Carolina Cordero (PÚBLICO), – Coordinadora de Izquierda Unida Madrid -15 de Septiembre de 2026
Para los seguidores de mi blog de Gaceta Crítica en más de 67 países os presento a una dirigente valiente de una organización como Izquierda Unida de España que navega en las contradicciones de participar en un gobierno «progresista», acosado por la derecha y el fascismo nostáligo español, y con una militancia que desearía tener las manos libres para luchar contra el fascismo pero, también, contra la precariedad y los bajos salarios, así como contra un coste de la vida imparable y donde la vivienda es inaccesible para la mayoría. Carolina entiende (como yo) que ese es el espacio vital de IZQUIERDA UNIDA Y DEL PARTIDO COMUNISTA DE ESPAÑA.

“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. La frase, atribuida al filósofo marxista Fredric Jameson y popularizada por mi admirado Mark Fisher, lleva revoloteando en mi cabeza durante todo este verano.
Probablemente porque llegamos a las puertas de un curso político que, para la izquierda, se presenta a todas luces intenso y decisivo. Quizá también porque este verano he tenido la oportunidad de reencontrarme con amigos, amigas, familiares y compañeros de vida, personas muy distintas, con trayectorias vitales y políticas también muy diferentes: algunos tienen una tradición marxista o anarquista; otros votaron al Partido Socialista; otros simplemente se sienten de izquierdas. Pero en muchas de esas conversaciones ha aparecido una preocupación compartida. Nos miran. Esperan que hagamos algo. Que la izquierda sea capaz de ofrecer alguna respuesta ante el oscuro panorama.
Y, sobre todo, porque tras todas esas conversaciones veraniegas que me han acompañado y sobre las que he tenido oportunidad de reflexionar más a fondo de lo que la rutina habitual nos permite, comienzo a sospechar seriamente que el mayor problema de la izquierda en este momento es la falta de esperanza en que podamos trascender el orden actual. En la última década hemos ido perdiendo algo más que elecciones, representación institucional o capacidad de influencia. Hemos perdido la confianza en que la realidad pueda ser transformada en términos de igualdad y reparto de la riqueza. Esta derrota es más profunda que un mero batacazo electoral. Porque, ¿cómo convencer a otros de que las cosas pueden cambiar si quienes aspiramos a cambiarlas hemos empezado a dejar de creer que sea posible?
La pérdida de esa confianza tiene consecuencias políticas. Cuando dejamos de pensar que podemos transformar profundamente la realidad, inevitablemente empezamos a reducir nuestras expectativas. Los objetivos se hacen más pequeños. El horizonte se acorta. Y la política termina consistiendo, demasiadas veces, en resistir.
El avance de las posiciones reaccionarias ha acentuado esta tendencia. El miedo existe y sería absurdo ignorarlo. Existe entre mucha gente de izquierdas y aparece constantemente en las conversaciones: viene la derecha, viene la extrema derecha, vienen los bárbaros. Y claro que hay razones para preocuparse. Pero una cosa es comprender el miedo y otra muy distinta convertirlo en estrategia política.
Porque entonces corremos el riesgo de que nuestro proyecto se reduzca a evitar lo peor. Frenar a la derecha. Conservar posiciones. Salvar los muebles. Y frente al avance reaccionario, la respuesta no puede ser una izquierda que se haga conservadora para conservarse a sí misma.
Esto no significa despreciar las conquistas concretas. Todo lo contrario. Mejorar un salario, ampliar un derecho, reducir una jornada laboral, fortalecer un servicio público o conseguir que una familia viva un poco mejor importa, y mucho. Para quienes entendemos la política desde las condiciones materiales de vida de la mayoría social, cada avance concreto tiene valor por sí mismo.
Pero una cosa es conquistar mejoras dentro de una realidad que queremos transformar y otra convertir los límites de esa realidad en los límites de nuestra propia política. Lo posible puede ser el terreno sobre el que avanzamos, pero no debería convertirse en nuestro horizonte.
Por eso creo que la izquierda necesita combinar dos exigencias que a veces se presentan como incompatibles y que, en realidad, se necesitan mutuamente: ser profundamente materialista en el análisis y profundamente radical en los objetivos. No podemos elegir entre comprender la realidad y aspirar a transformarla. Necesitamos hacer ambas cosas al mismo tiempo.
Ser materialistas significa mirar sin complacencia lo que está ocurriendo. Preguntarnos por qué hemos perdido apoyos, por qué una parte de la clase trabajadora ya no nos reconoce como una herramienta útil, qué transformaciones se han producido en nuestras sociedades y por qué determinadas certezas políticas que durante años dimos por descontadas han dejado de existir. Significa aceptar, también, que si seguimos haciendo esencialmente lo mismo resulta difícil pensar que vayamos a obtener resultados muy diferentes.
Pero ese análisis materialista no puede confundirse con una aceptación resignada de los límites existentes. Precisamente porque miramos la realidad de frente, debemos ser radicales en aquello que queremos conseguir. Radicales no en el sentido de ignorar las condiciones concretas, sino en el de no permitir que esas condiciones determinen por anticipado el alcance de nuestras aspiraciones.
Reconocer una correlación de fuerzas desfavorable no significa aceptarla como definitiva. Comprender los límites del presente no obliga a convertirlos en programa político. Y el realismo no debería consistir en adaptarnos indefinidamente a lo existente, sino en encontrar las condiciones concretas que permitan transformarlo.
Quizá ahí resida una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: nos hemos acostumbrado a llamar realista a resignarnos ante cosas que resultan profundamente irracionales. Que una persona trabajadora no pueda pagar una vivienda. Que la riqueza se concentre cada vez en menos manos. Que nuestros servicios públicos se deterioren mientras crecen negocios privados alrededor de necesidades básicas. Que asumamos como inevitable vivir peor que la generación anterior. Que contemplemos una crisis ecológica de dimensiones históricas y aceptemos, al mismo tiempo, que hay determinadas reglas económicas que sencillamente no pueden tocarse.
Ante todo eso, querer cambiar profundamente las cosas no es una ingenuidad. Puede ser la posición más realista que nos permita estar en condiciones para dar la pelea más importante en este momento, la batalla cultural. Porque la disputa que tenemos por delante es mucho más profunda que una sucesión de citas electorales. Es una disputa por el sentido común. Por aquello que una sociedad considera normal y aquello que considera intolerable. Por las palabras con las que explicamos nuestros problemas. Y, sobre todo, por aquello que somos capaces de imaginar colectivamente.
En algunas de esas conversaciones de verano apareció una pregunta que me resulta especialmente inquietante. ¿Cómo hemos llegado a un momento en el que ser de derechas está de moda? ¿Cómo puede ser que, especialmente entre una parte de los jóvenes, determinadas posiciones reaccionarias aparezcan como rebeldes, transgresoras o contraculturales?
Quienes dibujan un nuevo horizonte reaccionario de mayor desigualdad, individualismo y militarización no son impugnadores del orden establecido, sino sus más fieles servidores. Por lo tanto, quienes aspiramos a transformarlo todo no podemos presentarnos como los administradores más razonables de la realidad existente, sino como una fuerza capaz de cuestionarla y construir una alternativa.
No tengo todas las respuestas. Ni pretendo tenerlas. Esta reflexión nace precisamente de muchas conversaciones, dudas y preguntas compartidas durante estos meses. Pero sí empiezo a estar convencida de que necesitamos cambiar algunas de las preguntas que nos hacemos y, con ellas, el marco desde el que pensamos nuestra propia acción política.
Quizá antes de preguntarnos cómo resistimos mejor debamos volver a preguntarnos qué queremos transformar. Antes de preguntarnos cuánto podemos conservar, qué queremos conquistar. Y antes de asumir como inamovibles los límites de nuestro tiempo, atrevernos de nuevo a discutirlos.
La izquierda necesita, en definitiva, analizar con rigor las condiciones materiales en las que se desarrolla su lucha, pero no para rendirse ante ellas. Necesita comprender el presente para poder desbordarlo. Necesita ser realista en el diagnóstico y radical en los objetivos: saber dónde estamos sin olvidar hacia dónde queremos ir.
Porque quizá la mejor manera de impedir que lleguen los bárbaros no sea aprender a vivir permanentemente asustados por su llegada. Quizá sea volver a conseguir que millones de personas puedan imaginar que otro mundo es posible. Y, sobre todo, que vuelvan a creer que merece la pena luchar por construirlo.


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