Cómo el capitalismo se apodera incluso de nuestro tiempo libre.
Fabio Vighi (Substack del autor), 25 de Abril de 2026

“Lo que los filósofos conocían antaño como vida se ha convertido en la esfera de la existencia privada y ahora en mero consumo, arrastrada como un apéndice del proceso de producción material, sin autonomía ni sustancia propia.”
— Theodor W. Adorno
Abres el teléfono para relajarte. Pasan unos minutos, luego veinte, luego una hora. No has elegido nada en particular, pero tampoco te has detenido del todo. Cuando finalmente levantas la vista, no te sientes ni descansado ni entretenido. Simplemente agotado. Es una experiencia familiar y a la vez extraña: buscamos descansar y terminamos más exhaustos.
Estamos acostumbrados a diagnosticar la alienación en el ámbito laboral. La incesante presión por la productividad, la mirada del jefe, el trabajo absurdo, el fin de semana como mero respiro: este es el terreno clásico de la crítica marxista. El artículo enlazado aquí , de Adam Smith (sin parentesco con el economista escocés), supone un giro crucial: sugiere que, para el individuo del siglo XXI, la forma más insidiosa de alienación ya no proviene del trabajo, sino del ocio mismo. ¿Y si la alienación se produce hoy precisamente en el tiempo que imaginamos libre?
El autor acierta al señalar que el capitalismo digital ha perfeccionado una nueva mercancía llamada «atención», y que nuestro «tiempo libre» se ha convertido en un desplazamiento frenético y lucrativo. Sin embargo, en esta economía, la atención no es un recurso escaso como el petróleo. Ahora es una compulsión, una especie de impulso incesante que circula sin cesar porque nunca encuentra su objetivo. Llamarlo simplemente «ocio de mala calidad» no capta la esencia de la situación.
Quiero centrarme en dos aspectos que el artículo insinúa, pero que deja poco desarrollados: primero, la necesidad de liberarnos no del trabajo en sí, sino del significado capitalista del trabajo; segundo, la posibilidad de un nuevo vínculo social donde trabajo y ocio se vuelvan indistinguibles. Ambos aspectos requieren que comprendamos cómo el capitalismo ha transformado no solo lo que hacemos, sino también lo que deseamos.
¿Más allá del trabajo?
El artículo señala que Marx nunca imaginó un mundo sin trabajo, sino uno donde el trabajo ya no estuviera alienado. Como también aclara el artículo, el contraargumento habitual —que «nadie tiene la voluntad de trabajar»— es precisamente la premisa que hay que desmantelar. En este punto, un recorrido por los últimos seminarios de Jacques Lacan —especialmente el Seminario XVII: El otro lado del psicoanálisis (1969-1970)— puede resultar esclarecedor. He explorado este tema con mayor profundidad en mi libro Inviable (2021). Lacan, en diálogo (y tensión) con el marxismo, argumentó que el capitalismo no es simplemente un sistema de extracción, sino un discurso específico : el «discurso capitalista».
Para Lacan, la revolución llevada a cabo por el capitalismo implicó un cortocircuito en el discurso tradicional del amo al rechazar los límites o la carencia (lo que Lacan denomina «castración simbólica»). El capitalismo le dice al sujeto: ¡puedes tenerlo todo, debes disfrutarlo! Pero el costo oculto de esta fantasía ideológica es precisamente lo contrario: el «trabajo» se vuelve estéril, desprovisto de toda satisfacción intrínseca.
Hoy en día, el trabajo ya no es un espacio de vínculo social ni de artesanía; por lo tanto, ya no es un espacio de goce (un apego que da sentido a la vida). En cambio, se convierte en una mercancía, un significante de intercambiabilidad abstracta. Por esta razón, se podría reformular el trabajo en términos no capitalistas como lo que Lacan denominó savoir-faire : «saber hacer», saber cómo manejar el significante mismo.
Liberarse, entonces, no significa dejar de trabajar, sino romper la cadena simbólica que vincula el “trabajo” exclusivamente con el salario, la productividad, la equivalencia, la valoración del mercado y, cada vez más, con la violencia estructural desenfrenada del propio capital. Y el “ocio alienado” surge cuando incluso nuestro tiempo libre queda atrapado por la misma lógica laboral: navegamos compulsivamente por internet porque caemos presa de la angustiosa promesa de una plenitud que convierte el simple hecho de navegar en una actividad adormecedora.
La genialidad del capitalismo consistió en sustituir la obligación simbólica por la promesa del disfrute privado a través del trabajo; pero esa promesa está estructuralmente rota, razón por la cual necesitamos cada vez más desplazamientos, cada vez más deslizamientos, cada vez más «incentivos» y distracciones. Y por eso no solo nunca estamos satisfechos, sino que, cada vez más, nos aburrimos y nos insensibilizamos, a pesar del giro catastrófico de lo que he llamado «capitalismo de emergencia». Este es precisamente el aburrimiento que Adorno reconoció como la mala conciencia del ocio.
El colapso del trabajo en el ocio
La afirmación más contundente del artículo es que el capitalismo no ha abolido el trabajo, sino que lo ha redistribuido en el ocio. Tu teléfono es un pequeño espacio de trabajo. Adorno sostenía que, en el mundo burgués, el trabajo se ha independizado del trabajador y que el ocio no es más que una sombra del trabajo. Comprendía que el capitalismo tardío no solo explota el tiempo de trabajo, sino que coloniza el tiempo libre como tiempo de trabajo, convirtiendo el ocio en recuperación: una siesta para la máquina productiva.
Pero Adorno también ofrece una esperanza más modesta. Distinguió entre el verdadero ocio (actividad elegida por sí misma, con su propia dificultad y complejidad internas, como tocar un instrumento, pescar o aprender a jugar al tenis de mesa) y el pseudoocio de la industria cultural (consumo pasivo). La metáfora del artículo sobre la «fracturación hidráulica humana» pone nombre a la violencia de esta extracción: la atención no solo se desvía, sino que se fragmenta, y cada trozo se nos vende de nuevo como una opción.
Fundamentalmente, Adorno sostenía que el trabajo deja de ser alienante solo cuando empieza a asemejarse al ocio auténtico: cuando la carpintera no siente que está «trabajando», del mismo modo que el crítico no siente que lo está cuando escribe. Esta es la condición que capta el idilio de Marx: la caza y la crítica son indistinguibles porque ambas resuenan con la idea de Friedrich Schiller del juego como el estado en el que un ser humano es plenamente humano: absorto y autojustificándose.
Un nuevo vínculo social
El artículo concluye con una preocupación: que estamos perdiendo la capacidad misma de una atención pausada y placentera. En este sentido, reconocer el «ocio alienado» es el primer acto de desalienación. Si se puede romper la significación capitalista del trabajo y si podemos reimaginar el trabajo como indistinguible de la creación ociosa, entonces comenzamos a vislumbrar un vínculo social no basado en la competencia por salarios o atención, sino en el hacer compartido: en hacer, pensar y crear juntos sin la presión del intercambio y sin la violencia del capitalismo implosivo. La tarea no es escapar del trabajo, sino destruir el significante que lo convierte en una maldición.
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