Gaceta Crítica

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Cuba y el internacionalismo bajo asedio: del Tricontinental a la actualidad

Alejandro Pedregal (MR Online), 15 de Junio de 2026

Enero de 1966. La Habana. Delegaciones de Asia, África y América Latina —muchas de ellas involucradas en la lucha armada contra el colonialismo— se reunieron para la Conferencia Tricontinental. No se trataba de meros diplomáticos, ni de una cumbre convencional. Era, en palabras de algunos de los propios participantes, un intento de coordinar la revolución de los oprimidos a escala global.

La Conferencia Tricontinental no surgió de la nada; más bien, tenía sus raíces en una larga tradición de internacionalismo del Tercer Mundo, que abarcaba desde el Congreso de Bakú de los Pueblos del Este de 1920 hasta la Conferencia de Bandung de 1955 y el establecimiento del Movimiento de Países No Alineados en Belgrado en 1961. Dos importantes corrientes históricas convergieron en La Habana en 1966: por un lado, las revoluciones socialistas; por otro, las luchas de liberación nacional del llamado Tercer Mundo.

Fidel Castro se dirige a los delegados que asisten a la Conferencia de La Habana, enero de 1966. Imagen cortesía de Granma International MR Online.

Fidel Castro se dirige a los delegados que asisten a la Conferencia de La Habana, enero de 1966. Imagen cortesía de Granma International.

Unos 782 participantes de 82 países se congregaron en la ciudad, entre ellos representantes gubernamentales, movimientos guerrilleros, partidos políticos, sindicatos y organizaciones sociales. No eran meros representantes del Estado en el sentido clásico, sino que, en muchos casos, participaban activamente en la lucha.

Las conversaciones trascendieron la política internacional; se debatió una visión para el mundo. «Creen dos, tres… muchos Vietnam», instó Che Guevara en su famoso mensaje a la Conferencia. Figuras como Salvador Allende de Chile, Aruna Asaf Ali de la India, Josina Machel de Mozambique y Augusto Turcios Lima de Guatemala se dieron cita allí.

Los delegados compartían un diagnóstico común: el colonialismo no había terminado, sino que se había transformado en formas neocoloniales de dependencia económica, política y militar impuestas a naciones formalmente independientes. Y ese sistema tenía un centro claro: el imperialismo estadounidense.

Sin embargo, la trascendencia de la Cumbre Tricontinental trascendió la mera denuncia. Abogó por una solidaridad activa entre los pueblos, no limitada a los legítimos intereses nacionales, sino fundamentada en la convicción de que la liberación de algunos dependía de la liberación de todos. Los debates abarcaron la cooperación económica, el apoyo militar, las estrategias compartidas, la reforma agraria, la soberanía económica y la liberación de las dependencias estructurales del mercado global.

Guiada por el principio de «unidad sin uniformidad», la Conferencia reconoció la diversidad de realidades y caminos hacia la liberación. En última instancia, el antiimperialismo de la Conferencia Tricontinental contemplaba una reorganización global: la construcción de un mundo donde las relaciones entre los países del Sur Global no estuvieran mediadas por la subordinación a centros de poder, sino por principios de cooperación, reciprocidad y desarrollo compartido. Un mundo en el que ningún país avanzara a expensas de otro.

Así, la revista Tricontinental fue concebida como el inicio de una arquitectura política internacionalista que se cristalizaría en la creación de la Organización de Solidaridad por los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL), con sede en La Habana, y su revista, Tricontinental , que se publicaba en español, inglés, francés, italiano y, durante un tiempo, también en árabe.

Mehdi ben Barka ofreciendo una rueda de prensa en Casablanca en enero de 1959. Imagen cortesía de EPA MR Online.

Mehdi ben Barka ofreciendo una rueda de prensa en Casablanca en enero de 1959. Imagen cortesía de: EPA

Como señaló Mehdi Ben Barka —figura clave en la organización de la conferencia, asesinado poco antes de su celebración—, allí convergieron dos importantes corrientes de la revolución mundial: la socialista y la anticolonial. No es casualidad que algunos contemporáneos describieran la reunión como una auténtica «declaración de guerra» contra el orden imperial. Tampoco sorprende que documentos internos del gobierno estadounidense la caracterizaran como «la concentración más poderosa de fuerzas procomunistas y antiestadounidenses en la historia del hemisferio occidental».

Hoy, siguiendo a István Mészáros, podríamos interpretar esto como un compromiso con un «metabolismo social» alternativo (al que también nos hemos referido como un « metabolismo social soberano »). Para Mészáros, el capital no es meramente un sistema económico, sino un sistema de control social metabólico que subordina todas las dimensiones de la vida —salud, educación, trabajo, tiempo e incluso afectos humanos— a la lógica de la acumulación de valor. En ese metabolismo, todo se convierte en una mercancía destinada al intercambio de mercado, en detrimento de la satisfacción de las necesidades humanas. En contraste, el Tricontinental y su modelo de solidaridad internacionalista buscaban esbozar, aunque de forma embrionaria, un metabolismo social alternativo: uno en el que la producción, la distribución y la cooperación se organizarían, de manera soberana, en torno al valor de uso y la reproducción ampliada de la vida, en lugar de la reproducción del capital.

Del Tricontinental al Internacionalismo Cubano

Lo que hace único al caso cubano es que este proyecto de solidaridad internacionalista no se quedó en la mera retórica, sino que se convirtió en una práctica central del proceso revolucionario, que Cuba mantuvo durante décadas. De hecho, Fidel Castro afirmó célebremente: «Ser internacionalista es saldar nuestra propia deuda con la humanidad».

Comencemos con el ámbito militar. El apoyo cubano a las luchas de liberación nacional no fue un hecho aislado, sino una política sistemática de internacionalismo activo. Entre las décadas de 1960 y 1980, Cuba envió misiones militares a diversos países africanos y latinoamericanos, siempre a petición de movimientos insurgentes legítimos y gobiernos progresistas, sin exigir a cambio bases militares, recursos naturales ni ventajas geopolíticas. Algunos ejemplos son Argelia en 1963 (apoyo contra el imperialismo durante la Guerra de Arena); Guinea-Bissau y Cabo Verde (asistencia militar al PAIGC de Amílcar Cabral a partir de 1965); Etiopía en 1977 (en respuesta a la invasión somalí de Ogaden); y Nicaragua tras la victoria sandinista (entrenamiento del ejército popular).

Cuba proporcionó ayuda militar a los movimientos de independencia africanos. Imagen cortesía de AFP MR Online.

Cuba proporcionó ayuda militar a los movimientos de independencia africanos. Imagen cortesía de AFP.

Sin embargo, el despliegue más grande y posiblemente más decisivo tuvo lugar en Angola a partir de 1975. Allí, durante más de una década, decenas de miles de soldados cubanos lucharon junto al Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) contra la invasión sudafricana y los esfuerzos de desestabilización financiados por Estados Unidos. Esa intervención desempeñó un papel decisivo en la derrota del ejército sudafricano en Cuito Cuanavale (1987-1988), un punto de inflexión en la guerra de Angola que también aceleró la independencia de Namibia y asestó un golpe mortal al régimen del apartheid. Como Nelson Mandelareconocería más tarde,

La aplastante derrota del ejército racista en Cuito Cuanavale fue una victoria para toda África… destruyó el mito de la invencibilidad del opresor blanco.

Sin embargo, el internacionalismo cubano no se ha limitado a casos de apoyo militar. En el ámbito educativo, por ejemplo, Cuba ha promovido el método de alfabetización «Yo sí puedo», mediante el cual más de diez millones de personas en diversos países han aprendido a leer y escribir. Asimismo, el sector médico constituye un claro ejemplo de la convicción tricontinental de que la liberación de algunos depende de la liberación de todos. Desde 1963, Cuba ha enviado a más de 600 000 profesionales de la salud en misiones a decenas de países.

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No se trata de una ayuda ocasional, sino de una política estructural sostenida durante más de medio siglo. Cuba ha desplegado médicos en situaciones de emergencia a través de la Brigada Henry Reeve , cuyo personal ha trabajado en más de 20 países en respuesta a terremotos, epidemias y huracanes, desde Pakistán (2005) hasta Haití, y desde África Occidental durante el brote de ébola (2014) hasta Italia en el punto álgido de la pandemia de COVID-19. Asimismo, el programa oftalmológico conocido como Operación Milagro , lanzado en 2004, permitió que más de tres millones de personas recuperaran la vista en una década mediante procedimientos médicos gratuitos, principalmente en América Latina y el Caribe. Entre los beneficiarios se encontraba Mario Terán, el soldado boliviano que ejecutó al Che Guevara.

Sin embargo, los principales logros del esfuerzo cubano en los campos de la salud y la reproducción social no terminan ahí. Uno de los ejemplos más notables en este sentido se encuentra en el área de la educación médica: la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), fundada en 1999, ha graduado a más de 31.000 médicos de más de 120 países, muchos de ellos provenientes de comunidades empobrecidas, brindándoles una educación completamente gratuita.

A esto se suma el desarrollo de las capacidades propias de Cuba en biomedicina. Durante la pandemia de COVID-19, Cuba produjo sus propias vacunas —Abdala ( del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología) y Soberana (del Instituto Finlay)— bajo las apremiantes condiciones del bloqueo. Mientras tanto, el Centro de Inmunología Molecular (CIM) ha sido la fuente de otros desarrollos únicos: las vacunas terapéuticas CIMAvax-EGF y Vaxira para el cáncer de pulmón, así como el fármaco NeuralCIM (NeuroEPO) para el Alzheimer, un tratamiento que incluso atrae a ciudadanos estadounidenses a Cuba , seducidos por sus beneficios para la salud y el ahorro económico que ofrece.

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Si se analiza este conjunto de esfuerzos en su totalidad, emerge un patrón claro. El objetivo no es explotar ni exportar servicios para generar ganancias, sino redistribuir capacidades y proporcionar recursos que satisfagan las necesidades humanas, independientemente del costo. Se trata de una política guiada por el principio de compartir «lo que tenemos, no lo que nos sobra»: un esfuerzo sostenido y coordinado para organizar la producción, ya sea de conocimiento, salud o educación, en función de las necesidades sociales y no de la rentabilidad. Esto representa la capacidad productiva de una sociedad que opera independientemente de la acumulación de capital y el beneficio económico privado. En definitiva, es un esfuerzo constante e incansable por construir un metabolismo social soberano que se presente como una alternativa al del capital.

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¿Qué pretende bloquear el bloqueo?

Y entonces surge la pregunta: si una pequeña isla caribeña ha sido capaz de todo esto… ¿cuál ha sido exactamente el objetivo del bloqueo durante más de 60 años?

Según la narrativa histórica predominante, el bloqueo económico estadounidense a Cuba comenzó en 1960 y se estableció formalmente en 1962 en respuesta a las nacionalizaciones que siguieron a la Revolución. Sin embargo, limitarlo a ese contexto sería una simplificación excesiva de sus implicaciones, ya que el bloqueo no es simplemente una sanción comercial. Se trata de un complejo sistema de restricciones financieras, tecnológicas y comerciales, con efectos tanto internos como extraterritoriales, diseñado para aislar económicamente a la isla y obstaculizar su desarrollo con el fin de impulsar un cambio político.

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El documento reconocía explícitamente que la mayoría de la población apoyaba al gobierno revolucionario y que la única forma de debilitarlo era generar descontento mediante el deterioro de las condiciones de vida. Desde el principio, el bloqueo incluyó una dimensión social destinada a afectar directamente a la población para producir efectos políticos.

Según las estimaciones presentadas a la ONU, los costos acumulados del bloqueo superan los 170.600 millones de dólares a precios actuales, cifra que asciende a más de 2,1 billones de dólares al ajustarla por las fluctuaciones del dólar y calcularla en función del valor constante del oro. En el último año analizado (marzo de 2024-febrero de 2025), las pérdidas alcanzaron los 7.556 millones de dólares, lo que equivale a más de 20 millones de dólares diarios o 862.000 dólares por hora. Para una economía pequeña, esto no es meramente una estadística; es una condición estructural que obstaculiza crónicamente cualquier posibilidad de desarrollo normal. Además, el bloqueo impide el acceso a la financiación internacional convencional: los bancos se niegan a operar, las transferencias están bloqueadas y es imposible obtener crédito.

Esto obliga a Cuba a operar bajo una carga adicional permanente, como si corriera una maratón con peso extra a cada paso. Sin embargo, más allá de las cifras macroeconómicas, lo verdaderamente revelador son los efectos concretos del bloqueo en la vida cotidiana del país.

En el sector sanitario, el impacto del bloqueo se puede medir, por ejemplo, en los tratamientos que no llegan a tiempo. Cuba no puede adquirir directamente numerosos medicamentos, equipos médicos ni tecnologías con componentes estadounidenses, incluso cuando estos son estándar en el mercado internacional. Esto obliga a recurrir a intermediarios, lo que eleva los costos y provoca retrasos críticos. Durante el último año evaluado, varios programas de salud se vieron afectados por la escasez de suministros esenciales, desde reactivos para pruebas clínicas hasta medicamentos contra el cáncer y antibióticos específicos. Para comprender la magnitud del problema: 16 días de bloqueo equivalen a la financiación necesaria para cubrir las necesidades del país en cuanto a medicamentos esenciales durante todo un año (aproximadamente 339 millones de dólares).

No se trata de un problema aislado; es estructural. Y tiene consecuencias cuantificables: según un análisis del Centro de Investigación Económica y Política (CEPR), el endurecimiento de las sanciones a partir de 2019 se ha vinculado a un aumento significativo de la mortalidad infantil —alrededor del 148 % durante ciertos períodos— debido a la escasez de suministros médicos, alimentos y recursos materiales esenciales. La mortalidad materna también aumentó, de 38,7 a 44,1 por cada 100 000 habitantes. Más de 32 880 mujeres embarazadas se enfrentan a riesgos adicionales como consecuencia directa del bloqueo energético, y 61 830 lactantes menores de un año requieren cuidados especiales que no pueden garantizarse por falta de recursos necesarios.

En octubre de 2025, 94.729 personas estaban en lista de espera para cirugía, entre ellas 9.913 niños. Se estima que 19 minutos del bloqueo equivalen al costo de proporcionar las sillas de ruedas necesarias para todas las escuelas de educación especial del país. En otras palabras, el bloqueo afecta directamente a la población cubana.

En el sector energético, las sanciones no solo prohíben el comercio directo, sino que también penalizan a las navieras, transportistas, aseguradoras y reaseguradoras involucradas en el suministro de combustible a Cuba. El resultado es una escasez crónica de combustible, agravada por la persecución deliberada de cualquiera que intente comerciar con la isla. Esto ha provocado una reducción en el suministro de combustible y un aumento drástico en los costos de adquisición. Las consecuencias son evidentes: apagones, limitaciones en el transporte público e interrupciones en la producción industrial.

La energía es una infraestructura fundamental; cuando falla, todo lo demás falla: hospitales, cadenas de frío, sistemas de riego y redes de distribución de alimentos. Se estima que dos meses de bloqueo equivalen al costo del combustible necesario para satisfacer la demanda normal de electricidad del país (1600 millones de dólares), mientras que 12 días equivalen a la financiación anual necesaria para el mantenimiento del sistema eléctrico nacional (250 millones de dólares).

A todo esto se suma el creciente costo de los productos básicos de primera necesidad. Obligada a comprar en mercados lejanos y a depender de intermediarios debido a la imposibilidad de comerciar con el mercado estadounidense o con empresas vinculadas a él, Cuba incurre en costos logísticos adicionales que se traducen en inflación y escasez. Se estima que cuatro meses de bloqueo equivalen a la financiación necesaria para adquirir los autobuses requeridos para el sistema de transporte público del país (2.850 millones de dólares); dos meses equivalen a la financiación necesaria para garantizar la entrega de la canasta básica de alimentos subsidiada a la población durante un año (1.600 millones de dólares). Cada restricción se convierte en un costo adicional; cada costo adicional, en escasez; cada escasez, en fuente de incertidumbre diaria. El bloqueo no es simplemente una política internacional; se manifiesta como una experiencia cotidiana.

Y, por supuesto, no se trata de un fenómeno del pasado producto de la propaganda. En los últimos años, bajo la administración de Donald Trump, se implementaron más de 200 medidas adicionales para endurecer las sanciones. Muchas de ellas fueron mantenidas por la administración de Joe Biden, lo que refleja el carácter estructural e imperialista del bloqueo como política de Estado. Estas medidas incluían restricciones energéticas que dificultan el acceso de la isla al combustible. Mientras tanto, la comunidad internacional ha condenado reiteradamente el bloqueo durante más de treinta años consecutivos , y la Asamblea General de las Naciones Unidas ha aprobado resoluciones casi unánimes que exigen su fin, aunque sin efecto práctico.

Bloqueo y metabolismo social

Centrada en la solidaridad internacionalista, Cuba ha concentrado un esfuerzo sostenido y constante por obstaculizar, en palabras de István Mészáros, el metabolismo social del capital. Pero este ha sido un esfuerzo constructivo: obstaculizarlo poniendo en marcha un metabolismo social alternativo. Porque la cuestión no es solo Cuba en sí misma. La cuestión es la lección que Cuba ofrece al mundo: la posibilidad de que otros países, especialmente en el Sur Global, puedan imaginar caminos alternativos de desarrollo que no reproduzcan la dependencia estructural del sistema capitalista global y que, mediante su propia práctica, lo desafíen.

Así, el bloqueo va más allá de simplemente causar dificultades económicas. Es un mecanismo integral diseñado para impedir la consolidación de un modelo que, a pesar de sus limitaciones, promueve una visión arraigada en el espíritu combativo pero constructivo del Movimiento Tricontinental. Este modelo se ejemplifica en un sistema de salud no organizado según las fuerzas del mercado; una educación concebida como un bien común universal; una política exterior guiada por la cooperación y la soberanía nacional, en contraposición a la competencia, la dominación y la dependencia; y capacidades científicas y culturales dedicadas a atender las necesidades humanas en lugar de la rentabilidad y la acumulación. Porque esto no solo refleja lo que Cuba ha soportado, sino también lo que ha construido durante más de seis décadas en condiciones de asedio y en medio de una creciente escasez estructural creada artificialmente por el imperialismo.

Porque esa es la pregunta que nos quieren bloquear: ¿Qué sería posible si ese modelo —un metabolismo social centrado en el valor de uso, en la emancipación colectiva, en los cuidados y el conocimiento, en la reproducción social de la vida— no se sometería al asedio? Quizás ahí, más que en el pasado, está la verdadera actualidad de la Tricontinental; no como memoria, sino como horizonte.

Esa es la pregunta que quieren impedirnos formular: ¿qué sería posible si un modelo así —un metabolismo social centrado en el valor de uso, la emancipación colectiva, el cuidado y el conocimiento, y la reproducción social de la vida— no estuviera amenazado? Quizás ahí reside la verdadera relevancia contemporánea del Tricontinental: no como un recuerdo del pasado, sino como un horizonte para el futuro.

(Este artículo se presenta como una adaptación escrita de la conferencia “El Tricontinental y la situación actual en Cuba”, impartida por el autor el 29 de abril de 2026 en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid. La traducción del original en español ha sido realizada por The Left Views con la autorización del autor).

Acerca de Alejandro Pedregal

Alejandro Pedregal es escritor, cineasta y profesor en la Universidad Aalto de Finlandia.

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