Pablo Solana (JACOBIN LAT), 12 de Junio de 2026

En mayo de 1975 el poeta salvadoreño Roque Dalton, fue ejecutado en su país por integrantes de la guerrilla a la que se había sumado. Medio siglo después, aún resta echar luz sobre los motivos reales de quienes idearon y decidieron su ejecución. La sombra de la CIA sobrevuela aquel infausto desenlace.
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Batalla de Ideas acaba de editar en Argentina el libro de Pablo Solana La verdad en la garganta. La sombra de la CIA tras el asesinato del poeta Roque Dalton. A continuación, compartimos un capítulo del libro, en el que se indaga en los mecanismos que desplegó la CIA durante la segunda mitad del siglo XX para neutralizar la influencia de las izquierdas en el ámbito de la cultura, donde la figura de Roque Dalton ganaba peso al amparo de la Revolución cubana. El crimen del poeta, finalmente, requirió de maniobras que excedieron los marcos de la denominada «Guerra Fría Cultural».
Prisioneros de la burguesía (Una persecución ni tan fría ni solo cultural)
Una mi amiga medio poetisa
definía así el lamento
de los intelectuales de la clase media:
«Soy prisionero de la burguesía:
no puedo salir de mí mismo»
Estados Unidos diseñó una estrategia específica para confrontar a los intelectuales y artistas afines a las luchas de los pueblos por su emancipación, conocida como Guerra Fría Cultural. En América Latina tuvo su mayor despliegue después de la Revolución cubana, durante la década de 1960, el período de intentos revolucionarios más candentes.
Diversos estudios dan cuenta de la acción de la CIA en la promoción de esa disputa por los más variados métodos. Primero, en Europa, donde la inteligencia estadounidense buscó contrarrestar la influencia comunista proveniente del Este. Alemania occidental, Italia y Francia fueron los destinos principales de su accionar. Instituciones como el Congreso por la Libertad de la Cultura, revistas literarias y festivales de arte, fueron el mascarón de proa tras el que siguieron acciones de inteligencia de más fino calibre. Pero en América Latina la batalla cultural no se limitó solamente a formas de «poder blando».
La CIA financió revistas en español como Mundo Nuevo, Encuentro y Cuadernos. El objetivo de superficie fue la promoción de «la libertad intelectual, uno de los derechos inalienables del hombre», tal como señala el manifiesto fundacional del Congreso por la Libertad. El objetivo contrainsurgente, en cambio, pasó por cooptar o desacreditar intelectuales y artistas comprometidos, e infiltrar centros de estudios y universidades.
Dentro de los reportes de la CIA desclasificados hay información sobre el proceso de creación de la revista Diálogos, aparecida en México en diciembre de 1964 y dirigida por el poeta español Ramón Xirau, becario de la Fundación Rockefeller. Allí consta el rol de esa fundación en la maniobra: por su intermedio, la inteligencia norteamericana financió la nueva publicación. El reporte interno de código 104-10127-10016 menciona a un tal «G. Tichborn», agente de la CIA en México desde 1961, que tenía entre sus tareas «administrar la revista [tachado] dirigida a intelectuales latinoamericanos» y «reportar sobre actividades de intelectuales de izquierda que representan el blanco del programa DIGODOWN». Con ese criptónimo denominaban, en los reportes secretos, al capítulo latinoamericano del Congreso por la Libertad de la Cultura, según se desprende de otros archivos. Por medio del espionaje previo al lanzamiento de esa revista, la Agencia identificó a «un grupo de intelectuales de avanzada que tienen muchos contactos y actividades en la Universidad, en el Colegio de México, en grupos de teatro y en revistas nacionales». Otro de los memorándums reconoce que el objetivo era disputar el «monopolio que la extrema izquierda tiene en el sector cultural».

La más notoria de esas apuestas, por su alcance continental, fue la revista Mundo Nuevo. Financiada formalmente por la Fundación Ford, contó con la dirección del uruguayo Emir Rodríguez Monegal, que hasta ese momento gozaba de cierto reconocimiento entre los intelectuales comprometidos por haber participado en la revista Marcha. En 1965, Roberto Fernández Retamar, compañero de Roque en Casa de las Américas, cuestionó a Monegal por prestarse a esa tarea indigna:
Es posible (es casi seguro) que en los primeros números, con el fin de atraer colaboradores de calidad, logres esa «libertad de elección y orientación» de que hablas; que incluso se defienda ahí la revolución latinoamericana: pero es igualmente seguro que la orientación ulterior escapará a tus manos […] y la revista acabará asumiendo, sin dudas más hábilmente, y por tanto más negativamente, posiciones contrarias a los intereses de nuestros pueblos.
Monegal, por su parte, intentó replicar las críticas insistiendo con su derecho a defender la «libertad», a tono con la línea establecida por Estados Unidos. En un artículo posterior, el cubano perdió la paciencia y lo llamó, sin eufemismos, «servidor del imperialismo».
Todo el círculo intelectual de Casa de las Américas —Roque incluido— se involucró en la batalla. Fernández Retamar, Dalton, el haitiano René Depestre, el uruguayo Carlos María Gutiérrez y los cubanos Ambrosio Fornet y Edmundo Desnoes compartieron una mesa redonda en 1969 donde abordaron el tema.
Gutiérrez fue quien señaló con más contundencia el riesgo que veían tras las maniobras de la CIA en el ámbito de la cultura:
El imperialismo —que también es dialéctico sin saberlo y aprende de sus errores— ha descubierto otra instancia del tema ideológico, que ni siquiera es la píldora edulcorada del Congreso por la Libertad de la Cultura, ni Mundo Nuevo, ni las becas o las cátedras en universidades norteamericanas. Sus recursos de movilización psicológica están utilizando nuestras propias confusiones. […] La nueva estrategia del imperialismo no es impugnar a los discrepantes al modo antiguo, como sobornados o cretinos útiles, sino abrirles su aparato propagandístico bajo el pabellón del fair play.
El vínculo entre literatura y compromiso en la obra de Roque Dalton fue abordado en diversos estudios, algunos de ellos muy logrados. El salvadoreño dejó constancia en una decena de escritos y entrevistas del modo en que concebía esa relación. En el artículo «Poesía y militancia en América Latina», publicado en septiembre de 1963, afirma:
El poeta debe ser fundamentalmente fiel con la poesía, con la belleza. Dentro del caudal de lo bello debe sumergir el contenido que su actitud ante la vida le imponga. Y aquí no caben los subterfugios ni la inversión de los términos. El poeta es tal porque hace poesía, es decir, porque crea una obra bella. […] Honor del poeta revolucionario: convencer a su generación de la necesidad de ser revolucionario hoy, en la época dura, la única que da posibilidades de ser sujeto de epopeya. Ser revolucionario cuando la revolución ha eliminado a sus enemigos y se ha consolidado en todos los sentidos puede ser, sin lugar a dudas, más o menos glorioso y heroico. Pero serlo cuando la calidad de revolucionario se suele premiar con la muerte es lo verdaderamente digno de la poesía.
Al momento de escribir esas líneas Roque tenía 28 años; le quedaban por delante doce intensos años de vida, en los que fue madurando su poesía y radicalizando su posición ideológica. Para ese entonces todavía no había escrito sus principales obras ni había encontrado la forma de llevar a fondo su militancia. Sin embargo, los conceptos que vierte en ese texto serán sostenidos con coherencia hasta su último aliento.
Otra referencia importante sobre la relación entre literatura y experiencia vital en la obra de Dalton surge de la entrevista que Mario Benedetti le realizará en 1969, después de que el salvadoreño gane el premio Casa de las Américas con su poemario Taberna y otros lugares (que incluye la serie «Poemas de la última cárcel» referida al secuestro y encierro que padeció en 1964). En la entrevista, Dalton afirma que su forma de ver la literatura y la vida compromete «todo» lo que escribe:
Mario Benedetti: Por los fragmentos que conozco de tu libro, y por lo que ahora me cuentas, veo que podría ser considerado como poesía comprometida. Ahora bien, ¿qué sentido le das al compromiso?
Roque Dalton: Me parece que, para nosotros, latinoamericanos, ha llegado el momento de estructurar lo mejor posible el problema del compromiso. En mi caso particular, considero que todo lo que escribo está comprometido con una manera de ver la literatura y la vida a partir de nuestra más importante labor: la lucha por la liberación de nuestros pueblos.
En paralelo a la publicación de esta entrevista, los intentos de la CIA por cooptar intelectuales latinoamericanos por medio de la Guerra Fría Cultural iban perdiendo eficacia. Rodríguez Monegal, afectado en su credibilidad por la disputa planteada desde Casa de las Américas, en 1969 renunció a la dirección de la revista. Poco antes, una serie de investigaciones publicadas en The New York Times había develado el vínculo inequívoco de la CIA con esas instituciones y publicaciones. Intelectuales que habían aceptado el financiamiento durante el período más caliente de campaña anticubana, como el mexicano Octavio Paz o el peruano Mario Vargas Llosa, se declararon sorprendidos tras la revelación y renunciaron al apoyo económico. Otros, en cambio, siguieron recibiendo durante años dinero y bienes de la CIA y de la Fundación Rockefeller, como es el caso de Juan Rulfo, según denuncia el escritor mexicano Guillermo Sheridan a propósito del análisis de otro cable desclasificado.
Tras el alejamiento de Monegal, Mundo Nuevo se trasladó a Buenos Aires y adoptó un tono más conservador. En 1971, la Fundación Ford dejó de financiarla y la revista ya no se publicó.
Sin embargo, los objetivos de la Guerra Fría Cultural seguirían vigentes. A principios de 1973, Dalton denuncia en un artículo publicado en la revista Casa de las Américas la injerencia norteamericana en el sistema oficial de comunicaciones de El Salvador, coordinado por uno de los poetas que había compartido con él la militancia juvenil como parte de la llamada Generación Comprometida:
Una intensa campaña anticomunista en la que se usan todos los medios modernos de comunicación masiva machaca diariamente sobre los conceptos arbitrarios del gobierno en el caso de la Universidad. Prensa, radio, escuela, televisión, etcétera, están unificadas por el gobierno por medio del llamado Centro Nacional de Información (organismo dirigido por la CIA y a cuyo frente se encuentra el abogado y escritor salvadoreño Waldo Chávez Velazco) en esta campaña de guerra psicológica.
Dalton no se equivoca: a instancias de la CIA, Chávez Velazco seguirá su carrera vinculado a las comunicaciones, aunque cada vez más abiertamente volcado hacia la derecha. Será secretario de Información de la Presidencia durante las gestiones de los dictadores Fidel Sánchez Hernández y Arturo Armando Molina (ambos gobernaron durante los años iniciales de la lucha contrainsurgente, entre 1967 y 1977), y posteriormente será premiado con la designación al frente del consulado salvadoreño en Nueva York.
Los ofrecimientos que el agente de la CIA le hizo al poeta durante su interrogatorio en 1964 parecerían encajar en este tipo de estrategias. Sin embargo, una lectura exhaustiva de los cables secretos desclasificados relativiza esa hipótesis. Si la Agencia se propuso «anularlo», fue por sus responsabilidades como militante revolucionario. Una condición que, a los ojos de la estrategia contrainsurgente de Estados Unidos, se impuso por sobre su inobjetable relevancia como intelectual.
Pablo Solana Coautor de los libros América Latina. Huellas y retos del ciclo progresista y Final Abierto. 20 miradas críticas a las negociaciones con las insurgencias (2010-2018).
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