Marco Aquiahuatl (CEMEES -México-), 5 de Noviembre de 2026

Antes de considerar al internet como un espacio de ideas o como el simple escenario de las redes sociales, es necesario entender su peso real: es la infraestructura central sobre la que funciona el mercado global. No es solo un lugar donde se conectan compradores y vendedores, ni una herramienta de publicidad. Internet se ha convertido en un ecosistema económico autónomo: satisface nuestras compras diarias y, al mismo tiempo, genera sin cesar nuevas necesidades de consumo.
En este nuevo espacio, la propiedad física ha cedido su lugar a otro modelo de acceso: la música, el cine y el entretenimiento se alquilan mediante suscripciones mensuales; la memoria y los programas se arriendan en la nube; las compras por internet han transformado la vida cotidiana. Las cifras muestran la dimensión del fenómeno: el comercio electrónico mueve más de 5 billones de dólares al año, una cantidad comparable a toda la economía de Alemania integrada a la red, mientras que los servicios en la nube generan casi medio billón anual. Estas cifras no describen un sector secundario: dan cuenta de una fuerza productiva central del capitalismo contemporáneo.
No sólo eso, esta red sostiene la cadena global de producción: las materias primas se extraen en un continente, el diseño se hace en otro, la fabricación en un tercero y la venta se coordina en segundos mediante logística digital. Pero internet no solo traslada productos físicos: también ha empaquetado nuestras relaciones humanas. La conectividad misma se ha vuelto una mercancía que cobra por ampliar los espacios y tiempos de interacción social.
Estamos ante una realidad económica concreta, clave para la acumulación de riqueza. La concentración de las fortunas más grandes en el sector tecnológico demuestra que quien controla esta infraestructura domina la dinámica del mercado mundial. Por ello, cualquier intento de corregir sus problemas sociales con reglas superficiales choca con una resistencia enorme: la búsqueda de ganancias no es un añadido de la red, sino su razón de ser.
I. Un negocio basado en atrapar nuestra atención
Si internet es la infraestructura general, las redes sociales son su escaparate más popular. Su modelo de negocio, sin embargo, es distinto al de una tienda habitual: no ganan principalmente vendiendo productos, sino reteniendo la atención del usuario, algo que se volvió masivo gracias al teléfono celular.
Este modelo funciona con la misma lógica que la industria tabacalera o la minera. En las redes, los problemas que sufren los usuarios, especialmente los jóvenes, no son un obstáculo para el negocio: son una consecuencia que el negocio produce y de la que no se hace cargo. La tabacalera ocultó durante décadas el daño que causaba, consciente de que la adicción era su negocio. Las plataformas digitales no ocultan el enganche: lo perfeccionan. No pueden combatirlo porque el enganche las sostiene. En ambos casos, el beneficio se privatiza y el daño se traslada a la sociedad
De esa lógica nacen sus mecanismos principales: diseño adictivo, recolección masiva de datos, conexión permanente y algoritmos que personalizan lo que vemos. Todo está pensado para que la gente pase el mayor tiempo posible frente a la pantalla, porque la rentabilidad depende de cuánto tiempo permanece el usuario conectado.
II. La adicción por diseño
Tristan Harris, exdiseñador en Google, lo explicó con claridad: las aplicaciones aprovechan los circuitos cerebrales de recompensa para crear una necesidad compulsiva de aprobación social. Cuando una persona pasa tiempo sin usar una aplicación, el sistema utiliza la actividad de un amigo para enviarle una notificación y atraerla de vuelta. No es un accidente: es una ingeniería del comportamiento.
Esa ingeniería fue sistematizada por Nir Eyal en su libro Hooked (Enganchado). Allí propone un modelo de cuatro pasos (disparador, acción, recompensa variable e inversión) diseñado para crear productos «que la gente no pueda dejar», y admite que el método «roza la explotación». Que la propia literatura empresarial enseñe a crear hábitos compulsivos demuestra que la adicción digital no es una casualidad, sino un objetivo de diseño.
La psicología lo confirma con el llamado «efecto Tántalo»: los entornos digitales mantienen al usuario en una espera constante de recompensa. La satisfacción real nunca llega del todo, pero la promesa de conseguirla se renueva sin parar. Los jóvenes no pasan horas en las redes porque satisfagan sus necesidades reales, sino porque están atrapados en una expectativa que nunca se cumple. Esta fragilidad aumenta en la adolescencia, una etapa en la que el cerebro es especialmente sensible a la novedad y el autocontrol aún está en formación. La adicción no es fascinación por la tecnología, sino el resultado de una arquitectura que aprovecha las debilidades biológicas de esa edad.
III. El mercado de la vigilancia y los datos
Existe un segundo nivel en este negocio, más profundo y lucrativo: la recolección masiva de datos. Atrapar la atención es solo la puerta de entrada; la verdadera mercancía son los datos que el usuario deja al navegar. Las empresas no buscan únicamente mejorar el servicio, sino construir perfiles de conducta para vender publicidad personalizada, influir en la política y alimentar lo que la investigadora Shoshana Zuboff llama capitalismo de la vigilancia: un modelo que convierte las vivencias humanas en materia prima para predecir y modificar nuestro comportamiento.
Desde la economía política, esta dinámica constituye una forma de trabajo digital. Dallas Smythe lo anticipó con su concepto de «mercancía-audiencia»: el contenido es el cebo y la atención del público se empaqueta y se vende a los anunciantes. Antonio Casilli precisa que las plataformas monetizan tanto la actividad explícita (publicaciones, comentarios) como la interacción pasiva (pausas, clics, cookies), convirtiendo cualquier uso en creación de valor no remunerado. Maurizio Ferraris define, en la misma línea, a los smartphones como dispositivos de registro continuo que absorben la intencionalidad del sujeto mediante notificaciones incesantes.
En este esquema, ver equivale a producir: la participación activa es superflua. Cada pausa, vacilación o desplazamiento con el dedo genera información que los algoritmos traducen en predicciones sobre cómo nos comportaremos.
Así se unen la psicología de la adicción y la economía de los datos: el diseño engancha al usuario a la pantalla y el modelo de negocio transforma ese tiempo en dinero. Por esta razón, cuando un adolescente muestra síntomas de adicción o malestar, los algoritmos nunca responden recomendando apagar el teléfono, sino ofreciéndole contenidos aún más intensos para mantenerlo conectado. Es una ley de hierro: el sistema no puede autolimitarse porque su rentabilidad depende de la participación.
IV. La fábrica de la frustración
Diseñadas para maximizar beneficios, las plataformas no buscan, evidentemente, crear ciudadanos críticos ni corregir las desigualdades sociales. Por el contrario, un público aislado, desinformado y emocionalmente reactivo resulta mucho más rentable. Por eso, la desinformación y el enfrentamiento no son errores del sistema: son condiciones ideales para garantizar la rentabilidad.
Para entender cómo se articulan la economía y la ideología sin caer en un determinismo mecánico, Antonio Gramsci ofrece una clave fundamental: los medios configurados por el capital no inventan desde cero los valores dominantes. Intervienen sobre un sentido común ya fragmentado y amplifican aquellos elementos que resultan funcionales al orden establecido. La hegemonía capitalista no se impone desde fuera como una orden arbitraria: se recrea desde dentro de la sociedad civil, y las plataformas digitales son su mecanismo más avanzado.
En ese marco, las redes actúan como una caja de resonancia: condensan, aceleran y vuelven omnipresentes las tendencias que ya existían en la sociedad burguesa, como el consumismo, la búsqueda de estatus, el individualismo, la insatisfacción estructural o la misoginia latente. Pero el aspecto decisivo es que esa amplificación actúa sobre un deseo que nunca puede satisfacerse por completo.
La sociedad de consumo promete la realización personal en la mercancía, pero la mercancía es incapaz de colmar esa promesa. Las plataformas radicalizan esta contradicción: multiplican los objetos de deseo, los vuelven comparables y exhiben el éxito ajeno como un horizonte accesible pero inalcanzable. El resultado no es la satisfacción, sino una frustración crónica: una brecha permanente entre lo que se desea y lo que se puede alcanzar, entre la imagen proyectada y la vida concreta.
Esta insatisfacción no se queda en el ámbito privado. En un entorno digital que traduce el sufrimiento en identidad y la identidad en enfrentamiento, la frustración busca culpables. La caja de resonancia no solo multiplica las aspiraciones de consumo: organiza y amplifica la rabia derivada de su incumplimiento.
V. Soledad, individualismo y violencia juvenil
Para entender por qué esa frustración cala tan profundo en los jóvenes, hay que mirar el estilo de vida actual. Un modelo social basado en el individualismo posesivo, que concibe al sujeto como propietario exclusivo de sus capacidades y desprovisto de compromisos hacia la comunidad, debilita los lazos de solidaridad y erosiona los deberes éticos colectivos. Esta construcción ideológica, combinada con condiciones materiales de precariedad y desposesión (desempleo, precariedad laboral, erosión de lo público), produce personas aisladas que miran la comunidad con indiferencia o desconfianza.
A este aislamiento social se suma el uso intensivo del teléfono. Los valores del individualismo, repetidos sin pausa a través de las pantallas, se combinan con el aislamiento físico que impone el smartphone y producen una soledad estructural. La evidencia empírica confirma la gravedad del diagnóstico: a escala mundial, cerca de una cuarta parte de los jóvenes de 18 a 29 años experimenta soledad crónica; en España, más de la mitad de ese grupo reporta soledad no deseada, y un porcentaje similar manifiesta síntomas de ansiedad moderados o severos; en los países desarrollados, un 38% de los adultos jóvenes declara no haber mantenido una sola conversación presencial significativa en una semana.
La juventud es la etapa en la que se construye la identidad. Cuando esa búsqueda ocurre en un entorno de aislamiento afectivo y bajo la influencia de algoritmos que priorizan mensajes simplistas y polarizantes, la identidad puede tomar formas patológicas y violentas. La vulnerabilidad juvenil no viene de una debilidad natural, sino de que se encuentran en una fase decisiva de formación de su identidad.
Un ejemplo reciente son los ataques cometidos, en Coahuila, por jóvenes vinculados a comunidades incel (célibes involuntarios). No se trata de simple frustración afectivo-sexual: responde a la asimilación de la ideología de la blackpill (píldora negra), un marco que convierte el malestar individual en resentimiento organizado, presenta la inferioridad biológica como un destino inevitable y construye un discurso que deshumaniza a las mujeres, justificando la violencia. Lejos de ser espacios de contención, los foros en línea incel funcionan como cámaras de eco donde los algoritmos radicalizan el resentimiento. Su terreno es la soledad estructural que genera el individualismo posesivo y potencia el mercado digital.
Conclusión
Reducir la violencia escolar o el malestar de los jóvenes a un problema individual de «adicción al teléfono» o a una crítica superficial de las redes sociales es quedarse en la superficie. Existe una relación clara entre el uso de estas tecnologías y el deterioro de la convivencia, pero la raíz del problema no está en el aparato, sino en la lógica del libre mercado, que ha terminado por operar como política de Estado.
Como establecimos al inicio, internet no es una simple herramienta de comunicación ni una plataforma de esparcimiento: es la base material e infraestructura central del capitalismo contemporáneo. Un ecosistema de más de 5 billones de dólares que sostiene el comercio y la logística global no puede desligarse de sus consecuencias sociales. Lo que presenciamos es una arquitectura deliberada en búsqueda de jugosos beneficios económicos. Un sistema que obtiene sus ganancias de la captura compulsiva de la atención juvenil, de la mercantilización de sus vulnerabilidades emocionales y de la canalización del malestar hacia discursos de odio no puede eximirse de responsabilidad social. La atrofia en la estructuración psíquica de millones de adolescentes, la erosión de su pensamiento crítico y la producción industrial de soledad son el resultado previsible de un modelo que subordina la vida humana a la valorización del capital.
Esta configuración no responde a una fatalidad técnica, sino a una decisión política. Es el resultado histórico de décadas de desregulación económica, privatización de los bienes comunes y subordinación de las prerrogativas estatales a las exigencias del capital financiero y tecnológico. Es el mismo principio estructural que permite a una minoría corporativa amasar fortunas enormes mientras los «efectos colaterales» de su modelo de negocio deterioran la salud mental de toda una generación. En este régimen de acumulación, la desigualdad y la degradación social constituyen su verdadero motor.
La cuestión decisiva que se abre ante nosotros es estrictamente política: una sociedad no puede preservar su condición humana cuando organiza su reproducción social en torno a una infraestructura económica que promueve su propia atomización. El libre mercado desregulado no solo engendra desigualdad económica: produce autodestrucción comunitaria. La violencia que hoy irrumpe de forma escandalosa en los planteles escolares es una de las expresiones más visibles de un sistema que ha convertido la vida misma en materia prima para la acumulación.
Marco Antonio Aquiáhuatl es historiador por la Universidad Autónoma de Tlaxcala.
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