¿Hay una ola de revueltas en marcha en Europa? ¿ Tienen algo en común?
Curb (substack del autor), 25 de Octubre de 2026
“Para las élites, los grupos subalternos tienen siempre algo bárbaro y patológico”. Antonio Gramsci

Cojamos perspectiva. Hay en marcha una crisis social europea. Hay protestas en Francia, España, Albania, Bélgica, Alemania, Italia, Serbia y Grecia. El diario El País contabiliza 170 protestas de importancia en este mes, una cifra cercana a las 190 por mes de los años duros de la crisis económica y social y los programas de ajuste de los años 2010 y 2011.
No son sólo protestas sectoriales o puntuales. Podemos hablar de una oleada de revueltas, un (otro) “gran rechazo” como el que pensase Marcuse. Manifestaciones, ocupaciones, choques con la policía o los grupos parapoliciales de extrema derecha, bloqueos de carreteras, huelgas sectoriales y huelgas generales, momentos con características de motines. Las protestas ganan en intensidad y en virulencia, se miran, se copian, se contagian y animan a otros a replicarlas o traducirlas añadiendo las reivindicaciones propias de su país.
Además de las formas disruptivas de protesta y la composición principalmente juvenil, cabe preguntarse si estamos sólo ante un efecto imitación por contagio de fenómenos diferentes e intraducibles, o si por el contrario estas revueltas país a país o ciudad a ciudad comparten algo sustancial, son de alguna manera expresiones nacionales de una misma sacudida. ¿Hay una motivación compartida en todas ellas? En tal caso. ¿Cuáles son las necesidades o los deseos comunes en todas las revueltas?
Derecha, periodistas, izquierda
De menor a mayor interés, examinemos críticamente las que creo son las tres explicaciones principales disponibles.
En primer lugar, en las derechas, incluyendo los fascistas, ninguna sorpresa. Su instinto les hace colocarse siempre en contra de las irrupciones populares autónomas, esto es, no encuadradas por sus aparatos. La destacada presencia de la izquierda radical en ellas les termina de disipar cualquier duda.
Tras años de interpretar un papel “antisistema” en redes sociales, cuando la conflictividad social llega a la calle, también las extremas derechas se alinean siempre con la policía. En la medida en que en su comprensión de la política el “pueblo” sólo es la comunidad nacional militarizada, no pueden reconocerle ninguna agencia política, ninguna capacidad de actuar, a los de abajo en tanto que tales.
De esta manera, se lo crean o no, se apresuran a buscar manos negras, infiltraciones y conspiraciones, que es siempre su forma de entender la política. Meloni militariza las ciudades italianas y aprueba arrestos preventivos porque tras las protestas hay actores extranjeros que tampoco llega a identificar, por lo que sea. Macron suspende discrecionalmente el derecho de manifestación, implanta toques de queda e invoca al antiterrorismo) por culpa de los “black bloc” -todo vuelve- y los saqueadores y gamberros. En España nuestras derechas, más apegadas a las tradiciones locales, dicen que tras las protestas está ETA y que los acampados y manifestantes son vagos o que no se duchan.
Por último en las redes proliferan los mensajes y vídeos del trumpismo global que proclaman que “Francia ha caído”, lo cual significa que los millones de franceses que protagonizan las protestas en realidad no son parte del pueblo francés, en razón de su piel o su procedencia. Una ideología que pretende separar del pueblo-nación a sus sectores plebeyos con frecuencia más explotados es necesariamente una ideología que debilita a los de abajo al servicio de los de arriba. No hay, como decíamos, mucho de interés para comprender la oleada de revueltas que vivimos, en la medida en que no pretenden entender nada sino simplemente sofocarlas en apoyo del orden establecido.
En segundo lugar, la mirada periodística y sociológica avanzada, no sensacionalista, se centra primero en el componente generacional (aunque nunca desprecia un buen “esto sólo va a beneficiar a los extremos” porque, como sabe todo el mundo: los extremos se tocan). Le presta atención al contraste entre un mundo de las redes donde todo parece ser posible y un mundo físico cada vez más duro y más hostil para la juventud. Atiende al hecho real de que en las envejecidas sociedades europeas los jóvenes son una minoría casi estructural. Ni por capacidad de consumo ni por influencia social ni por peso electoral pueden hacer valer sus intereses y demandas. Así que la movilización disruptiva en la calle es, por motivos obvios, el único terreno en el que pueden ser no mayoritarios pero sí hegemónicos. Durante las jornadas de movilizaciones, los que están en la calle son políticamente “más” que quienes se quedan en su casa y pueden marcar la conversación y la agenda política.
Todo esto es cierto. Pero olvida que bien pueda ser también que los jóvenes protagonicen las protestas simplemente porque pueden. Porque tienen más tiempo, más fuerza física, más aguante, más ganas, menos ataduras para comenzar a decir lo que muchos otros piensan. Y para arriesgarse a defenderlo y comenzar los ciclos de protesta para que luego se sumen otros. Eso explicaría que las movilizaciones que comienzan como eminentemente juveniles o centradas en temas que les afectan particularmente a los jóvenes (condiciones de los centros de estudio, precio de los alquileres) se hayan extendido después a otros sectores sociales y otros temas, deviniendo en protestas generales.
Sólo así podríamos explicar las manifestaciones masivas y ya en un segundo momento intergeneracionales, así como que en el próximo mes de noviembre haya convocadas huelgas generales en Francia (día 5), en España (día 11), en Italia (día 20) y en Grecia (día 25). Las huelgas generales, es evidente, ni se convocan ni se hacen sólo con jóvenes. Así que incluso si comienzan siendo cosas de jóvenes y tienen a los jóvenes en vanguardia, estas revueltas, parece claro, van más allá porque encuentran motivos y receptividad y prenden en el cuerpo social.
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En último lugar, la mirada de las izquierdas se centra, claro, en las condiciones materiales (en cursiva precisamente por el carácter taumatúrgico que se les otorga). La oleada de revueltas expresa un conjunto de demandas populares -es decir, que vienen de abajo y no se canalizan por los cauces institucionales- hasta ahora desatendidas. La escandalosa situación de la vivienda (principalmente en España y Portugal), las pésimas condiciones de los servicios públicos por culpa de la insuficiente inversión pública, particularmente en el caso de la educación (así comenzó el movimiento de protesta en Francia), la carestía general de la vida (así continúa en Francia y comienza en Italia); y como expresión de todas ellas, una sensación general de incertidumbre y desamparo, en sociedades rotas por la desigualdad en las que la mayoría trabajadora empobrecida gasta todos sus esfuerzos y su renta en sobrevivir, mientras una minoría cada vez acumula más riqueza y poder.
Este diagnóstico es simplemente cierto. Como decíamos en el anterior artículo , la economía desdemocratiza, rompe y pone en peligro nuestras sociedades hasta un punto en el que hay que elegir entre toda la crueldad necesaria para asegurar la libertad del dinero o ensayar las formas posibles de oponerle límites y contenciones a la acumulación capitalista. Las revueltas populares que se suceden y se imitan estos días en buena parte de Europa son en primer lugar eso: la negativa a dejarse triturar, como decía recientemente el Comité Invisible. La comprensión de los sectores populares de que no hay nada, ningún contrato social vigente, ninguna expectativa razonable, por la que postergar hoy una vida buena. Porque el futuro parece estar estropeado y no hay ningún acuerdo por el que sacrificarse hoy, pues todos los anteriores sacrificios sólo han conducido a que el tercer estado de nuestro tiempo pierda riqueza, poder y tranquilidad y enfrente más debilitado las siguientes peleas cuando la avaricia de las oligarquías venga por más.
Todo esto se dirime, además de en las movilizaciones populares, en las disputas electorales por venir. Hoy mismo en Brasil, en breve en las elecciones de medio mandato estadounidenses y un poco después en España. Que se dirima en los dos terrenos, en el de la resistencia y la construcción de poder para los sectores populares movilizados y en las urnas, no significa necesariamente que ambas contiendas compartan lógica ni agenda, ni que se retroalimenten y beneficien mutuamente de manera natural y espontánea. Hay veces que puede ocurrir incluso lo contrario. En términos generales y sin detenernos país a país, es tarea de los actores políticos con voluntad hegemónica cabalgar los dos terrenos, las dos lógicas y las dos temporalidades para generar entre ellas vínculos productivos. Pero en absoluto está garantizado. No podemos detenernos más en este punto.
¿Algo más?
Sí, porque quizás eso no sea todo. Si el objetivo es transmitir unas demandas sociales insatisfechas y aumentar su apoyo y legitimidad social, ¿por qué entonces la radicalidad formal de las protestas? ¿Por qué la aparición con frecuencia de la violencia?
Aquí aparece una cuestión que a la izquierda le incomoda profundamente, porque le parece, seguramente con razón, que conspira contra el apoyo social mayoritario a la protesta, así que hace como si no existiese. Nos referimos a una dimensión no instrumental sino expresiva de la protesta conflictiva. Que los participantes en los disturbios y quienes los ven en sus pantallas puedan encontrarlos divertidos o placenteros es a menudo tomado como una cuestión sonrojante e infantil, a ocultar por quienes tratan de construir la legitimidad de las protestas para conseguir las demandas que estas expresan formalmente a través de sus organizaciones.
Sostenemos que no hay contradicción entre las demandas “materiales” que son los motivos formales de las protestas y otra necesidad o deseo no explicitado. Algo más, que falta por ser pensado. ¿Y si además de la tabla de reivindicaciones las protestas expresasen un malestar difuso al que no se le sabe poner nombre, una necesidad de sentir y de vibrar y de ser tenido en cuenta? Los jóvenes ven series de televisión, vídeos cada vez más acelerados, juegan o miran jugar a videojuegos trepidantes, escuchan a otros cantar o narrar sus hazañas, reciben permanentemente estímulos de poderío y aventura y posibilidades. Pero están cada vez más solos y sumidos en la impotencia de vidas cotidianas donde todo lo que está al alcance son caros simulacros.
¿Y si tuviesen el deseo de una mayor densidad vital, de que de una vez pase algo de lo que no sean espectadores, de dejar de estar solos y sentirse fuertes y pertenecientes a una comunidad intensa? Sabemos que sólo el antagonismo y el riesgo producen sentimiento de pertenencia y efervescencia colectiva. Frantz Fannon, hablando de los procesos anticolonialistas, decía que la violencia del colonizado es también un proceso de subjetivación. Es posible que en las revueltas estén encontrando autoestima colectiva quienes son constantemente desvalorizados en el normal funcionamiento de la vida cotidiana.
Es evidente que para la transformación social, es decir, para la construcción de poder político para las clases subalternas, no basta con que algunos sectores de estas encuentren gozosas determinadas formas de protesta. Hacen falta mediaciones, articulaciones que implican renuncias y compromisos, mutaciones de los que desafían el status quo. La hegemonía es un proceso que necesariamente transforma al hegemón. Pero es igualmente cierto que sería miope descartar o desperdiciar la energía libidinal desatada en las revueltas de nuestros días, en tiempos en los que a las izquierdas les cuesta tanto disputar el secuestro del deseo por parte del capitalismo. ¿Y entonces?
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Entonces hay que entender en primer lugar que las revueltas populares -nos gusten más o menos- tienen lógica política, no son expresiones de enloquecimiento multitudinario (para los liberales el individuo siempre es cuerdo y la masa siempre animalesca) ni de conspiraciones o manos negras. Esta lógica política se ve por ejemplo en qué lugares son atacados y cuáles no, en qué enemigos se asumen y a quién se busca sancionar (por ejemplo en las calles de Francia en el respeto a bomberos o ambulancias y, en general, a los comercios familiares). Las protestas, incluso las más violentas, no dejan de ser representaciones -por eso incluso en los peores enfrentamientos las partes no buscan eliminarse físicamente y se abstienen de usar armas letales- en las que quienes se movilizan quieren no sólo impugnar el orden establecido sino también prefigurar el que anhelan para decirle algo al resto de su sociedad, para con-moverla y construir así mayor fuerza. Para eso producen imágenes.
Acto seguido hay que comprender que además de todas las demandas formales, de redistribución de la riqueza por decirlo en corto, las revueltas están expresando otra: de protagonismo y autoestima popular. El goce en las manifestaciones y en las pequeñas conquistas en las plazas está reclamando no sólo que se democratice la riqueza -casas, salarios, servicios públicos- sino también la visibilidad, el poder, el protagonismo. Que la gente sencilla cuente y tenga algo que contar, que se les respete, que puedan ser protagonistas y estar orgullosos de sí mismos: “nosotros importamos, no valemos tan poco como nuestro salario o nuestra pensión. Somos o deberíamos ser el corazón de la comunidad política”. La llamada crisis de las democracias liberales tiene en su orígen la creencia absurda de que podía haber democracias sin demos, de individuos aislados e impotentes sometidos a los grandes poderes financieros. Además de la mejora de sus condiciones de vida, los movilizados expresan el deseo de que la parte más desposeída de la polis cuente como tal, sea fuerte y esté unida y pueda salirse con la suya frente a los desprecios y abusos de los más poderosos.

No podremos defender y reconstruir nuestras democracias sin la construcción del pueblo. Este no preexiste en condiciones antropológicas ni culturales ni económicas, se auto inventa nuevo en cada época histórica como reunión de los sin poder que reclaman poder. Y esto sucede siempre por antagonismo con los que se lo han robado o han acumulado tanto que han roto el tejido de la comunidad política.
Es innegable que las revueltas producen desorden y que algunos oportunistas las aprovechan para saciar las ansias de un consumismo omnipresente e imposible a la vez. Creo que esto es periférico y en ningún caso nuclear. En la medida en que los movimientos populares se vayan fortaleciendo tendrán que ir siendo capaces de imponer mayor orden incluso en sus desafíos públicos. Lo decisivo en cualquier caso es que sean capaces de generar lazos de solidaridad entre las distintas quejas y necesidades expresadas, incluyendo esta de la intensidad vital, de importar y no ser espectadores. Es imprescindible hacerse cargo de esa energía libidinal, pues sólo de ese deseo puede salir también una transformación subjetiva: de ser de los que reclaman a ser los que quieren gobernarse. Después habrán de venir los símbolos y referentes que funcionen como parteaguas entre el país real y el país oficial, hasta que el primero se autoconstituya y mande. Así comenzó la historia moderna en la que los hombres y las mujeres comenzaron a creerse dueños de sí mismos, allá por 1789, entre el humo y el desorden en París.
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