Alejandra García (THE STRUGGLE – LA LUCHA), 2 de Julio de 2026


¡Silencio absoluto!
La orden se repite una y otra vez frente al edificio derrumbado en La Guaira. Quienes observan desde la calle guardan silencio. Los motores se apagan. Nadie se mueve. Un equipo de rescate acaba de detectar una leve vibración bajo toneladas de concreto. El Pass Band —un dispositivo capaz de detectar movimientos imperceptibles— confirma lo que todos esperaban oír tras tres días de búsqueda: aún hay vida.
Los rescatistas trabajan en lo alto de lo que alguna vez fue un edificio de 11 pisos. Seis losas de concreto más abajo, atrapada entre los escombros de su casa, espera una niña de 11 años. No está sola. A su lado yace el cuerpo sin vida de su madre. Cerca de allí, su hermano Moisés, de nueve años, aún respira, aunque gravemente herido.
Comienza una carrera contrarreloj. Cada losa que se retira requiere horas de trabajo. Cada movimiento debe calcularse cuidadosamente para evitar otro derrumbe. Abrirse paso a través de la estructura lleva más de 10 horas. Mientras tanto, la niña hace algo que ningún niño debería verse obligado a hacer: se convierte en la guía de su propio rescate.
Desde la oscuridad, describe lo que alcanza a distinguir, explica la distribución de la estructura, señala dónde están su madre y su hermano, y guía a los rescatadores mientras estos logran avanzar.
“Cuando se encendió la luz, nos dijo que podía ver nuestras manos, que podía ver nuestras siluetas. Nos guió en todo momento”, recuerda uno de los miembros del equipo de rescate.
La comunicación nunca se interrumpe. Le explican lo que están haciendo desde arriba. Ella responde desde abajo. Los rescatistas trabajan para estabilizar la estructura, evitar que caigan más bloques de hormigón y despejar un camino seguro hacia donde está atrapada la familia.
“Estábamos trabajando para evitar que el hormigón le cayera encima y así poder sacarla ilesa. Ella nos guiaba en todo momento”, dijo el rescatador con la voz aún quebrada.
La niña sabía que su madre había muerto. También sabía que su hermano seguía vivo. Usó hasta la última gota de energía que le quedaba para asegurarse de que los equipos de rescate llegaran primero a él. Cuando finalmente lo encontraron, Moisés fue rescatado con vida y trasladado de urgencia al hospital.
Solo entonces le llegó el turno a la niña. Pero ya no respiraba. Había aguantado lo suficiente para asegurar la salvación de su hermano. «Su hermana lo entregó con vida. Lo dio todo para que pudiera vivir. Nuestro compromiso era llevarlo al hospital. Y lo logramos», dijo uno de los rescatistas entre lágrimas.
Gracias a ella, su madre no quedó reducida a un cuerpo irreconocible bajo los escombros, y su hermano tendrá una segunda oportunidad en la vida. Su historia es desgarradora porque parece imposible pedirle más a una niña pequeña.Gaza
Esa imagen de una infancia obligada a crecer entre los escombros inevitablemente se relaciona con otra tragedia. La escena en La Guaira —con polvo, silencio, edificios abiertos como heridas y rescatistas buscando los más mínimos signos de vida— evoca Gaza, donde los niños también han sido llevados al límite de lo soportable. Allí, no fue la tierra la que tembló, sino las bombas. Pero el resultado es demasiado similar. Hogares reducidos a ruinas, familias destrozadas, cuerpos sin identificar bajo montañas de concreto y niños obligados a sobrevivir antes de comprender plenamente el significado de la muerte.
En Venezuela, una niña atrapada bajo un edificio derrumbado usó sus últimas fuerzas para salvar a su hermano. En Gaza, otra imagen dio la vuelta al mundo en septiembre de 2025: Jadoua, un niño palestino de ocho años, caminando descalzo entre los escombros mientras cargaba a su hermano de dos años, Khaled, sobre sus hombros.
El vídeo, grabado por el fotoperiodista Ahmed Younis, condensa en pocos segundos todo el peso de la guerra sobre la espalda de un niño. Jadoua caminaba descalzo, exhausto y llorando, buscando un lugar seguro mientras gritaba «ya ama» y «mama» en árabe. Había caminado kilómetros con su hermano a cuestas, no como un acto de heroísmo, sino como la única forma posible de protegerlo en medio del desplazamiento, el miedo y la destrucción.
Las historias de La Guaira y Gaza no son iguales. Una surge de un desastre natural; la otra, de una guerra prolongada contra una población asediada. Pero ambas revelan la misma verdad insoportable: cuando todo se derrumba, con demasiada frecuencia son los niños quienes cargan con el peso de lo que los adultos, los gobiernos y el mundo no lograron evitar.
Por eso no basta con llamarlos héroes. La palabra es conmovedora, pero también puede ocultar lo esencial. Ningún niño debería tener que organizar un rescate bajo una montaña de escombros. Ningún niño debería tener que caminar kilómetros con un hermano menor a cuestas para escapar de las bombas. Ningún niño debería tener que aprender tan pronto a evaluar el peligro, a controlar el miedo o a elegir a quién salvar primero.
Ninguno de ellos eligió el heroísmo. Simplemente hicieron lo único que podían hacer cuando todo se derrumbó a su alrededor. La verdadera tragedia no es que existan niños héroes, sino que existan tragedias que los obligan a convertirse en héroes.
Alejandra García Elizalde es una periodista cubana que trabaja en Venezuela como presentadora del noticiero vespertino de teleSUR English y como corresponsal para Latinoamérica de Resumen Latinoamericano en inglés.
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