Andre Damon (WSWS), 16 de Septiembre de 2026
En la última semana se ha desarrollado en los medios estadounidenses una campaña en torno a una inminente “catástrofe de la IA”, en palabras del New York Times, que advierte sobre “agentes de inteligencia artificial impredecibles y fuera de control”.
Los peligros que plantea el despliegue de sistemas de IA cada vez más poderosos, por parte de corporaciones en busca de ganancias, son reales. El propósito de esta campaña es asegurar que nunca sean objeto de una discusión pública racional. Una advertencia genuina ha sido capturada, amplificada y convertida en una emergencia, y esa emergencia se está usando para atar el desarrollo de la tecnología de manera más directa a los intereses geopolíticos del imperialismo estadounidense, y para colocarla fuera del alcance de todo control democrático.
El detonante fue la renuncia, el 8 de septiembre, de un investigador de Anthropic, Jacob Coxon, quien declaró que “las personas que construyen la IA creen sinceramente que podría matarnos a todos antes de que termine la década”. Coxon renunció a acciones aún no consolidadas, y dijo que abandonaba la industria por completo. Evan Hubinger, quien dirige la investigación de alineamiento en Anthropic, lo respaldó al día siguiente: “Jacob tiene razón en esto: realmente creemos sinceramente que la IA podría matar a toda la humanidad. Yo personalmente creo que la probabilidad es superior al 10 por ciento en la próxima década”. Hubinger añadió que los modelos actuales representan poco riesgo, y que el peligro reside en los sistemas autosuperables que se están desarrollando ahora.
El método es conocido. En septiembre de 2002, mientras la administración Bush preparaba la invasión de Irak, la frase en todas las cadenas era: “No queremos que la prueba irrefutable sea un hongo nuclear”. En 2020, mientras la clase dominante avanzaba para desmantelar las protecciones contra el COVID-19, fue que la cura no debía ser peor que la enfermedad. En cada caso, una advertencia se convirtió en pánico, y el pánico se usó para imponer medidas que ya estaban preparadas de antemano. Así ocurre ahora. Desde Barack Obama, Kamala Harris y Bernie Sanders hasta Steve Bannon y Elon Musk, todos han puesto su dedo en la balanza.
El sábado, el director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei, publicó un ensayo, “Debemos marcar el ritmo de la frontera”, respaldado horas después por Sam Altman, de OpenAI; Demis Hassabis, de Google DeepMind, y Musk, el hombre más rico del mundo. El lunes, el Times encabezó su portada con un análisis de David Sanger que calificaba al “dominio de la IA” como “el principal problema de seguridad nacional del siglo”.
El ensayo de Amodei ofrece “evaluadores integrados” elegidos por los propios laboratorios, una forma de autorregulación diseñada para impedir cualquier regulación vinculante. Las corporaciones de IA presionan por una preeminencia federal sobre las leyes estatales relativas a la tecnología. Y los laboratorios están siendo integrados, con la clasificación y la inmunidad legal que ello conlleva, al aparato de seguridad nacional. El pánico establece que solo las corporaciones que crearon el peligro son competentes para gestionarlo. Es un foso cavado alrededor de las empresas ya establecidas, precisamente en el momento en que Anthropic prepara su oferta de acciones.
El contexto inmediato de esta campaña es el indudable crecimiento en las capacidades de los últimos modelos de lenguaje de gran escala, en particular Fable y Mythos 5.1, de Anthropic, lanzados el 1 de septiembre, y Astra, de OpenAI, lanzado el 3 de septiembre. Estos sistemas son capaces de trabajar de manera independiente en tareas durante horas, o incluso días seguidos, y de resolver problemas complejos a una velocidad extraordinaria.
Los ejecutivos que encabezan la campaña se proponen usar estos sistemas para llevar a cabo un ataque masivo contra los empleos. Amodei le dijo a Axios en mayo de 2025 que la IA podría eliminar la mitad de todos los empleos de oficina de nivel inicial, y llevar el desempleo al 10-20 por ciento en un plazo de cinco años, y advirtió en enero que los desplazados “podrían formar una ‘subclase’ desempleada o de salarios muy bajos”. Altman le dijo a la Reserva Federal que “clases enteras de empleos van a desaparecer”.
Junto al ataque contra los empleos se encuentran los peligros que plantea el uso de estos sistemas por parte de los propios laboratorios, atrapados en una carrera por desarrollar los modelos más capaces, con una riqueza insondable prometida al ganador.
El ejemplo más peligroso fue el hackeo de Hugging Face por parte de agentes que ejecutaban modelos de OpenAI. Según los propios informes de OpenAI, puso a un modelo “entrenado para ser altamente persistente” a trabajar en una prueba de referencia de hackeo, con sus salvaguardas “intencionalmente no habilitadas”.
Entre fines de mayo y el 5 de julio, el personal de OpenAI vio evidencia de que los agentes se escapaban de su entorno en tres ocasiones, y sin embargo las pruebas continuaron cada vez. Del 9 al 13 de julio, unos 700 agentes, tras escapar a través de fallas en el software de la empresa israelí-estadounidense JFrog, irrumpieron en Hugging Face usando credenciales filtradas y fallas en los propios sistemas de Hugging Face.
OpenAI no ha divulgado los registros exigidos por miembros del Congreso y por Hugging Face. No se han presentado cargos penales. Hugging Face, a la cual Nvidia ha acordado comprar desde entonces, no presentó ninguna demanda; según se informa, alertó al FBI, que se ha negado a hacer comentarios.
Los detalles de lo que el director ejecutivo de Hugging Face llamó un ciberataque impulsado por IA “sin precedentes” revelan los peligros reales de la IA. Esto no fue simplemente el resultado de características inherentes a los modelos de lenguaje de gran escala. Fue el resultado de una negligencia grave por parte de una corporación masiva de IA, que ejecutó un modelo capaz de hackear con las salvaguardas deliberadamente desactivadas, e ignoró advertencias repetidas.
Nada de lo que proponen los laboratorios de IA reduciría de ninguna manera estos peligros. Por el contrario, la solución que propone Amodei está dirigida a coordinarse cada vez más estrechamente con el gobierno de EE.UU. en su guerra contra China. Si los laboratorios estadounidenses se frenan, escribe, “entonces los proyectos asociados al PCCh (sin ese freno) tomarán la delantera, creando un riesgo significativo para la seguridad nacional. Coincido con el secretario Bessent en que una ventaja china en IA representaría un grave peligro para Estados Unidos y el mundo”.
Declara: “Por lo tanto, una parte clave de marcar el ritmo dentro de las democracias es mantener la ventaja de las democracias en IA sobre las autocracias lo más amplia posible, para darnos el margen de maniobra que necesitamos con el fin de marcar el ritmo de manera efectiva”.
“Democracia”, en el uso que le da Amodei, es el nombre bajo el cual se legitimará la integración de las corporaciones de IA a la máquina de guerra. Estados Unidos no es ninguna “democracia”. Su presidente, un admirador abierto de Hitler que no acepta ningún control legal sobre su poder, libra guerras ilegales por todo el mundo y arma el genocidio en Gaza. Los modelos de Anthropic fueron usados en el secuestro del presidente de Venezuela en enero y, dentro del sistema de selección de blancos de Palantir, en el asalto contra Irán, cuya primera mañana fue testigo de un ataque con misiles que mató a165 personas en una escuela de niñas en Minab.
Por su parte, Trump ha respondido a la campaña declarando que “la afirmación de que ‘la IA se va a apoderar del mundo’ es un engaño”, e instando a la eliminación total de todas las restricciones climáticas sobre el desarrollo de centros de datos de IA. Se jactó: “La IA, y los centros de datos, serán el mayor motor de desarrollo económico de la historia, más grande que el petróleo, el oro, los diamantes, o incluso internet”.
Trump habla en nombre de una facción de la oligarquía financiera estadounidense que teme, ante todo, que cualquier caída del mercado desencadene una catástrofe financiera. La “catástrofe” es, así, disputada dentro de la propia clase dominante: entre la facción cuyas fortunas están atadas al auge de los centros de datos y al mercado, y los laboratorios y el establishment de seguridad nacional, para quienes la tecnología es, ante todo, un arma. El Times representa a estos últimos.
El mayor peligro es el carácter anárquico del propio desarrollo de la tecnología. Sistemas de un poder inmenso y todavía sin medir están siendo construidos por un puñado de corporaciones rivales, compitiendo entre sí por la cuota de mercado y las valoraciones, con las salvaguardas apagadas cuando frenan la carrera, y sin ninguna supervisión social de ningún tipo.
Son las mismas personas que están llevando al mundo al borde de una guerra nuclear, que dejaron que una pandemia matara a millones antes que interrumpir la generación de ganancias, y que han abandonado todo esfuerzo por detener el calentamiento del planeta.
El mismo poder que hace tan peligrosa a esta tecnología en manos de la oligarquía la convierte, en manos de la clase obrera, en un instrumento potencialmente increíblemente poderoso para el progreso humano. La IA podría usarse para diseñar medicamentos y vacunas, y detectar epidemias antes de que se propaguen; para diagnosticar enfermedades para los miles de millones que nunca han visto a un especialista; para proporcionarle un maestro a cada niño en cada idioma; para planificar la producción y la distribución a escala mundial, de modo que no se destruyan alimentos mientras la gente pasa hambre; y para llevar a cabo la reorganización de la energía y la industria necesaria para detener el calentamiento del planeta.
Los oligarcas tecnológicos hablan constantemente del “alineamiento” de la tecnología con las necesidades de la “sociedad”. Pero ignoran convenientemente el hecho de que la “sociedad” está compuesta por clases antagónicas, y que su programa de eliminar los empleos de la inmensa mayoría de la población choca directamente con el esfuerzo, por parte de las personas a las que se proponen despedir, por poder comer.
En otras palabras, el “alineamiento” de la IA bajo el capitalismo es un alineamiento con el programa de la guerra y la desigualdad disparada.
El ensayo de Amodei es, cualquiera sea su intención, una confesión. Escribe que el ritmo del desarrollo debe frenarse, pero reconoce que no puede hacerse, debido a la competencia entre las corporaciones y con China. Está describiendo una tecnología cuyo desarrollo el capitalismo es incapaz de controlar, y proponiendo que el Estado se haga cargo de ella para la guerra. La pregunta de quién controla el ritmo de esta tecnología, y con qué fin, es precisamente la pregunta que esta estampida busca mantener fuera de las manos públicas.
La resolución adoptada por el congreso del Partido Socialista por la Igualdad en agosto “rechaza tanto el asombro acrítico promovido por los apologistas de la industria como el miedo irracional de los tecnófobos”, y exige que “las grandes corporaciones de IA, computación en la nube, semiconductores y plataformas digitales deben ser expropiadas y transformadas en servicios públicos bajo el control democrático de la clase obrera”.
La única manera de “alinear” la tecnología con las necesidades de la inmensa mayoría de la sociedad es a través del ejercicio del control social sobre las fuerzas productivas por parte de la clase obrera, es decir, el socialismo.
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