Gaceta Crítica

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De repente, la solidaridad

Benoît Bréville (LE MONDE DIPLOMATIQUE), 5 de Noviembre de 2026

A veces sucede lo que apenas cabía esperar. Un movimiento espontáneo de estudiantes de secundaria, que cuestiona las deficiencias del sistema educativo, ha confluido con otras expresiones de indignación y ha sumado a diversos sectores de la sociedad a su causa. Y, hasta ahora, las maniobras para dividir a quienes protestan no han dado resultado…

JÉRÔMELAGARRIGUE. — Thrower #3 (“Lanzador n.º 3”), 2019

Lucie y Robin no tienen demasiados motivos de queja sobre sus condiciones de estudio en el Aveyron, un departamento francés situado en el sur del país. Su instituto se ha renovado recientemente y las clases no están masificadas. Sin embargo, el pasado 17 de octubre salieron a manifestarse en apoyo de sus compañeros que estudian en peores condiciones. “Aunque a nosotros en Rodez nos va bien, no es igual en todas partes, sobre todo en los barrios periféricos”, explicaban a un periodista que había acudido a cubrir el acontecimiento (Centre Presse Aveyron, 17 de octubre). Esta solidaridad entre estudiantes de instituto de territorios que parecen no tener gran cosa en común se ha tejido, en particular, en las redes sociales, donde circulan de un centro a otro testimonios, vídeos y mensajes de ánimo. Es una de las particularidades del movimiento que incendia Francia desde el inicio del curso escolar de 2026. Una movilización que —otra singularidad— no nació de la oposición a una reforma, como suele ocurrir, sino que brotó de repente, en pleno periodo electoral, para protestar contra el deterioro generalizado del servicio público de enseñanza.

Las mismas preocupaciones se repiten así en todas partes, de Créteil a Lamballe, de Vaulx-en-Velin a Villefranche-de-Rouergue, pasando por París, Marsella, Mayotte o la Guayana Francesa: los edificios deteriorados y mal aislados, la falta de profesores sustitutos, los horarios demasiado cargados y llenos de horas muertas, el software Parcoursup y su algoritmo incomprensible [una plataforma implantada en 2018 y obligatoria para los estudiantes que quieren solicitar la mayoría de las formaciones de educación superior]… Por no hablar de un horizonte cada vez más sombrío, entre la inteligencia artificial que amenaza los empleos, el trastorno climático que amenaza el planeta y el fantasma de la guerra que amenaza Europa.

La confluencia de los estudiantes de instituto de los barrios periféricos y de las zonas rurales puede sorprender tras quince años de matraca sobre la “fractura territorial”, que ha arraigado la idea de una oposición entre la “Francia de las metrópolis” y la “Francia periférica”, los “jóvenes de la ciudad” y los “jóvenes del campo”.

Según esta lectura, tan extendida en los medios de comunicación como cuestionada por los investigadores (1), existirían, por tanto, dos juventudes populares que no tendrían ni los mismos problemas, ni los mismos valores, ni las mismas perspectivas. Los jóvenes de los barrios periféricos se enfrentarían, ciertamente, al racismo, a la discriminación y a la segregación urbana, pero su proximidad geográfica a centros dinámicos o la atención especial que el Estado les prestaría a través de la política urbana les ofrecerían cierta apertura al mundo, la posibilidad de tejer redes y perspectivas de ascenso social. En cambio, los jóvenes del campo, considerados más conservadores y apegados a sus tradiciones, serían prisioneros de su territorio. Alejados de los centros de decisión, de las vías de excelencia y de los polos de empleo, olvidados por los poderes públicos, tendrían menos posibilidades de salir adelante. “La juventud de los barrios periféricos ha sido privilegiada respecto a la del medio rural. Es una juventud a la que se le ha dado todo. Más vale tener veinte años en Saint-Denis y Nanterre que en la Creuse”, cree saber Jordan Bardella, presidente del Reagrupamiento Nacional (RTL, 2 de julio de 2023). Difícil, por tanto, imaginar un movimiento social que aglutine a estas dos juventudes.

Sin embargo, cuando se dejan de oponer los espacios para fijarse en las condiciones sociales, las experiencias resultan ser mucho más próximas. En el campo como en las banlieues, los jóvenes sufren de lleno las consecuencias de la desindustrialización. Conocen la falta de empleos estables, la falta de inversión en los servicios públicos, la estigmatización de unos como “paletos” y de otros como “chusma”. Comparten también formas de sociabilidad centradas en “solidaridades de corto radio” (2), poco mixtas, así como, entre los chicos, la afición por el fútbol y el motocrós. En resumen, tienen sobrados motivos para hablar con una sola voz, y el movimiento de los estudiantes de instituto lo ha recordado con fuerza, determinación y entusiasmo.

Para responder a esta movilización inédita, el Gobierno francés ha recurrido a un método probado desde la llegada al poder de Emmanuel Macron. Primero la ignoró (el ministro de Educación Nacional, Édouard Geffray, esperó dos semanas antes de recibir a representantes de los estudiantes de instituto). Después la reprimió (véase el artículo de Laurent Bonelli), antes de intentar desacreditarla (los bloqueos no serían más que una “maniobra de La Francia Insumisa y de sus satélites de la ultraizquierda”, según el palacio de Matignon [residencia oficial del primer ministro del Gobierno de Francia]) y luego dividirla, distinguiendo entre los manifestantes buenos y los “vándalos” malos, que habrían transformado la protesta estudiantil en un “movimiento de violencia urbana”, según el primer ministro, Sébastien Lecornu. Y, por supuesto, creó una plataforma en línea para que los alumnos expresaran sus quejas, siguiendo un procedimiento ya empleado en 2019 con los chalecos amarillos: ofrecer una válvula de escape digital a la ira para ignorarla mejor (véase el artículo de Magali Della Sudda y Grégory Rzepski).

El Gobierno francés creía haberse salido con la suya. Apostaba por el fracaso de la movilización del 17 de octubre, convocada por los estudiantes de instituto, las organizaciones estudiantiles, los chalecos amarillos y los sindicatos, y solo preveía entre 150.000 y 200.000 participantes. Fueron cuatro veces más. Al margen de las marchas masivas y pacíficas —sometidas, sin embargo, a gases lacrimógenos y a cargas policiales arbitrarias—, unos tres mil comercios sufrieron destrozos o fueron saqueados y se incendiaron edificios públicos.

La confluencia de los estudiantes de instituto de los barrios periféricos y de las zonas rurales puede sorprender tras quince años de matraca sobre la “fractura territorial”

A partir de ese momento, la apisonadora identitaria volvió a ponerse en marcha, aplastando las reivindicaciones de los manifestantes. Mientras se hablaba de servicios públicos, salarios, inflación y precio de los carburantes, el debate volvió a desplazarse hacia la inmigración, la delincuencia, los barrios periféricos… ¿Acaso no se ve a jóvenes con capucha en los vídeos que circulan por internet? “Estos saqueadores son, en su abrumadora mayoría, hijos de la inmigración que, probablemente de forma inconsciente, reproducen sin más las razias de sus antepasados”, concluye la periodista Élisabeth Lévy (Sud Radio, 19 de octubre de 2026). Bardella fustiga asimismo a las “hordas desarraigadas de salvajes que se encuentran al otro lado de la circunvalación y que vienen a las aglomeraciones y a las grandes ciudades para saquear y expresar un sentimiento de revancha contra Francia” (CNews, 19 de octubre), mientras que Bruno Retailleau, candidato de Los Republicanos (derecha) a la presidencia, arremete contra los “binacionales que saquean, que son violentos, que agreden a gendarmes y policías” y propone retirarles la nacionalidad francesa, una idea que defiende también Éric Zemmour, presidente de ¡Reconquista!, una formación de extrema derecha que defiende la teoría supremacista del gran reemplazo. Al término de esta semana de oleada racista, un hombre empuñó un subfusil para, según sus palabras, “vengar a los comerciantes” víctimas de destrozos, disparando a discreción contra “negros y árabes” en Trappes, en la periferia sur de París, asesinando a una persona e hiriendo a otras cinco.

Nadie conoce, sin embargo, el perfil de las personas implicadas en estos disturbios. Y aunque resultara que los jóvenes de los barrios periféricos eran muy numerosos entre ellas, eso no bastaría para convertirlos en un fenómeno étnico. Los acontecimientos ocurridos en el Reino Unido en el verano de 2011, tras la muerte de Mark Duggan, un joven negro abatido por la policía en Londres, muestran, en efecto, hasta qué punto esta lectura puede estar sesgada. En cinco días, más de dos mil comercios sufrieron destrozos o fueron saqueados. “Estos disturbios tenían un carácter racial. ¿Por qué negar este hecho?”, había sentenciado de entrada una columnista de The Telegraph (7 de agosto de 2011). “Sin la cultura de las bandas del Londres negro, ninguno de estos disturbios se habría producido”, abundaba un colega del Daily Mirror (13 de agosto de 2011). Un año después, un informe del Ministerio de Justicia revelaba un panorama muy distinto. De las 3.103 personas juzgadas por alteración del orden público, el 41% eran blancas y el 39%, negras. En realidad, todo dependía de la ciudad. En Birmingham, donde la juventud popular es mayoritariamente negra, las personas detenidas también lo eran. En Liverpool o en Mánchester, donde en los medios populares hay más jóvenes blancos, la tendencia se invertía. Dicho de otro modo, el perfil de los participantes reflejaba ante todo la composición de la juventud popular local (3). En cuanto a sus motivaciones, otro informe puso de manifiesto un potente efecto de oportunidad y de imitación, en un contexto en el que la policía parecía no controlar ya nada, lo que creaba una sensación de impunidad: “El observador curioso puede convertirse en un buscador de emociones fuertes, o el buscador de emociones fuertes en un oportunista” (4).

Por otra parte, durante siglos, el motín —el levantamiento violento, espontáneo— constituyó el principal medio de presión sobre los poderes establecidos: lo que el historiador Eric Hobsbawm llamó la “negociación colectiva mediante el motín” (5). Con el advenimiento de la sociedad industrial y el auge de las grandes organizaciones colectivas (partidos, sindicatos, asociaciones…), la huelga se fue imponiendo como la principal palanca de acción del movimiento obrero. Pero, desde la década de 1980, el debilitamiento de esas organizaciones, la fragmentación de los colectivos de trabajo y los repetidos fracasos de las formas de acción tradicionales han contribuido al regreso de este fenómeno, en el que se conjugan, en paralelo o de forma indisociable, reivindicaciones y destrozos (6). Y esta dinámica se ha acelerado desde la crisis financiera de 2008. Revuelta contra la austeridad en Grecia (2010-2012), levantamientos contra el coste de la vida en Brasil (2013), en Bulgaria (2013), en Chile (2019), chalecos amarillos (2018-2019) o disturbios urbanos en Francia (2023)… Pese a la diversidad de contextos, se repiten las mismas escenas, con edificios públicos atacados, comercios destrozados, barricadas y enfrentamientos con la policía, que desbordan las formas tradicionales de la movilización política. El otoño de 2026 confirma esta tendencia. También han estallado revueltas juveniles en Italia, Bélgica y Albania, mientras que movilizaciones masivas alcanzaban a España, Portugal y Grecia.

Tras diez años de presidencia de Emmanuel Macron, los motivos de la ira no desaparecerán a golpe de porra

Más allá de siglos y fronteras, la historia de las revueltas recuerda un principio elemental: la violencia social (pobreza, racismo, explotación…) puede generar, a su vez, violencia en quienes la sufren. Esta idea, por lo demás, se acepta ampliamente cuando las poblaciones se sublevan en Sri Lanka o en Madagascar. O cuando los agricultores atacan la prefectura de Lot-et-Garonne, destruyen un edificio de la dirección regional de medio ambiente en Carcasona y destrozan supermercados Leclerc o restaurantes McDonald’s, como ocurrió en enero de 2024. El entonces ministro del Interior, Gérald Darmanin, habló de los “arrebatos legítimos de quienes no ganan mucho dinero y trabajan muy duro”, y explicó que “no se responde al sufrimiento enviando a los CRS [antidisturbios de la policía nacional francesa]” (TF1, 25 de enero de 2024).

Los estudiantes de instituto, los jóvenes de los barrios periféricos o los chalecos amarillos no tienen derecho a tales miramientos. Hace veinte años, un político de derechas como François Bayrou podía declarar con toda tranquilidad, a propósito de las revueltas urbanas de noviembre-diciembre de 2005: “Si se busca el origen de lo que ocurrió, se encontrará en la manera en que se ha dejado urbanizar Francia encerrando a los pobres con los pobres, aceptando que se formen guetos que son guetos del origen, guetos del paro, con más del 40% en algunos barrios, guetos donde la escuela está en situación difícil, donde los problemas sociales se suman a los problemas culturales […]. Las consecuencias tienen causas. Son las causas las que hay que tratar” (7). En julio de 2023, el presidente Emmanuel Macron, menos dado a la autocrítica, no había visto en los disturbios que siguieron a la muerte de Nahel Merzouk, un adolescente de 17 años desarmado tiroteado por un policía en Nanterre, al oeste de París, más que “violencia pura e injustificable que no tiene ninguna legitimidad”.

¿Qué empuja a una sociedad a estallar? ¿Por qué algunos llegan a atacar edificios públicos, comercios o policías? Plantear estas preguntas expone a una caza de brujas. “O se está en el bando de la República y, por tanto, de las fuerzas del orden […], o se está en el de los vándalos”, machacó el primer ministro, Sébastien Lecornu, la noche del 17 de octubre. Al día siguiente, François-Xavier Bellamy, vicepresidente de Los Republicanos, sugería meter en la cárcel a Philippe Poutou, exportavoz del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA), por haberse declarado “en el bando de los manifestantes, de los alborotadores, de la juventud sublevada, de los oprimidos y del desorden”. A La Francia Insumisa (LFI), por su parte, Lecornu la acusa de “proporcionar excusas a quienes cometen” actos violentos; Marine Le Pen, de “legitimar la violencia al considerar el orden como una opresión y el desorden como un derecho”; y Gérard Larcher, de difundir “un discurso de odio”, hasta el punto de que el presidente del Senado se ha preguntado por la disolución del partido.

Durante una semana, los responsables políticos se turnaron en los platós de las televisiones francesas para detallar sus propuestas. Algunos, como Gabriel Attal, quieren bloquear el acceso a las redes sociales durante las manifestaciones y generalizar la vigilancia mediante reconocimiento facial y algoritmos; otros proponen construir miles de plazas de prisión siguiendo el modelo de El Salvador de Nayib Bukele, retirar las prestaciones sociales a las familias de los vándalos o endurecer la justicia de menores. Las autoridades siguen dócilmente esta escalada represiva. Para los jóvenes detenidos se instaura una justicia expeditiva, a base de juicios rápidos que no dejan a los acusados tiempo para preparar su defensa. Un pesado olor a delación llega incluso a flotar en el ambiente cuando la Prefectura de Policía de París pone en marcha una plataforma en la que los testigos de los incidentes pueden enviar sus vídeos a la policía. Y cuando Darmanin, ministro de Justicia, declara su deseo de autorizar a las fiscalías a avisar a los empleadores de las personas encausadas.

Se imponen también toques de queda en varias ciudades, bajo la atenta mirada de drones y helicópteros; se prohíben concentraciones y, en algunos barrios, llega a estar prohibido pasear con una mochila o con la cabeza cubierta. El 24 de octubre, jornada de movilización nacional, la restricción de las libertades públicas cruza un nuevo umbral. So pretexto de prevenir incidentes, se prohíben las manifestaciones en Lyon, Niza, Montpellier, Ruan, El Havre, Tolón… La SNCF suprime trenes para impedir que algunos manifestantes acudan a las concentraciones y se realizan controles preventivos en las estaciones y en las carreteras. En París se moviliza al Ejército para acotar a los manifestantes, así como a la brigada de intervención regional, al RAID (Búsqueda, Asistencia, Intervención, Disuasión) y al Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional (GIGN).

Con la mirada clavada en la deuda y sometidos al veredicto de los mercados, los macronistas repiten que las arcas están vacías, salvo para aumentar el gasto militar, construir cárceles y hacer regalos fiscales a las empresas y a los hogares acomodados

Así intenta el poder, asustado, sofocar la protesta ignorando lo que la alimenta. Pero eso ya no funciona. El 24 de octubre, la multitud fue finalmente tan numerosa como la semana anterior, pese a las prohibiciones, los gases lacrimógenos, el mal tiempo y las vacaciones escolares. Tras diez años de presidencia de Macron, los motivos de la ira no desaparecerán a golpe de porra. Francia cuenta ya con cerca de diez millones de pobres, y siete millones de adultos declaran no comer lo suficiente. Desde 2024, por efecto de la inflación, un hogar de dos adultos y dos hijos ha visto su presupuesto anual mermado en 1.200 euros de media. A la justicia le faltan jueces, letrados judiciales y fiscales; a la escuela, docentes, enfermeras y vigilantes. En los hospitales, los servicios de urgencias están saturados y se han suprimido 35.000 camas en diez años, mientras los desiertos médicos siguen extendiéndose, incluso en los centros de las ciudades. Bomberos en huelga, escasez de vivienda social, líneas ferroviarias suprimidas, residencias de mayores con falta de personal, cárceles superpobladas… La lista de problemas es interminable.

Ante esta situación, a Macron y a su Gobierno no se les cae la austeridad de la boca. Con la mirada clavada en la deuda y sometidos al veredicto de los mercados, repiten que las arcas están vacías, salvo para aumentar el gasto militar, construir cárceles y hacer regalos fiscales a las empresas y a los hogares acomodados. Sin embargo, como señala el economista Thomas Piketty, si bien la deuda pública ha pasado efectivamente del 20% del producto interior bruto (PIB) en 1970 al 120% actual, los patrimonios privados han saltado del 300% al 600% del PIB, con una concentración extrema en la cúspide de la pirámide (8). En 2025, los dividendos repartidos entre los accionistas alcanzaron la cifra récord de 107.000 millones de euros, frente a 46.000 millones en 2017 (9). Y cuanto más aumenta el ahorro, más se hincha la deuda. Pero atacar a los más ricos, de quienes quizá espera que pronto lo contraten, es impensable para Macron. Al no decidirse a hacerlo, el poder se encierra en una ecuación peligrosa, en la que los motivos para rebelarse se acumulan mientras se reduce el espacio que se deja a la protesta.

La maniobra de distracción identitaria, por un lado, y la represión y la intimidación, por otro, no han logrado sofocar la voluntad de nombrar y deshacer las injusticias. Al llegar al poder en 2017, entre los aplausos de las clases dominantes occidentales, Macron se erigió en baluarte contra la “tentación iliberal” que, según él, ganaba terreno en varios países. Diez años después, la extrema derecha de Reagrupamiento Nacional se encuentra a las puertas del poder. Desautorizado tres veces por el sufragio universal desde 2024, el presidente francés ya no duda en cuestionar el derecho constitucional a manifestarse, y rivaliza, en materia de represión de la protesta, con la presidenta ultraderechista del Consejo de Ministros italiano, Giorgia Meloni.

Al hacer converger a unas juventudes a las que todo parecía oponer, la revuelta actual francesa recuerda que nada está escrito de antemano. Su impulso alcanza, en efecto, a otros sectores que, cada uno por separado, habían protestado en vano durante las últimas décadas: funcionarios, chalecos amarillos, asalariados del sector privado, jubilados. Ironía de los efectos homogeneizadores del neoliberalismo: la ira se propaga más allá de las fronteras, donde las mismas causas producen los mismos efectos. Cada vez más arrinconada en un cuerpo electoral que envejece, la juventud abre así el camino al movimiento social europeo con el que soñaba el sociólogo Pierre Bourdieu a finales de la década de 1990: una demostración de que la fatalidad retrocede cuando las luchas convergen.

(1) Christophe Guilluy, La France périphérique. Comment on a sacrifié les classes populaires, Flammarion, París, 2014; Salomé Berlioux, Jérôme Fourquet y Jérémie Peltier, Jeunes des villes, jeunes des champs: la lutte des classes n’est pas finie, informe para la Fundación Jean-Jaurès, 20 de noviembre de 2019; Benoît Bréville y Pierre Rimbert, “Une gauche assise à la droite du peuple”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2015.

(2) Benoît Coquard, Ceux qui restent. Faire sa vie dans les campagnes en déclin, La Découverte, París, 2019. Véase también Julian Mischi, Rural, Anamosa, París, 2026.

(3) “Statistical bulletin on the public disorder of 6th-9th August 2011”, Ministerio de Justicia, Londres, 13 de septiembre de 2012.

(4) Gareth Morell, Sara Scott, Di McNeish y Stephen Webster, The August riots in England. Understanding the involvement of young people, National Centre for Social Research, Londres, octubre de 2011.

(5) Eric Hobsbawm, “The machine breakers”, Past & Present, n.º 1, Oxford, febrero de 1952.

(6) Véase Joshua Clover, Disturbio. Huelga. Disturbio. La nueva era de los levantamientos, Traficantes de Sueños, Madrid, 2025.

(7) Discurso en Nimes, 30 de marzo de 2007.

(8) Thomas Piketty, “Lycéens, étudiants: le crépuscule du macronisme”, blog de Thomas Piketty, 20 de octubre de 2026, https://thomaspiketty.wordpress.com

(9) “Dividendes et rachats d’actions au sein du CAC 40 en 2025”, La Lettre Vernimmen, n.º 233, enero de 2026, www.vernimmen.net

(10) Christophe Guilluy, La France périphérique. Comment on a sacrifié les classes populaires, Flammarion, París, 2014; Salomé Berlioux, Jérôme Fourquet y Jérémie Peltier, Jeunes des villes, jeunes des champs: la lutte des classes n’est pas finie, informe para la Fundación Jean-Jaurès, 20 de noviembre de 2019; Benoît Bréville y Pierre Rimbert, “Une gauche assise à la droite du peuple”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2015.

(11) Benoît Coquard, Ceux qui restent. Faire sa vie dans les campagnes en déclin, La Découverte, París, 2019. Véase también Julian Mischi, Rural, Anamosa, París, 2026.

(12) “Statistical bulletin on the public disorder of 6th-9th August 2011”, Ministerio de Justicia, Londres, 13 de septiembre de 2012.

(13) Gareth Morell, Sara Scott, Di McNeish y Stephen Webster, The August riots in England. Understanding the involvement of young people, National Centre for Social Research, Londres, octubre de 2011.

(14) Eric Hobsbawm, “The machine breakers”, Past & Present, n.º 1, Oxford, febrero de 1952.

(15) Véase Joshua Clover, Disturbio. Huelga. Disturbio. La nueva era de los levantamientos, Traficantes de Sueños, Madrid, 2025.

(16) Discurso en Nimes, 30 de marzo de 2007.

(17) Thomas Piketty, “Lycéens, étudiants: le crépuscule du macronisme”, blog de Thomas Piketty, 20 de octubre de 2026, https://thomaspiketty.wordpress.com

(18) “Dividendes et rachats d’actions au sein du CAC 40 en 2025”, La Lettre Vernimmen, n.º 233, enero de 2026, www.vernimmen.net

Benoît Bréville. Director de Le Monde diplomatique.

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