Víctor López (PÚBLICO), 25 de Octubre de 2026
- Las razones que han llevado a los jóvenes a movilizarse varían en cada país, pero comparten la misma chispa: la ruptura del ‘contrato social’ europeo y unas desigualdades que se resisten a tocar techo.
- «El contexto actual se caracteriza por un profundo desajuste entre las expectativas personales de los jóvenes y las barreras que encuentran para desarrollar sus trayectorias vitales. Esto explica que afloren sentimientos de descontento y enfado generalizados», sostiene el sociólogo Albert Julià.
- Ilaria Pitti, socióloga en la Universidad de Bolonia, cree que una de las señas de identidad de esta ola de protestas es «la fuerte desconfianza hacia las respuestas ofrecidas por las instituciones estatales y europeas y las promesas del sistema económico neoliberal».

Madrid. París. Roma. Dublín. Atenas. Lyon. Oporto. Marsella. Barcelona. Bucarest. Belgrado. A Coruña. Milán. Lisboa. Los toldos azules se alternan en el mapa europeo con la humareda que desprenden los contenedores calcinados y la represión policial. Los jóvenes han tomado las calles de todo el continente para denunciar la crisis del capitalismo y poner en el centro los problemas que enfrenta su generación, unos problemas -casi siempre- comunes a los distintos países. Los precios desorbitados de la vivienda y la subida del nivel de vida, las carencias de la educación pública, servicios básicos que no dan respuesta a las necesidades de la población. El telón de fondo: la caída del bienestar europeo. La bandera de las doce estrellas ha dejado de ser garante de derechos e igualdad social. Este cóctel de fisuras ha acelerado el estallido de la Generación Z.
«Las movilizaciones de las últimas semanas no surgen desde un único momento clave, sino que son la acumulación de luchas y organizaciones que vienen defendiendo y trabajando para hacer frente a la pérdida de derechos sociales y a una cada vez más creciente desigualdad social», argumenta Eduard Ballesté, profesor de Sociología en la Universitat de Barcelona. «El contexto actual se caracteriza por un profundo desajuste entre las expectativas personales de los jóvenes y las barreras que encuentran para desarrollar sus trayectorias vitales. Esto explica que afloren sentimientos de descontento, frustración y enfado de forma cada vez más generalizada», coincide Albert Julià, también sociólogo en la Universitat de Barcelona. ¿Cuál ha sido el detonante para que explotasen ahora los jóvenes europeos? ¿Qué tienen en común todas estas movilizaciones? ¿Cuáles son las diferencias? ¿Y por dónde pasan las respuestas?
Las protestas europeas y su punto de partida
La crisis de la vivienda ha prendido la mecha en España. El antes y el después lo marcó el desahucio de Maricarmen Abascal. La misma emergencia habitacional llevó a miles de activistas a manifestarse en Portugal, al ritmo de Grândola Vila Morena, la canción que identificó a la revolución que puso fin a la dictadura lusa en 1974. El elevado coste de la vida fue la gota que colmó el vaso en Italia o Grecia. Los recortes en los distintos niveles educativos impulsaron las movilizaciones en Francia, Bélgica, Rumanía o Irlanda. Y Serbia o Albania, además, suman a sus reivindicaciones la lucha contra la corrupción y la defensa de la democracia. «Este tipo de manifestaciones suelen surgir en torno a cuestiones locales e incluso bastante específicas, pero lo que vemos aquí es que han ido adquiriendo progresivamente un potencial transnacional y tenemos varios elementos que las unen a pesar de la distancia física», defiende Ilaria Pitti, profesora de Sociología e investigadora en juventud y movimientos sociales en la Universidad de Bolonia.
Italia es uno de los países con las tasas de desempleo juvenil más altas de Europa. La edad media de emancipación es cuatro puntos superior a la de la UE. El gasto militar ha aumentado un 15,8% desde el primer Gobierno de Giorgia Meloni. Y las inversiones públicas por estudiante universitario están 6.000 euros por debajo de la media de la OCDE. «La actual ola de movilizaciones debe interpretarse en el marco de un proceso de marginación y precariedad social de las nuevas generaciones italianas, fruto de políticas económicas, laborales y sociales que en los últimos cuarenta años han erosionado progresivamente las posibilidades de vida en el presente y las perspectivas de futuro de los jóvenes de todo el país», continúa Ilaria Pitti.
Francia, Bélgica o Irlanda ponen el foco estos días en la redistribución de la riqueza y el deterioro de los servicios públicos, especialmente, la educación. El número de universitarios becados ha caído en los últimos diez años en el primero de los tres países y decenas de plazas docentes siguen sin cubrir por el Gobierno del Elíseo. Emmanuel Macron, paralelamente, contempla recortar dinero de estas partidas y destinarlo a Defensa o Seguridad. Las matrículas se han encarecido casi 400 euros en las universidades belgas y la financiación también tenía visos de disminuir antes del inicio del curso en Dublín. «Los sindicatos de estudiantes organizaron marchas callejeras y lograron cierto impacto en la asignación presupuestaria. El Gobierno bajó las tasas académicas», señala Mary Murphy, profesora de Sociología en la Maynooth University de Irlanda. La también experta en seguridad social y Estado de bienestar recuerda que «la vivienda y el coste de vida son del mismo modo cuestiones de gran preocupación» en el país, tal y como evidencian los datos del Consejo Nacional de la Juventud de Irlanda.
Portugal y Grecia siguieron la estela de España y salieron a las calles para denunciar la precariedad laboral de las nuevas generaciones y las consecuencias de un mercado de la vivienda enloquecido. La renta bruta de los jóvenes portugueses ha crecido un 5% en los últimos 15 años, mientras que el precio medio de la vivienda en el país vecino ha aumentado en la última década un 180%, «todo un récord» en el conjunto de la UE. «El trasfondo más general de todo lo que observamos es el hecho de que nuestras democracias, en lugar de corregir las injusticias intergeneracionales, las han estado reforzando de manera sistemática. La situación de los jóvenes adultos portugueses se ha deteriorado de forma muy acusada en los últimos años», advierte Pedro Magalhães, politólogo e investigador sobre opinión pública y comportamiento electoral en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa.
Los denominadores comunes de la situación actual
Las calles de todo el continente debaten estos días qué tipo de modelo de sociedad quieren construir y evidencian una ruptura generacional con el contrato social de la UE. «Los jóvenes que se están manifestando han socializado entre la crisis de 2008, la pandemia y la inflación; han visto cómo el acceso a la vivienda empeoraba año tras año. El detonante ha sido distinto en cada país: recortes educativos, desahucios de personas vulnerables, subida de las tasas universitarias. Pero lo que comparten todas las movilizaciones actuales es una reivindicación de derechos y recursos que tradicionalmente se habían asociado al Estado de bienestar», destaca Albert Julià. El sociólogo considera que al mismo tiempo «asistimos a un incremento de los discursos y del poder de la extrema derecha», que cuestiona parte de los pilares de ese contrato social. Por eso, insiste, no solo cabe hablar de un «descontento» generalizado, sino que converge con «la preocupación por preservar recursos públicos que pueden verse más amenazados en el futuro».
«Lo que define la situación actual es, por un lado, la acentuación de las problemáticas sociales derivadas de la desigualdad. Y, por otro lado, la perspectiva social de un horizonte que genera poca esperanza para todas las generaciones más jóvenes: crisis que se solapan y no tienen fin, una escalada belicista y militar que quiere producirse a costa de las clases trabajadoras, un crecimiento de discursos totalitarios y de extrema derecha…», continúa Eduard Ballesté. El profesor sostiene además que esta ola de movilizaciones puede servir para visibilizar que «dentro del modelo neoliberal en el que vivimos no se pueden producir escenarios de bienestar e igualdad social para todos los ciudadanos», y lamenta la perspectiva de «un futuro cada vez más polarizado donde unos pocos acumulan privilegios frente a una mayoría cada día más empobrecida».
Esta es una tesis que también suscriben las voces internacionales consultadas por Público. «El primer elemento que une todas estas protestas es la movilización explícita de grupos generacionales, en particular, la llamada Generación Z. Esto puede contribuir a la construcción de una identidad colectiva capaz de traspasar las fronteras nacionales. El segundo es la fuerte desconfianza hacia las respuestas ofrecidas por las instituciones políticas estatales y europeas, hacia las promesas del sistema económico neoliberal que es incapaz de dar respuesta a problemas de carácter colectivo», indica la profesora Ilaria Pitti. «Irlanda es una suerte de excepción en el actual mapa de movilizaciones porque aquí sigue viva la idea de que las economías deben generar bienestar e igualdad social, una idea que se ha desmoronado en Europa. Los jóvenes no se están rebelando todavía y cabría preguntarse por qué no ocurre, cuando los datos evidencian una escasa inversión en servicios públicos que tiene efectos para las nuevas generaciones», matiza la socióloga Mary Murphy.
La «representatividad» y la falta de soluciones
España también tiene un escenario un tanto diferente, al menos, en términos estadísticos. Los datos macroeconómicos son positivos. El paro juvenil está en niveles relativamente bajos -para los estándares nacionales- y la evolución de los salarios tampoco ha sido especialmente desfavorable. La rabia y el descontento que recorren las calles tienen otra explicación. «Estos indicadores a priori positivos contrastan con la pérdida de poder adquisitivo derivada del encarecimiento del coste de la vida y las dificultades en el acceso a la vivienda», defiende Albert Julià.
Las voces consultadas por este diario no tienen claro cuál puede ser el antídoto para calmar las aguas en Europa, pero denuncian la falta de «representatividad» de los jóvenes y los problemas que esto supone a la hora de buscar soluciones mínimamente eficaces. «Estas movilizaciones están reuniendo a jóvenes politizados con otros cuyas posturas aun no han sido del todo definidas. Los dos sectores se enfrentan a los mismos problemas de fondo y perciben una fuerte distancia con las respuestas que ofrecen las instituciones», destaca Ilaria Pitti. Pedro Magalhães, por su parte, sentencia: «Los jóvenes tienen cada vez menos peso en el electorado y la propia clase política está envejeciendo. La consecuencia de ello son políticas claramente sesgadas desde el punto de vista generacional».
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