Elena Basile (IL FATTO QUOTIDIANO -ITALIA-), 6 de Octubre de 2026

Creo que desmitificar el llamado orden liberal es esencial para la lucha de los pueblos europeos porque una nueva clase dirigente y un nuevo bloque social y económico puedan retomar una política orientada a los bienes comunes, los derechos humanos, la democracia y la igualdad social. El electorado progresista está siendo manipulado por la propaganda neoliberal. Sin él, es imposible construir una instancia política unitaria a la que pueda sumarse el disenso, que emergió en la movilización de la sociedad civil y quedó oculto tras la abstención. Tratemos, pues, de comprender cómo axiomas contradictorios, que en otro tiempo habrían hecho suspender a un alumno de trece años, se repiten hoy sin provocar mayor sorpresa.
«Es necesario salvar la democracia censurando los medios extranjeros y creando oficinas contra la desinformación». ¿Quién decide qué es desinformación?, preguntaría el profesor al incauto alumno. «Para construir la paz, debemos suministrar armas a los países agredidos». ¿Cuántos países agredidos hay en el mundo? Si suministramos armas a Cuba y Venezuela, a Irán y Líbano, a los palestinos, etc., ¿estamos seguros de que no estamos fomentando la guerra? «Occidente lucha por la democracia ucraniana». ¿Occidente? ¿El mismo Occidente que es cómplice de un genocidio en Gaza se preocupa por la democracia en Ucrania y en Irán? Sería como creer que un padre que viola a su hija en casa es un maestro de escuela excepcional. Seguimos preguntándonos consternados cómo se ha llegado a la aceptación generalizada de semejantes paradojas. Pues bien, la confusión reina a sus anchas.
El universalismo de los derechos humanos, como mencioné en mi intervención con Buttafuoco y Rovelli en la Festa del Fatto, ha sido un factor constitutivo de la modernidad occidental. Nuestro recorrido histórico y cultural nos ha llevado desde el cristianismo (todos los hombres son iguales ante Dios), pasando por el liberalismo de John Locke (la oposición de un individuo ahistórico y abstracto al poder) y la Revolución Francesa, hasta la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, a la que se adhirieron muchos países miembros de la ONU cuyas historias diferían de la occidental. Para responder a los anhelos de los pueblos oprimidos por dictaduras (pensemos en los antifascistas italianos y los antinazis alemanes que ansiaban ser liberados por potencias extranjeras), habría sido necesario llegar a una arquitectura supranacional, a la utopía de un poder neutral e imparcial que hiciera respetar, incluso por la fuerza, los derechos humanos en el tablero internacional.
Pues bien, Estados Unidos, fuerte en su excepcionalismo y hegemón benevolente por antonomasia, tras quedar en 1991 como única potencia en el escenario internacional, se autoproclamó gendarme moral, y el orden liberal se convirtió en la ideología de la unipolaridad de Washington, a la que la UE, con su doble rasero y su normativismo, prestó un apoyo fundamental. El poder hegemónico de Washington comenzó a declinar hacia 2006-2008 (nacimiento de los BRICS, discurso de Putin en la Conferencia de Múnich, crisis económica internacional) y hoy, con Trump, ha perdido toda autoridad moral. Se defiende mediante estrategias bélicas y la militarización del dólar. La retórica, sin embargo, sobrevive. En el Corriere della Sera, Antonio Polito nos informa de que las guerras no son contrarias al artículo 11 de la Constitución, puesto que este contempla cesiones de soberanía a organizaciones internacionales que trabajan por la paz. ¿Quién puede dudar de que la OTAN es un instrumento de paz y de difusión de la democracia? Sería para echarse a reír si un pensamiento tan endeble no se reprodujera por millares en todos los medios mainstream, hasta contribuir a la transformación antropológica de una sociedad civil convertida en analfabeta y pasiva.
Después de todo, el mismo periodista se preguntaba en televisión si debíamos creer en el retorno de las esferas de influencia y permitir que Moscú vetara el ingreso de Ucrania en la OTAN. En efecto, si China estableciera bases nucleares en México, ¿quién se atrevería a objetar? Hay una coherencia en este delirio: Occidente y la OTAN son el único mundo posible, encarnan el multilateralismo y se arrogan el título de comunidad internacional. La historia queda borrada; los conflictos se convierten en oposiciones ético-religiosas entre el bien (nosotros) y el mal (ellos). ¿Por qué me interesan los moribundos bardos del orden liberal? ¿Acaso soy la única que sigue leyendo sus editoriales? Se cuidan mucho de someterse al debate. ¡El problema, desde luego, no es Polito! Sin embargo, él contribuye al pensamiento único que se insinúa en los hogares y moldea las mentes, fabricando el consenso que necesitan las élites que nos gobiernan. La trampa consiste en creer que Obama, o Monti y Gentiloni, representan una alternativa a Trump. El orden liberal ha logrado crear esta perniciosa ilusión, funcional a la masacre de las víctimas y al fin de una verdadera cultura democrática.
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