Anatol Lieven (LE MONDE DIPLOMATIQUE -Julio 2026-), 3 de Julio de 2026
Más de cuatro años después del inicio de la ofensiva rusa en Ucrania, ninguno de los beligerantes parece estar en condiciones de imponerse. Porque ni uno ni otro puede permitirse perder una guerra en la que han consumido tantos hombres y recursos. Pero la paz no se firma con los amigos. Recuperar el camino hacia una coexistencia segura exige comprender los intereses del enemigo y tenerlos en cuenta. Algo que Europa parece haber olvidado.
PETER DEPELCHIN. — Euros, East Wind (‘Euros, dios del viento del Este’), 2020
A juzgar por los objetivos iniciales de Moscú y los cinco siglos de dominación rusa en Ucrania, Kiev se ha hecho con una victoria que podría abrir el camino a un acuerdo de paz duradero: contra todo pronóstico, Ucrania ha logrado contrarrestar la ofensiva rusa, conservar el 80% de su territorio y reforzar su identidad nacional y su anclaje occidental, al tiempo que ha creado las condiciones para una posible adhesión a la Unión Europea. Es obvio que no se trata de la victoria total que habría supuesto la reconquista de todos los territorios ocupados por Rusia desde 2014, pero es que tal objetivo sigue siendo militarmente inalcanzable. Los observadores occidentales que en la actualidad sostienen que Ucrania ha “invertido el curso de la guerra” y que la “dinámica” le es ahora favorable ignoran las realidades de este conflicto.
El uso combinado de drones, minas e inteligencia vía satélite ha impedido que el Ejército ruso concentre el suficiente volumen de fuerzas para realizar un avance sustancial. En consecuencia, el conflicto sobre el terreno se ha estancado en una guerra de desgaste donde pequeños grupos de combatientes de ambos bandos se disputan el control —a menudo efímero— de ínfimas porciones de territorio (1). No obstante, los factores que han frenado el avance ruso limitan en igual medida la capacidad de los ucranianos para realizar una contraofensiva de envergadura.
Los países occidentales que esperan que un acuerdo de paz ofrezca garantías absolutas y permanentes frente a toda futura agresión rusa no hacen sino revelar su incomprensión de las realidades estratégicas. La historia no entiende de garantías permanentes y, en el caso que nos ocupa, algo así solo podría conseguirse a costa de la aniquilación del Estado ruso. Pero es precisamente para evitar esta eventualidad por lo que Moscú se ha dotado de un inmenso arsenal nuclear.
Si la tregua entre Estados Unidos e Irán resulta ser duradera, la Administración de Trump podría dar nuevo impulso a las negociaciones con Rusia y sentar las bases de una paz viable. La participación europea, sin embargo, sería esencial, ya que solo Europa puede ofrecer a Rusia y Ucrania contrapartidas lo bastante atractivas como para convencerlas de renunciar a sus posturas más irreconciliables. Alemania, Polonia y otros Estados miembros han criticado duramente la iniciativa del presidente del Consejo Europeo, António Costa, de abrir un canal diplomático con Moscú. Sin embargo, redunda plenamente en el interés de Europa que se le permita seguir avanzando por esa vía.
A menudo se lee que “Rusia se niega a negociar”. Es absurdo: el Kremlin y la Casa Blanca llevan un año negociando. A lo largo de este periodo, Rusia ha revisado considerablemente a la baja las exigencias que formuló en junio de 2024. En cuestión de armamento, la única restricción que parece subsistir a este respecto atañe a los misiles de largo alcance capaces de penetrar profundamente en su territorio. Rusia también ha dejado de exigir como condición previa a todo acuerdo de paz la retirada ucraniana de las regiones de Zaporiyia y Jersón, cuya anexión reivindica pese a ocuparlas solo en parte. Por último, hoy Rusia le reconoce a Ucrania el derecho a integrarse en la Unión Europea.
Este abandono progresivo de algunas de las grandes reivindicaciones rusas no se debe a un arrebato de moralidad por parte del Kremlin; simplemente traduce la incapacidad de las fuerzas rusas, en los dos últimos años de conflicto, para imponerse en el campo de batalla y romper la determinación del pueblo ucraniano. El Ejército ruso, por otro lado, ha sufrido serias pérdidas. Pese a las generosas primas que se ofrecen a quienes se alistan, el número de voluntarios dispuestos a combatir es cada vez menor. Además, la economía del país experimenta crecientes dificultades y el hartazgo frente a la guerra gana terreno, sin que ello provoque la resignación ni en Rusia ni en Ucrania. Entre las propias élites rusas, los llamamientos a favor de llegar rápidamente a la paz se vuelven más y más numerosos.
En realidad, es la Unión Europea la que, hasta ahora, se ha “negado a negociar” al subordinar el inicio de las conversaciones de paz a la aceptación por parte de Moscú de un alto el fuego sin condiciones. Rusia ha rechazado en varias ocasiones esta exigencia y es de esperar que siga haciéndolo. Semejante concesión supondría, de hecho, sacrificar su único recurso para ejercer presión en las negociaciones, lo cual expondría a Rusia, bien a una reanudación de las hostilidades, bien a ver cómo la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la Unión Europea adoptan medidas que juzga inaceptables y que equivaldrían a admitir la derrota: el despliegue de tropas occidentales en Ucrania y la perspectiva de una adhesión ucraniana a la Alianza Atlántica.
Por lo demás, el pasado 7 de junio, los dirigentes de Ucrania y del E3 (Francia, Alemania y el Reino Unido) definieron cinco condiciones para “una paz justa y duradera” (2). El texto plantea un alto el fuego completo e inmediato, la adopción de la línea del frente actual como punto de partida de las negociaciones, el respeto al derecho soberano de Ucrania de elegir sus alianzas, garantías de seguridad sólidas y jurídicamente vinculantes y el despliegue de una fuerza multinacional tras la entrada en vigor del alto el fuego. También se contempla la indemnización a Ucrania y mantener congelados los activos rusos hasta el final de la agresión de Rusia. Por último, se aborda la preservación de los intereses europeos en materia de seguridad.
De mantenerse estas condiciones, no habrá acuerdo de paz alguno. Aun suponiendo que, debido al agotamiento mutuo, Rusia y Ucrania llegaran a declarar un alto el fuego, este sería extremadamente frágil, caracterizado por enfrentamientos recurrentes y la amenaza constante de una reanudación de las hostilidades. Dicho de otro modo: Ucrania volvería a sumirse en una situación semejante a la vivida entre 2014 y 2022, que acabó con una invasión rusa a gran escala. Por buscar un término de comparación en el escenario internacional, lo que experimentaría no sería la estabilidad relativa observada en la península de Corea desde 1953, sino una dinámica semejante a la de Cachemira desde 1948, con las consecuencias para la India y Pakistán que ya conocemos.
Los costes de no lograr un acuerdo de paz
Un alto el fuego duradero sin un acuerdo de paz sería profundamente contrario tanto a los intereses de Ucrania como a los del continente europeo. La inestabilidad e inseguridad derivada de algo así complicarían notablemente la reconstrucción económica de Ucrania y su acercamiento a la Unión Europea. Esta situación brindaría, por añadidura, un pretexto a todos los intereses económicos europeos que se oponen a esta adhesión. La necesidad de una movilización y una militarización permanentes reforzaría el autoritarismo en Ucrania y comprometería a largo plazo las reformas democráticas en el país. Simultáneamente, toda Europa correría el peligro de verse arrastrada a la guerra. Este escenario obstaculizaría las aspiraciones a una “autonomía estratégica” europea, manteniendo al Viejo Continente en la dependencia de Estados Unidos en materia de seguridad y, por consiguiente, en la aceptación tácita de los crímenes e inepcias de la política estadounidense en Oriente Próximo y otras latitudes. A más largo plazo, si Donald Trump o un futuro presidente republicano decidiera anexionarse Groenlandia, Europa se encontraría en una posición extremadamente delicada, atrapada entre Rusia y un Estados Unidos abiertamente hostil.
Hay quien sostiene que es inútil buscar un acuerdo de paz, que no se puede confiar en Rusia y que, tarde o temprano, esta acabará por volver a la ofensiva. Pero, una vez más, lo anterior equivale a decir que la seguridad de Ucrania pasa exclusivamente por la destrucción del Estado ruso. Todo proceso de paz basado en la convicción recíproca de que el bando opuesto es, por naturaleza, indigno de confianza está condenado al fracaso. Las conversaciones de paz buscan hallar un equilibrio entre disuasión e incitación con el fin de que las partes enfrentadas lleguen a la conclusión de que, en definitiva, recurrir de nuevo a la guerra se opone a sus intereses.
En gran medida, los elementos de disuasión frente a una futura agresión rusa ya están ahí. Si unas ganancias territoriales limitadas a costa de cientos de miles de muertos y la demostrada ineficacia de su superioridad en materia de carros de combate y de aviación no bastan para desanimarla a lanzar una nueva ofensiva, ¿qué podría disuadirla de hacer tal cosa? Corresponde ahora a los dirigentes europeos concebir medidas susceptibles de permitir a Vladímir Putin reivindicar alguna forma de victoria —por ilusoria que sea— con el propósito de poner fin a esta guerra e impedir que se reanude.
Para llegar a un acuerdo de paz, Rusia tendrá que renunciar a exigir la retirada de las fuerzas ucranianas de las zonas del Donbás que todavía se hallan bajo el control de Kiev, ya que ningún gobierno ucraniano podría asumir una concesión de ese género. Por su parte, Bruselas y Kiev deberán abandonar toda perspectiva de adhesión de Ucrania a la OTAN, así como todo despliegue de tropas occidentales en suelo ucraniano, ya que ningún gobierno ruso estaría en condiciones de consentir algo así.
En lo que atañe a los países europeos, lo anterior no constituiría, sin embargo, un verdadero sacrificio. Al descartar públicamente —y en numerosas ocasiones— cualquier intervención militar, la Administración de Biden y la gran mayoría de Gobiernos de la OTAN han dado a entender que, de hecho, Ucrania no entraría en la Alianza Atlántica y que ninguna tropa europea sería desplegada en su suelo. Muchos partidarios de dicho despliegue creen que, una vez acabada la guerra en Ucrania, Moscú querrá “poner a la OTAN a prueba” atacando los Estados bálticos (3). Sin embargo, el general estadounidense Alexus G. Grynkewich, comandante en jefe de las fuerzas aliadas en Europa, dijo recientemente que, según los servicios de inteligencia militar estadounidense, Moscú no tiene ni la intención ni los medios de emprender una ofensiva así (4).
El temor a un redespliegue de las tropas rusas hacia los países bálticos una vez acabada la guerra en curso parte del principio de que, en esas circunstancias, Kiev permanecería con los brazos cruzados en vez de aprovechar la ocasión para tratar de reconquistar los territorios perdidos. Pero, en la práctica, ¿cómo iba Moscú a retirar de Ucrania la mayoría de su Ejército? Esta hipótesis también ignora la extrema vulnerabilidad del enclave ruso de Kaliningrado, rodeado por Estados miembros de la OTAN. Si Rusia atacara Estonia, Lituania y Polonia reaccionarían de inmediato imponiendo un bloqueo a la antigua Königsberg, ya con el fin de apoderarse de ella, ya para asfixiarla y obligarla a rendirse. Además, Rusia no dispone de los efectivos necesarios para vencer a un Ejército polaco capaz, en caso de conflicto, de movilizar a más de medio millón de reservistas. ¿De veras estaría Putin dispuesto a sacrificar el enclave por un pedazo de Estonia?
Por otra parte, si un día Rusia quisiera “poner a la OTAN a prueba”, ¿cómo lo haría? ¿Atacando a un Estado miembro de la Alianza y poniendo a Washington en la tesitura de tener que elegir entre una escandalosa humillación y una guerra directa con Rusia que se saldaría, bien con la derrota de esta última, bien con un cataclismo nuclear? ¿O tal vez atacando a una fuerza europea presente en Ucrania, un Estado no miembro de la OTAN que Estados Unidos no está en absoluto en la obligación de defender?
Para llevar a Rusia a renunciar a sus reivindicaciones sobre el conjunto del Donbás, el E3 debería inspirarse en la propuesta del primer ministro belga Bart De Wever (L’Écho, 14 de marzo de 2026) y ofrecer a Moscú un acuerdo que prevea la normalización de las relaciones, la reanudación de las compras de energía rusa y un levantamiento completo de las sanciones económicas acompañado de una cláusula de reactivación automática en caso de una nueva ofensiva. ¿Sería esta oferta lo bastante golosa como para permitirle a Putin salvar la cara reivindicando una forma de victoria? No habrá forma de saberlo mientras no se plantee. Y cuanto antes se haga, mejor será para todas las partes concernidas.
(1) éase “Verdún del Donbás”, Le Monde diplomatique en español, enero de 2026.
(2) “Declaración conjunta de los dirigentes de Francia, el Reino Unido, Alemania y Ucrania”, 7 de junio de 2026, www.elysee.fr
(3) Véase Hélène Richard, “¿Es real la amenaza rusa?”, Le Monde diplomatique en español, abril de 2025.
(4) Aysun Bora y Anne-Sylvaine Chassany, “Russia ‘not looking for conflict’, says Nato’s top US commander”, Financial Times, Londres, 11 de junio de 2026.
Anatol Lieven Director del programa Eurasia en el Quincy Institute for Responsible Statecraft, Washington, D. C.
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