María Martínez Collado (PÚBLICO), 31 de Mayo de 2026
Muchas de las disputas sociales de los últimos años han sido lideradas por mujeres, dando lugar a nuevas formas de organización y movilización.

Las luchas protagonizadas por mujeres adquieren con frecuencia una dimensión de excepcionalidad, que rápidamente las devuelve a un segundo plano. Es como si se tratara de conflictos parciales, sectoriales o secundarios. Basta observar, sin embargo, algunas de las movilizaciones que ha habido en el país en la última década para advertir que muchas de las disputas sociales de mayor impacto han sido impulsadas precisamente desde sectores feminizados.
Jornaleras, trabajadoras del hogar, docentes, camareras de piso, educadoras infantiles, auxiliares, limpiadoras o dependientas de grandes marcas como Zara, Massimo Dutti, Stradivarius, Pull&Bear, Bershka, Oysho, Lefties, Mango o Primark llevan tiempo llevando a cabo huelgas, campañas y procesos organizativos que no han venido a cuestionar sus precarias condiciones laborales, y han puesto patas arriba la jerarquía bajo la cual se han organizado socialmente los diferentes tipos de trabajos.
Estas luchas, además, han comenzado a dialogar entre sí, lo cual les ha permitido tomar conciencia de en qué medida la feminización de determinados sectores hace parte de una organización histórica que continúa considerando apéndices, vocacionales o «naturales», a aquellos empleos ocupados mayoritariamente por mujeres.
Esta consideración tiene consecuencias materiales muy concretas que se hacen patentes cuando se observa que es también en estos sectores donde los convenios son peores, los salarios más bajos y se prestan a un menor reconocimiento social e institucional. «Ha habido una parte del sector feminizado más precarizado que nos hemos empezado a organizar«, explica Ana Pinto Lepe, portavoz de Jornaleras de Huelva en Lucha, a Público.
«La lucha de las Kellys, la lucha de las empleadas domésticas, de las limpiadoras, de las compas de ayuda a domicilio… hemos empezado a salir todas. Es lo que llamamos nosotras la Intersindical Feminista del Estado español. Tenemos un grupo bastante potente donde estamos reivindicando eso, estamos juntas dando la batalla y siempre nos apoyamos en la medida de lo que podemos cada una», señala.
Desde 2018, las denuncias públicas impulsadas por temporeras marroquíes y por colectivos de jornaleras han sacado a la luz la explotación, el miedo y la vulnerabilidad administrativa que sufren las mujeres que trabajan en el campo. Las activistas jornaleras hablan de un sistema que no facilita precisamente la posibilidad de visibilizar sus condiciones: «Hay gente que no tiene papeles que ni se puede afiliar a un sindicato legalmente«, explica Pinto Lepe, «gente que malvive en chabolas, que recorre todo el país haciendo temporadas, que vive donde mismo trabaja».
«Reinventar» el sindicalismo
La portavoz explica que, como jornaleras, han tenido que «reinventar» la forma de organizarse para hacer su lucha, porque las estructuras del sindicalismo más tradicional no alcanzaban a responder a las particularidades de un sector caracterizado por la presencia masiva de mujeres migradas. Pinto Lepe habla directamente de «choques» con hombres procedentes «del viejo sindicalismo» que pretendían dirigir el conflicto según lógicas que ella considera ajenas a las condiciones reales y, sobre todo, actuales del sector.
Esta cuestión atraviesa muchas de las movilizaciones actuales impulsadas por mujeres. En gran medida, gracias a ellas se ha hecho ver que el qué se reivindica en las luchas laborales va unido inseparablemente al cómo se construyen los espacios desde los cuales se formulan las reivindicaciones. Varias de las mujeres entrevistadas por Público para este reportaje hablan del trabajo que desde las luchas impulsadas por sectores feminizados se ha hecho para crear estructuras «más cuidadas, más afables, con mente abierta», formas de liderazgo compartido o intentos por evitar dinámicas patriarcales.
Enfrentar sesgos machistas
Aun así, reconocen que hay actitudes machistas heredadas que siguen reproduciéndose tanto dentro como fuera de las organizaciones. «Es importante el apoyo que nos podamos dar entre mujeres, el que nos podamos dar la confianza necesaria para superar ciertas barreras que a veces nos ponemos nosotras mismas. Cuando estás en un espacio de debate, los hombres acostumbran a monopolizar el discurso. A veces parece que lo dicen todo y a las mujeres no nos queda nada que decir. A veces nosotras mismas nos cohibimos», reflexiona Iolanda Segura, portavoz nacional de USTEC·STEs (IAC).
En la experiencia de las docentes catalanas convergen varias particularidades que comparten las luchas de sectores feminizados. Por un lado, la degradación progresiva de las condiciones laborales en la educación pública tras años de recortes y sobrecarga burocrática. Por otro, el desgaste emocional acumulado tras la pandemia y cómo ello ha complejizado el ambiente en las aulas. Y, finalmente, la propia feminización histórica de la enseñanza, que ha convertido determinados problemas estructurales en cuestiones sistemáticamente minimizadas.
Iolanda Segura sitúa el origen del conflicto abierto con las docentes en la sensación de agotamiento generalizado y en la necesidad de «dignificar la profesión». Las huelgas masivas convocadas en Catalunya surgieron tras meses de trabajo a pico y pala que se reprodujo en asambleas y consultas internas de los centros educativos. La portavoz explica que su sindicato fue reconstruyendo desde la base las redes entre el profesorado. El proceso terminó desembocando en las movilizaciones masivas que han sido noticia estos últimos meses. «Sacamos 100.000 personas a las calles», recuerda.
Un contexto de lucha que llevan años viviendo también las trabajadoras de Inditex en A Coruña, que ya habían protagonizado en 2022 una huelga que desbordó la imagen amable y triunfal de la multinacional para mostrar las verdaderas condiciones de quienes sostienen la empresa emblema del éxito empresarial español. Hace ya mucho que estas mujeres dejaron de ser «las niñas» de Inditex -como durante años se las había llamado, infantilizándolas-, para reivindicarse como trabajadoras organizadas que empezaron a perder el miedo. Juntas han logrado que sus reivindicaciones se extiendan al resto del país.
«Es una expresión denigrante que deja bien claro el carácter paternalista de la dirección de esta empresa. Como si fuéramos unas pobrecitas muertas de hambre a las que menos mal que hay un patrón que les da trabajo», protestaba hace unos días Carmiña Naveiro, dependienta de Zara en Santiago, en un reportaje de Juan Oliver y Luzes.
Desvalorización de los trabajos feminizados
Por su parte, desde la lucha de las trabajadoras de educación infantil de cero a tres años, Rosa Marín -portavoz de la Plataforma de Escuelas Infantiles- explica a Público que comenzaron a organizarse después de años viendo cómo los convenios que se iban aprobando apenas avanzaban y las negociaciones oficiales no mejoraban sustancialmente sus condiciones laborales.
El sector de educadoras de cero a tres años se ha convertido en uno de los espacios donde más claramente se expresa el vínculo entre feminización y desvalorización social de los cuidados. Se trata de un ámbito donde priman los salarios bajos y las externalizaciones, lo cual da lugar a una gran desigualdad entre centros, dependiendo de las administraciones responsables y las empresas adjudicatarias.
«No se puede ir corriendo con la infancia», afirma Marín. «Como siempre lo hemos hecho las mujeres y supuestamente por vocación, pues con la vocación se justifica que ya cobramos suficiente«, cuestiona la portavoz. Las docentes denuncian que los trabajos relacionados con el cuidado y la atención personalizada continúan siendo considerados casi una extensión natural del rol femenino, y no una profesión especializada que requiera reconocimiento económico y social. Es como si operara una lógica que respalda que son trabajos que «todo el mundo puede ejercer», sin más.
Conciliar y participar de luchas laborales
A esa desvalorización se suma la dificultad de hacer compatibles la militancia, el trabajo asalariado y las responsabilidades de los cuidados. Las mujeres que participan de estas luchas conviven con el cansancio, la falta de tiempo y la sensación de sostener, ya no uno, sino varios trabajos a la ver. «Yo he podido hacer esta lucha porque precisamente no tengo responsabilidad familiar, estoy soltera, no tengo ninguna carga, soy joven y empecé esta lucha con 32 años. Si te castigan siendo de aquí, cómo vas tú a reclamar viniendo de Marruecos, de Senegal, de Paraguay o de Colombia, cómo se da en el sector», explica Ana Pinto Lepe, portavoz de Jornaleras de Huelva en Lucha. Iolanda Segura admite directamente que no habría podido asumir ciertas responsabilidades años atrás, cuando su hija era pequeña.
Rosa Marín, de la Plataforma de Escuelas Infantiles, lo expresa de forma todavía más cruda. Es «no tener vida», dice. Marín explica que su tiempo se reparte exclusivamente entre sus hijos, su trabajo y el activismo sindical: «No quedo con gente, me dedico a mis tres hijos, porque claro, soy mujer precaria, divorciada, estoy sola. Mi trabajo que me absorbe mucho tiempo y me requiere mucho esfuerzo. Hay que hacer reuniones, escritos, picar puertas, estar en la calle, tejer redes, estar en otras luchas para crear redes y contactos… Últimamente ni veo la cara a mis hijos y les dedico muy poco tiempo, pero creo que es un ejemplo; que sepan que los derechos se consiguen peleando las calles«.
Xelo Valls Gregori, secretaria general de Educació CCOO en el País Valencià, explica que movilizarse obliga a reorganizar la vida cotidiana para estar «al pie del cañón». «Dentro de casa, cada una nos apañamos como podemos», resume, a la vez que reconoce que son jornadas intensas en las que el tiempo dedicado a la lucha sindical se resta inevitablemente de otros espacios de la vida.
Criminalización de las protestas
Esa precariedad existencial, en muchos caso, se combina con distintas formas de violencia y represalias. La criminalización de determinadas protestas alcanzó uno de sus episodios más conocidos con el caso de Las Seis de La Suiza. Las seis sindicalistas vinculadas a la CNT fueron condenadas tras las protestas organizadas en apoyo a una trabajadora embarazada que denunció abusos laborales y sexuales en una pastelería de Gijón. Las seis fueron condenadas a prisión y, un tiempo después, parcialmente indultadas por el Gobierno de coalición.
El caso puso sobre la mesa el modo en que determinados conflictos protagonizados y originados por mujeres tienden a ser presentados como excesivos, conflictivos o ilegítimos. También el movimiento feminista ha denunciado en los últimos años procesos de criminalización vinculados a sus protestas. El caso de las activistas de 8 Mil Motius, condenadas por una acción durante la huelga feminista del 8 de marzo de 2018 en Sant Cugat, fue una advertencia sobre los costes que pueden recaer sobre quienes participan en estas movilizaciones, además de una forma de disciplinamiento de la protesta social.
La historia de las mujeres en lucha
Muchas de estas luchas, al mismo tiempo, han ido construyendo genealogías propias y recuperando memorias históricas frecuentemente invisibilizadas. Las jornaleras recuerdan las luchas agrarias de los años 70 y 80 en Andalucía, las ocupaciones de cortijos y la tradición de las cigarreras. Otras citan huelgas protagonizadas por obreras textiles, trabajadoras del fósforo o también las cigarreras de Barcelona. No es casual que muchas de esas referencias remitan precisamente a conflictos impulsados por mujeres trabajadoras cuyos relatos no siempre se tienen presentes.
«Históricamente han sido muchas las mujeres que han sostenido las huelgas, que han estado absolutamente implicadas en movimientos sindicales, pero esto ha sido absolutamente invisibilizado. La historia la escriben los que tienen la posibilidad de hacerlo, quienes ocupan lugares influyentes, y esto mayoritariamente lo han ocupado los hombres. Es evidente que tenemos esta herencia», revindica Iolanda Segura.
Xelo Valls Gregori, por su parte, habla de la necesidad de tener «como referentes esa genealogía de mujeres que han puesto su corazón en poner la lucha de una clase, la clase trabajadora, por delante». La profesora reivindica una forma de intervención sindical que no renuncie a la ternura ni a la inteligencia emocional como parte de la acción sindical.
En ese sentido, buena parte de las movilizaciones recientes parecen estar produciendo también una relectura de la propia historia del trabajo y del sindicalismo. Limpiar habitaciones de hotel, cuidar bebés, recoger fruta, sostener aulas masificadas o atender personas son trabajos imprescindibles para el funcionamiento cotidiano de la sociedad y, sin embargo, continúan ocupando espacios muy residuales, tanto a nivel social como político.
En los últimos años, además, muchas de estas luchas han logrado abrir debates públicos que han tenido un alcance que las trasciende. Las jornaleras explican que algunas de sus reivindicaciones han terminado incorporándose incluso a reformas normativas relacionadas con extranjería y acceso a alojamientos de temporeras.
Ninguna de las entrevistadas piensa esos avances, en todo caso, como victorias definitivas, ni mucho menos. Varias hablan, de hecho, de la lentitud de las negociaciones, de su desgaste acumulado y de la dificultad de mantener la tensión y las disputas con la patronal de manera prolongada, cuando al mismo tiempo sus condiciones materiales de partida son extremadamente precarias y condicionan las vidas de las personas a las que quieren, de sus entornos.
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