Gaceta Crítica

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Sáhara Occidental, la guerra de nadie

Jonathan Martínez (PÚBLICO), 18 de Junio de 2026

Recepción de niñas y niños saharauis del programa ‘Vacaciones en Paz’, en el Congreso de los Diputados, a 16 de julio de 2025, en Madrid (España).  El programa Vacaciones en Paz es una iniciativa solidaria por la que niños y niñas saharauis de entre 8 y 12 años, procedentes de los campamentos de refugiados de Tinduf (Argelia), son acogidos temporalmente por familias españolas durante los meses de verano.Carlos Luján / Europa Press
Recepción de niñas y niños saharauis del programa ‘Vacaciones en Paz’ en el Congreso de los Diputados.Europa Press / Carlos Lujan

En los primeros días de abril, una nube de polvo mineral brotó del desierto del Sáhara y franqueó el estrecho de Gibraltar para oscurecer los cielos de la Península Ibérica. A través de la calima, el mundo tiene algo de cementerio nuclear o decorado distópico. Llueve barro. Un manto de óxido recubre los tejados y desluce los jardines. Los adolescentes escriben con los dedos sobre los cristales de los coches. Hay que extremar las precauciones al volante, dice la televisión. Y atención a los enfermos pulmonares. La arena africana es un fastidio, un contratiempo, una incómoda perturbación del curso natural de nuestros días.

La semana pasada volvieron a llegarnos noticias del sur. Marruecos había matado a tres combatientes saharauis en una ofensiva con drones sobre las inmediaciones del muro que surca los territorios ocupados. Una de las víctimas era Lehbib Mohamed Abdelaziz, hijo de Mohamed Abdelaziz, el emblemático secretario general del Frente Polisario y presidente de la República Árabe Saharaui Democrática. Mientras las fuerzas alauitas atacaban el Sáhara Occidental, Staffan de Mistura visitaba los campamentos de refugiados como mediador de la ONU. Sus apelaciones al diálogo tropezaron con la realidad de la guerra.

Las noticias sobre el Sáhara Occidental, como la calima, llegan con frecuencia en una especie de resignada sordina. El pasado mes de mayo, por primera vez en más de dos décadas, el régimen de Washington extendió sus ejercicios militares African Lion a la geografía saharaui. El embajador de EEUU en Rabat, Duke Buchan, jaleó la maniobra desde Dajla. En ese contexto, el Frente Polisario descargó tres proyectiles a las afueras de Esmara. Hace más de cinco años que las autoridades saharauis volvieron a empuñar las armas. En noviembre de 2020, Marruecos había penetrado por la fuerza en Guerguerat quebrantando una tregua que duraba ya casi tres décadas.

La fecha es decisiva. En septiembre de 2020, en las postrimerías de su primer mandato, Donald Trump había auspiciado los Acuerdos de Abraham entre Israel, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin. Inmediatamente después de la incursión de Guerguerat, Marruecos selló en Rabat un acuerdo de amistad con Washington y Tel Aviv. Las páginas de aquella declaración recogen ya la semilla de la colaboración tecnológica. En 2021, Marruecos e Israel formalizaron un primer memorando de fraternidad militar. A partir de ese momento, la ayuda mutua fue estrechándose hasta culminar con la producción de drones israelíes en la ciudad marroquí de Benslimane.

Un dron mató a Lehbib Mohamed Abdelaziz en un episodio que no parece tanto una ofensiva indiscriminada como una operación milimétrica destinada a recortar las opciones sucesorias de la RASD. No era la primera embestida mortal con aeronaves no tripuladas. En 2021, cuatro meses después de que Trump bendijera la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, un ataque con drones mató al dirigente Eddah Al-Bendir en las proximidades de Tifariti. En 2023, otro bombardeo con drones mató a cuatro combatientes, entre ellos el comandante Abba Ali Hamudi.

A la luz de esta secuencia, varios actores internacionales parecen haberse desentendido de sus compromisos históricos para decantarse por la carta amarga de la Realpolitik: puesto que la correlación de fuerzas es desigual, más le valdría al pueblo saharaui renunciar a sus ansias descolonizadoras y aceptar con gusto la solución autonómica auspiciada por Trump y Netanyahu. Esa misma inercia argumental, por ejemplo, ha servido para reclamar la rendición de Irán. El curso de las negociaciones nos demuestra que la historia no está escrita de antemano y que las llamadas al realismo forman parte inseparable de la propaganda de guerra.

Sean cuales sean las condiciones y las correlaciones de fuerza, el derecho de autodeterminación continúa en el corazón del estatus jurídico del Sáhara Occidental. Son los ocupados y no los ocupantes quienes deben elegir libre y ordenadamente el destino administrativo del territorio. Mohamed VI está en condiciones de reiterar su propuesta autonomista y Pedro Sánchez tiene todo el derecho a considerarla “la base más seria, creíble y realista” como hizo en 2022. Sin embargo, el pueblo saharui no parece estar por la labor de rebañar migajas ajenas y este es a día de hoy el único realismo que merece ser tenido en cuenta.

Para España, la cuestión saharui debería ser algo más que una ocasional molestia atmosférica. Al fin y al cabo, la descolonización del Sáhara Occidental es la última gran deuda internacional del franquismo. En octubre de 1975, mientras el dictador sufría en secreto de un infarto agudo, el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya denegaba la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Hoy, más de cincuenta años después, los herederos del desastre se refugian tras una densa nube de palabras para difuminar sus responsabilidades y vender soluciones ficticias al margen de la ley.

Es el fracaso de las dilaciones diplomáticas lo que ha terminado por reavivar la guerra. Mientras tanto, como un invisible telón de fondo, el Frente Polisario denuncia el goteo de víctimas humanas. Marruecos disimula. España se tapa los oídos y silba. Estados Unidos e Israel hacen juegos de prestidigitación mientras apuntan a Irán, Líbano y Palestina. En fin, el Sáhara Occidental se deshilacha en una guerra sin nombre que aparentemente nadie libra. Será que a este lado del mar apenas llega el zumbido de los drones israelíes o el silencio homicida de las minas antipersona made in Europe que jalonan el desierto cuando se levanta la calima.

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