Gaceta Crítica

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Batalla mundial por la energía

El cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán en respuesta a la agresión israelí-estadounidense ha provocado una onda de choque mundial. Veinte años de transición “verde” no han mermado sustancialmente la dependencia de la humanidad del petróleo. Algunos países importadores tratan de prevenir la escasez acumulando reservas (véase “El petróleo y la estrategia del colchón financiero”). Pero ha llegado la hora de la crisis económica y de revisiones dolorosas.

por Michael T. Klare (Le Monde Diplomatique), 8 de mayo de 2026

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JOSEPH BEUYS. — Capri-Batterie, 1985

Cuando emprendieron su guerra contra Irán, en febrero de 2026, Tel Aviv y Washington desencadenaron no una, sino dos grandes ofensivas: la primera, deliberada y planificada desde hace mucho, contra las infraestructuras militares y gubernamentales iraníes; la segunda, en apariencia fortuita, contra el sistema energético mundial.

Para muchos Estados importadores, tanto en Asia como en otras latitudes, la brusca interrupción de los flujos de gas y petróleo provenientes del golfo Arábigo-Pérsico se ha traducido en escasez de carburante para el transporte y la producción eléctrica, acompañada de un fuerte aumento de los precios. En Filipinas, el presidente Ferdinand Marcos Jr. ha decidido precaverse declarando el “estado de emergencia energética” e instaurando la semana laboral de cuatro días en los organismos gubernamentales. Otros países han optado por cerrar escuelas y reducir el horario laboral, o bien, como Corea del Sur, por fijar un techo al precio al por mayor de los carburantes para intentar atajar el descontento de los consumidores. El aumento de los precios del petróleo ha afectado incluso a Estados Unidos, pese a lo poco que depende de las importaciones, y su reflejo en el precio del combustible supone una pesada carga en el presupuesto de los hogares pobres y modestos.

Que Donald Trump no haya previsto la crisis energética mundial no significa que ignore sus repercusiones económicas y geopolíticas a largo plazo, y tampoco —ni mucho menos— que no vaya a tratar de sacar provecho de ellas por todos los medios a su alcance. De hecho, ya ha animado a los gobiernos “que no consiguen encontrar queroseno a causa [del cierre] del estrecho de Ormuz” a “comprárselo a los estadounidenses”, ya que “tenemos toneladas” (Truth Social, 31 de marzo de 2026). Su Administración también ha alabado la producción nacional de gas natural licuado (GNL) frente a los países que han visto cómo disminuía su suministro procedente del Golfo. “Debemos vender energía a nuestros aliados con el fin de que no se dirijan a nuestros adversarios para conseguirla”, declaró, el pasado 15 de marzo, el secretario del Interior estadounidense Doug Burgum en Tokio, a donde había acudido para anunciar la firma de nuevos acuerdos energéticos con Japón y otros países amigos (The Washington Post, 23 de marzo de 2026).

El protagonismo de los países del Golfo en la ecuación energética se explica por factores geológicos. Los principales yacimientos de petróleo y gas se hallan en los deltas de los ríos y en los mares adyacentes, donde la materia orgánica acumulada a lo largo de millones de años ha quedado cubierta de arena y limo hasta convertirse en hidrocarburos por obra del calor interno de la Tierra. Este proceso se ha dado en mayor medida en el Golfo —donde desembocan los ríos Éufrates y Tigris— que en cualquier otro punto del globo; tanto es así que esta zona concentra las mayores reservas mundiales de petróleo (48%) y gas (40%) (1).

Una maldición geográfica

Por razones históricas, Rusia y Estados Unidos son los mayores productores diarios de gas y petróleo, pero los Estados del Golfo figuran entre los principales proveedores de los mercados internacionales, y sin duda lo seguirán siendo en los años por venir. Según el Energy Institute, una organización con sede en Londres, seis de ellos (Irán, Irak, Kuwait, Qatar, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos) fueron responsables de cerca del 35% de las exportaciones mundiales de petróleo en 2024 (fecha de los datos más recientes de los que disponemos). En cuanto a Qatar, solo representa un quinto del volumen mundial de GNLexportado (2). Por si fuera poco, el Golfo provee de numerosos derivados de ambos hidrocarburos. Si hemos de dar crédito a algunos cálculos, en la actualidad les debemos un tercio de la producción mundial de urea —el más extendido de los abonos nitrogenados— y un cuarto de la producción mundial de amoníaco —obtenido a partir del gas natural y también empleado en la fabricación de productos fertilizantes—. Millones de agricultores de todo el mundo dependen de estos suministros, en especial después de que las entregas provenientes de Rusia y Ucrania (otros dos importantes proveedores de los mismos) hayan quedado interrumpidas de resultas del conflicto que enfrenta a ambos países.

Ahora bien, el maná geológico del Golfo viene acompañado de una maldición geográfica que no ha dejado de poner trabas a las capacidades exportadoras de la región; se trata de un estrechamiento geográfico en el punto de acceso al océano Índico, lo que crea un cuello de botella marítimo: el estrecho de Ormuz. Un punto sencillo de bloquear en tiempos de guerra. La importancia estratégica de este paso es aún mayor si tenemos en cuenta que existen pocos oleoductos y gasoductos que permitan transportar los combustibles al resto del mundo: el grueso de los envíos se realiza por barco.

Por supuesto, estas particularidades también influyen en la suerte que corren los países peor dotados de hidrocarburos. Según los datos del Energy Institute, en 2024, el conjunto de los países asiáticos importó el 73% de su crudo del Golfo, lugar en el cual algunos de ellos también se aprovisionaron de GNL —tal fue el caso, en concreto, de la India o Pakistán (3)—. Pese a su menor dependencia, los Estados africanos y europeos también encuentran en Oriente Próximo un complemento útil a los recursos que adquieren en otras partes.

La demanda no mengua

La importancia crucial del Golfo en el suministro mundial de energía ha aumentado todavía más en los últimos años debido al retroceso o el debilitamiento de otros grandes actores. Venezuela, que durante mucho tiempo se contó entre los principales exportadores de petróleo, vio cómo su producción diaria se desplomaba, pasando de 2,7 millones de barriles en 2014 a cerca de un millón en 2024 a causa de los efectos conjugados de una gestión deficiente y las sanciones tecnológicas impuestas por Estados Unidos. En enero, tras el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro, Trump declaró que los gigantes petroleros estadounidenses iban a tomar el relevo para reconstruir las instalaciones venezolanas y reflotar el sector. Pero los patronos de estas empresas parecen mostrarse bastante menos optimistas: han advertido que las reparaciones necesarias llevarán años y que su coste asciende a miles de millones de dólares; eso, contando con que el Gobierno de Caracas acepte poner facilidades a las inversiones extranjeras (4).

Rusia, que en tiempos fue la mayor exportadora de petróleo y gas natural —en especial a Europa—, ha perdido su preeminencia debido a las sanciones occidentales, entre otras consecuencias de su invasión de Ucrania. En 2020, su parte en las importaciones totales europeas se elevaba al 53% para el crudo y al 38% para el gas natural transportado por gasoductos; en 2024, estas cifras cayeron al 12% y el 22%, respectivamente (5). En tiempos recientes, el poderío exportador ruso se ha visto mermado aún más a causa de los ataques de drones ucranianos contra los puertos de Ust-Luga y Primorsk, a orillas del mar Báltico, de donde parte en torno al 40% del cargamento marítimo de crudo del país (6).

En cuanto a Estados Unidos, está intentando sacar ventaja de la creciente demanda mundial y del declive de la capacidad exportadora rusa aumentando sus propias exportaciones, sobre todo las de GNL con destino a Europa. Pero, habida cuenta de que el propio país es el mayor consumidor de petróleo y gas del mundo, las cantidades susceptibles de ser vendidas en el extranjero solo pueden crecer de manera limitada.

La dependencia de los países importadores con respecto a los productores del Golfo no tiene, pues, visos de ir a reducirse, y los primeros seguirán estando en una situación extremadamente difícil mientras los suministros de hidrocarburos no vuelvan a la normalidad. Incluso después de que el estrecho de Ormuz se reabra para la navegación comercial, sin duda habrá que esperar meses hasta que la producción regional recupere los niveles previos al conflicto. Muchas instalaciones energéticas esenciales han detenido su funcionamiento por motivos de seguridad o han sufrido daños durante la guerra. En este sentido, el caso más preocupante es el de la planta de producción de GNL de Ras Laffan, en Qatar. El pasado 18 de marzo, dos de sus “trenes” (unidades de licuefacción) recibieron el impacto de misiles iraníes, y su reparación podría llevar entre tres y cinco años. Estas unidades —que en condiciones normales abastecen a Bélgica, China, Italia y Corea del Sur— aportan el 17% de la capacidad exportadora qatarí (7).

Dado que los precios del petróleo y el gas son sensibles hasta a los menores incidentes en las cadenas de suministro, la brutal interrupción de sus flujos procedentes del Golfo habría bastado para desestabilizar el sistema en cualquier circunstancia. Pero el caso es que dicha interrupción se ha dado en un momento en que la situación energética mundial ya era de por sí extremadamente tensa. Las necesidades no dejan de aumentar y la transición hacia las energías renovables avanza a un ritmo más lento del previsto debido, sobre todo, a la determinación que muestra la Administración de Trump para obstaculizarla. ¿Resultado? La demanda de combustible no mengua.

Si hemos de conceder crédito a las más recientes proyecciones de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el consumo energético mundial aumentará en un 14% de aquí a 2035 (dando por supuesto que se prosiga con las actuales políticas) (8). Para hallar los recursos suplementarios precisos a la vez que se acelera la transición verde, los Estados deberán acceder a realizar enormes inversiones en nuevas capacidades de extracción, producción y distribución. También hará falta que los grandes productores de petróleo y gas exploten nuevos yacimientos y que los países importadores amplíen sus infraestructuras portuarias y de tratamiento o se dirijan a fuentes alternativas de energía. El coste de estas reorientaciones será tanto político como financiero, ya que no dejarán de suscitar acalorados debates a escala nacional.

La guerra en Irán hará que estos cálculos se vuelvan aún más delicados. Todos los países tendrán que revisar su matriz energética, y los que opten por mantener sus importaciones de combustibles fósiles habrán de reconsiderar su lista de proveedores. Para los productores de hidrocarburos y de tecnologías asociadas, estas decisiones tendrán unas colosales repercusiones pecuniarias y generarán una competencia feroz.

Dudas sobre el gas natural

Esta reconfiguración adquirirá sin duda un cariz singularmente dramático en Asia y en Europa, donde muchos países han apostado por el gas como “energía de transición” entre el carbón y las energías renovables para la producción de electricidad. Antes de la guerra en Irán, tenían previsto realizar grandes inversiones en nuevas terminales de recepción de gas licuado, ya que contaban con un aumento de las importaciones provenientes de Qatar, que a su vez proyectaba doblar su capacidad exportadora (9). Ahora, todos esos proyectos han quedado en suspenso y nadie sabe cuándo Doha aumentará su producción, ni siquiera si estará en condiciones de hacerlo.

Varios países podrían explorar otras opciones. Japón y Corea del Sur, por ejemplo, contemplan aumentar la parte de la energía nuclear de su matriz energética, y la India e Indonesia, la del carbón. Las sacudidas del mercado del gas y el petróleo también han suscitado un renovado interés por las energías sostenibles, como atestiguan las enormes inversiones chinas en el sector de la energía solar (10).

Confiemos en que los bombardeos en Irán acaben pronto de una vez por todas y que las víctimas puedan curar sus heridas. Pero no cabe esperar que la batalla energética concluya enseguida. Al contrario, lo más probable es que se intensifique en los meses por venir, conforme las naciones buscan reforzar sus defensas frente a futuras perturbaciones del suministro o bien, a semejanza del Estados Unidos de Trump, intentan explotar la actual crisis en su beneficio. Además del perfil energético del mundo del mañana, está en juego la velocidad relativa del calentamiento del planeta.

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(1) “Statistical Review of World Energy 2021”, www.bp.com

(2) “Statistical review of world energy 2025”, Energy Institute, www.energy.inst.org

(3) Ibid.

(4) Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA), “Country analysis brief: Venezuela”, 8 de febrero de 2024, www.eia.gov, y Natalie Sherman, “Trump seeks $100bn for Venezuela oil, but Exxon boss says country ‘uninvestable’”, 10 de enero de 2026, www.bbc.com

(5) “Statistical review of world energy 2021” y “Statistical review of world energy 2025”, op. cit.

(6) Constant Méheut, “Ukraine ramps up attacks on Russian oil, aiming to curb Iran war windfall”, The New York Times, 7 de abril de 2026.

(7) Maha El Dahan, Andrew Mills y Yousef Saba, “Iran attacks wipe out 17% of Qatar’s LNG capacity for up to five years, QatarEnergy CEO says”, 19 de marzo de 2026, www.reuters.com

(8) Agencia Internacional de la Energía (AIE), “World energy outlook 2025”, https://iea.blob.core.windows.net

(9) EIA, “Country analysis brief: Qatar”, 20 de octubre de 2025, www.eia.gov

(10) Alexandra Stevenson y Murphy Zhao, “China’s edge in an oil stock: Electric cars and renewable”, así como River Akira Davis y Meaghan Tobin “A new oil shock accelerates a return to nuclear power”, The New York Times, respectivamente 14 de marzo y 6 de abril de 2026; cf. también “India says it is ready for unprecedented coal power demand in summer”, 11 de marzo de 2026, www.reuters.com

Michael T. Klare

* Profesor emérito del Hampshire College, Amherst (Massachusetts), autor de All Hell Breaking Loose: The Pentagon’s Perspective on Climate Change, Metropolitan Books, Nueva York, 2019.

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