Thomas Fazi (Unherd y Sinpermiso), 18 de Mayo de 2026

Trump ha vuelto a crear revuelo entre los europeos. En esta ocasión, ha anunciado la retirada de unos 5.000 soldados de Alemania como parte de una decisión del Pentágono motivada por la disputa pública del presidente con el canciller alemán, Friedrich Merz, sobre la guerra de Irán. El recorte supone aproximadamente el 14 % de los cerca de 35.000-36.000 soldados norteamericanos actualmente estacionados en Alemania, y se espera que se lleve a cabo en un plazo de seis a doce meses, devolviendo los niveles de las fuerzas norteamericanas a los que tenían antes de la invasión rusa de Ucrania en 2022. Trump ha insinuado que podrían producirse más recortes. Ha calificado la medida de «castigo» por las críticas de Merz a la gestión de la guerra por parte de Washington, y entre ellas la afirmación de Merz de que Irán había «humillado» a los Estados Unidos.
Esto forma parte de una ofensiva más amplia lanzada por Trump contra los aliados de la OTAN en las últimas semanas, por su negativa a enviar fuerzas navales para ayudar a abrir el estrecho de Ormuz. Les dijo a los miembros de la OTAN que «tendrán que empezar a aprender a defenderse por sí mismos» porque «los Estados Unidos ya no estarán ahí para ayudarles, igual que no estuvieron ustedes ahí para [ayudarnos a] nosotros». Trump también ha amenazado con retirar tropas de Italia y España, y ha vuelto a plantear la posibilidad de que los Estados Unidos abandonen la OTAN por completo. Cuando se le preguntó en una entrevista reciente si reconsideraría la pertenencia de Estados Unidos a la Alianza, Trump respondió: «Oh, sí, diría que [eso] va más allá de una reconsideración».
En este contexto, el ambicioso programa de rearme de Alemania se presenta de forma generalizada como un paso positivo en la dirección correcta: Europa está, por fin, tomando las riendas de su propia seguridad. Pero, ¿se sostiene este discurso? ¿Y hasta qué punto hay que tomarse en serio la amenaza de los Estados Unidos de abandonar la OTAN? Un análisis más detallado revela una imagen muy diferente.
El mes pasado, Alemania publicó su primera estrategia militar oficial, presentada por Boris Pistorius, ministro de Defensa del país. Su principal objetivo es transformar la Bundeswehr en «el ejército convencional más fuerte de Europa» para 2035, y en una fuerza «tecnológicamente superior» para 2039, con la República Federal situada como principal potencia militar del continente y socio principal de sus aliados europeos. Para lograrlo, la estrategia prevé un rearme masivo con armas de largo alcance, un amplio despliegue de inteligencia artificial, automatización y sistemas autónomos, y una fuerza total —incluidas las reservas— de 460.000 soldados. La reserva se plantea explícitamente como un puente hacia la sociedad civil, lo que indica una intención de ampliar la militarización social.
La estrategia ha suscitado reacciones muy dispares. Algunos la aclaman como un paso largamente esperado para liberar a Alemania —y, por extensión, a Europa— de la tutela militar norteamericana, dada la aparente «desvinculación» de EE. UU. de la OTAN. Otros la consideran un peligroso resurgimiento del nacionalismo militar alemán, que evoca el capítulo más obscuro de la historia europea del siglo XX. Ambas interpretaciones pasan por alto lo esencial. El rearme de Alemania no está diseñado para hacer que el país sea más soberano militarmente —para bien o para mal—. Está diseñado para elevar el papel de Alemania como «vasallo en jefe» dentro de la estructura de mando de la OTAN controlada por los Estados Unidos. En este sentido, la disputa entre Trump y Merz debería considerarse poco más que teatro político.
El propio documento lo deja claro. Una de sus frases clave reza: «La OTAN debe volverse más europea para seguir siendo transatlántica». El papel de Alemania no se concibe meramente como el de un actor militar de primera línea, sino como centro logístico y estratégico de la OTAN: el nodo que une Europa Oriental, Central y Occidental, al tiempo que mantiene la conexión transatlántica con Norteamérica. En otras palabras: Alemania debe rearmarse para sostener la hegemonía estadounidense en el continente. Parafraseando una famosa frase de la novela italiana El gatopardo: «Todo tiene que cambiar para que todo pueda seguir igual».
Así lo dejaba claro un reciente mensaje en X de Elbridge Colby, subsecretario de Defensa para Política de los Estados Unidos. Colby acogía con satisfacción la nueva estrategia militar de Alemania como una reivindicación de la presión ejercida por Trump sobre los aliados europeos para que se rearmaran, y la presentaba como un paso hacia lo que él denomina «OTAN 3.0». Su argumento principal es que Europa, liderada por Alemania, debe ahora convertir los Compromisos de La Haya —en los que los europeos se comprometieron a una inversión histórica en defensa, con el objetivo de destinar el 5 % de su PIB a defensa para 2035— en capacidad militar concreta. Citaba aprobatoriamente al secretario general de la OTAN, Rutte: «Sistemas de defensa aérea, drones, munición, radares, capacidades espaciales: eso es lo que nos mantendrá a salvo». En lo que respecta específicamente a Alemania, Colby presentaba la nueva estrategia militar como prueba de que Berlín estaba por fin dando un paso al frente tras «años de desarme», señalando que el rebautizado Departamento de Guerra ya estaba colaborando estrechamente con los alemanes para acelerar la transición.
La propia estrategia, tal y como la citaba Colby, reconoce que Washington «está desplazando cada vez más su enfoque estratégico hacia el hemisferio occidental y el Indo-Pacífico» y exige a los aliados que «intensifiquen sus esfuerzos para salvaguardar su propia seguridad». Alemania, en este contexto, debe convertirse en «un aliado militar aún más fuerte de Estados Unidos» precisamente porque este país está reorientando sus esfuerzos hacia otros lugares.
Esto no es más que una reformulación de la «división del trabajo» que el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, anunció nada más tomar posesión la Administración Trump. Dejó claro que los Estados Unidos debían centrar su atención en otros frentes —ahora sabemos que se refería a Irán y, en última instancia, a China— y que, por lo tanto, Europa tendría que asumir la responsabilidad de «gestionar su propia seguridad», lo que implicaba mantener la presión sobre Rusia a través de Ucrania. Europa cumplió con su parte: ha aumentado su gasto en defensa y ha redoblado su apoyo a Kiev, mediante el préstamo incluso de 90.000 millones de euros recientemente aprobado. Ahora estamos asistiendo a la progresión natural de esa lógica, a medida que Europa asume toda la carga financiera para la continuación de la guerra por poderes contra Rusia.
En resumen, los Estados Unidos no se están «desvinculando de Europa»; simplemente exigen que Europa contribuya más a la OTAN, sin dejar de estar firmemente integrados en la estructura de mando de la Alianza —en definitiva, que pague más por su propia subordinación—.
Esto exige una reevaluación de la estrategia general de Trump hacia Rusia. Aunque se le acusa habitualmente de «apaciguar a Putin» —con críticos que citan su recorte de la financiación norteamericana a Ucrania y sus intentos (fallidos) de negociar un acuerdo de paz—, la realidad es más compleja. Washington lleva mucho tiempo tratando de obligar a Europa a desvincularse del gas ruso y sustituirlo por GNL estadounidense, y la guerra en Ucrania les ha permitido lograrlo —hasta tal punto que cabe preguntarse si la estrategia norteamericana de décadas en Ucrania, desde ayudar a derrocar al gobierno elegido democráticamente en 2014 hasta atraer firmemente al país a la órbita informal de la OTAN, no se diseñó precisamente para provocar a los rusos y llevarlos a la guerra. La explosión del gasoducto Nord Stream debe entenderse siempre como parte de esta estrategia. Esto se hace aún más evidente a la luz de la última Estrategia de Seguridad Nacional de los EE. UU., publicada en noviembre de 2025, que designa el «dominio energético norteamericano» en petróleo, gas, carbón y energía nuclear como una prioridad estratégica máxima, encuadrando explícitamente la expansión de las exportaciones energéticas norteamericanas como un medio de «proyectar poder».
Esta lógica no sólo arroja luz sobre las campañas militares de los EE. UU. contra Venezuela e Irán, sino también sobre por qué, con el fin de mantener a Europa dependiente de la energía norteamericana y aislada de los suministros rusos, tiene Washington un interés estructural en que continúe la guerra por poderes. Por lo tanto, es fácil llegar a la conclusión de que los EE. UU. nunca fueron sinceros en sus intenciones de hacer las paces con Rusia. La única diferencia hoy en día es que la guerra ya no se libra solo a través de Ucrania, sino a través de la propia Europa.
En vista de ello, las aparentes «amenazas» de los EE. UU. de abandonar la OTAN —y el programa de rearme de la clase dirigente europea, sobre todo el de Alemania— se revelan como componentes de la misma estrategia: mantener a Europa subordinada a las prioridades geopolíticas norteamericanas. La nueva estrategia militar alemana no es más que el cumplimiento por parte de Berlín del papel que Washington le ha asignado: mantener la línea frente a Rusia mientras los Estados Unidos se orientan hacia el Indo-Pacífico y el hemisferio occidental. Esto no es nacionalismo, militar o de otro tipo, sino todo lo contrario: el menoscabo de los intereses fundamentales alemanes y europeos a manos de una élite transnacional.
En este contexto, Alemania debe entenderse como pilar de un nuevo núcleo europeizado de la OTAN, compuesto por Alemania, Francia, el Reino Unido y la propia Ucrania (aunque esta última se encuentre formalmente fuera de la Alianza). Esto también refleja un plan estadounidense de larga data. En The Grand Chessboard [El gran tableromundial: La supremacía estadounidense y sus imperativos estratégicos (Paidós, 1998)], su libro de 1997, el influyente diplomático polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinski predijo que «la colaboración política franco-germano-polaco-ucraniana… podría evolucionar hacia una asociación que potenciara la profundidad geoestratégica de Europa», y añadió que «el objetivo geoestratégico central de los Estados Unidos en Europa puede resumirse de forma muy sencilla: consolidar, a través de una asociación transatlántica más genuina, la cabeza de puente de los EE. UU. en el continente euroasiático».
Con ello debería disiparse cualquier idea residual de que lo que estamos presenciando equivale a un avance hacia la autonomía estratégica alemana o europea. No es casualidad que la nueva estrategia militar de Alemania identifique a Rusia como «amenaza más grave e inmediata» para la seguridad europea —una afirmación que forma parte de una descripción europea más amplia que advierte de una guerra inevitable con Moscú en los próximos años. A primera vista, esta postura antirrusa podría parecer que refleja una postura claramente «europea», aparentemente en desacuerdo con la posición pública de Washington. Pero esto resulta en buena medida una ilusión. No sólo ha interiorizado a fondo el establishment transatlántico europeo las prioridades estratégicas de los Estados Unidos, sino que la jerarquía de mando de la OTAN deja clara la verdadera cadena de autoridad.
El control operativo real de la guerra por poderes contra Rusia sigue estando firmemente en manos angloamericanas. Al frente se encuentra el Cuartel General Supremo de las Potencias Aliadas en Europa (SHAPE), con sede en Mons (Bélgica), que traduce las decisiones políticas en objetivos militares. El Comandante Supremo Aliado en Europa (SACEUR) —siempre un general norteamericano, que también ejerce como comandante del Mando Europeo de los EE. UU.— lo dirige junto con un adjunto británico. Un general alemán coordina el trabajo del Estado Mayor en calidad de jefe de Estado Mayor, pero la toma de decisiones efectiva recae en los dos mandos superiores.
Por debajo del SHAPE, el mando operativo se divide en dos ramas: tres mandos de fuerzas conjuntas (JFC), que son los auténticos comandantes de teatro para operaciones a gran escala, y tres mandos de componentes que abarcan el ámbito aéreo (Ramstein, Alemania), terrestre (Esmirna, Turquía) y marítimo (Northwood, Reino Unido). MARCOM, el mando marítimo, ha estado tradicionalmente bajo el liderazgo del Reino Unido, pero los Estados Unidos asumieron recientemente su control, situando los tres mandos de componentes bajo mando norteamericano —una consolidación significativa que ha pasado en gran medida inadvertida—. Hasta cuando un oficial europeo dirige un JFC —como el mando del JFC de Nápoles, que recientemente pasó de los Estados Unidos a Italia—, sigue bajo control norteamericano la dirección estratégica general; los comandantes de los JFC ejecutan los objetivos fijados por el SHAPE.
Hay otras dos dependencias estructurales que refuerzan el dominio norteamericano. La primera es el concepto C4ISR (Mando, Control, Comunicaciones, Informática, Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento): los aliados europeos dependen casi por completo de las plataformas de satélite, aéreas y marítimas, de los EE. UU. para obtener inteligencia, vigilancia y localización de objetivos en tiempo real, lo que en conjunto constituye la columna vertebral de la capacidad de combate de la OTAN. De hecho, hasta el Wall Street Journal ha reconocido que las operaciones de ataque en profundidad de Ucrania dentro de Rusia —incluidas, recientemente, las dirigidas contra varias instalaciones de producción de petróleo— no podrían llevarse a cabo sin la inteligencia y las capacidades por satélite norteamericanas. La segunda dependencia, menos visible en el debate público, pero potencialmente más trascendental, es la densa presencia de oficiales de Estado Mayor norteamericanos integrados en toda la estructura de mando de la OTAN en todos los niveles de la jerarquía, lo que le otorga a Washington un control institucional que ningún cambio en los títulos de mando puede desplazar fácilmente.
Todo esto debería disipar cualquier idea de que los Estados Unidos no están profundamente implicados en la guerra de Ucrania, o de que tienen la intención de abandonar la OTAN y «desvincularse» realmente de Europa. Más allá de la estructura de mando, los Estados Unidos operan numerosas bases e instalaciones militares en todo el continente, tanto en el marco de la OTAN como bajo control exclusivo estadounidense, que son indispensables para su proyección de poder a escala mundial. La base aérea de Ramstein, en Alemania —que alberga a unos 16.000 soldados— funciona como centro de control del tráfico de drones militares a escala mundial, al tiempo que coordina las operaciones aéreas norteamericanas en Europa, África y Oriente Medio.
Una investigación reciente del Wall Street Journal confirmaba que, a pesar de las protestas públicas de los líderes europeos, las bases norteamericanas en todo el continente han funcionado como infraestructura esencial para la guerra de los Estados Unidos contra Irán. Tal como afirmaba el artículo, «Europa sigue siendo la base de la proyección de la fuerza norteamericana en el mundo». Hasta el secretario general de la OTAN, Rutte, describía recientemente el propósito de la OTAN como «plataforma de proyección de poder para los Estados Unidos».
Otro elemento es lo que los analistas denominan «dividendos ocultos» de la OTAN: los contratos y pedidos para las industrias de defensa norteamericanas. Esta red de 1.300 acuerdos entre los 32 Estados miembros que establecen las normas para las armas y el equipamiento de la OTAN —que abarcan desde los calibres de munición hasta los diámetros de los depósitos de combustible— fue impuesta originariamente por Washington y favorece de manera abrumadora al complejo militar-industrial norteamericana.
El rearme alemán y europeo, por lo tanto, en el contexto de una OTAN supuestamente más «europea», no está reforzando la autonomía europea, sino que la está erosionando aún más. No solo convierte a Europa en cómplice de las aventuras militares cada vez más temerarias de Washington, como demuestra la guerra con Irán, sino que, lo cual es aún más grave, está empujando al continente a un enfrentamiento potencialmente catastrófico con Rusia. Moscú está observando y respondiendo en consecuencia. En un discurso reciente, el ministro de Asuntos Exteriores Lavrov manifestó abiertamente: «Se nos ha declarado abiertamente la guerra. Se está utilizando al régimen de Kiev como punta de lanza. Sin embargo, todo el mundo es consciente de que esta punta es inutilizable sin los suministros occidentales de armas, datos de inteligencia, sistemas de satélites, entrenamiento de personal militar y mucho más». Lavrov añadió que los líderes occidentales están preparando activamente a sus ciudadanos para la guerra con Rusia —utilizando a Ucrania para ganar tiempo— y que Rusia se toma la amenaza muy en serio. No se pueden exagerar los peligros del camino que estamos recorriendo.
Cabe hacer una última observación. El historiador francés Emmanuel Todd ha sostenido que gran parte de lo que hoy se considera nacionalismo en Occidente —de Alemania al Japón— es, de hecho, una forma de nacionalismo «imaginario»: un vasallaje hacia los Estados Unidos disfrazado de soberanía. Contrasta esto con el nacionalismo «real», una política genuinamente orientada a la soberanía que hoy en día brilla por su ausencia. El neomilitarismo alemán, como se ha argumentado aquí, encaja perfectamente en la primera categoría. Pero esto no significa que nopueda resurgir un «verdadero» nacionalismo alemán —con sus consiguientes aspiraciones de hegemonía continental—. La militarización de la sociedad alemana y el endurecimiento del sentimiento antirruso son fenómenos reales y cada vez más profundos. Al fin y al cabo, hay un precedente histórico. Hace un siglo, la clase dirigente angloamericana toleró el rearme militar nazi como baluarte antisoviético, sólo para que el monstruo alemán acabara zafándose de su correa. El contexto interno alemán actual es, obviamente, muy diferente —y, por supuesto, se puede argumentar, y esperar, que un «verdadero» nacionalismo alemán reconocería que los intereses genuinos del país residen en la paz y no en la guerra. Aun así, los paralelismos son imposibles de ignorar.
Thomas Fazi escritor y activista, es autor de diversos libros como «The Battle for Europe: How an Elite Hijacked a Continent – and How We Can Take It Back» (Pluto Press, 2014) y (con Bill Mitchell) «Reclaiming the State: A Progressive Vision of Sovereignty for a Post-Neoliberal World» (Pluto Press, 2017). Dirigió con Enrico Parenti “Standing Army”, un documental de 2010 sobre la red global de bases militares norteamericanas y el complejo militar-industrial. Su último libro, con Toby Green, es “The Covid Consensus – The Global Assault on Democracy and the Poor —A Critique from the Left” (Hurst, 2023).
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