Enterrada en los bajos fondos de las finanzas desreguladas, una olla a presión amenaza con estallar. A resguardo de las miradas, el caldo del private credit lleva años hirviendo en su interior. Pero los acreedores están empezando a alarmarse. Una crisis en este sector desencadenaría una reacción en cadena devastadora para una economía ya debilitada por el encarecimiento de la energía. Frédéric Lordon profundiza aquí en el análisis sobre la coyuntura económica global iniciado en abril en estas mismas páginas. Y advierte a las izquierdas: pueden darse unas condiciones en que se abran ventanas históricas insospechadas.
por Frédéric Lordon, (Le Monde Diplomatique), 8 de mayo de 2026

WES 21 / REMO LIENHARD. — Values (‘Valores’), 2021
Los marineros de alta mar la llaman la “ola monstruo” (también conocida como ola gigante o anómala). Es una singularidad descomunal de la mecánica de fluidos oceánica, una enormidad que destaca incluso en medio de un mar embravecido. Nada se le resiste a la ola monstruo; incluso los petroleros o los portacontenedores más pesados la temen. Si se confirma la confluencia de tendencias tanto financieras como económicas actualmente en marcha, quizá pronto nos enfrentemos a algo equivalente. Las crisis financieras anteriores provenían de un único compartimento bien identificado: los créditos hipotecarios titulizados en el caso de la crisis de las subprime de 2007-2008, las acciones de las empresas dotcom en el del crash de la burbuja Internet de 2000-2001. Aquí, en cambio, la alarma está sonando simultáneamente en todos los frentes. Mientras tanto, en Estados Unidos, un poder político desquiciado está fabricando de la nada una gigantesca crisis petrolera en el estrecho de Ormuz, que desembocará en una combinación particularmente violenta de recesión global e inflación. Cuesta encontrar una alineación de planetas semejante para el peor escenario en la historia del capitalismo.
Para empezar, desde hace cinco meses, se ve venir una crisis financiera. No es exactamente la que se creyó identificar en un primer momento. Pues, entonces, la inquietud recaía sobre las valoraciones bursátiles delirantes de las empresas de inteligencia artificial (IA). Que una compañía como OpenAI alcance una valoración de 800.000 millones de dólares cuando todavía no ha ganado un céntimo, ha acumulado 8000 millones de pérdidas en 2025 —sobre 20.000 millones de facturación— y ha previsto no ser rentable hasta 2030, contemplando entre tanto gastar 600.000 millones adicionales, nos obliga a admitir que la hipótesis del delirio no es en sí misma delirante.
Sin embargo, no era en esa dirección donde había que mirar. Los crashes en los mercados bursátiles son sin duda espectaculares, pero rara vez peligrosos. Naturalmente, recordamos el de 1929, pero el de 1987 —más del 20% de caída en la sola jornada del 19 de octubre— fue absorbido sin esfuerzo; y si el del año 2000 tuvo un impacto mayor en el crecimiento, fue probablemente porque ya estaba en curso un cambio coyuntural. No, las crisis financieras devastadoras nacen siempre en el mismo lugar: en los mercados de la deuda privada, donde la implicación —directa o indirecta— de los bancos es tal que cualquier accidente grave tiene garantizada su degeneración en una brutal contracción del crédito (credit crunch) que detiene de inmediato la economía en seco.
Había que mirar, pues, en otra parte: concretamente en un oscuro compartimento de las finanzas, el private credit (1), oculto a su vez en el sector denominado shadow banking system —“banca en la sombra”—, denominación que basta por sí sola para hacerse una idea del grado de transparencia y regulación que allí impera. Como decía en su día un célebre humorista francés: “está pensado para eso”.
En realidad, es la historia eterna de las finanzas desde que fueron desreguladas: lanzar en algún rincón una innovación que permita a los agentes eludir las regulaciones vigentes; ver cómo se infla en ese espacio una burbuja de fabulosas ganancias; hasta que, inevitablemente, la burbuja estalla, provocando una crisis mayúscula con serias repercusiones en la economía real; dejarse rescatar por los poderes públicos; agachar la cabeza ante el (pequeño) suplemento regulador que llega a continuación; inventar un nuevo artificio para escapar de él; y repetir el ciclo indefinidamente. La crisis de las subprime había puesto la titulización en el centro del debate —no fue una buena idea—. Una vez rescatados los bancos, las finanzas se dieron la vuelta y se dedicaron a inventar un cacharro nuevo en un rincón oscuro: el private credit, o crédito privado.
El private credit consiste, en su principio, en un préstamo directo. Un préstamo que no es crédito bancario ni un bono emitido en el mercado. Al establecerse entre agentes privados no financieros, esta relación escapa por completo a cualquier regulación. La industria financiera reaparece en escena cuando fondos especializados se proponen recrear la intermediación captando el ahorro de inversores adinerados para distribuirlo entre una cartera de prestatarios privados debidamente “seleccionados”. Que una empresa opte por endeudarse mediante private credit en lugar de recurrir a los bancos o a la emisión de bonos indica que probablemente es de tamaño medio —y no tiene acceso reglamentario a los mercados—, o que su salud financiera es, cuanto menos, cuestionable. La ventaja en este último caso es que paga tipos de interés generosamente cargados de primas de riesgo, lo que proporciona jugosos rendimientos a los inversores-acreedores al otro lado. Aunque con una contrapartida: la falta de liquidez. A diferencia de los créditos hipotecarios que hicieron la gloria de las subprime, estos préstamos no están titulizados, es decir, no pueden revenderse ad libitum en el mercado. Los inversores-acreedores, y los fondos que actúan en su nombre, están “atrapados” hasta el vencimiento de los créditos —por lo general, entre cinco y siete años—. De ahí que los fondos establezcan un límite a los reembolsos (redemptions, en la jerga financiera anglosajona) que pueden realizar sus inversores-clientes, fijado por lo general en el 5% de sus activos por trimestre.
Mientras todo va bien, nadie pone objeciones: los gestores gestionan, los prestatarios pagan y los clientes cobran. Por desgracia, las cosas no siempre van bien. En el universo de la deuda, el veneno es el impago —cuando comienza a superar sus medias “habituales”, aquellas sobre las que se calibran las hipótesis de riesgo—. Y ahora empieza a salirse de esas medias. Al principio es algo anecdótico: empresas del sector del automóvil, un fabricante de piezas de recambio, un concesionario —perfectos desconocidos—. Así comienzan, sin embargo, todas las crisis financieras: con quiebras que sacuden los ánimos. Y los ánimos sacudidos son ánimos que empiezan a replantearse las cosas. En el caso que nos ocupa, sobran los motivos para hacerlo. Nos percatamos de que aproximadamente el 30% de los fondos de private credit están invertidos en el sector del software, precisamente cuando se nos anuncia que los asombrosos avances de la inteligencia artificial van a arrasarlo todo. Pasamos de replantearnos las cosas a la angustia generalizada. Entonces llegan los inversores, muy inquietos, a llamar a la puerta de los fondos de private credit para recuperar su dinero. Mala suerte: la persiana está bajada, el 5% y ni un céntimo más. Y, sin embargo, se reclama mucho más. A principios de marzo de 2026, un selecto grupo de fondos de referencia se enfrenta a solicitudes de reembolso que oscilan entre el 9% —en BlackRock— y el 14% —en Cliffwater—. Dos meses después, un fondo de Blue Owl se enfrenta a un 22% de solicitudes. El otro, a… un 40%.
La carrera hacia el cash
En teoría, a los inversores-clientes no les queda otra que lamentarse: firmaron un contrato y deberían haberse tomado más en serio la letra pequeña. Desde el punto de vista jurídico, los fondos pueden ampararse en la cláusula del 5% y no ceder ni un ápice. Pero se percibe claramente que todo este asunto está empezando a torcerse. A finales de 2025, incluso antes del descubrimiento de los prodigios de la IA, ya estaban en marcha las revisiones de gran envergadura y se empezaban a contemplar para los activos subyacentes del private credit tasas de impago que despegaban del 3-4% de la calma para dirigirse hacia el 6% (Fitch) (2). A comienzos de 2026, el banco suizo UBS anticipaba que en el “peor de los casos” llegarían al… 15% (Bloomberg, 25 de febrero de 2026). Y esto sin tener todavía la más mínima idea de lo que vendría después —entre la IA y una pequeña guerra del Golfo—. Todo el sector es consciente ahora que tendrá que hacer frente a oleadas de reembolsos furiosos. Y deberá resolver el siguiente dilema: o satisfacerlos, con el riesgo de que los fondos quiebren; o mantener la persiana bajada, en cuyo caso el riesgo de quiebra pasaría a los clientes, que con seguridad no volverían jamás a arriesgarse —ni ellos ni quienes hayan observado y meditado el espectáculo—.
La posibilidad de regresar a la liquidez sin sufrir pérdidas cuando empiezan a crecer las incertidumbres (o las certezas…) de una coyuntura adversa es absolutamente crucial. Warren Buffett lleva dos años convirtiendo metódicamente en efectivo todas las posiciones de su fondo: ahora se asienta sobre una montaña de 385.000 millones de dólares que no corre el menor riesgo y puede esperar el desarrollo de los acontecimientos con total seguridad (3). La inversión en private credit es la antítesis de esta estrategia: el ahorro bloqueado tras el muro contractual deja a los clientes sin más opción que contemplar pasivamente su pérdida de valor en un momento en que los impagos de los activos subyacentes van en aumento. Y —lo peor— sin ninguna posibilidad de acceder de urgencia a sus fondos en caso de que ellos mismos sufran tensiones de liquidez. Algo que no tardará en producirse, dada la evolución general de la situación.
La iliquidez es el veneno de las finanzas desreguladas. Se propaga de forma fulminante. Porque la estampida hacia el efectivo no se detiene al toparse con un muro: se redirige de inmediato hacia cualquier otro lugar donde cree poder encontrar mejores condiciones de desinversión. En el propio sector del private credit para empezar, donde algunos fondos relativamente solventes, como el fondo CTAC de Carlyle, se enfrentan a reembolsos que no habían previsto, y que son simplemente producto del traslado de solicitudes de retirada rechazadas en otra parte (4). Es evidente que la frenética búsqueda de liquidez está abocada a reorientarse hacia otras clases de activos. Lo mínimo que puede decirse es que la mayoría de ellos tampoco se encuentran en muy buena forma.
James (“Jamie”) Dimon, el presidente y director ejecutivo de JP Morgan, al hablar de esto alude, de forma un tanto púdica, al final de un “ciclo crediticio” (5). “Ciclo crediticio” viene a querer decir “orgía de la deuda privada”. Cuyos compartimentos empiezan a parpadear en rojo: los créditos titulizados del inmobiliario comercial, los de las deudas de particulares (créditos para automóviles, deudas estudiantiles, tarjetas de crédito) registran tasas de mora (delinquency) sobre los vencimientos —precursoras de impagos formales— perfectamente comparables con los niveles históricos de las subprime de 2007. Huelga decir que en estos sectores, que ya por sí solos están al límite, los efectos de traslado de una estampida hacia la liquidez procedente de otros sectores serán acogidos bastante mal.
Por último, está la IA en sí misma —y ya no como disolvente del private credit—. La IA, todavía no del lado de las “valoraciones bursátiles”, sino —una vez más— del lado de la deuda. Conviene decirlo de entrada: aquí nos movemos en el terreno de lo monstruoso. Los montos invertidos no tienen precedente —dan cuenta por sí solos de un tercio del crecimiento estadounidense—. En la IA, el precio de entrada es el billón —el millón de millones— de dólares. El banco de inversión Morgan Stanley anticipa que el sector echará tres de ellos al asador entre 2025 y 2029 (6). ¿Pero de dónde han salido? Como de costumbre, de lo más escabroso que tiene en la recámara la ingeniería financiera. Empezando por rondas de financiación extrañamente circulares. El pasado 31 de marzo, justo antes del 1 de abril, OpenAI finalizó una ronda de financiación de capital (equity) sin precedentes de 122.000 millones de dólares. Amazon contribuyó con 50.000 millones, a cambio de lo cual OpenAI se comprometió a 100.000 millones en pedidos de uso de la nube de Amazon Web Services (AWS) (7). Mientras tanto, OpenAI y AWSrealizaban prodigiosos pedidos de chips a Nvidia. Esta última entró, a su vez, en la ronda de financiación de la primera con 30.000 millones. Las relaciones de capital se funden con las de clientela y viceversa, las suscripciones de participaciones se restituyen en órdenes de pedido y los pedidos dan lugar a participaciones, perfilando una figura que no se parece tanto a una pirámide de Ponzi —que suele sacarse siempre a colación sea o no relevante— como al uróboro: la serpiente anular que devore su propia cola. Un solo corte en cualquier punto, y la cámara de aire se desinfla por completo.
Y no son precisamente escasas las perspectivas de que se produzca un corte. El uróboro no funciona únicamente en materia de equity: también lo hace en materia de deuda. Por ejemplo, OpenAI ha logrado una proeza: que sus socios se endeuden para crear las infraestructuras destinadas a su propio desarrollo, a cambio de compromisos de pedidos futuros (importe: 100.000 millones de dólares) (8). Según el Banco de Pagos Internacionales (BPI), nuestro amigo el private credit habría comprometido en el sector un monto de 200.000 millones (9). JP Morgan estima su propia exposición en 1,5 billones (10).
El edificio entero descansa sobre el horizonte temporal de materialización de los beneficios fijado por el propio Sam Altman para OpenAI: 2030. La hipótesis implícita es que se dará una especie de despegue acelerado, ya que se pasaría de una facturación de 20.000 millones de dólares en la actualidad a 200.000 millones en 2030. Por cierto, los analistas de HSBC parecen tener dificultades para discernir los beneficios anunciados por Altman para ese horizonte, y prevén más bien un déficit persistente a cubrir del orden de 200.000 millones de dólares, debido a unos costes de computación astronómicos —con un acumulado de 1,4 billones hasta el horizonte de 2033— y una factura de alquiler de centros de datos de 620.000 millones (11) —es normal experimentar un ligero vértigo al leer estas cifras—. ¿Cómo no iba a provocar ciertos sudores fríos la trayectoria de sostenibilidad financiera de semejante aventura? ¿Cómo no cuestionar la capacidad del sistema financiero para sostener un riesgo tan colosal durante un periodo tan prolongado? Basta con solo un tropiezo en los calendarios de rentabilidad o en las etapas de refinanciación, y todo se hará añicos. Teniendo en cuenta, además, que aquí hablamos de unas proyecciones sin contratiempos. Pero el caso es que ya se están presentando esos “contratiempos”, y vienen en cantidades industriales.
Y el efecto boomerang…
Así estábamos, cómodamente instalados, admirando cómo en la olla a presión de las finanzas iba subiendo la presión sin válvula de escape, cuando la mezcla de estupidez estratégica y pura demencia que impera en la Casa Blanca vino a hacer su pequeña contribución al curso general de los acontecimientos. La decisión de la guerra contra Irán, su total irracionalidad, la magnitud de los daños que se derivarán de ella, el cuasi-suicidio del imperio estadounidense quedarán a disposición de la curiosidad de los historiadores durante mucho tiempo. No hace falta la perspectiva que dan los años, en cambio, para apreciar desde ya el perfecto torpedeo del crecimiento mundial —concentrado en un único punto que era preferible no provocar: el estrecho de Ormuz—. Esto nos brinda la oportunidad, ya que estamos yendo en contra de todas las menciones poéticas a la inmaterialidad, la “nube” o la digitalización, de recordar lo que cuenta de verdad en última instancia: la energía. En realidad es muy simple: sin energía, no hay nada. Nada se mueve, ni los coches, ni las mercancías (que todavía no circulan por fibra óptica), ni los procesos industriales, ni los electrones en los cables de los centros de datos. Ya desde principios de abril, y sin perjuicio de los acontecimientos venideros, el director general de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) habla de una crisis de hidrocarburos sin precedentes históricos (Reuters, 7 de abril de 2026). Sus consecuencias aún no las hemos terminado de enumerar.
En primer lugar, dado que estábamos hablando de IA, tenemos la formidable explosión de sus facturas energéticas. HSBC, de nuevo, estima en 36 gigavatios la demanda eléctrica de OpenAI de aquí a finales de la década, una glotonería energética que se sitúa en algún punto entre las necesidades de Florida y las de Texas. Detalle curioso: esta estimación es de noviembre de 2025, y las proyecciones de rentabilidad para el famoso horizonte de 2030 se realizaron sobre la base de los costes de entonces. Hablábamos de “contratiempos”; aquí tenemos uno, y de una envergadura considerable. Sin contar todos los demás en los que ni siquiera habíamos reparado. El helio, por ejemplo. ¿Quién habría pensado en el helio antes de las primeras bombas sobre Irán? Sin embargo, era necesario hacerlo, porque el helio interviene de forma decisiva en la fabricación de chips. Los chips que los diferentes actores de la IA devoran a paladas (varios cientos de miles de chips por centro de datos). A mediados de marzo, se había perdido casi un tercio de la producción de helio (12). Menos helio, menos chips; menos chips, menos capacidad de computación, es decir menos facturación… y todo el castillo de naipes financiero de la IA tiembla.
Por no hablar del resto. Una crisis energética de semejante magnitud —incluso aunque el estrecho de Ormuz reabriera por completo ahora mismo— está abocada a sumir la economía mundial en una mezcla de recesión e inflación capaz de hacer enloquecer a cualquier banquero central, ya que la primera requiere de una fuerte bajada de los tipos de interés, y la segunda exactamente lo contrario. No hay elementos que permitan descartar la hipótesis de carestías puras y simples, y no únicamente de gasolina para los coches o queroseno para los aviones: en realidad, el bloqueo de Ormuz es el punto de partida de una dislocación de las cadenas de suministro neurálgicas. La producción de fertilizantes —por falta de compuestos nitrogenados—, la de plásticos y medicamentos, el tratamiento electroquímico del cobre, del níquel y del uranio esperan a la salida del estrecho y se quedarán varados si por allí no circula nada. La magnitud de las consecuencias industriales de este cierre apenas puede imaginarse. China ya ha prohibido la exportación de ácido sulfúrico.
El inexistente “activo sin riesgo”
Dos crisis autónomas en un principio —la financiera y la económico-petrolera—. Pero la cosa se pone aún peor: el sistema explosivo de sus interacciones, como una tercera crisis superpuesta a las dos primeras. Recapitulemos: en las finanzas, tres compartimentos en plena pérdida de estabilidad no esperaban más que un empujón para derrumbarse. Y justo entonces, empiezan a caerles encima escombros. 1) Tanto por el lado de la factura energética como por el de la disponibilidad física de sus componentes (chips y similares), la IA ve como se esfuman los cálculos que sostenían sus frágiles esperanzas, y todo su andamiaje amenaza ruina. 2) En el private credit, la alarma ya era estridente en torno a tasas de impago que comenzaban a superar las medias admisibles, pero eso no es nada comparado con la hecatombe de las empresas prestatarias que se avecina bajo la violencia del choque recesivo. 3) En materia de hecatombe, la de los hogares se anuncia igualmente terrible, y sus múltiples deudas, reestructuradas en productos titulizados, están a su vez en un “devenir subprime”.
A todo esto se añade que: 4) los mercados de renta variable, la última pata de la mesa, acabarán también protagonizando su propia caída. Lo que significa que: 5) entre los desastrosos daños en prácticamente todos los compartimentos de la deuda privada —obligaciones, private, titulizada-estructurada— bajo los golpes de la recesión, y el de la renta variable, el tsunami de las pérdidas llegará por todos los frentes, sin ningún lugar adonde acudir a refugiarse y rehacerse —salvo el efectivo, pero para eso había que haber salido antes, y ahora ya es demasiado tarde—. 6) Ni siquiera el compartimento de los títulos públicos ofrecerá refugio alguno: porque los déficits y las deudas van a explotar, hasta en Alemania y en Estados Unidos. Si es que las perspectivas de inflación y subida de los tipos de interés no han provocado antes un primer crash, como una especie de aperitivo —o detonador—, que ocuparía el primer plano y robaría el protagonismo al evento principal. En cualquier caso, moraleja: el “activo sin riesgo” ya no existe. Y en medio de este caldero: 7) los bancos, comprometidos en todos los frentes.
Los bancos, que nos brindan la transición adecuada para hablar del contragolpe: de las finanzas hacia la economía. El esquema general de una crisis financiera que implica a los bancos es de un clasicismo inalterable. Del mismo modo que asumieron riesgos insensatos en la fase alcista, cierran el grifo del crédito —y lo cierran del todo— cuando llega el vuelco. Y la economía queda estrangulada. Sabemos a qué atenernos, pues el episodio de las subprime desencadenó como un mecanismo el crac, el credit crunch y la recesión. Por citar un solo ejemplo, el cierre de todos los créditos —y más en general, de todas las soluciones de endeudamiento— debería tener unos efectos de buen tamaño en el sector de la IA, cuyas necesidades de refinanciación a medio plazo son, como hemos visto, particularmente tensas. Caída de los bancos y caída del private credit, y a partir de ahí: caída de la IA; luego caída de los bancos y del private credit; así que… ¡viva la “economía de mercado”! Digámoslo sin rodeos: las enloquecidas subprime no eran más que una panda de aficionados comparado con lo que se avecina.
Qué alegría equivocarse en todo esto y quedar como un imbécil de aquí a unos meses. Sin embargo, si el presente escenario es correcto —y aunque no sea seguro, ya es demasiado plausible—, nos encaminamos hacia algo inédito. Una crisis nuclear, sin mal juego de palabras, en la que todos sus componentes se potencian mutuamente en una reacción en cadena, pero sin barras de grafito. Las dimensiones del sufrimiento a nivel social son difícilmente imaginables. Los despidos masivos, las quiebras personales y empresariales, la inflación y, lo peor: las carestías.
Por supuesto, todo parece supeditado a la variable “Trump”. Cualquier forma de “resolución” en el Golfo será saludada con alaridos de júbilo en las finanzas. Y con la euforia del alivio: todo podría seguir como antes. Salvo que no: ese “antes” ya había visto acumularse, independientemente del Golfo o de Donald Trump, formidables tensiones, tanto las del private credit como las de la IA, encaminadas hacia sus puntos críticos, y más que suficientes para activar el mecanismo recesivo del crac y del credit crunch. A los que se sumarán, en cualquier caso, los daños duraderos ya registrados en la cadena petrolera. Y con la misma fatalidad imparable, los tsunamis de las finanzas engendran los del desastre social. El que se avecina promete ser terrible —quizás de proporciones nunca vistas si el peor escenario se materializa—, y quizás también suficiente para arrojar a las poblaciones fuera del espacio de tolerancia que hasta ahora les ha hecho encajar con estoicismo todos los accidentes del capitalismo globalizado. Estas son las condiciones en las que se crean situaciones políticas.
Una situación política, aquí, corresponde al caso en que las tremendas tensiones de la crisis financiera no se limitan a transmitirse a la “economía”, y luego de la “economía” a los individuos, convertidos en el parachoques o callejón sin salida del proceso, para que cada uno, por su cuenta, las absorba en su interior por completo en forma de sufrimiento, depresión o suicidio. Una situación política levanta ese parachoques y crea una salida, una vía de drenaje de las tensiones fuera de los cuerpos individuales, hacia el espacio de la lucha y la rabia colectivas. Si el acontecimiento adopta el formato que se le anticipa, será una estampida torrencial, furiosa, cargada además del recuerdo de los bancos que hubo que rescatar en 2008, pero también de cuarenta años de conflictos cocidos a fuego lento contra el neoliberalismo, los ricos, las finanzas, los patronos, y el capitalismo.
Son las condiciones en las que se abren ventanas históricas insólitas, donde se hace posible hacer todo lo que la losa del poder del capital —y del Estado, en la actualidad su servidor— impide hacer ordinariamente; en las que se hace posible cambiarlo todo: los mercados financieros que eliminan cualquier política económica que les desagrade a golpes de tipos de interés punitivos, los patronos dispuestos a sabotear el crecimiento antes que tolerar un gobierno de izquierdas, los medios de comunicación burgueses que presentan la “tasita Zucman” [una mínima reforma fiscal progresista planteada por el economista francés Gabriel Zucman, que consistiría en gravar con un 2% anual los patrimonios superiores a 100 millones de euros] como si fuera comunismo. En estas situaciones, en las que el derrumbe de la legitimidad reclamada por el capital arrastra en el mismo movimiento su soberanía, y todos sus palmeros huyen en desbandada, se abre un magnífico espacio político, ofrecido a unas fuerzas de izquierda que son reconocibles por saber lo que es la izquierda: el proyecto constante de empujar lo más lejos posible el dominio del capital sobre la economía, —de hecho, sobre toda la sociedad—. Técnicamente hablando, sabemos desde hace tiempo lo que habría que hacer (13): desprivatizar y socializar los bancos, reorientarlos exclusivamente al crédito a los agentes de la economía real; cerrar consiguientemente toda la banca de inversión y el circo entero de sus productos financieros; desconectar la circulación financiera internacional y (re)instaurar un circuito del Tesoro; muy probablemente salida del euro, del que se verá si, habiendo estado a dos dedos del abismo en los años posteriores a las subprime, será capaz de resistir este choque; y endurecer la tributación de los ricos, algo que se ha ido posponiendo durante demasiado tiempo. Sin perjuicio de más medidas si las afinidades —o las necesidades— lo requieren. Cuando un sistema entero tiene a bien derrumbarse por sí mismo y dejarse rematar a palazos, lo único que nos queda ya, y esta vez de muy buen grado, es hacerle ese favor.
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