Blog de Lola Ballesteros, 27 de Octubre de 2026

Maya Angelou fue una escritora afroamericana. Insisto en ello, en que nació en San Luis, Misuri, en 1928 porque esta novela cuenta cosas de su vida, de la vida de una chica negra en Arkansas. Publicada en 1969, es el primero de siete volúmenes y contempla sus primeros dieciséis años de existencia. Cada capítulo se encarga de una aparente anécdota que se convierte en mucho más, en una denuncia nada lacrimógena de la angustia, de los deseos irrealizables, de la subsistencia precaria, del miedo de la población negra en la primera mitad del siglo XX, no hace tanto. Es también la visión que puede tener una niña acerca del mundo adulto, sus temores, de la culpa incapacitante y las explicaciones que se da a sí misma para poder seguir viviendo y no morirse de tristeza.
Independientemente de la denuncia del racismo (resulta inolvidable la escena en la que Maya llega acompañada de su abuela a la consulta del único dentista de la ciudad, situada en el barrio blanco, y éste se niega a atenderla pese al terrible dolor que sufre mientras le dice que antes metería la mano en la boca de un perro que en la de un negro) y del patriarcado que también afecta profundamente a la comunidad negra, de la violencia sexual imperante (fue violada cuando tenía ocho años por el amante de su madre), el lenguaje que utiliza para contarnos todas estas cosas tan horribles es amable, incluso diría que inocente como corresponde a una niña, es llano y también poético y a veces parece sacado de la Biblia con matices irónicos incluidos. No en vano vivió gran parte de su infancia con su abuela y un tío inválido en Stamps, Arkansas, donde todos los actos sociales tenían que ver con las diversas confesiones religiosas cristianas y donde los predicadores y sus intervenciones sobre la Biblia eran el único alimento espiritual de los negros, que consideraban que sólo gracias a la voluntad divina estaban vivos, pese a llevar una existencia miserable. “Dios, con su bondad, me ha concedido un día más y le estoy agradecido”, era la oración que todas las noches se pronunciaba en los hogares de los negros.
Ella hubiera querido vivir como su vecino, un señor mayor, que nunca iba a la iglesia, pero tenía que aceptar mandamientos irrebatibles que su abuela hacía cumplir a rajatabla: “Dios detestaba al niño descarado, que era una vergüenza para sus padres y podía acarrear la destrucción de su casa y a su descendencia”. Pero sobre todo habría deseado ser blanca, aunque de ninguna manera una niña de los “pelagatos blancos», los más pobres entre ellos que no tenían ni educación ni respeto.
El orgullo de ser mejor que los blancos y la confianza en una vida de gozo tras la muerte les tenía totalmente encadenados a su desgracia. “Aunque fueran los parias de la sociedad, iban a ser ángeles en un cielo de mármol blanco y a sentarse a la diestra de Jesús” porque “el Señor amaba a los pobres y odiaba a los encumbrados del mundo”. Era una manera de mantener a los negros, que habían sido esclavos, en la misma situación anterior, incapaces de rebelarse ante situaciones injustas que clamaban al cielo.
Estampas de la vida miserable de los recolectores del algodón que por la noche, tras doce horas de trabajo si no más, volvían a sus casas derrengados; de las batidas del Klan que obligaban a su tío inválido a esconderse en el desván, oculto bajo un montón de cebollas y patatas para que no le descubrieran y le lincharan.
La vida de los negros en San Luis era algo mejor pero la discriminación, la ausencia de derechos, las humillaciones permanentes seguían siendo cotidianas. Y tampoco era fácil vivir entre los suyos. Con ocho años fue violada por el amante de su madre, que fue condenado a un día de cárcel y que al salir fue asesinado por sus tíos. El sentimiento de culpa por lo ocurrido, no sólo el asesinato sino el autorreproche del consentimiento involuntario tan común a las víctimas, sobre todo infantiles, le acompañaría durante años. Dejó de hablar incluso en Stamp, a donde volvió. “Si hablaba con alguien más, esa persona podría morir también. Solo mi aliento, llevando a cabo mis palabras, podía envenenar a la gente. Tenía que dejar de hablar”.
Cuando el boxeador Joe Louis venció en el sexto asalto a Primo Carnera todas las comunidades negras de Estados Unidos prorrumpieron en un grito de orgullo por la victoria de un muchacho negro como campeón del mundo. Eso ocurrió en 1935 y los negros lo necesitaban, pero precisamente ahí se condensaba el fracaso de los sueños. Unos años después, Maya, junto a sus compañeros de estudios y sus familias, tuvieron que escuchar en la ceremonia de graduación cómo unos señores blancos de la Escuela Central vinieron a decirles que los muchachos negros podían llegar a ser Joe Louis o Jesse Owen, pero jamás Edison, Gauguin o Galileo; para las chicas el panorama era aún peor porque sólo podrían aspirar a ser cocineras o lavanderas, criadas al fin y al cabo. “Era horrible ser negra y no poder controlar mi propia vida. Era cruel ser joven y estar ya adiestrada para permanecer sentada y escuchar en silencio las acusaciones contra mi color sin tener oportunidad de defenderme. Deberíamos estar todos muertos”.
Durante los primeros años de la segunda guerra mundial, el Ensanche Occidental de San Francisco experimentó una revolución: desaparecieron los japoneses y sus viviendas y tiendas fueron ocupadas por negros procedentes de Geeorgia y Misisipí. El barrio se convirtió en el Harlem de San Francisco. El desarraigo que producía esta ciudad convirtió a Maya en una persona independiente, aunque realmente era todavía muy niña. Se empeñó en ser cobradora de autobús y lo consiguió; luego, creyendo que era lesbiana porque tenía los pechos pequeños se acostó con un vecino y se quedó embarazada. Aquí acaba este primer volumen, con una Maya de dieciséis años y un bebé.
La autora de esta autobiografía trabajó como cocinera y camarera e incluso tuvo que ejercer la prostitución para sobrevivir ella y su hijo. En los años cincuenta actuó como bailarina en clubes nocturnos, fue cantante y actriz, periodista en Egipto y Ghana, amiga de Malcolm X y colaboradora de Martin Luther King. Leyó sus propios poemas en la investidura de Bill Clintonm fue condecorada por Obama y murió en 2014.
Maya Angelou, ‘Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado’, Libros del Asteroide, 2021 (publicado originalmente en 1968)
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