Gaceta Crítica

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La trampa de Tucídides y el declive del imperialismo estadounidense

Michael Roberts (Economista marxista británico)( -Blog del autor- ), 24 de Mayo de 2026

La trampa de Tucídides y el declive del imperialismo estadounidense

En el primer día de las conversaciones en el transcurso de la reciente visita de estado del presidente estadounidense Donald Trump a China, su anfitrión Xi Jinping invocó la llamada «trampa de Tucídides» para advertir contra cualquier guerra entre las superpotencias que ahora dominan el panorama económico y político mundial.

Xi se refería al historiador  griego Tucídides que vivió en el siglo quinto a.C. quien, según se dice, argumentó que la amenaza que representaba el creciente poder de la ciudad-estado marítima de Atenas asustó tanto a la tradicional potencia hegemónica terrestre Esparta, que ésta última entró en guerra para aplastar a Atenas. Xi advirtió que si EEUU tenía tales intenciones hacia China, supondría una trampa para los estadounidenses.

El concepto de la trampa de Tucídides fue desarrollada por primera vez de la mano de Herman Wouk, novelista y veterano de la segunda guerra mundial, en 1980. Wouk comparó la guerra fría entre EEUU y la URSS a la que mantuvieron Atenas y Esparta una vez que derrotaron a Persia, su enemigo común en el siglo quinto a.C. En 2015, el politólogo estadounidense Graham Allison utilizó las lecciones de la guerra del Peloponeso (península de la Grecia continental) entre atenienses y espartanos como analogía del creciente conflicto entre EEUU y China. Allison reivindicaba que, entre una muestra de 16 instancias históricas donde un poder emergente rivalizaba con una potencia dominante, 12 habían acabado en guerra. Citó primero la primera guerra mundial, donde una potencia europea creciente, Alemania, fue a la guerra contra las declinantes potencias hegemónicas del Reino Unido y Francia. La incipiente potencia económica nipona en la segunda guerra mundial atacó a EEUU en 1940. Allison consideraba que Tucídides era la demostración de que cuando una potencia creciente (como Atenas) desafiaba el estatus de una potencia dominante (Esparta), la guerra era difícilmente evitable. Esta es la «trampa» que debería evitar EEUU, dijo Xi, como era de esperar. Irónicamente, en la guerra del Peloponeso fue la potencia emergente (Atenas) la que perdió y la dominante la que ganó (Esparta) al igual que ocurrió en las guerras mundiales del siglo veinte. Así que quizás la trampa de Tucídides no es la mejor analogía que pueda usar Xi.

De todas maneras, ¿es la trampa de Tucídides de la Antigua Grecia relevante para la creciente rivalidad entre EEUU y China en este siglo veintiuno? Los ejemplos que cita Allison no son muy convincentes. Por ejemplo, EEUU no era una potencia en declive en los pasados años 30, al contrario. Y la primera guerra mundial estalló porque una potencia muchos más débil, Austria-Hungría, lanzó un ataque en los estados balcánicos que arrastró a Rusia al conflicto que acabó extendiéndose a todo el mundo.

Además, la lección central de la guerra del Peloponeso según Tucídides, no era la inevitabilidad de la guerra entre potencias rivales, sino las decisiones tomadas por las élites dominantes de ambos estados. En el caso ateniense, su creciente fuerza económica cegó de soberbia a sus líderes. Pensaron que podían invadir Sicilia, apoyada por Esparta, ganando así muchas tierras muy fértiles. Pero Atenas fue totalmente derrotada en su intento de invasión, debilitándola de tal manera que eventualmente Esparta pudo triunfar. A los historiadores y estrategas militares estadounidenses naturalmente les suele gustar traer a colación esta perspectiva de la trampa de Tucídides, donde si China decide invadir Taiwán correrá la misma suerte que Atenas corrió con Sicilia. Se contentan con concluir que era la potencia en declive, Esparta, la que acabó destrozando a la potencia ascendente, Atenas. Así que EEUU debería ganar esta batalla por la hegemonía si China trata de ocupar Taiwán.

Pero China no es tan temeraria. Sí, China considera Taiwán como parte de su territorio y que debe volver a ser parte de ella, pero Taiwán no es Sicilia en el siglo quinto a.C. En realidad, Estados Unidos no puede defender al pequeño Estado de Taiwán frente a China sin llegar a una guerra abierta, que probablemente no sería capaz de sostener, a diferencia de lo que Esparta pudo hacer con Sicilia. Es más, en el siglo veintiuno, las potencias rivales cuentan con ojivas nucleares que suponen una posibilidad de aniquilación mutua para ambos (y para el resto de nosotros) en cualquier guerra. Tras los comentarios de Xi vemos que China plantea jugar a esperar. Su advertencia sobre la trampa es desterrar cualquier idea que EEUU pueda tener de un conflicto militar con China por Taiwán.

Desde mi punto de vista, la analogía no es muy aplicable en la lucha por el poder global en el siglo veintiuno. Una mejor que la de la guerra del Peloponeso podrían ser las guerras Púnicas entre Cartago y Roma 200 años después. Para 250 a.C., la República de Roma llegó a dominar la mayor parte del Mediterráneo a través de la fuerza militar y el desarrollo de la economía esclava. Pero quedaba aún una gran potencia rival que se oponía al dominio total de Roma, la ciudad-estado norteafricana de Cartago. Cartago controlaba Sicilia igual que antiguamente Esparta. Roma también lanzó una invasión en Sicilia, que fue finalmente arrebatada de los cartaginenses tras 25 años de conflicto. Sin embargo esto no acabó con Cartago y tomó una serie de varias guerras (incluyendo la famosa invasión de Roma por el líder militar cartaginense Aníbal) antes de que Roma fuera capaz de derrotar totalmente a su rival y destruir a su ciudad y a su gente. Es entonces cuando Roma acabó por convertirse en la única potencia hegemónica mediterránea y expandió su imperio aún más mediante unas conquistas militares que le proveyeron millones de esclavos para su economía doméstica. Pero esto no duró. El suministro de esclavos se acabó secando y el estado romano acabó perdiendo cualquier atisbo de democracia cívica, descendiendo hacia una dictadura militar corrupta en una sucesión de emperadores (algunos de ellos completamente desequilibrados).

Esta analogía encaja mejor con el auge en el poder de EEUU en el siglo veinte, que solo se enfrentó a un verdadero rival, la Unión Soviética. Con su colapso a principios de los 90, EEUU conquistó la completa dominancia, igual que Roma en el 200 a.C. Pero tal que Roma entonces, las contradicciones económicas internas dentro de la economía capitalista estadounidense han empezado a minar su poder desde dentro. Los globalistas a la cabeza de la maquinaria estatal siguen tratando de controlar el mundo mediante la represión fiscal y las aventuras militares, igual que Roma trató bajo sus emperadores; pero las instituciones políticas estadounidense bajo Trump están tomando un sendero crecientemente corrupto y autocrático (casi monárquico).

El imperio estadounidense está ya en declive. Esto queda claramente reflejado en el aumento del pasivo neto de la economía estadounidense frente al resto del mundo; es decir, los extranjeros poseen más activos estadounidenses que los inversores estadounidenses activos extranjeros. Es significativo que la posición de inversión internacional neta de Estados Unidos pasara a ser negativa justo cuando el país se convirtió en la única potencia hegemónica a principios de la década de 1990.

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El imperialismo estadounidense había logrado presenciar el colapso de la Unión Soviética, pero estaba perdiendo terreno en términos de comercio y producción frente a otras grandes economías, en particular China. Europa se había integrado aún más en la zona del euro y se había expandido hacia Europa del Este aprovechando la mano de obra barata disponible en esa región. Y los tigres asiáticos dieron un gran salto adelante gracias a las nuevas tecnologías. Pero fue sobre todo China la que se erigió como potencia mundial en materia de fabricación y comercio (impulsada en parte por las multinacionales estadounidenses que se habían establecido allí en la década de 1990).

La posición de inversión negativa de EE. UU. refleja la incapacidad de la industria estadounidense para competir en los mercados mundiales de bienes. La reacción de la Administración Trump ante el elevado déficit comercial de EE UU ha consistido en imponer aranceles y otras medidas para proteger la industria estadounidense y reducir las importaciones, pero sin un éxito apreciable. Por ello, EEUU ha dependido cada vez más de que los extranjeros compren más empresas y acciones estadounidenses («la generosidad de los extraños») para financiar su déficit comercial.

Aún queda un largo camino por recorrer antes de que la poderosa economía estadounidense se vea en apuros. Puede que tenga el mayor pasivo neto a nivel mundial, pero puede gestionarlo porque también es el único país que puede emitir dólares, y el dólar sigue siendo la moneda internacional para el comercio, la inversión y las reservas. Los países con superávit comercial, como Alemania, Japón y China, deben utilizar la mayor parte de sus ingresos en dólares para comprar activos en dólares en la economía estadounidense. Así pues, el privilegio exorbitante del dólar mantiene en marcha el imperio estadounidense.

Además, aunque el valor de las inversiones estadounidenses en el extranjero pueda ser inferior al de la inversión extranjera en Estados Unidos (lo que genera una posición de inversión negativa), los extranjeros obtienen menos ingresos de esos activos estadounidenses que los inversores estadounidenses de sus activos en el extranjero. Por lo tanto, desde 2008 existe un superávit neto de ingresos para EEUU de al menos el 0,5 % del PIB de media, que se suma a su economía nacional.

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EEUU aún no ha alcanzado un punto de inflexión en el que el volumen de su pasivo neto frente al extranjero sea tan elevado que su superávit neto de ingresos desaparezca.

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Desde su apogeo de poder económico y militar en el Mediterráneo en el año 200 a. C., Roma tardó varios siglos en declinar y caer. En el mundo capitalista moderno no tardará tanto. Quizá más adelante, los líderes estadounidenses se desesperen más e intenten provocar a China para que entre en conflicto. Pero es poco probable que China dé a Trump y a los globalistas estadounidenses una excusa para una guerra abierta. Como dice Xi, China no caerá en la trampa.

Michael Roberts es un economista marxista británico que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

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