Laura Prieto Gallego (PÚBLICO), 23 de Mayo de 2026
La cooperativa Ecosol enfrenta una orden de desahucio después de casi treinta años vendiendo producto de cercanía a los vecinos del barrio madrileño de Tetuán. Es un ejemplo más de locales que echan el cierre en las grandes ciudades víctimas de los fondos buitre, la gentrificación y la turistificación.

En la cooperativa Ecosol son los propios clientes quienes pesan sus productos y apuntan el costo del pedido. Algunos voluntarios colaboran limpiando, llevando las finanzas o recogiendo los encargos. Este local del barrio madrileño de Tetuán vende vegetales y productos de proximidad sin intermediarios desde el año 1999. El proyecto, explican, surge con la idea de «fomentar la implicación y el empoderamiento» de los ciudadanos y como una alternativa a las grandes superficies.
Sin embargo, en pocas semanas podría ponerse punto y final a este proyecto con más de 27 años de arraigo. El fondo de inversión Elix Rental Housing compró en 2024 el edificio en el que se encuentra y está empezando a «vaciarlo», según denuncian desde el Sindicato de Inquilinas de Madrid. El juzgado ha notificado a los más de sesenta socios que componen la cooperativa que el próximo 29 de mayo, antes de las 12:00 horas, tendrán que haber sacado sus pertenencias.
Ellos están dispuestos a resistir. Reconocen que, en caso de bajar la persiana, sería muy complicado encontrar una alternativa en el barrio. «Donde antes había un bar o un negocio de un vecino, ahora hay pisos turísticos», señala Celia, trabajadora de la cooperativa. Su empleo pende de un hilo, aunque no pierde la esperanza de que se encuentre una solución.
«Al alcalde de Madrid se le llena la boca con discursos a favor de los autónomos y los negocios, pero sólo está favoreciendo la especulación que destruye lo que dice proteger», denuncia. No es la única que ve peligrar su economía. Los productos de Ecosol provienen de pequeños agricultores de proximidad. La familia de Cristina, con plantaciones en la Vera de Cáceres, lleva más de quince años vendiéndoles arándanos, higos secos o mermelada. Aproximadamente un 15% de su producción de kiwi acaba en las casas de los vecinos de Tetuán.

La historia de esta cooperativa es un buen ejemplo de la especulación inmobiliaria que sufren las grandes ciudades. El antiguo propietario cedió el espacio en 2020 a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, como parte de una herencia. Esta orden religiosa, acto seguido, lo vendió a Apolo Real State S.L. De esta empresa pasó a manos de la promotora Intedista y, finalmente, Elix se hizo con todo el edificio. Este fondo es una de los grandes inversores de la capital y entre sus activos se encuentra, por ejemplo, Tribulete 7, un bloque en lucha que ha denunciado a la entidad por «acoso inmobiliario».
Según cuentan desde Ecosol, ya no queda un solo vecino en el bloque. Ellos llevan año y medio luchando por la vía judicial, pero ya han agotado todas las posibilidades. «Si no encuentran otra renta más o menos decente, esto desaparece. Y no solo son los precios, es las opciones escasean porque los están reconvirtiendo», insiste Celia.
Goteo de cierres
Que el pequeño comercio está desapareciendo de los cascos antiguos y áreas más turísticas ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una realidad. Ferreterías, pescaderías y hasta mercados con décadas de historia están dejando paso a tiendas de souvenirs.
El Sindicato de Inquilinas denuncia que es un paso más de los fondos buitre en un proceso de gentrificación de los barrios obreros. «Se quieren adueñar de la ciudad, pero nos pertenece a quienes la habitamos y trabajamos», dejan claro. Es algo que se lleva viendo ya años en otras zonas de Madrid, como Lavapiés, Malasaña o, incluso cruzando el río, en Puerta del Ángel, el «Brooking madrileño». En su histórico mercado resisten algunas tiendas de alimentación frente al avance de los bares y las cafeterías de especialidad.
Violeta, residente de Arganzuela, lo define como «un no parar» de cierres. «Cualquiera que dé un paseíto por aquí se da cuenta de que ya no es una zona de barrio, que no hay de nada, y se ha encarecido todo como si fuera, vamos, el centro de París en temporada alta», comenta. «Lo único que se ve son candados, candados y candados. Las calles son hoteles».
«En Atocha, el herbolario donde íbamos se ha convertido en una inmobiliaria. Está todo infestado de inmobiliarias, una al lado de la otra, y ahí antes había droguerías, ferreterías… Todo esto ya no se ve, es sobrecogedor»; denuncia. Explica que el proceso de gentrificación se ha ido extendiendo hacia las afueras. En el Barrio de las Letras, «las tiendas de siempre desaparecieron hace muchísimo tiempo». Uno de los cierres más recientes en esta zona es el de Café Central, un pub de jazz que se ha tenido que trasladar de área por las subidas del alquiler. La misma suerte corrieron la librería La Central, en Callao; o Tipos Infames, en Malasaña.

«Aquí, en mi barrio, teníamos El Buen Gusto, un restaurante chino muy famoso, que venía hasta el emérito a comer porque eran muy buenos. Pues nada, nos lo quitaron», concluye. También recuerda el centro de ensayo Rompeolas, que tuvo que cambiarse de zona por los precios. Más allá de la pérdida de identidad, lamenta que, poco a poco, están perdiendo el tejido asociativo, los lugares donde se paraban a tomar algo o las fruterías donde podían permitirse comprar a unos precios razonables. «Nos han quitado las panaderías. Quedan dos y encima son de las nuevas».
Más allá de Madrid
Aunque algunos de los casos más sonados se concentran en la capital, esta es una realidad que denuncian las asociaciones vecinales y de pequeños propietarios de buena parte del país. En el Albayzín de Granada conocen de sobra lo que es dejar de escuchar el ruido de la carga y descarga de las furgonetas para dar paso a las ruedas de maletas. El próximo sábado 30 de mayo han organizado una visita guiada por el Realejo para «redescubrir los mil y un rincones sobreexplotados por el rentismo y la turistificación sin control».
«Van a cerrar el centro de salud de Fortuny Velutti. Casa de Porras se va del Palacio del Almirante. El convento de Santa Inés, que era el centro del Albayzín, lo han vendido para hacer un hotel. Casa y Angua va a ser el primer hotel cinco estrellas del barrio», clamaba un representante de la plataforma en defensa del barrio durante un concierto de La Plazuela el pasado sábado. «Cada vez que vuelvo ha cerrado una pescadería, una zapatería… negocios de barrio», apostilló Nitro, uno de los integrantes de la banda, minutos antes de cederle el micrófono.
En el Raval, los integrantes de Metzineres han anunciado que podrían perder su local en el céntrico barrio de El Raval el próximo 30 de junio. La entidad ha sido reconocida internacionalmente por su modelo de atención a mujeres en riesgo de exclusión. Lleva nueve años utilizando este espacio como «un recurso comunitario», que garantiza cada día «derechos básicos y cobijo» a decenas de personas.
«La presión inmobiliaria nos expulsa. No es un problema de gestión ni de recursos, es la gentrificación, haciendo lo que hace, expulsando al tejido comunitario que sostiene la vida en el barrio. Nos resistimos a irnos sin luchar», han dejado claro.
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