Gaceta Crítica

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El mestizaje de Ayuso

Marian Martínez-Bascuñán (El País), 10 de Mayo de 2026

El viaje de la presidenta madrileña no fue solo una ‘performance’ de nostalgia imperialista. Fue un capítulo más de la operación liderada por Trump, que celebró en octubre que Colón llevase a América “los principios de la civilización occidental”

Máriam Martínez-Bascuñán

Son tiempos de palabras que no describen la realidad. Más bien sirven para sustituirla. Vean, por ejemplo, “Evangelización y mestizaje”, el emblema enarbolado por Isabel Díaz Ayuso esta semana en Ciudad de México en un chusco acto de homenaje a Hernán Cortés. Es una formulación conocida, pero tampoco la única que el pensamiento español tiene a su disposición. Rafael Sánchez Ferlosio dejó escrito hace años, en Esas Yndias equivocadas y malditas, que cuando el mestizaje surge dentro de una relación de conquista y desigualdad, la mezcla no expresa igualdad, sólo la huella social de la dominación. Pero Ayuso, claro, no quiere dialogar con la historia sino producir una imagen reconocible de sí misma, por eso es inútil responder con archivos, historiografía o datos: el emblema no opera en el régimen de la verdad. “Evangelización y mestizaje” simula ser una descripción histórica, pero funciona como un “¡Viva España!”. Quien lo repite no sostiene una tesis, exhibe una bandera, y al exhibirla evita la conversación que desde hace tiempo impugna la idea celebratoria de la mezcla: la de que el “descubrimiento” no fue un hallazgo, sino la declaración de que aquello que ya existía no contaba hasta ser nombrado por el conquistador. Como escribió Ferlosio, la asimetría del mestizaje revela quién tenía el poder, quién era incorporado al mundo del otro. Y aunque el discurso oficial todavía no lo haya recogido, una parte del pensamiento español ya impugnó hace tiempo esta lectura con un rigor que la fórmula de Ayuso no admite, pues no busca convencer sino exacerbar el sentido de pertenencia.

Lo que Ayuso vendía en México (la España imperial civilizadora, la herencia de Cortés, los gobiernos progresistas latinoamericanos como amenaza autoritaria y Madrid como refugio pijo de la libertad) no es una verdad incómoda que México necesita escuchar. Es mercancía vieja, pero México no es un escenario pasivo; tiene sus propios practicantes de la guerra cultural sobre la conquista, con experiencia y oficio, y la narrativa interesada de Ayuso tuvo que sostenerse en un país que respondió desde su Estado, desde su presidenta, desde sus medios y desde la calle, incluso desde la oposición conservadora y la propia jerarquía católica, que la recibieron sin defenderla cuando arreció el cuestionamiento. El balance ha sido cualquier cosa menos un éxito. Ayuso rozó el ridículo, y el ridículo en política obliga a producir un relato que lo redima. Por eso lanzó, casi al instante, una segunda narrativa falsa («Nos hemos sentido en peligro«) convirtiendo el fracaso de su salida anticipada de México en su segundo movimiento.

¿Por qué México y por qué ahora? La lectura doméstica se queda corta. El viaje no fue solo una performance de la nostalgia imperial, reciclada como provocación culturalista y dirigida al votante madrileño. Fue un capítulo más de una operación que trasciende la escala nacional. Giorgia Meloni ya publicó una glosa sobre el “vínculo indisoluble” entre Europa y América como “esencia de Occidente”. Y Trump firmó en octubre una proclamación celebrando que Colón llevase a América “los principios de la civilización occidental”. No es nostalgia sino estrategia, y aquí aparece la paradoja. Lo que invocan como Occidente (el conquistador civilizador, la cruz sobre la espada) no es la modernidad democrática que Occidente tardó siglos en construir, precisamente contra esa tradición. Los supremacistas son hoy sus mayores destructores.

El viaje, en fin, no fue casual, ni en destino ni en fecha. Mientras Trump presiona a México por el flanco norte, Sheinbaum articula con Sánchez, Petro y Lula una alianza por el sur. Ayuso aparece en medio de esa pinza, donde se la oye mejor. Su gesto se inscribe en un movimiento internacional que reacciona cuando el sur global ha empezado a presentarle a Occidente una cuenta pendiente, la de hacernos cargo de nuestra historia para seguir siendo un interlocutor legítimo. Lo que Ayuso vino a hacer es lo contrario: negar la cuenta con altivez, precisamente, cuando reconocer al otro es la única manera de seguir hablándonos.

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