Ramzy Baroud (THE PALESTINE CHRONICLE), 19 de Abril de 2026

Este blog de Substack se mantiene gracias a sus lectores. Para recibir nuevas publicaciones y apoyar mi trabajo, considera suscribirte (gratuito o de pago).Actualizar a la versión de pago
Irán vuelve a cerrar el estrecho de Ormuz tras las declaraciones de Trump, rechazando la versión estadounidense e imponiendo nuevas condiciones para la guerra y las negociaciones.
Conclusiones clave
- Irán reimplanta un estricto control sobre el estrecho de Ormuz tras el continuo bloqueo estadounidense y la escalada de la retórica.
- Trump afirma que Irán «aceptó todo» al tiempo que confirma que el bloqueo se mantendrá.
- Teherán rechaza las afirmaciones estadounidenses calificándolas de «mentiras» y condiciona las próximas conversaciones al fin del bloqueo y a compromisos más amplios de alto el fuego.
El sábado, Irán volvió a imponer un estricto control sobre el estrecho de Ormuz. La decisión fue rápida, deliberada y carente de la habitual teatralidad política. Pero no surgió de la nada.
Esto ocurrió un día después de una serie de declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump —muchas de ellas realizadas a través de su plataforma Truth Social— que intentaron reinterpretar la realidad de la guerra.
En una entrevista telefónica concedida el viernes a CBS News, Trump afirmó que Irán había «aceptado todo», incluyendo colaborar con Washington para retirar su uranio enriquecido, presentando la situación como resultado directo de la presión estadounidense.
Insistió en que el proceso no involucraría a tropas terrestres estadounidenses, declarando: “No. Ninguna tropa… Bajaremos con ellos para recuperarlo y luego lo tomaremos”, y agregó que “nuestra gente, junto con los iraníes, trabajará junta” para recuperar el material y traerlo a Estados Unidos.
Al mismo tiempo, confirmó que el bloqueo naval estadounidense se mantendría vigente «hasta que lo logremos».
La contradicción era sorprendente: se presentaba a Irán como un país dócil, la guerra como cercana a su resolución y la cooperación como ya en marcha; sin embargo, el bloqueo seguía vigente en su totalidad.
Los funcionarios iraníes se apresuraron a rechazar estas afirmaciones. En cuestión de horas, un portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores declaró que el uranio enriquecido era «tan sagrado para nosotros como el suelo iraní» y que «no se transferirá a ningún lugar bajo ninguna circunstancia». Esta respuesta contradecía directamente las afirmaciones de Trump sobre una cooperación inminente.
Trump reforzó esa narrativa en sus declaraciones públicas, presentando la situación como un gran avance y atribuyendo los acontecimientos a la presión estadounidense. Los analistas no tardaron en señalar el parecido con las declaraciones prematuras de victoria en guerras anteriores de Estados Unidos, donde la retórica se adelantó a la realidad.
Pero la realidad no colaboró.
De hecho, Irán había reabierto el estrecho solo de forma condicional, vinculando la medida al alto el fuego en el Líbano y dejando claro que no se mantendría si continuaba la presión estadounidense.
Al mantener el bloqueo mientras proclamaba el éxito, Washington socavó de hecho las mismas condiciones que permitieron que se produjera la reapertura.
La respuesta de Teherán al día siguiente no fue, por lo tanto, meramente reactiva, sino correctiva. Al cerrar nuevamente el estrecho de Ormuz, Irán desmanteló la narrativa que Estados Unidos había intentado construir. Funcionarios iraníes, incluido el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, rechazaron abiertamente las afirmaciones de Trump, acusándolo de difundir «mentiras» sobre concesiones y negociaciones.
El mensaje era inequívoco: no había habido rendición, ni victoria decisiva, ni acuerdo en los términos estadounidenses. Este momento revela un patrón más profundo que ha definido la fase actual de la guerra.
La estrategia de Washington parece basarse no solo en la presión militar, sino también en el control de la narrativa: declarar avances, proyectar éxitos y moldear la percepción antes de que se produzcan los resultados reales. Esto se evidencia particularmente en el uso que hace Trump de un lenguaje transaccional, reduciendo la guerra, la diplomacia y los acuerdos de alto el fuego a la lógica de tratos y acuerdos.
Teherán, sin embargo, está rebatiendo activamente esa narrativa. Su postura se ha vuelto más clara y estructurada: no habrá una segunda ronda de negociaciones en Islamabad bajo las condiciones actuales. Los funcionarios iraníes han recalcado que no se ha fijado ninguna fecha y que primero debe acordarse un marco, rechazando lo que describen como el enfoque «maximalista» de Washington.
Las condiciones en sí mismas no son ambiguas. El bloqueo estadounidense debe terminar. El alto el fuego en el Líbano debe respetarse. Cualquier negociación debe basarse en un marco definido y acordado mutuamente, no en exigencias unilaterales presentadas como hechos consumados.
Esto supone un cambio significativo. En anteriores rondas de conflicto, Estados Unidos e Israel solían recurrir a una fórmula conocida: intensificar la violencia, imponer un alto el fuego y luego convertirlo en una ventaja política. Las pausas temporales se utilizaban para redefinir la narrativa, permitiendo a los líderes en Washington y Tel Aviv proclamar victorias que no se reflejaban en la realidad sobre el terreno.
Este patrón se hizo evidente en Gaza tras el genocidio, donde los altos el fuego fueron instrumentalizados repetidamente y violados sistemáticamente mientras la catástrofe humanitaria se agravaba. También se evidenció en el Líbano tras el alto el fuego de octubre de 2024, donde las violaciones israelíes continuaron mientras Hezbolá inicialmente se abstuvo de intensificar el conflicto, lo que permitió a Israel proyectar su dominio a pesar de la ausencia de un resultado decisivo.
Lo que ha cambiado ahora no es la estrategia de Washington y Tel Aviv, sino la respuesta a ella. La reimposición del control iraní sobre Ormuz indica que la expectativa de una “paciencia estratégica” ilimitada ya no es válida. La suposición de que las violaciones pueden tolerarse sin consecuencias ha sido directamente cuestionada.
Esto no elimina los riesgos. Al contrario, siguen siendo considerables. Cualquier interrupción en el estrecho de Ormuz conlleva consecuencias económicas globales, mientras que una nueva confrontación en el Líbano podría exponer nuevamente a la población civil a ataques devastadores.
Pero los riesgos ya no son unilaterales. Estados Unidos e Israel también se enfrentan a un margen estratégico cada vez más reducido. La suposición de que la presión produciría sumisión no se ha materializado. La expectativa de un resultado militar claro no se ha cumplido. En cambio, ambos se enfrentan ahora a una situación en la que una mayor escalada podría agravar sus dificultades estratégicas en lugar de resolverlas.
La retórica de Trump del viernes —en particular sus afirmaciones sobre la total sumisión de Irán— no solo era inexacta, sino que evidenciaba una desconexión más profunda entre el discurso político y la realidad operativa. Y es precisamente esta desconexión la que hace que el momento actual sea tan volátil.
Cuando una guerra se presenta como una victoria antes de su resolución, las decisiones comienzan a regirse por esa narrativa en lugar de por los hechos. Las políticas se configuran no por los resultados, sino por la necesidad de mantener la ilusión de éxito. La acción de Irán en Ormuz es, en este sentido, más que una escalada táctica. Es una negativa a permitir que esa ilusión perdure.
Si Washington y Tel Aviv siguen recurriendo a la misma estrategia —escalada, control de la narrativa y explotación política de los altos el fuego—, podrían descubrir que las condiciones que antes hacían que esa estrategia fuera eficaz ya no existen.
Y si esa comprensión no llega pronto, la región podría verse empujada una vez más hacia una confrontación más amplia y mucho más peligrosa.
Deja un comentario