Gaceta Crítica

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El marxismo ecológico y la cuestión del Estado

Marius Bickhardt, Gauthier Delozière, Cannelle Gignoux (CONTRETEMPS), 25 de Junio de 2026

Marius Bickhardt, Gauthier Delozière y Cannelle Gignoux acaban de publicar Le marxisme écologique en la famosa colección «Repères» de la editorial La Découverte. En este texto, los autores analizan las formas en que el ecomarxismo ha renovado el debate en torno al Estado dentro del marxismo.

Partiendo de las aportaciones de uno de los pioneros del marxismo ecológico, James O’Connor, se trata de redefinir el Estado como interfaz entre el capital y la naturaleza y de explicar la forma en que la segunda contradicción del capitalismo atraviesa el Estado. Esto permite replantear, desde una perspectiva ecomarxista, los términos del debate estratégico sobre el futuro y la función del Estado en la revolución.

Reinterpretar la teoría marxista de la emancipación

En respuesta a los desequilibrios planetarios, los climatólogos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) abogan por una «planificación a largo plazo», una «transformación de los procesos de producción», así como una «justicia climática y social»1. Si bien estas recomendaciones pueden sugerir que el IPCC cuestiona la maximización del beneficio a corto plazo propia del capital, su horizonte político se limita, en realidad, a la reorientación de la sociedad capitalista hacia una trayectoria de neutralidad en carbono para el año 20502. Por su objetivo emancipador frente al capitalismo fósil, el programa ecomarxista reivindica un alcance más radical. Determinar en qué condiciones es posible heredar la concepción marxista clásica de la emancipación supone, por tanto, reevaluar los fundamentos del comunismo y de la estrategia revolucionaria.

Recordemos lo esencial. El comunismo marxista no designa un «ideal» abstracto, sino un «movimiento efectivo» arraigado en las contradicciones inmanentes del modo de producción capitalista3. Según la interpretación, ciertamente controvertida, del filósofo G. A. Cohen, Marx concibe el advenimiento del socialismo siguiendo el modelo de la «atadura» (fettering)4. La superación de la escasez natural que permite el desarrollo de las fuerzas productivas —lo que el autor denomina la «gran influencia civilizadora del capital»— se ve obstaculizada por las relaciones sociales capitalistas5.

La tarea del socialismo consiste, pues, en liberar las potencialidades de abundancia material que el modo de producción ha engendrado sin ser capaz de realizarlas. Esta tarea recae en el proletariado, constituido como sujeto revolucionario por su concentración en los lugares de producción donde se opera una «simplificación de las relaciones de clase» entre la burguesía y la clase obrera6. La transición socialista culmina en la dictadura revolucionaria del proletariado7, concebida inicialmente como estrategia para la conquista del aparato de Estado8 antes de ser revisada en 1871 bajo la influencia de la Comuna de París. Esta última cristaliza entonces la «forma política finalmente encontrada» del «gobierno de la clase obrera», que pone de manifiesto la necesidad de destruir el aparato de Estado burgués para sustituirlo por formas políticas alternativas: «La clase obrera no puede contentarse con tomar la maquinaria del Estado ya preparada y hacerla funcionar en su propio beneficio»9.

La socialización de los medios de producción en manos de los productores asociados pone en marcha un «plan deliberado» orientado a la producción de valores de uso y a la satisfacción de las necesidades sociales10. La abolición del salario elimina al mismo tiempo toda división en clases sociales y abre así el camino a una libre asociación comunista en la que la emancipación colectiva se basa en la autonomía individual: «El libre desarrollo de cada uno es la condición del libre desarrollo de todos»11. La emancipación del trabajo, que, una vez liberado de la explotación capitalista, deja de ser solo un «medio de vida» para convertirse en una actividad autónoma (la famosa «primera necesidad vital» del hombre), va acompañada de una emancipación respecto al trabajo mediante la reducción de la jornada laboral12.

Estos son, en resumen, los principales elementos de la teoría marxista de la emancipación respecto a la cual el marxismo ecológico opera una desviación crítica. La crisis ecológica obliga, por tanto, a repensar el Estado, la estrategia de toma del poder, las modalidades de la planificación y la figura del sujeto revolucionario.

El debate sobre el Estado ecológico en el seno del marxismo

Estado y marxismo

Para comprender la redefinición ecológica del Estado es necesario volver primero sobre las numerosas controversias de las que ha sido objeto en la historia del marxismo desde Marx y Engels. En La ideología alemana, estos últimos describen el Estado como la «forma mediante la cual los individuos de una clase dominante hacen valer sus intereses comunes»13 [Marx y Engels, 1932, reed. 2012, p. 74]. Según el plan inicial de El Capital, Marx tenía la intención de redactar un cuarto libro dedicado al Estado capitalista que, finalmente, nunca vio la luz. Sin embargo, el Estado dista mucho de estar ausente del marxismo clásico, donde su análisis siempre se ha desarrollado a partir de problemáticas específicas: la hegemonía en Gramsci, el imperialismo en Luxemburg, la revolución en Lenin o incluso el derecho en Pashukanis14.

No fue hasta la década de 1960 cuando se produjo una verdadera sistematización de la teoría marxista del Estado, que se inició con una crítica a las concepciones entonces dominantes en la izquierda occidental de la posguerra. Por un lado, la teoría del capitalismo monopolista de Estado promovida por los partidos comunistas y el bloque soviético minimiza la autonomía del Estado al reducirlo a un mero instrumento en manos de la clase dominante15. Por otro lado, la concepción del Estado como garante del interés general defendida por los partidos socialdemócratas presupone una neutralidad del Estado que subestima sus límites. El objetivo del debate consiste, por tanto, en elaborar una «teoría más adecuada de la esencia y los límites del poder del Estado capitalista»16.

El callejón sin salida en que se encuentran tanto el instrumentalismo como el neutralismo ha dado lugar a una reelaboración de la cuestión estatal en el seno del marxismo, donde se enfrentan ahora dos modelos17 [Das, 1996].

El primer modelo, denominado «estructuralista», se asocia sobre todo a la obra de juventud de Nicos Poulantzas18 y a los trabajos de los teóricos alemanes de la «derivación del Estado»19. Mientras que Poulantzas20 se enfrenta en la New Left Review al enfoque instrumental de Ralph Miliband, que reduce la esencia capitalista del Estado únicamente a los orígenes de clase de sus gobernantes, el sociólogo alemán Claus Offe21 pone de manifiesto una contradicción creciente en el seno del Estado entre su función de acumulación (garantizar la rentabilidad del capital) y su función de legitimación (consolidar el Estado social mediante la tributación del capital). El economista James O’Connor, teórico de las crisis y del Estado antes de orientarse hacia el marxismo ecológico, ve en este doble imperativo la fuente de una crisis fiscal del Estado22.

Desarrollado en la obra tardía de Poulantzas, el segundo modelo, denominado de la «lucha de clases», define el Estado capitalista como la «condensación material y específica de una relación de fuerzas entre clases y fracciones de clase»23. En consonancia con el filósofo italiano Antonio Gramsci, sostiene que todo «bloque en el poder» debe imponer su «hegemonía» en el sentido de un doble juego de coacción y consentimiento a través de los diferentes aparatos ideológicos y represivos del Estado24.

La tensión entre los distintos aparatos proporciona entonces una palanca para la transformación socialista que se ejerce tanto dentro como contra el Estado. Mientras que la teoría de la derivación de la forma capitalista del Estado va acompañada del rechazo estratégico de su conquista por parte de los nuevos movimientos sociales, Poulantzas sustituye la imagen de un «bloque monolítico» por la de un «campo estratégico» con el fin de reubicar la estrategia de la lucha de clases en el seno del Estado25. Aboga por una transición democrática hacia el socialismo que articule la acción dentro del Estado y la lucha de clases llevada a cabo en el exterior.

El Estado como interfaz entre el capital y la naturaleza

Desde finales de la década de 1980, el marxismo ecológico recurre a este legado teórico para conceptualizar lo que la sociología denomina ahora «Estado ambiental» (environmental state)26. En la revista estadounidense CNS se inicia entonces un ecological state debate que se prolonga hasta nuestros días27. Este esfuerzo teórico es consecuencia de las primeras movilizaciones ecologistas de finales de la década de 1960, que condujeron a la creación de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) bajo la presidencia de Richard Nixon en 1970.

La cuestión del Estado se sitúa en el centro del ecomarxismo desde su fundación por James O’Connor28. En su famoso artículo, el economista estadounidense establece un paralelismo entre la definición polanyiana de las mercancías ficticias que son el trabajo, la tierra y el dinero29 con el concepto marxista de condiciones de producción (fuerza de trabajo, recursos naturales e infraestructuras). Estas se compran y venden en el mercado como simples mercancías, cuando en realidad no se (re)producen de manera capitalista. O’Connor deduce de ello la necesidad imperiosa de una «politización» de las condiciones de producción: «El Estado se interpone entre el capital y la naturaleza o las mediatiza», es decir, constituye su «interfaz »30. La función medioambiental del Estado designa así la «regulación pública del suministro de las condiciones de producción»31.

O’Connor recurre a una analogía con la crítica marxista del agotamiento de la fuerza de trabajo en la producción capitalista, en la medida en que la crisis ecológica encarna también una tendencia autodestructiva del capital que amenaza su existencia a largo plazo. Esta última es designada por el autor como una «segunda contradicción» causada por el «(mal)uso (use and abuse) de la naturaleza por parte del capital»32. El calentamiento de la atmósfera, la lluvia ácida, la salinización de las capas freáticas, los residuos tóxicos y la erosión del suelo son fenómenos que comprometen «tanto los beneficios como los ecosistemas»33.

Por lo tanto, la crisis ecológica «obliga al capital y al Estado a ejercer un mayor control y planificación sobre las condiciones de producción», lo que se manifiesta en la puesta en marcha de políticas medioambientales como la gestión integrada de plagas, la planificación regional del uso del suelo o la eliminación de residuos tóxicos34. Las catástrofes medioambientales dan lugar así a un «capitalismo más administrado» que confiere al Estado una doble función: proporcionar las condiciones naturales necesarias para la producción de las empresas privadas, al tiempo que socializa los costes ecológicos generados por el capital35.

Segunda contradicción y luchas de clases ecológicas en el seno del Estado

En contra de las hipótesis que anuncian el colapso inminente del capitalismo o, por el contrario, tranquilizan sobre su adaptabilidad ilimitada, O’Connor se abstiene de emitir un juicio a priori sobre su destino ecológico.

Por un lado, las movilizaciones ecologistas pueden contribuir a frenar las tendencias autodestructivas del capital en la medida en que «la protección de la naturaleza es susceptible de restaurar los beneficios»36. La degradación del medio ambiente puede, además, dar lugar al auge de «nuevas industrias destinadas a restaurarlo»37, como lo ilustran los equipos de dragado de lagos, las máquinas de limpieza de bosques, los revitalizadores de suelos, los purificadores de aire o incluso los dispositivos contra la lluvia ácida. Las «soluciones supertecnológicas»38 implementadas para compensar la segunda contradicción abren así nuevas oportunidades de inversión para absorber el capital excedente en busca de valorización. Esta causalidad recíproca entre crisis económica y crisis ecológica se manifiesta hoy en día en la aparición de fracciones de «capital verde» dentro de las industrias bajas en carbono (véase infra).

Por otra parte, el autor ve en la crisis ecológica un catalizador de las contradicciones en el seno del Estado. Las «colosales sumas de dinero de crédito necesarias […] para la reconstrucción del medio ambiente» corren así el riesgo de acentuar la crisis fiscal del Estado39. En definitiva, aunque el desenlace de la gestión estatal de la crisis ecológica sigue abierto («puede o no resultar funcional para el capital en su conjunto, o para determinados capitales individuales, a corto o largo plazo»), las estrategias de resolución enfrentan al Estado capitalista a una auténtica «crisis de la gestión de crisis»40, en la medida en que su papel medioambiental obstaculiza sus funciones de acumulación y legitimación.

El factor decisivo para el desenlace de la crisis reside, por tanto, en la intensidad de las luchas ecosociales. Para reflexionar sobre el surgimiento del movimiento ecologista, O’Connor recurre de nuevo a los análisis de Marx sobre la reducción de la jornada laboral. Del mismo modo que la resistencia a la explotación del trabajo generó un movimiento obrero que constituyó una «barrera social» frente al capital, la lucha contra la tendencia autodestructiva de la «explotación ecológica» debe constituirse también en una fuerza política41. Ahora bien, en la medida en que el Estado desempeñó un papel decisivo en la regulación legal de la jornada laboral en el siglo XIX, esta analogía plantea la cuestión de su estatus estratégico para el movimiento ecologista.

Al sostener que «las estructuras del Estado mediatizan o reflejan los conflictos en torno a la definición y el uso de las condiciones de producción», O’Connor concibe al Estado como un campo estratégico para las luchas ecosociales42. Mientras que las clases dominantes, respaldadas por el Estado, promueven una politización funcional (o capitalista) de las condiciones naturales con el fin de maximizar la rentabilidad del capital, el movimiento ecologista reivindica una politización antagónica (o socialista) de las condiciones naturales como «medios de vida». El Estado condensa así una relación de fuerzas entre el «poder del capital» y el «poder de los movimientos sociales que cuestionan las formas capitalistas de las condiciones de producción»43.

Esta concepción refleja la influencia decisiva de la obra de la madurez de Poulantzas, quien definía al Estado como una condensación material de una relación de fuerzas entre las clases44. Al adoptar la consigna poulantziana de la «democratización del Estado», O’Connor se desmarca tanto de la «estrategia anarquista» de abolición defendida por el ecoanarquista Murray Bookchin, como del proyecto de «reformar el Estado liberal-democrático» impulsado por la ecología dominante45.

Mientras que el renacimiento del debate marxista sobre el Estado a finales de la década de 1960 ignoraba en gran medida esta problemática, la originalidad de O’Connor reside en poner de manifiesto la contradicción ecológica que atraviesa el Estado capitalista. El autor concibe su teoría de una lucha de clases ecológica en el seno del Estado como una superación tanto de las lecturas puramente funcionalistas, que a veces se encuentran entre los teóricos de la derivación del Estado, como de los enfoques neomarxistas de inspiración weberiana, que privilegian el análisis de los procedimientos de legitimación en detrimento de la dimensión material del Estado46.

Al aplicar la matriz o’connoriana al ciclo de luchas ecologistas de principios de la década de 1970, un número de CNS profundiza en el análisis del papel histórico del Estado medioambiental en Estados Unidos47. El surgimiento de un intervencionismo federal en materia medioambiental, simbolizado por la creación de la EPA en 1970, se explicaría, por un lado, por las movilizaciones en favor de los derechos civiles y del medio ambiente a principios de la década de 1960 y, por otro, por el agravamiento de la degradación ecológica vinculada al auge de las industrias petroquímicas y militares desde la década de 1950.

La adopción de la Resource Conservation and Recovery Act en 1976 se interpreta entonces como un nuevo arbitraje estatal entre el poder del capital y el de las luchas ecosociales. Para mantener sus funciones acumulativas y legitimadoras, el Estado consolida entonces una racionalidad neoclásica basada en la evaluación de costes y beneficios que tiene por objeto no tanto extinguir las fuentes de contaminación, como exigía el movimiento ecologista, como controlar sus efectos más perversos. Por último, el Estado francés constituye también una interfaz entre el capital y la naturaleza. Ya se trate de la zona a defender (ZAD) de Notre-Dame-des-Landes o de las movilizaciones contra los megabalsas, el movimiento ecologista francés cuestiona la mercantilización de las condiciones de producción y la forma en que el Estado administra la «segunda contradicción»48.

¿«Romper la máquina estatal» fósil o ecoleninismo?

El marco ideológico de la crisis climática invita a replantear las cuestiones estratégicas del marxismo. ¿Debemos «romper la maquinaria estatal» fósil, según la fórmula con la que Marx caracteriza la acción de los comuneros, o conviene, por el contrario, invertir en el Estado aprovechando las contradicciones internas del capitalismo verde? La primera opción remite a la crítica ecoanarquista del Estado formulada por Bookchin, así como al «comunismo de la catástrofe» defendido por el colectivo Out of the Woods49 [2022]. La segunda se basa en una relectura ecológica de la estrategia propuesta por Poulantzas, que inspira tanto los proyectos del Green New Deal como el programa del «leninismo ecológico» promovido por Malm.

Alejado en realidad del ímpetu revolucionario de Lenin, Malm adopta la concepción del Estado como «condensación» de una relación de fuerzas50 [2020, pp. 151-152]. Por lo tanto, aboga por una estrategia de conquista electoral del poder combinada con la «presión popular sobre el Estado» ejercida mediante la desobediencia civil y el sabotaje, con el fin de «obligar a sus aparatos a romper amarras» con el capital fósil51 [2016b; 2020] . La urgencia climática justifica así el compromiso con el Estado capitalista en un contexto en el que el advenimiento de un «Estado obrero basado en los soviets» parece improbable debido al declive del movimiento obrero histórico. Mientras que el teórico del ecolenismo rompe, paradójicamente, con el «programa clásico consistente en demoler el Estado», Guillibert mantiene la pertinencia de la estrategia leninista del doble poder, que se resume en la fórmula de una lucha de los «soviets en y contra el Estado»52 [Guillibert, 2021, p. 241]. Este «contrapoder» se manifiesta en las luchas territoriales, como las ZAD o las movilizaciones indígenas, que se conciben como «colectivos de autoorganización de lo vivo». Su autonomía constituye una palanca «para obligar al Estado y organizar su declive»53 [p. 242].

Ejercidas desde dentro mediante el juego electoral eco-leninista o desde fuera por los soviets ecologistas, las presiones sobre el Estado ofrecen una respuesta inmediata a la urgencia de un desmantelamiento rápido de las industrias fósiles. Sin embargo, en la medida en que estas estrategias se inscriben en los ámbitos electorales nacionales, entran en conflicto con la escala planetaria del Antropoceno. Toda transformación centrada en el Estado-nación choca con la contradicción estructural entre «la unidad del mercado mundial y la fragmentación del mundo en Estados territorializados»54 [Hunter, 2021], que ofrece al capital fósil la posibilidad de eludir las medidas coercitivas mediante la deslocalización de sus actividades. Este callejón sin salida pone de manifiesto la necesidad de concebir formas planetarias de coordinación económica y la constitución de un sujeto ecologista decididamente internacionalista.

Notas

1 IPCC [2023], «Resumen para responsables de políticas», en Cambio climático 2023: Informe de síntesis, Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, Ginebra, pp. 19-31.

2 Buck H. J. [2021], Ending Fossil Fuels. Why Net Zero Is Not Enough, Verso, Londres.

3 Marx y Engels [1932], L’Idéologie allemande, Éditions sociales, «Les essentielles», París, 2012, p. 64

4 Cohen G. A. [1978], Karl Marx’s Theory of History. A Defence, Princeton University Press, Princeton, 2000, pp. 326-340.

5 Marx, [1939], Manuscrits de 1857-1858, dits «Grundrisse», Éditions sociales, «Les essentielles», París, 2011, p. 371

6 Balibar É. y Wallerstein I. [1988], Race, nation, classe. Les identités ambiguës, La Découverte, «Poche/SHS», París, 2007, p. 207-246.

7 Marx [1875], Critique du programme de Gotha, Éditions sociales, «Les poches», París, 2008, p. 73.

8 Marx K. y Engels F. [1848], Manifeste du Parti communiste, Éditions sociales, París, 2023.

9 Marx [1871], Sur la Commune de Paris, Éditions sociales, París, 2021; Balibar É. [1974], Cinq Études du matérialisme historique, Maspero, París, p. 97.

10 — [1867], Le Capital, Libro I, Éditions sociales, «Les essentielles», París, 2016, p. 81

11 Marx K. y Engels F. [1848], Manifeste du Parti communiste, Éditions sociales, París, 2023, p. 78.

12 1875], Critique du programme de Gotha, Éditions sociales, «Les poches», París, 2008, p. 60

13 Marx y Engels [1932], L’Idéologie allemande, Éditions sociales, «Les essentielles», París, 2012, p. 74

14 Keucheyan [2015], «El estado de la utopía: la cuestión del Estado en el pensamiento crítico contemporáneo», Revue française de socio-économie, n.º 15, pp. 65-80.

15 Jessop B. [1982], The Capitalist State. Marxist Theories and Methods, New York University Press, Nueva York, pp. 32-77.

16 Clarke S. [1991], «The state debate», en Clarke S. (dir.), The State Debate, Macmillan, Londres, p. 4.

17 Das R. [1996], «State theories: a critical analysis», Science and Society, vol. 60, p. 27-5

18 Poulantzas N. [1968], Pouvoir politique et classes sociales de l’État capitaliste, Maspero, París.

19 Vincent J.-M. et al. [1975], L’État contemporain et le marxisme, Maspero, París; Hirsch [2005], La Théorie matérialiste de l’État. Les transformations du système capitaliste des États, Syllepse, París, 2025.

20 Poulantzas [1969], «The problem of the capitalist state», New Left Review, vol. I, n.º 58, pp. 67-78.

21 Offe C. [1972], Strukturprobleme des kapitalistischen Staates. Aufsätze zur politischen Soziologie, Suhrkamp, Fráncfort; [1984], Contradictions of the Welfare State, Hutchinson, Londres

22 O’Connor [1973], The Fiscal Crisis of the State, Transaction Publishers, New Brunswick, 2009.

23 Poulantzas [1978], L’État, le pouvoir, le socialisme, Les Prairies ordinaires, París, 2013, p. 192.

24 Douet Y. [2019], «Althusser, Poulantzas y el problema de la autonomía de la política», L’Homme et la Société, vol. 87, n.º 1, pp. 157-181; Ducange J.-N. y Keucheyan R. (eds.) [2016], La Fin de l’État démocratique. Nicos Poulantzas, un marxisme pour le xxie siècle, PUF, «Actuel Marx Confrontation», París.

25 Poulantzas [1978], L’État, le pouvoir, le socialisme, Les Prairies ordinaires, París, 2013, p. 205

26 Hausknost D. [2025], «The state in the Anthropocene», en Machin A. y Wissenburg M. (eds.), Handbook of Environmental Political Theory in the Anthropocene, Edward Elgar Publishing, Cheltenham.

27 Liodakis G. [2023], «¿Superar la crisis socioecológica mediante el Estado o la revolución?», Capitalism, Nature, Socialism, vol. 34, pp. 58-77.

28 O’Connor [1988], «Capitalismo, naturaleza, socialismo: una introducción teórica», Capitalism, Nature, Socialism, vol. 1, n.º 1, pp. 11-38.

29 Polanyi K. [1944], La Grande Transformation. Aux origines politiques et économiques de notre temps, Gallimard, París, 2009, pp. 117-127

30 O’Connor [1988], «Capitalismo, naturaleza, socialismo: una introducción teórica», Capitalism, Nature, Socialism, vol. 1, n.º 1, p. 23

31 O’Connor [1988], «Capitalismo, naturaleza, socialismo: una introducción teórica», Capitalism, Nature, Socialism, vol. 1, n.º 1, p. 23; Parenti C. [2014], «The environment making state: territory, nature and value», Antipode, vol. 47, n.º 4, pp. 829-848.

32 O’Connor [1988], «Capitalismo, naturaleza, socialismo: una introducción teórica», Capitalism, Nature, Socialism, vol. 1, n.º 1, p. 25

33 P. 25

34 P. 22

35 P. 32.

36 P. 31.

37 p. 32

38 p. 32.

39 p. 32

40 Offe [1973], «Krisen des Krisenmanagements: Elemente einer politischen Krisentheorie», en Jänicke M. (dir.), Herrschaft und Krise, Westdeutscher Verlag, Opladen, pp. 197-223.

41 O’Connor [1988], «Capitalism, nature, socialism: a theoretical introduction», Capitalism, Nature, Socialism, vol. 1, n.º 1, p. 32.

42 P. 24

43 p. 24

44 O’Connor [1984], Accumulation Crisis, Basil Blackwell, Oxford, pp. 191-198.

45 O’Connor [1998], Natural Causes. Essays in Ecological Marxism, Guilford Press, «Democracy and ecology», Nueva York, p. 306

46 Offe [1973], «Krisen des Krisenmanagements: Elemente einer politischen Krisentheorie», en Jänicke M. (dir.), Herrschaft und Krise, Westdeutscher Verlag, Opladen, pp. 197-223; Habermas J. [1973], Crise de légitimation dans le capitalisme avancé, Payot, «Crítica de la política», París, 1978; O’Connor [1988], «Capitalismo, naturaleza, socialismo: una introducción teórica», Capitalism, Nature, Socialism, vol. 1, n.º 1, p. 24.

47 FitzSimmons, M. et al. [1991], «Environmentalism and the liberal state», Capitalism, Nature, Socialism, vol. 2, n.º 1, pp. 2-3

48 Carton y Malm [2025], The Long Heat. Climate Politics When It’s Too Late, Verso, Londres, pp. 3-7.

49 Out of the Woods Collective [2022], Hope Against Hope. Writings on Ecological Crisis, Common Notions, Nueva York.

50 Malm [2020], Corona, Climate, Chronic Emergency. War Communism in the Twenty-First Century, Verso, Londres, pp. 151-152

51 Ibid.

52] Guillibert P. [2021], Terre et Capital. Pour un communisme du vivant, Éditions Amsterdam, París, p. 241. s

53 P. 242

54 Hunter R. [2021], «Capitalism, depoliticization, and climate politics», Science & Society, vol. 85, n.º 2.

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