Gaceta Crítica

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La batalla por Colombia sigue en pie

Pablo Castaño (Jacobin.lat), 2 de Junio de 2026

El 21 de junio, Colombia decidirá si continúa el camino de transformación social y ambiental de la mano de Iván Cepeda o si se sumerge en la distopía de militarismo y recortes sociales que, inspirado en Trump, Milei y Bukele, propone Abelardo De la Espriella.

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Extrema derecha contra izquierda transformadora. Esa será la contienda a la que se enfrentará Colombia en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales el próximo 21 de junio. Se trata de un enfrentamiento que, con matices, ya hemos visto en países como Brasil, Argentina y Chile.

En la primera vuelta, fue el ultraderechista Abelardo De la Espriella —admirador de Donald Trump, del argentino Javier Milei y del salvadoreño Nayib Bukele— quien quedó en primer lugar, con el 43,7% de los votos. Muy cerca de él se encuentra el senador Iván Cepeda, del Pacto Histórico, la alianza de izquierda liderada hasta ahora por el presidente Gustavo Petro, con el 40,9%.

Este primer resultado fue una decepción para la izquierda, ya que las encuestas habían pronosticado que Cepeda quedaría en primer lugar. Su campaña incluso esperaba superar el 50%, lo que lo habría convertido en presidente en la primera vuelta, con la líder indígena Aida Quilcué como vicepresidenta. Si bien los resultados del domingo pasado fueron un baldazo de agua fría, lo cierto es que no hay nada dicho. Lo único seguro es que la presidencia colombiana se decidirá por un puñado de votos.

La extrema derecha devora al conservadurismo tradicional

La gran sorpresa de la votación del 31 de mayo fue el desempeño de Abelardo De la Espriella. Logró atraer a una gran parte del electorado tradicional del uribismo, la corriente liderada por el expresidente Álvaro Uribe (2002-2010) que ha dominado la derecha colombiana desde el cambio de siglo. Prueba de este cambio fue el escaso resultado de la candidata respaldada por Uribe, Paloma Valencia, quien, tras haber esperado inicialmente llegar a la segunda vuelta, terminó con solo un 6,9% de apoyo. Tanto ella como su mentor se apresuraron el domingo a respaldar a De la Espriella, pero no todos sus votantes los seguirán en la segunda vuelta.

En un intento por atraer al centro, Valencia moderó sus posiciones durante la campaña y eligió a Juan Daniel Oviedo —un político centrista y abiertamente gay— como su candidato a la vicepresidencia. Al igual que en otros lugares, los votantes de derecha radicalizados prefirieron el lenguaje duro y las propuestas disruptivas de De la Espriella —quien promete importar a Colombia la «motosierra» neoliberal de Milei y las megaprisiones de Bukele— en lugar de su equilibrio.

Otro hecho novedoso de la primera vuelta fue el aumento de la participación, que alcanzó el 58%, cifra muy alta para los estándares colombianos. La intensidad de la campaña sin duda contribuyó a ello. Aunque el concepto de «polarización» se utiliza a veces en contextos donde lo único que realmente existe es una radicalización de la derecha, en el caso colombiano tiene sentido: nunca antes se habían enfrentado en una segunda vuelta candidatos con proyectos políticos tan opuestos.

Mientras que Cepeda ha calificado a De la Espriella de «sexista, homofóbico» y representante «del fascismo mafioso», el candidato de extrema derecha tildó al senador respaldado por Petro de «criminal» y «heredero de las FARC», en referencia a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, la insurgencia armada de extrema izquierda que se apoderó del país durante gran parte de las últimas seis décadas.

La distribución geográfica del electorado es similar a la de elecciones anteriores: la derecha domina el centro del país, mientras que la izquierda es más fuerte en las periferias, incluyendo la pobre costa atlántica y la mayoría de las zonas de la Amazonía. Sin embargo, la extrema derecha triunfó en las localidades con mayor «riesgo de control» por parte de grupos armados ilegales, que han crecido en los últimos años a pesar de los intentos del gobierno de Petro de negociar con ellos para que depongan las armas.

Una década después de la firma del acuerdo de paz entre el Estado y las FARC, el crecimiento de otros grupos guerrilleros, organizaciones criminales y paramilitares, que suman unos veintisiete mil combatientes en todo el país, ha reforzado el atractivo de la retórica militarista de De la Espriella, quien ha prometido «eliminar» a los criminales, y aparece en sus mítines con un chaleco antibalas y encerrado en una caja de vidrio a prueba de balas.

Fortalezas y desafíos para la izquierda

Apesar de la decepción del domingo, la izquierda aún puede ganar la presidencia. Uno de los puntos fuertes de Cepeda es la solidez de su Pacto Histórico, que ha evolucionado desde 2022 de una coalición a un partido político unido. Esa unidad ya dio sus frutos en las elecciones legislativas de marzo, en las que el Pacto se consolidó como la principal fuerza parlamentaria del país, mejorando sus resultados de 2022, aunque quedó muy lejos de la mayoría absoluta.

Cepeda también tiene a su favor el apoyo mayoritario que Petro se ha ganado en la recta final de su mandato, tras una presidencia tempestuosa marcada por ambiciosos proyectos de reforma social y ambiental, pero también por la feroz oposición de la clase dirigente política, económica y mediática de Colombia.

El primer gobierno de izquierda en la historia de la nación andina ha logrado aprobar reformas importantes en áreas como impuestos, pensiones y educación superior. También ha convertido a Colombia en el primer país del mundo en detener la expansión de la industria petrolera, a pesar de la importancia de este sector para sus exportaciones. Luego de cuatro años de gobierno de izquierda, se ha distribuido más tierra que nunca a los campesinos sin tierra, el salario mínimo ha aumentado y la pobreza, el hambre y el desempleo han disminuido.

Por otro lado, otras reformas importantes, como el intento de reducir el papel de las aseguradoras privadas en la prestación de servicios de salud, han sido bloqueadas en el parlamento. La política de «paz total» ha fracasado, a pesar de un proceso inicialmente esperanzador con la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Más allá de esto, el balance general es positivo para la vida de los colombianos, especialmente los más pobres, algo en lo que Cepeda pudo mostrarse fuerte durante la campaña. Al igual que en 2022, la división entre izquierda y derecha en el voto tiene una fuerte alineación de clase, con los votantes de ingresos más bajos mucho más a favor del Pacto Histórico que los más ricos.

No está tan claro si la beligerancia de Petro durante la campaña ha contribuido a la victoria de Cepeda. El domingo por la noche, Petro cuestionó el recuento provisional presentado por las autoridades electorales. En ocasiones como esta, el impulsivo Petro parece arrastrar a Cepeda —menos carismático, pero mucho más mesurado y reflexivo— a un estilo de confrontación en el que el senador, conocido por su defensa de las víctimas de la violencia política y por impulsar un proceso judicial contra Uribe por sus vínculos con los paramilitares, se siente menos cómodo.

Mientras que Petro ha sido estigmatizado durante mucho tiempo por su historial guerrillero, Cepeda goza de una imagen ética que contrasta con la agresividad y el oscuro pasado de Abelardo De la Espriella, quien se desempeñó como abogado defensor de algunos de los jefes paramilitares más sanguinarios del país, incluido Salvatore Mancuso, quien ha sido acusado de setenta y cinco mil delitos y ha admitido trescientos asesinatos.

La trayectoria de Cepeda en la defensa de los derechos humanos podría ayudarle a atraer al 5% de los votantes que apoyaron a los centristas Sergio Fajardo y Claudia López en la primera vuelta, además de la parte del electorado de la conservadora Paloma Valencia que se siente más cerca de Oviedo, su candidato a la vicepresidencia.

Otro desafío será movilizar a nuevos votantes más allá de la base del Pacto Histórico, que ya acudió a las urnas en la primera vuelta. En 2022, Petro obtuvo 2,7 millones de votos entre las dos vueltas, en un momento en que el anterior presidente, el derechista Iván Duque, era muy impopular, y el Pacto Histórico y Petro eran percibidos como la expresión política de las protestas masivas que habían estallado en años anteriores contra las políticas neoliberales de Duque.

El contexto político actual está más marcado por el aumento de la violencia en muchos territorios (aunque la tasa de homicidios se ha estabilizado a nivel nacional) y por la influencia regional de Trump.

El factor Trump

La sombra del presidente de los Estados Unidos se cierne sobre la política colombiana desde el inicio de su segundo mandato, y especialmente desde la publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, que busca reafirmar la hegemonía política, económica y militar de Washington sobre las Américas.

En enero, tras el secuestro de Nicolás Maduro, Cepeda advirtió en entrevista con Jacobin de una posible injerencia electoral de Washington como la que sufrieron Honduras y Argentina. Trump llegó incluso a incluir a Petro —una de las voces que más enérgicamente ha denunciado el genocidio en Gaza— en la «Lista Clinton» de cómplices del narcotráfico y amenazó con una intervención armada contra Colombia.

Tales ataques constituyen una parte clave de la hegemonía de Washington sobre Colombia, donde Estados Unidos tiene una presencia militar significativa y una larga historia de cooperación en materia de seguridad justificada por la guerra contra las drogas. Aunque Trump suspendió sus amenazas en febrero tras una reunión con Petro, el espectro de una intervención más o menos directa para impedir una victoria de Cepeda está muy presente.

Hasta ahora, el Departamento de Estado solo declaró que «apoya el derecho de los colombianos a elegir libremente el liderazgo de su país», y Trump no respaldó directamente a ningún candidato. Pero ahora que la derecha colombiana se reagrupa en torno a De la Espriella, una intervención abierta se vuelve más probable. El candidato ultraconservador no solo ha dicho que, como presidente, «restablecerá» las relaciones con Estados Unidos, sino que pidió al vecino del norte que «supervise la segunda vuelta». Las noticias de una reunión entre el senador republicano Bernie Moreno y De la Espriella y Valencia podrían apuntar en esta dirección.

Pero el imperialismo descarado de Trump hacia la región —del que incluso han sufrido los gobiernos latinoamericanos aliados con el magnate en forma de aranceles y políticas migratorias racistas— también está desencadenando una reacción soberanista en Colombia que podría ayudar a catapultar a Cepeda a la presidencia. Al igual que ocurrió anteriormente con Claudia Sheinbaum en México y Lula da Silva en Brasil, en los últimos meses Petro ha visto cómo su popularidad aumentaba a la par de su enfrentamiento con Trump. Parte de esa popularidad se ha transferido a Cepeda, quien en la segunda vuelta haría bien en destacar la sumisión de su oponente a la agenda de Trump para Colombia y América Latina.

El 21 de junio, Colombia decidirá si continúa el camino de transformación social y ambiental iniciado por Petro o si se sumerge en una distopía de militarismo y recortes sociales. Este último rumbo sin duda agravaría el conflicto armado interno del país y las injusticias sociales que lo originaron, poniendo en peligro incluso la imperfecta democracia de Colombia. Las repercusiones de cualquiera de los dos resultados resonarán mucho más allá de este país.

Pablo Castaño Politólogo y periodista independiente, es doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha escrito para Ctxt, Público, Regards y El Independiente.

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