Marcos Roitman Rosenmann (LE MONDE DIPLOMATIQUE), 10 de mayo de 2026
Paul Pfeiffer. — Vitruvian Figure (1 million-seater stadium) [‘Figura de Vitruvio (estadio con capacidad para un millón de personas)’] (detalle), 2008
Este año, 2026, asistimos a la 23.ª edición de mundial de fútbol masculino. Su inauguración se realiza en un ambiente de violencia extrema y colapso planetario. Las instituciones que rigen el orden mundial pierden influencia. El unilateralismo se impone. Invasiones, genocidios, secuestros de presidentes, persecución de personas migrantes, asesinatos de autoridades religiosas, militares, científicos y periodistas. Un Estado, Palestina, es víctima de genocidio. Hospitales, colegios, bibliotecas, museos y campos de fútbol son bombardeados y destruidos. Sus jugadores de fútbol y deportistas son otras de las tantas víctimas. Aun así, el pueblo gazatí rompe barreras y prohibiciones. Hombres y mujeres improvisan entre escombros partidos de fútbol. Entre tanto dolor también verán el mundial. Mientras tanto, el genocidio se normaliza.
En pleno siglo XXI, el planeta se encuentra en manos de irresponsables políticos. Prevalecen el negacionismo climático y la ignorancia. Paul Crutzen, premio nobel de química (1995) investigó las repercusiones de la acción humana en el calentamiento global y sus efectos en la capa de ozono. La conclusión: el ser humano es responsable de la destrucción y empobrecimiento de la biodiversidad. Llamó a esta etapa era geológica del antropoceno. Una manera de calificar el grado de estupidez humana y su incontinencia hacia la guerra. En sus últimas investigaciones alertó sobre una probable guerra nuclear y su consecuencia, el invierno nuclear.
La explotación de flora y fauna, seres humanos incluidos, tiene efectos visibles: el calentamiento global, la desertización, la contaminación atmosférica, la lluvia ácida o el aumento de enfermedades pulmonares. El camerunés Achille Mbembe propone el concepto de necropolítica para identificar las políticas de muerte llevadas a cabo por las potencias neocoloniales, cuando deciden quiénes pueden vivir y quiénes deben morir, bajo las leyes del mercado. En el capitalismo del siglo XXI, dice, los pobres son prescindibles.
La cibernética e informática entró en los hogares. Los dispositivos móviles, las aplicaciones, la conexión inalámbrica, internet y las redes, encumbran el big data a lo más alto de la pirámide. Un nuevo mito político: la inteligencia artificial y los cíborgs nos trasladan al transhumanismo. Modificar la naturaleza humana, traspasando los límites biológicos se convierte en una posibilidad. Sirva el ejemplo de Michael Sandel: “Hace algunos años una pareja decidió que quería tener un hijo, preferiblemente sordo. Las dos integrantes de la pareja eran sordas y estaban orgullosas de serlo. Al igual que otros miembros de la comunidad Orgullo Sordos, Sharon Duchesneau y Candy McCullough consideraban la sordera como identidad cultural, no como una discapacidad que debiera curarse: ser sorda es un estilo de vida, decía Duchesneau. ‘Nos sentimos completas siendo sordas y queremos compartir con nuestros hijos lo que tienen de maravilloso nuestra comunidad de sordos: el sentimiento de pertenencia y conexión. Realmente sentimos que vivimos una vida rica como personas sordas’. Con la esperanza de concebir un hijo sordo, buscaron a un donante de esperma con cinco generaciones de sordos en su familia. Y tuvieron éxito. Su hijo Gauvin nació sordo”. Solo fue cuestión de precio.
La política del fútbol del siglo XXI aún no se plantea crear futbolistas, hombres y mujeres, mediante donación de esperma de los galardonados con balones o botas de oro. Mientras tanto, incorpora el big data y la inteligencia artificial (IA) a las competiciones. El fútbol practicado en el siglo XX agoniza. Y no me refiero a los cambios en el reglamento. La gran transformación se encuentra en la privatización de los clubes durante la primera ola neoliberal. Convertidos en sociedades anónimas, los socios fueron sustituidos por empresarios.
La industria del fútbol es afán de lucro, y está dirigida a hinchas y aficionados. No importa el club. Ningún aficionado cambiará sus colores, aunque su club ya no le pertenezca. El negocio está garantizado. En También nos roban el fútbol, Ángel y María Cappa dejan claro esta realidad al señalar que la militancia futbolera “es insustituible y la fidelidad […] incuestionable, lo que hace de ellos clientes leales. Y es en esta premisa en la cual se basa todo el modelo estratégico y comercial de las franquicias deportivas: crean productos ligados a esa fidelidad emocional con el objetivo de generar cada vez más ingresos con los que seguir invirtiendo en mejorar su principal producto. Es decir, las empresas relacionadas directa o indirectamente con el fútbol explotan y se aprovechan del aspecto más vulnerable de las personas, sus emociones, para seguir acumulando dinero”.
El de 2026 será el primer mundial de fútbol masculino que se dispute en tres países: Estados Unidos, Canadá y México. Muestra del negocio que genera y los miles de millones de dólares que mueve. Hoteles, compañías de viaje, restauración, prendas deportivas. Hablamos de turismo futbolero. Y existe otro gran actor, tal vez el más beneficiado: las casas de apuestas. Gracias a los datos transmitidos en tiempo real, harán un gran negocio. Ya es posible apostar por el número de pases, expulsiones, remates de cabeza, penaltis, etc. En este mundial, los posibles amaños de resultados están sobre el campo de juego. El negocio es el negocio.
La utilización de la IA para la toma de decisiones arbitrales cambia por completo el sentido y resta espontaneidad a un deporte donde es imposible conseguir una objetividad matemática. El caso más claro de alteración del fútbol es la aplicación de una línea imaginaria, semiautomática, para determinar si un jugador infringe la regla de fuera de juego. Para legos, el “espíritu de la norma” es sancionar al delantero que busca una ventaja espuria sobre el último defensa. Sin embargo, la IA, aplicada a este caso, traza un algoritmo que determina que por un cuarto de nariz, medio hombro o una rodilla el delantero infringe la norma. Como en la mayoría de las ocasiones se utiliza para anular un gol, el resultado suele ser catastrófico. ¿Cuál es la ventaja de un delantero cuyo pie mide dos centímetros más que el pie del defensa para determinar que la bota del primero se encuentra en fuera de juego? El algoritmo no es deliberativo y además nunca será objetivo. El matemático austriaco Kurt Gödel demostró que en todo sistema formal consistente hay enunciados que no se pueden demostrar y que, siendo un sistema consistente, tampoco puede demostrar su consistencia. Para el fútbol debería ser suficiente a la hora de descartar su aplicación. Ninguna línea trazada por una IA puede responder a estas preguntas. ¿Cuándo salió el balón de la bota del jugador que habilitó el pase? ¿Cuándo se tiró la línea imaginaria? ¿Desde qué perspectiva? Y, sin embargo, en este mundial, la IA controlará el devenir de un partido. Son millones que están en juego. Lo cual nos lleva a preguntarnos: ¿desaparecerán los jueces de línea?
Los fondos de inversión desembarcan en el fútbol y con ello los jugadores profesionales se transforman en mercancías de usar y tirar. Son esclavos al servicio de empresarios. Traspasos millonarios y contratos que impiden a un jugador fichar por rivales históricos. Procesos de selección de niños que serán revendidos a medio plazo cuando alcancen la madurez deportiva. Esta es la realidad del fútbol profesional. Más que un juego, un negocio. Un espectáculo para ganar dinero.
Aun así, son millones quienes lo practican, sea en potreros, parques o polideportivos. Hombres y mujeres juegan para divertirse. Son amigos, inmigrantes, conocidos. Socializan, respetan el espíritu del fútbol. No deja de ser un deporte popular, practicado en los pueblos, los barrios, la escuela o empresas. Ahí radica su grandeza. El mundial de 2026 es su negación. Donald Trump, como la dictadura argentina en 1978, intentará adueñarse de él, manipularlo. Podrá momentáneamente tener protagonismo. Será efímero. Los aficionados que aman el fútbol y desprecian su instrumentalización seguirán el mundial y, si es posible, disfrutarán de buenos partidos.
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