Gaceta Crítica

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La Europa marcial, una bomba antisocial

Ayer en el corazón mismo de los grandes proyectos europeos, la urgencia climática ha desaparecido de repente de los discursos. Los dirigentes han optado por alimentar otra ambición: invertir masivamente en defensa para hacer frente a Rusia y satisfacer las exigencias de Donald Trump. Pero, con la economía europea en desaceleración, ¿quién pagará el precio de este keynesianismo militar?

por Frédéric Lebaron y Pierre Rimbert (Le Monde Diplomatique), 3 de marzo de 2025JPEG - 66.1 KBGERHARD SILBER. — Bomb Watchers II (‘Observadores de la bomba’), 2024

De repente, el vértigo. Para los dirigentes de las naciones e instituciones europeas, la reelección de Donald Trump ha tenido el efecto de un salto en paracaídas sin paracaídas. El pasado 9 de febrero, el presidente estadounidense compartía sin comentarios en su red social Truth Social una cita de Vladímir Putin sobre él: “Verá cómo pronto todos se pondrán a los pies del amo moviendo suavemente la cola”. A Trump le gusta humillar al Viejo Continente, que a sus ojos se presenta como un espacio decadente habitado por sibaritas manirrotos y jansenistas mercantilistas que se niegan en comandita a pagar un precio justo por el paraguas militar estadounidense. El deseo de la Administración de Trump de cerrar un “trato” con Moscú acaba con la única garantía que daba credibilidad al compromiso incondicional de Bruselas en favor de Ucrania en su guerra defensiva contra Rusia. Sin el apoyo militar y financiero de Estados Unidos, las bravatas de Ursula von der Leyen —“Putin debe perder esta guerra”, afirmaba la presidenta de la Comisión Europea en septiembre de 2022— semejan, en efecto, una brisilla insignificante.

¿Cómo hará una Unión Europea endeudada, dividida y desfallecida económica y militarmente para conciliar el apoyo indefectible al presidente ucraniano y ganarse el favor de Trump? La respuesta se resume en dos palabras: keynesianismo militar —o cómo endeudarse para reponer los arsenales con armas estadounidenses y luego pasar la factura a la población por medio de una cura de austeridad—.

Aunque la profecía de Vladímir Putin —reproducida por Trump con tan poco tacto diplomático— aún está por cumplirse en su plenitud, varios responsables políticos ya han hincado la rodilla ante las exigencias del nuevo señor de la Casa Blanca. El 7 de enero, este último había estimado que los países miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) debían, en lo sucesivo, dedicar a su defensa no ya el 2% del producto interior bruto (PIB), sino el 5%. No tardó en ponerse en marcha la procesión de penitentes. El ministro lituano de Asuntos Exteriores saludaba “una presión positiva y constructiva por parte de nuestro principal aliado estratégico dentro de la OTAN”, seguido de cerca por el primer ministro estonio: “Lo suscribo plenamente: nuestro objetivo debería elevarse al 5%” (Financial Times, 27 de enero de 2025). “Soy el ministro polaco de Asuntos Exteriores. Sin duda, Europa ha recibido el mensaje”: en una columna publicada por el diario The New York Times (3 de febrero de 2025), Radoslaw Sikorski se esforzaba por ganarse al presidente estadounidense. “Polonia dedica cerca del 5% de su PIB a la defensa, la proporción más elevada de la OTAN. Nos hemos convertido en uno de los mayores clientes de la industria militar estadounidense, con decenas de miles de millones en pedidos desde 2022” (The New York Times, 3 de febrero de 2025).

“Tendrán que aprender ruso”

El pasado noviembre, una semana después de la reelección de Donald Trump y antes incluso de entrar en negociaciones, la presidenta de la Comisión Europea adulaba al vencedor: “Todavía seguimos recibiendo mucho GNL [gas natural licuado] de Rusia. ¿Por qué no sustituirlo por el GNL estadounidense, que nos sale más barato y hace que se reduzca nuestra factura energética?”. En cuanto al aspecto militar, no es preciso convencer a Von der Leyen: decidida desde junio de 2024 a invertir 500.000 millones de euros en la defensa del Viejo Continente durante la siguiente década, el 3 de febrero prometía “crear nuevas flexibilidades, un mayor espacio presupuestario para las inversiones en defensa”.

La guerra de Ucrania y el clima de guerra fría alimentado por los medios de comunicación y la clase dirigente europea ha convencido a los Estados más “frugales” de que ha llegado la hora de pasar por caja: Dinamarca, Finlandia o Alemania se declaran en la actualidad “dispuestos a debatir” (1). La publicación ese mismo mes del Libro Blanco de Defensa —cuya redacción se puso en manos de un halcón antirruso, el ex primer ministro lituano Andrius Kubilius— no puede sino reforzar su ardor guerrero. Esta promoción del gasto militar a lo más alto de las prioridades nacionales y europeas se nutre también de las llamadas al pánico de Mark Rutte, secretario general de la OTAN y ex primer ministro liberal neerlandés: “Debemos pasar a una velocidad superior de manera colectiva […]. Si no dedican a las necesidades militares mucho más dinero que el actual 2% del PIB, dentro de cuatro o cinco años tendrán que aprender ruso o irse a vivir a Nueva Zelanda” (12 de enero de 2025).

A principios de 2017, cuando Trump sacó a Estados Unidos del Acuerdo de París sobre el clima, la desaprobación internacional suscitada animó a los países europeos a poner la transición ecológica en el centro de su estrategia. “Make our planet great again”, exclamó por entonces el presidente francés Emmanuel Macron. Ocho años después, el apetito por los gastos militares ha suplantado a las inquietudes sobre el destino de la Tierra. La honorabilidad política se mide actualmente en el porcentaje de PIB dedicado a la compra de armas y municiones. En un editorial que refleja y a la vez ratifica este giro, el diario Le Monde agradece al presidente estadounidense el haberles abierto los ojos a las cigarras europeas: “Hay que reconocerle un mérito a Donald Trump: las amenazas esgrimidas durante su primer mandato a propósito de sus socios de la OTAN han acabado por dar fruto. Hoy, 23 de los 32 miembros de la Alianza Atlántica dedican al menos el 2% de su PIB a los gastos en defensa […]. El presidente Trump habla hoy en día, sin embargo, de una cifra del 5%”. Conclusión: “Será preciso aumentar los gastos en defensa. […] Los más audaces dejan caer que algo así implicará dolorosos sacrificios presupuestarios. […] Todo ello lleva demasiado tiempo. […] Ha llegado el momento de pasar a los hechos y de la indispensable pedagogía frente a los votantes” (23 de enero de 2025).

“Pedagogía”. Desde hace cuatro décadas, el uso de esta palabra en los grandes medios de comunicación anuncia rigores por venir: desindustrialización (como en el programa de televisión Vive la crise!, emitido en Francia en la década de 1980), austeridad (la “pedagogía sobre el euro” de los años 1990) o naturalización del liberalismo (la pedagogía del “sí” al tratado de Constitución europea de 2005). En la actualidad, se trata de una pedagogía de la guerra. No saldrá barato. Para la Unión Europea, pasar del 2% al 5% supone, previsiblemente, un aumento anual de 526.000 millones en PIB real, y solo para Francia, un aumento de 85.000 millones de euros. El presupuesto de defensa francés pasaría entonces a ser de 140.000 millones de euros (frente a menos de 50.000 millones en 2024 y menos de 33.000 millones en 2017), muy por encima de los presupuestos en educación, enseñanza superior e investigación juntos (cerca de 100.000 millones en 2024). Nos encontraríamos, pues, no tanto ante una diferencia de grado como frente a una transformación cualitativa: una militarización de las sociedades europeas.

En un momento en que puede que llegue a su fin un conflicto que ya ha matado y herido a cientos de miles de ucranianos y rusos, sin avances significativos desde hace mucho tanto de un bando como de otro, los dirigentes del Viejo Continente han abandonado el discurso sobre los “dividendos de la paz” que llevaba desde el final de la Guerra Fría, en 1991, estructurando la identidad europea. Siguiendo los pasos de Montesquieu, en cuya opinión “el efecto natural del comercio es conducir a la paz”, una Europa concebida como una zona de libre comercio abierta al mundo veía en el intercambio de bienes y servicios la mejor garantía contra la agresividad bélica de los imperios. Enfrentados a las evidencias históricas, numerosos ideólogos liberales trataron de avalar la idea de que la ampliación de los mercados se veía necesariamente acompañada de un descenso de la conflictividad internacional.

La historia mundial, sin embargo, ha mostrado a las claras el vínculo existente entre el imperialismo —incluido el militar y el ideológico-religioso— y la globalización capitalista. La “primera era del capitalismo” (1425-1763) acabó siendo la de un comercio forzado y desleal, lleno de conquistas e intercambios desiguales (2). En el siglo XX, el final de los imperios coloniales, durante mucho tiempo rivales y a menudo en conflicto entre sí, no entrañó una pacificación de las relaciones internacionales: las potencias dominantes, con Estados Unidos a su cabeza, se impusieron tanto por medio de la fuerza como de la ideología, el comercio, la moneda y las finanzas (3).

Carente de una lengua, una cultura o una historia comunes, y estrechamente dependiente tanto ideológica como económicamente de Estados Unidos, a principios del siglo XXI la Unión Europea se identificaba con un liberalismo a la vez económico y político impulsado por valores universalistas –la paz, la democracia, los derechos humanos– y, entre los países más progresistas, por el Estado benefactor y la transición ecológica, lo cual se tradujo de manera palpable en niveles de bienestar y de normas sociales y medioambientales relativamente más elevadas que en otras latitudes. Este periodo está llegando a su fin. En la actualidad, una parte nada desdeñable de ecologistas y socialdemócratas europeos —los que más claramente habían hecho suyo este discurso— están reorganizando su credo a marchas forzadas: Europa pasará a ser el nombre de la guerra ideológica y —si es preciso— militar de las democracias contra Rusia, régimen autoritario, pero potencia media bastante menos ambiciosa en sus proyectos expansionistas que Estados Unidos o China. Al igual que los Verdes alemanes o los socialdemócratas polacos, Raphaël Glucksmann, eurodiputado francés y cabeza de lista del partido Place Publique —aliado del Partido Socialista (PS)— en las elecciones europeas de junio del pasado año, lo expresó con claridad: “Debemos sacar una lección: sí, [Trump] tiene razón cuando dice que debemos aumentar nuestros gastos en defensa. Una sociedad, un país que no es capaz de garantizar por su cuenta su seguridad no es libre. De modo que debemos encontrar 500.000 millones [de euros] para construir la defensa europea. Es de eso de lo que me ocupo en el Parlamento Europeo” (BFM, 24 de enero de 2025).

El proyecto plantea, naturalmente, la cuestión de su financiación: en última instancia, ¿quién pagará la factura? Una respuesta –que exigirá considerables dosis de “pedagogía”– planea ya sobre los países bálticos. El primer ministro estonio Kristen Michal habla ya, de un modo vago, de “recortes presupuestarios en los servicios públicos”. Un político de la oposición señaló que, con el estancamiento económico, “carecen de un plan creíble para llegar al 6%” [del PIB]. Pedir un préstamo por la suma correspondiente equivaldría a reescribir el contrato social” (Financial Times, 27 de enero de 2025).

Enriquecer a Estados Unidos

El keynesianismo de guerra vuelve, en efecto, mágicamente posible lo que el discurso de la austeridad califica de más imposible que nunca: incrementar de forma masiva los gastos públicos preconizando su rápida reducción. Cargos electos y altos funcionarios rivalizan en materia de inventiva financiera (solicitar un gran préstamo, confiscación de bienes rusos, etc.) y ponen el ejemplo de la emergencia sanitaria para explicar que la apuesta militarista bien vale una enésima traición a su dogma. Como bien han entendido los neoconservadores más consecuentes, de lo que se trata es de inclinar la balanza de una Europa juzgada aún demasiado benefactora a una Europa espartana dispuesta a enfrentarse a un adversario ruso dotado de un poder fantasmagórico. ¿Legitimar la destrucción de las protecciones sociales con la construcción de una protección militar? Rutte lo formuló sin ambages en Bruselas ante los ministros de Defensa de los países de la OTAN: “Urge actuar. Para proteger nuestra libertad, nuestra prosperidad y nuestro modo de vida, vuestros responsables políticos deben escucharos. Decidles que acepten hacer sacrificios hoy para poder estar seguros mañana” (Euronews, 12 de diciembre de 2024). Rutte sabe de lo que habla; a principios de la década de 2010, antes de dirigir la Alianza Atlántica, puso en marcha, en calidad de primer ministro, drásticas políticas de austeridad en los Países Bajos: reducción de gastos en educación y sanidad, en subvenciones a la cultura, retraso de la edad de jubilación hasta los 67 años, reducción de las prestaciones de desempleo, aumento del IVA, congelación de los sueldos de los funcionarios…

Por último, las exigencias comerciales de Trump y la prontitud de los dirigentes europeos en satisfacerlas torpedean el eterno argumento del desarrollo local de una industria que le garantizaría al Viejo Continente su “autonomía estratégica”. Una parte abrumadora de los gastos militares emprendidos en Europa para vencer a la hidra rusa se transformará en subvenciones directas a los fabricantes de armas estadounidenses que acaparan los cinco primeros puestos en el palmarés mundial de proveedores de material y servicios militares. Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés), “en total, el 55% de las importaciones armamentísticas de los Estados europeos entre 2019 y 2023 procede de Estados Unidos, frente al 35% entre 2014 y 2018” (4). No hay riesgo de que el regreso de Trump al despacho oval invierta la tendencia.

Así pues, los jefes de Estado y de Gobierno se disponen, en nombre de la seguridad, a instituir un impuesto militar camuflado que se recaudará a costa de las protecciones sociales. Y que beneficiará, sobre todo, a los industriales del único país del mundo cuyo dirigente ha amenazado con recurrir a la fuerza para conquistar un territorio constituyente de un Estado de la Unión Europea –Groenlandia–. Por lo demás, un concepto suplementario vendrá a engrosar a buen seguro la factura: el secretario de Defensa estadounidense Pete Hegseth ya ha anunciado que, en caso de acuerdo de paz, “la inmensa mayor parte de la futura ayuda a Ucrania, militar o civil [literalmente, lethal and nonlethal]” incumbirá a Europa (The New York Times, 12 de febrero de 2025).

De momento, estas decisiones cruciales no han sido objeto de deliberaciones democráticas, ni siquiera de un debate público. Medios de comunicación y políticos se cuidan mucho de exponer públicamente las consecuencias concretas del keynesianismo de guerra. ¿Será que aún andan buscando la “pedagogía” adecuada?

(1) Jade Grandin de l’Éprevier, “Pour leur défense, les Européens prêts à briser les tabous de la dépense”, L’Opinion, París, 4 de febrero de 2025.

(2) Alain Bihr, Le premier âge du capitalisme, Page 2/Syllepse, París/Lausana, 2018.

(3) Samir Amin, El imperio del caos. La nueva mundialización capitalista, Iepala, Madrid, 2008.

(4) Pieter D. Wezeman et al., “Trends in international arms transfers, 2023”, SIPRI, Estocolmo, marzo de 2024.

Frédéric Lebaron y Pierre Rimbert

Frédéric Lebaron es Catedrático de Sociología en la École Normale Supérieure Paris-Saclay.

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