de externalidades se han multiplicado por quinientas en el lapso que separa la generación de mis abuelos de la actual.
No hace falta ser apocalíptico ni catastrofista para comprender que una curva exponencial de semejante magnitud no puede sostenerse indefinidamente.
Conviene subrayar un aspecto importante: resulta mucho más difícil saber qué desequilibrios provoca un proceso de este tipo que saber que una tendencia semejante está destinada a generar graves desequilibrios. Este punto es fundamental.
Podemos albergar numerosas sospechas acerca de distintos procesos degenerativos que afectan al medio ambiente; podemos constatar el aumento de múltiples enfermedades, identificar fenómenos de empobrecimiento biológico y desertificación, registrar alteraciones climáticas, etc. Y, sin embargo, la atribución causal directa puede seguir siendo esquiva y objeto de controversia durante muchísimo tiempo.
En otras palabras, podemos tener la certeza de que el sistema es patológico sin saber con exactitud qué procesos producen exactamente qué daños.
7) EL horizonte de la solución
Si aceptamos las líneas fundamentales del análisis precedente —y yo creo que muchos las aceptan, incluso entre los defensores más entusiastas del sistema vigente— nos encontramos entonces ante el horizonte de las posibles soluciones.
Reducidas a su mínima expresión, las respuestas imaginadas —y, en ocasiones, aunque con mucha menor frecuencia, formuladas explícitamente— son de tres tipos, que denominaré:
– La solución de la fe en el liberalismo tecnológico;
– La solución de la poda cíclica;
– La solución del cambio de sistema.
7.1) Liberalismo tecnológico
La primera solución pertenece al repertorio habitual de la economía liberal.
Parte del supuesto de que, para cualquier problema, el libre sistema de producción competitiva acabará encontrando una solución tan pronto como esta resulte económicamente atractiva.
Así es como se canalizan hoy prácticamente todas las discusiones de carácter ecológico, comenzando por el calentamiento global.
No se modifica nada en el plano sistémico; simplemente se impulsa la búsqueda de alguna innovación tecnológica que, además, presenta la ventaja de abrir nuevos sectores con elevados márgenes de beneficio.
Esta respuesta, perfectamente compatible con los mecanismos actuales del mercado, se presenta como si fuera la solución decisiva. Paralelamente, se implantan sistemas de incentivos y desincentivos económicos destinados a orientar el mercado hacia esas «soluciones innovadoras».
Muchas personas actúan de buena fe. Sin embargo, se trata de una estrategia al mismo tiempo socialmente injusta y materialmente catastrófica.
Desde el punto de vista social, este modelo termina atrapando a todos aquellos que tienen dificultades para seguir el ritmo de las exigencias de la «innovación». El aumento de los controles y de las certificaciones, así como la penalización de los bienes tecnológicamente obsoletos —automóviles, calderas, etc.— frente a otros más avanzados, deja cada vez a más grupos sociales contra las cuerdas.
A Mario se le exige movilidad, disponibilidad para trabajar lejos de su lugar de residencia; se le empuja a vivir en la periferia porque el precio de la vivienda en las ciudades se ha disparado y, después, se le castiga porque no sustituye su viejo automóvil por un híbrido de última generación cuyo precio equivale a tres años de su salario.
Pero, dejando de lado la injusticia social, este modelo resulta también completamente ineficaz para afrontar los problemas.
Pretende resolver las dificultades generadas por el hiperconsumo y la sobreproducción recurriendo, precisamente, a un mayor crecimiento del consumo y de la producción. Mientras tapa un agujero —suponiendo que realmente lo haga— abre otros diez.
Un sistema sometido a una aceleración permanente nunca dispone del tiempo necesario para detenerse y afrontar los problemas que pretende resolver, porque no deja de generar otros nuevos de manera incesante.
7.2) La poda cíclica
La segunda solución es aquella de la que no se habla, pero que está muy presente en la mente de las élites económicas.
Como no todos son estúpidos, incluso entre quienes se benefician ampliamente del sistema hay muchos que comprenden que el liberalismo tecnológico no resuelve nada. Oficialmente siguen respaldándolo; oficiosamente, sin embargo, contemplan escenarios alternativos.
Estos escenarios parten de una idea sencilla: dado que no pueden —o no quieren— plantearse un cambio del paradigma productivo, el único ámbito sobre el que cabe actuar es la demografía o el acceso de la mayoría de la población a los bienes.
El abanico de estas soluciones va desde proyectos de despoblación hasta la promoción de dinámicas de empobrecimiento y exclusión masivos; desde el fomento de escenarios bélicos hasta la reducción de la fertilidad mediante la creación de condiciones de vida cada vez más inhabitables para la mayoría.
La idea de fondo es simple y coherente. Es la misma que expresaron Reagan y Bush al afirmar que «el nivel de vida de los estadounidenses no es negociable», solo que ampliada al interior de los propios países ricos: «el nivel de vida de las élites no es negociable».
Qué soluciones concretas se pondrán en práctica en cada momento está por ver. Algunas podrán formularse abiertamente; otras permanecerán entre líneas; otras, en fin, se desarrollarán de manera completamente clandestina.
Pero la lógica de fondo es, perdónese la simplificación, la siguiente:
«Pobres, tenéis que morir.»
Que eso ocurra desmantelando los sistemas sanitarios y el Estado del bienestar, creando condiciones laborales y vitales que destruyan la fertilidad, dejando que quienes pasan hambre se maten entre sí por las migajas del sistema o induciéndolos a hacerlo poniéndoles un uniforme, son únicamente modalidades particulares, cuestiones secundarias.
7.3) El cambio de sistema
La tercera solución resulta, en cierto modo, evidente, aunque hoy incluso resulte difícil enunciarla.
Puesto que los problemas descritos anteriormente son alimentados y convertidos en insolubles por una determinada forma de organización social, esa organización debe transformarse.
Un sistema que necesita crecer sin límites y que no puede soportar siquiera un prolongado período de estancamiento sin derrumbarse es, sencillamente, un sistema patógeno.
Naturalmente, el objetivo de este sistema no es, ni lo ha sido nunca, satisfacer necesidades, ni siquiera las más complejas y refinadas.
Basta pensar que, desde comienzos del siglo XX hasta hoy, la productividad por habitante se ha multiplicado por cien, mientras que la jornada laboral ha permanecido sustancialmente inalterada. Esto permite comprender con claridad que toda capacidad productiva adicional debe emplearse para alimentar el circuito producción-consumo, y no para liberar tiempo humano ni energías físicas y mentales.
La inminente irrupción masiva de la inteligencia artificial en el mercado de trabajo está destinada a seguir exactamente la misma trayectoria: explosión de la productividad y de los márgenes de beneficio, cargas de trabajo prácticamente invariables para quienes conservan su empleo y una competencia cada vez mayor por acceder a cualquier puesto de trabajo, con la consiguiente presión a la baja sobre los salarios.
Salir de este modelo exige aceptar su transformación en otro distinto.
Y también aquí existen, fundamentalmente, tres modelos posibles:
– Un modelo en el que la soberanía nacional contenga y gobierne los mecanismos del mercado;
– Un modelo en el que esa función corresponda a una forma de soberanía popular
– Y, por último, un modelo de autoritarismo coercitivo de las élites, al que podemos denominar tecnofeudalismo.
La soberanía nacional y la soberanía popular son conceptos distintos, pero no necesariamente opuestos.
Sistemas como el de la China Popular o el Irán contemporáneo son ejemplos de Estados en los que la soberanía nacional consigue gobernar y contener los mecanismos del mercado. Eso significa que, cuando existe voluntad política, es posible tanto crecer como decrecer o permanecer durante largos períodos en una situación de estabilidad económica.
Naturalmente, cuanto más se integra un sistema en la lógica de los mercados mundiales y acepta sus reglas, más difícil resulta conservar el control político en ausencia de crecimiento económico.
Un sistema basado en la soberanía popular debe poseer características de tipo socialista o comunista; es decir, debe someter los mecanismos del mercado a un control ejercido por un principio unificador de carácter constitucional, inspirado en un conjunto de normas y principios capaces de garantizar la justicia social.
Existen numerosos modelos posibles, pero conviene recordar que, históricamente, los más duraderos siempre han combinado aspiraciones socialistas con formas de soberanía nacional.
No es imprescindible abolir el mercado; lo que debe hacerse es circunscribirlo a un ámbito limitado. Debe convertirse en un mecanismo subordinado, un espacio de intercambio que nunca pueda sustituir al poder político.
El tercer modelo es el que hemos denominado tecnofeudalismo, y constituye la amenaza que hoy se cierne con mayor claridad sobre Occidente.
La creciente concentración del poder sustentado en la tecnología, su acumulación en manos de los grandes propietarios del capital y la separación progresiva de estos grupos respecto del resto de la sociedad —las gated communities constituyen un ejemplo elocuente— anuncian un posible escenario en el que los últimos restos de la democracia formal desaparezcan y sean sustituidos directamente por el gobierno de grandes corporaciones, capaces de ejercer sobre la inmensa mayoría de la población un poder tecnológico coercitivo e ilimitado.






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