Momento de masas y adelanto electoral
CURB Substack, 4 de Octubre de 2026
“Hay décadas en las que no pasa nada y hay semanas en las que pasan décadas” es una frase que dicen que dijo Lenin. Lo dijese o no, es absolutamente cierta, como cualquier ha podido comprobar en estos días. Todo se acelera, así que también la frecuencia de los escritos de este cuaderno.

Foto realizada durante la Diada del pasado 11 de Septiembre en Barcelona. Desconocemos el autor.
Aquí hablabamos del “símbolo Maricarmen” tras su desahucio hace diez días y aquí del momento de masas y el poder popular en despliegue. El viernes el Congreso celebró un pleno extraordinario en el que sometió a votación los dos decretos obtenidos por el desplazamiento popular, el primero que confiaba en sacar adelante y el segundo que veía mucho más complicado. Ambos cayeron por el voto decisivo de Junts. Pero desde entonces el movimiento de masas no ha dejado de acumular fuerza y logros.
Las acampadas siguen extendiéndose a diferentes ciudades, así como las movilizaciones, que ganan en masividad, en nivel político y en combatividad. Y lo que es más importante: en diversidad social y generacional. La manifestación de hoy en Madrid, hasta ahora epicentro del movimiento, ha sido enorme y ha congregado a mucha gente que seguramente tiene casa en propiedad. Estaban los sectores más combativos pero también, a ciencia cierta, cientos de miles de ciudadanos sostenedores del gobierno de coalición. Bajo la conducción de los primeros, es importante apuntarlo, que son quienes han ganado la calle a los fascistas tras tres largos años de ofensiva reaccionaria desde la aprobación de la amnistía a los presos políticos catalanes. En esos tres años las gentes de izquierdas han vivido la política como una minoría estigmatizada y acosada, y hoy muchos han tenido la oportunidad y el disfrute de reivindicarse y de sacudirse un poco el miedo y recuperar moral de combate. Esto es importantísimo.
Además, las movilizaciones están educando políticamente a una nueva generación de chavales de la que saldrán valiosísimos e imprescindibles cuadros para el futuro. Están volviendo, poco a poco, a poner “de moda” ser rojo. Están extendiendo el antifascismo explícito de masas y están haciendo crecer a las organizaciones radicales. Están demostrándole a quienes mantuvieron en silencio, incluso con dudas, la fé en que teníamos (tenemos), durante estos tres largos años de desbandada y repliegue desordenado, que no eran raros ni estaban solos, y les están dando calor de pertenencia.
Hoy una persona muy querida me preguntaba “¿dónde estaba toda esta gente?”. Me parece que es una pregunta fundamental. Creo en primer lugar que no “estaba”, que se ha hechopor el camino. La principal virtud de las luchas es que conforman una subjetividad nueva, que no existía previamente. Los pueblos, o las clases si se prefiere, no preexisten a su conformación en la disputa con el antagonista. En segundo lugar, mucha de la gente estos días movilizada estaba dispersa, anímicamente derrotada, invisibilizada por el monopolio de la atención que ejerce la maquinaria del espectáculo. Una demostración de fuerza popular de quinientos mil es infinitamente más poderosa que quinientas mil opiniones individuales. En tercer lugar, como decíamos arriba, es bastante razonable anunciar que el así llamado “pueblo de la coalición”, que nunca llegó ni remotamente a constituirse ni a pasar de ser un agregado de votantes con algunas referencias comunes, se reivindica, paradójicamente, bajo banderas que han levantado los sectores más críticos con su gobierno pero en los que identifica, con buen olfato popular, la más sólida defensa contra la ofensiva reaccionaria.
¿Y estos últimos, los reaccionarios que hasta hace nada gobernaban la agenda, la discusión política y la calle? Pues sus líderes escondidos o invisibles; sus tertulianos titubeantes y volviendo a jugar a la defensiva (por cierto y como señala Guillermo Fernández, pasando de lamentar que la izquierda “había perdido el contacto con los trabajadores por ser woke” -¿se acuerdan?- a quejarse ahora airadamente de que plantee el conflicto por la distribución de la riqueza y la disputa entre privilegiados y trabajadores); y sus escuadristas nazis amenazando e intentando atacar las acampadas, ya desprovistos de cualquier pretensión “antisistema” y entregados, una vez más y como cada vez en la historia, a ser la primera fuerza de choque de la oligarquía.
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Sánchez cabalga de nuevo
Al final de los turnos de intervenciones de los grupos parlamentarios, antes de votar pero cuando ya se sabía que los decretos caerían, el presidente Sánchez subió a la tribuna para tomar la palabra. Tiene potestad para ello pero es extrañísimo, más antes de una votación que va a perder el Gobierno, ante las que se suele proteger al Presidente evitándole incluso acudir al hemiciclo. Sin esta vez no sólo estuvo presente sino que tomó la palabra, fue porque no estaba percibiendo una derrota, sino un momento de acumulación de fuerzas. Intuía, con acierto, que los decretos que estaban a punto de perderse en el Congreso de los Diputados eran sin embargo victoriosos fuera de él. Es decir, que en torno a esas cuestiones había una mayoría social que podría convertirse en mayoría electoral si los comicios se adelantaban y se celebraban al calor del movimiento popular.
El Gobierno no ha sido en sus dos legislaturas capaz de generar una fuerza propia, una interpelación popular, que le permita romper el cerco de los poderes no democráticos en el Estado y la economía. A priori parecía que la pata izquierda de la coalición, en general con ministerios menores y menos carga de gestión pero más recursos de los que nunca ha gozado y algo más de experiencia política contenciosa, podría haber desarrollado este cometido. Pero incomprensiblemente se ha encerrado en una “política de lo pequeño” justo cuando la época pedía lo contrario: una fuerte carga épica, de guerra de valores, de contienda ideológica.
El momentum multitudinario no ha sido creado desde arriba sino desde abajo y con una muy densa carga ideológica extremadamente crítica con el Gobierno.
Sin embargo Sánchez cree leer que puede ser él de nuevo quien capture esa potencia, la vampirice y la canalice electoralmente. De nuevo creo que tiene razón y conviene orillar la moral para pensar estratégicamente el momento. Las instituciones no tienen per sefuerza propia, sino que son una condensación de fuerzas sociales en pugna y equilibrio en la sociedad. Capturan y vampirizan toda la energía que pueden, pero al hacerlo se desplazan y mutan. Al mismo tiempo, quienes aspiran a otro orden político, construyen toda la fuerza de impugnación de la que son capaces para convertir a los subalternos en dirigentes, pero este proceso nunca se da por completo y en cualquier caso siempre acaba en nuevas-viejas formas institucionales: tan rupturistas cuanta más fuerza y aciertos tengan los que desafían, tan continuadoras de lo anterior cuanto más enraizado y sólido fuese ese orden.
Este binomio no es necesariamente de suma cero, sino que puede ser de, en términos de García Linera, una tensión creativa, en la que, buscando cada polo de poder sus objetivos, el resultante sea beneficioso para ambos. A esto le hemos llamado “cooperación virtuosa involuntaria”. El Gobierno, con inteligencia, ha ofrecido buenas condiciones para el despliegue del movimiento popular: contención de la policía, atención constante de los medios de comunicación públicos, interacción política y reconocimiento de las organizaciones populares como interlocutores legítimos. No lo ha hecho seguramente por amor, sino por interés. Pero en política cuentan los efectos. El movimiento de masas, a su vez, le ha regalado al gobierno diez días de oxígeno fuera del cerco al que está sometido. Le ha ganado por ahora las calles a la reacción y ha devuelto la moral al conjunto de la sociedad demócrata que hasta ahora estaba atemorizada y desanimada. Tampoco lo ha hecho por amor al gobierno, pero eso no importa demasiado: el desplazamiento popular está cambiando en sólo una semana los equilibrios de fuerzas en la política española. Y cada día que transcurre así vale oro.
Esta tensión creativa se dirime, en estos días decisivos y tan valiosos, en el manejo de los tiempos. De eso depende todo. Por eso Sánchez no debe convocar aún elecciones generales. Es correcto el razonamiento de que no tendrá un momento político mejor del actual ni razones mejores con las que llamar a las urnas (“hace falta una mayoría sólida en el congreso que no permita que el clamor de la sociedad sea rechazado como el viernes pasado”). Pero es que el momento político tiene aún mucho despliegue por delante. El movimiento de masas sigue en crecimiento y en este momento el Gobierno, si es inteligente, debe cederle el protagonismo y seguir facilitándole condiciones institucionales para su despliegue y ampliación. Una convocatoria electoral ahora mismo, por el contrario, asfixiaría el momento de masas y devolvería la iniciativa y la atención mediática y social a los partidos -precisamente donde hay más debílidad- y su competición electoral. Además, la legislación electoral pondría mayores dificultades al repertorio de acción colectiva del movimiento de masas. Las elecciones son el momento de los ciudadanos uno a uno, aislados frente a la televisión y solos frente a la urna electoral. Los momentos de masas son los momentos de lo impensado: “¿Dónde estaba toda esta gente?” No estaba, se está haciendo en el movimiento. Es una voluntad popular en formación, aún no mayoritaria pero sí desde luego, durante unos días y mientras no se detenga y disperse, hegemónica.
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También desconocemos el autor. Y cómo llegó hasta el descansillo Illich Uliánov.
Ganar tiempo para qué
Ahora que se siguen acumulando fuerzas y que por tanto cada día juega a favor, hay que ganar tiempo. ¿Para qué? Los partidos para dar gracias al cielo por una ocasión inmerecida y para prepararse para ser lo más competitivos electoralmente, siendo que el candidato a presidente es Sánchez y que su fuerza auxiliar por izquierda debe tener en cuenta el mapa provincial y garantizar la máxima eficiencia de conversión de votos en escaños. Los acampados, por su parte, para durar y fortalecerse y extenderse sólo mientras sean lugares de acumulación de fuerzas y ni un día más, pues por gozosas que estén las vivencias comunitarias de nuevo tipo, acampar es un medio y no un fin en si mismo.
El movimiento de masas, que es el más importante y quien hoy conduce la política española, va consumiendo etapas a pasos de gigante. Pero los momentos de masas tienen la endiablada particularidad de que no pueden quedarse quietos: todo lo que no sea escalar es comenzar a retroceder. No es fácil acertar en el supremo arte de escoger los objetivos y los tiempos, entre las fuerzas existentes y las que se pueden encontrar al hacer apuestas más ambiciosas. Depende del temple, el olfato, el coraje y la suerte. Y este arte no se enseña en escuelas, se aprende y practica en común, en la inteligencia colectiva y el sentir popular. Hoy en las masivas manifestaciones parece haberse generalizado ya la consigna de la Huelga General. Es un objetivo ciertamente complicado pero no parece que haya vuelta atrás.
En mi opinión, su éxito depende al menos de tres factores que necesitan tiempo para desplegarse. En primer lugar, tiene que desplegarse un movimiento que la prepare y organice, contando con los sindicatos tradicionales pero implicándoles en una dinámica que les supera. Eso es largo y trabajoso. En ese esfuerzo, el movimiento popular por la vivienda tiene que articular otras demandas que interpelen a diferentes perfiles sociales y generacionales. Hay que conectar las reivindicaciones por la vivienda con las luchas en defensa de la sanidad y la educación públicas, así como las reivindicaciones salariales que exigen que la bonanza económica se traslade a los hogares trabajadores. Es evidente que el movimiento ya no solo está expresando los dolores del inquilinato (sin los cuales nada habría comenzado pero que no son estadísticamente mayoritarios), sino una angustia general por una vida cada vez más difícil, por la desposesión, la soledad y, con importante carga política, la ofensiva reaccionaria. La huelga general tiene que ser una huelga a la ofensiva por democratizar las condiciones de existencia, el derecho a vivir tranquilos. El movimiento irá ensayando en los próximos días las consignas y formas de interpelación para lograr esta articulación popular de base lo más amplia posible.
En segundo lugar, la huelga, en las actuales durísimas condiciones, necesitará de un Gobierno que no la viva como una agresión y que sepa que le va en ella y su éxito su supervivencia: el gobierno hoy (aún) perdería las elecciones y su suerte depende de la del movimiento popular. Las interpelaciones al gobierno y al Parlamento tienen que ser inteligentes para lograr este objetivo. Para que la base social del gobierno haga la huelga. Y para que los medios y aparatos del Estado jueguen lo menos a la contra que sea posible. Hay que aprovechar todo el poder político conquistado y un gobierno sensible a la huelga general es el mejor terreno para avanzar. Como siempre: cuanto peor mejor y cuanto más fuertes, mejor. El nerviosismo de las patronales y de sus fuerzas políticas, por otra parte, harán el resto para clarificar ideológicamente de qué va la contienda y marcar claramente los campos.
En tercer y último lugar, por las condiciones de la economía española y de su aparato productivo (desindustrialización, microempresas, terciarización, financiarización, mayor importancia del transporte y la logística), pero también de las condiciones en el mal llamado mercado laboral y sus diferentes realidades fragmentadas de precariedad, además del maltrecho músculo de las principales centrales sindicales, la huelga tendrá que ser de nuevo tipo o metropolitana. Más parecida a las huelgas francesas o a la huelga general en Catalunya contra la represión al referéndum de autodeterminación del 1 de octubre de 2017. Una huelga en la que cuenten más los bloqueos, los piquetes y las grandes movilizaciones que la pura capacidad de la clase trabajadora de parar su puesto de trabajo. También en ese sentido tiene que aprender de las Huelgas del 8M: una huelga que se convoque cuando ya tenga ganada una amplia simpatía transversal en la sociedad. No es nada fácil, pero se ha recorrido un camino inmenso en tan sólo once días de movimiento.
Para todas estas tareas hace falta ganar tiempo. El Gobierno tiene que ceder ese tiempo y ese protagonismo, al menos mientras duren los días en los que el movimiento de masas es más poderoso que ayer pero menos que mañana. Mientras tanto, la sabiduría de los partidos y del Ejecutivo sería subordinar sus agendas y el funcionamiento del parlamento a las consignas y prioridades del movimiento. Para tocar el botón rojo siempre hay tiempo.
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